sábado, 27 de junio de 2015

Carlota y el tigre

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Maritza Sevilla V.

Valencia, Venezuela


Carlota estaba sentada en su cama, cuando un tigre entra a dormir en su habitación. El tigre coloca una pequeña colchoneta en el piso, justo debajo de la ventana; y, luego de dar muchas vueltas, por fin se queda dormido. Y comienza a roncar.
A ella le causan mucha gracia sus ronquidos y después de escucharlos por un rato, se da cuenta que ronca de tres maneras muy distintas. El primer ronquido es como si el tigre estuviera haciendo gárgaras, pero muy fuerte.  En el segundo,  ronca  bajito y de repente suena como una flauta pequeñita, que hace que a ella se le salten las lágrimas de tanto reír.  El tercer ronquido es igualito a la burla que hacen los niños, cerrando la boca y soplando el aire con fuerza para que mueva los labios al salir.
Carlota está tan divertida que no tiene nadita de sueño. Se pasa un largo rato mirándole dormir: como se da vueltas, como se rasca la espalda, como se pasa la mano por la cara quitándose una telaraña imaginaria.
Al cabo de un tiempo, ella bosteza y comienza a sentir mucho sueño. Pone su cabecita sobre la almohada y trata de dormirse, pero los ronquidos no la dejan. De momento todo queda en silencio y, de repente, suena la flautita que ya no le hace ninguna gracia. Se baja de la cama y trata de despertarlo diciéndole que ya no ronque, que ella quiere dormir; pero el tigre está profundo en su propio sueño.
Entonces busca sus muñecos de peluche y los coloca en fila en su cama, tratando de hacer un muro que pueda impedir que los ronquidos se escuchen en su lado. Pero no funciona. Se coloca la almohada sobre la cabeza y, aún así,  no le permiten conciliar el sueño.
Con sueño y de malhumor se sienta en la cama pensando en qué otra cosa puede hacer. Finalmente, decide  tomar su almohada, su cobija y a Tomás, su osito de peluche; bajar las escaleras, encender la luz de la cocina, para no sentir miedo y acostarse en el sofá verde de la sala.
Carlota quiere mucho a su hermano; pero,  la próxima vez que él los visite: ¡qué duerma en el sofá y no en su cuarto!

domingo, 21 de junio de 2015

Nubes oscuras



Gil Sánchez
México
          Había notado que su esposa cambió de cara esa tarde. ¿Qué habrá pasado? Sabía que había llegado de su trabajo con demasiada presión, pero no era para tanto. Notó que pasó a su lado indiferente y con cierto recelo entró a su recámara. Acercó su mejilla a la puerta y recargó con cuidado su oreja para escuchar qué hacía. Oyó que la televisión estaba encendida. Procedió a inclinarse, deseaba ver a través del ojo de la cerradura. Percibió la mirada abstraída, como si no estuviera ahí. Podía asegurar que su pensamiento estaba distante. ¿Qué piensa? Tal vez, ¿habrá dejado de amar? No, de eso no tengo duda, el sentimiento es mutuo. ¿Tendrá otro amor?  Para tener otro amor tiene que haber matado al que tiene y, no ha dicho nada. Por más esfuerzo que hacía, no alcanzaba a visualizar qué programa era. De seguro es un drama, pues no se oyen risas, ni balazos, ni la clásica música de suspenso. La tristeza se dispara de lo que ve o quizá estará en esos días. El pensamiento de seguro migró a zona alta y la altura comprime el pecho. Eso, probablemente, ahogaba sus emociones. Era un perfecto idiota, tal vez necesitará oxígeno hoy. ¿Habrá acabado el amor? Eres un imbécil consumado, mejor pregunta.
Abrió ella la puerta, al verlo casi cara a cara, dijo:
          ––Amorcito, estoy desesperada porque ya no te gusta mi cena, eso me pone triste. Tienes tres días que dejas casi todo el plato. Ahora, mejor te voy a preguntar antes de partir al trabajo qué deseas para la cena, y así ya no estoy pensando que te gustará cenar. Eso me pone nerviosa.
         ––Hoy, tu esposo invita a cenar––la abrazó con ternura y ocultó en el bolsillo sus locuras.

sábado, 13 de junio de 2015

EL NIÑO DE TABLADA

Adriana Diaz
Argentina


Carlitos se subió al tranvía que cruzaba por la nueva avenida empedrada del sur. Su rostro resplandeció por completo con aquel triunfo pasajero que le permitió abordar el coche de un salto y sin que éste se detuviera. Un frío intenso le acarició las mejillas.

- Serán como las siete – pensó mientras el coche avanzaba con premura y las calles estrechas de su barrio iban quedando atrás.

Las luces nuevas de una ciudad que recién comienzaba a despertar permanecían aún encendidas. Se aferró con fuerza a los barrotes de metal que lo sostenían y contempló con admiración, como se sucedían ante él, los coches automóviles y las personas de a pie.

Sintió que era afortunado.

- No he pagado mi boleto pero viajo contento y sin prisa- se dijo mientras comenzaba a silbar una canción. Una bella melodía que había aprendido escuchando a su madre y que ahora repetía, mientras de a poco, comenzaba a verse el sol.



Hace frío, es solo un niño pero cada día sale de su barrio de Tablada en el sur de la ciudad para conseguir unas monedas y aprender un oficio, como dice con orgullo a quien quiera escucharlo. A pesar de una infancia sencilla y humilde, Carlitos es una mente viajera, desbordante de imaginación y de sueños. Un chico, casi un niño, feliz.

Una brusca sacudida del coche lo saca de su mundo de pensamientos e ilusiones para devolverlo a la realidad. Un giro a la izquierda y a contar calles. Por Lucero, son once cuadras hacia el río. Luego, antes de llegar al Frigorífico Swift, otro brinco y a caminar rápido hacia el sur. Dos cortadas pequeñas y allí, en pleno Barrio Saladillo, lo espera su destino.

Aprenderé un oficio – se dice – y algún día cuando sea grande, si Dios me ayuda, tendré mi propio taller. Mi madre no tendrá que lavar más ropa para otros ni ir hasta el río a buscar el agua. Ni vivir con tanta gente que no conocemos como ahora que nos han dado una pieza en la parte de atrás del conventillo.

Algún día tendré una casa – se promete a sí mismo mientras apura sus pasos y mete sus manos en el bolsillo- mi propia familia, mis hijos y la llevaré a mi madre conmigo para que se sienta como una reina. Una gran reina, como la de esa historia que ella nos cuenta siempre a mí y a mi hermano menor, cuando nos pone a dormir...


El sonido del tranvía ha quedado lejano. Unos árboles frutales con aroma a naranjos le indican que ha llegado. Lo recibe el patrón con una palmada en la espalda. El niño saluda y entonces, sus ojos parecen que se le encendieran como dos chispas en el rostro. Sonríe y al hacerlo, se le ilumina la cara con sus pequeños dientes blancos.



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jueves, 4 de junio de 2015

El pequeño y turbio estanque de cristal

-->Doris Irizarry

Puerto Rico


        Alucinada por la melodía, aparté los ojos de la pantalla de mi celular y discretamente busqué de dónde provenía aquella voz. Allí estaba, sentado en una silla más adelante, esperando, igual que yo. Y erguido, con su mirada clavada en ninguna parte, volvió a entonar bajito otra estrofa de la canción.
        Yo no sé que me han hecho tus ojos
        que me embrujan con su resplandor,
        solo sé que yo llevo en el alma
        tu imagen marcada con el fuego de amor.


        De pronto me encontré atrapada entre su voz y el tango que cantaba vehemente, como si fueran mis ojos el objeto de su inspiración. Lo observé sin querer y me topé con su nariz perfectamente delineada, sus labios finos y unas pestañas rectas sobre aquellos ojos hermosos de una profundidad embrujadora.

         No pude contenerme.

         −¡Me apasiona el tango!, le dije, cuando terminó de tararear la canción para sí.

         Me miró con una ola de mar intenso, avasallador. Apenas se le escapa una sonrisa cuando se volvió indiferente… no dijo nada.

         Insistí emocionada −¡En verdad, me gusta mucho esa música!−, pero él no se inmutó. Con algo de vergüenza, y pensando que mi acercamiento fue un tanto apresurado, desistí de la idea de proseguir la conversación. Sin embargo, después de una prolongada pausa interrumpida con las estrofas, fue él el que decidió continuar.

         −Viví en Buenos Aires, dos meses −dijo, y luego añadió, −Grabé dos discos… eso fue… después−. Volví a mirarlo, quieta, esperando a que continuara...  Pero él se sumergió en un silencio que parecía rumoroso. Mi imaginación no pudo evitar deshacer el paso de los años y le borró los surcos al rostro. Hizo que los labios evocaran mil besos, le devolvió lo abultado a sus pestañas. Como un bisturí, levantó los párpados y le afiló el contorno de las cejas bajo el ala de un sombrero caído sobre la frente. El cabello adquirió un brillo irresistible y la barbilla, esa curva masculina tan sensual que suele provocar a cualquier mujer.

        −Juan Lizarríbal−, llamó la farmacéutica en la ventanilla. Él se levantó, cuidadoso, examinó las pastillas, metió las manos en los bolsillos y pagó mientras yo curioseaba. Era alto, pausado, aún con los años a cuestas, conservaba cierta esbeltez. Al voltearse, esperé un saludo de despedida, simple, como hacemos los que coincidimos en la fila de espera después de intercambiar trozos de conversaciones que quedan suspendidos en el tiempo y que toman rumbos insospechados en boca de otros desconocidos sentados en la misma silla. Pero él, insufrible, pasó su mirada por todos lados, menos sobre mí. El tiempo se detuvo. Fue entonces cuando lo escuché hacer la fatídica pregunta que me devolvió una implacable bofetada por respuesta. Lo vi transformar su indiferencia en agonía, la altivez en desesperación. Su rostro recuperó el paso del tiempo, la boca asumió un gesto taciturno, la mandíbula perdió la sensualidad y su cabeza recuperó el tamaño real, impotente, atrapada bajo las fibras plateadas y frágiles que cubrían el cráneo. Su aura inconmovible se derrumbó ante mis ojos y personificó la vulnerabilidad en su más pura esencia.  Levantó las dos manos a la altura de los hombros, y a punto de llanto, lo vi correr aturdido por el medio del pasillo diciendo, −Mamá, ¿dónde estás? Mamá… a dónde fue mi mamá…

…

        Como un pez solitario en un pequeño y turbio estanque de cristal, mi recuerdo rebota con el estribillo adherido a la memoria…

        Yo no sé cuántas horas de insomnio en tus ojos pensando pasé,

        pero sé que al dormirme una noche con tus ojos preciosos soñé…
       Yo no sé que me han hecho tus ojos
        que me embrujan con su resplandor,
        solo sé que yo llevo en el alma
        tu imagen marcada con el fuego de amor…

sábado, 30 de mayo de 2015

El Candidato

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 Deanna Albano

Caracas, Venezuela

Frente a la ventana, detrás de un amplio escritorio, el hombre de pelo gris, alto, porte distinguido y atlético, observa la ciudad que tiene enfrente, su ciudad, para la cual ha luchado durante tantos años ha sido una y otra vez dirigente, diputado, gobernador. Ahora lo eligieron nuevamente para ser candidato.
Por una parte  se siente halagado por tal distinción; por la otra, aunque su estado fisico es sano, se siente un poco cansado, como que ha perdido algunos aspectos de su vida.
Se pregunta: “¿Qué sentido tiene esto?”. Otra vez los viajes, la espera en los aeropuertos, la agenda tan apretada a cumplir en cada sitio, ver personas, algunas conocidas, otras no, las noches solitarias en un frio hotel,  de sábanas a veces no tan pulcras.
Mientras saborea su taza de té de frutas, mira la foto de la bellísima  mujer que parece mirarlo dulcemente. Recuerda cómo  lo espera después de sus viajes; lo mima con exquisitos bocadillos  para que él los deguste en el cómodo sillón del frondoso jardín que  ella cuida personalmente.
La dama  ya no es tan joven como aparece en la foto, pero tiene el encanto de la mujer madura, de muy buen gusto en el vestir, no oculta su pelo veteado de gris y recogido en un moño bajo, tampoco disimula las pequeñas arrugas cerca de los ojos.
Mientras la contempla en la foto piensa en la época en la que deseaba casarse con ella. Pero hay un lema: Los candidatos no se divorcian.

            El candidato pensativo evoca su juventud, sus sueños de ser un político diferente, que pudiera lograr grandes cambios, sus valores de honestidad, solidaridad; cambiar la forma de hacer política, centrarse en las necesidades de los más humildes.
Sin embargo el torbellino de actividades en que se veía envuelto lo fue alejando de la gente. Los asesores, los comunicadores, cada vez más numerosos, erigieron un muro que poco permitían el contacto personal y solo dejaban  acercarse a individuos con intereses particulares.  La solidaridad hacia los necesitados fue diluyéndose poco a poco, casi sin darse cuenta.
Sus pensamientos se interrumpen con la entrada de uno de los secretarios, quien le  dice ceremoniosamente:
— Señor,  lo esperan en el salón azul, ya llegaron todos.  
—Sí muchas gracias, en cinco minutos voy para allá, responde, con una sonrisa apacible.
 El Candidato se dirigió lentamente hacia el salón adyacente, de repente se llevó las manos al pecho y fulminado cayó al suelo.












miércoles, 20 de mayo de 2015

EL DOCTOR JUAN

Adriana Diaz

Rosario, Argentina



Es una mañana tibia de otoño. Dicen que hoy es el día, el gran día. Lo han repetido sus íntimos hasta el cansancio, lo han elegido desde su partido para Presidente de la Nación. Desde la ventana de aquella habitación, puede ver la ciudad, su bastión extenso, amplio e inagotable mientras los suyos, sus más allegados, están reunidos en la sala contigua, esperándolo a él. El candidato.
En su mente, martillean los recuerdos y también, algunos olvidos. Van y vienen las escenas de su vida, otras épocas. No puede creer a dónde ha llegado. Piensa en su infancia, cuando era un changuito, allá en el campo y su padre soñaba como muchos otros que su hijo pudiera estudiar y ser alguien más.
-Mi hijo será doctor - le decía a quien quisiera escucharlo. Y lo fue nomás, como lo había anhelado su padre y como seguro hubiese deseado su madre si lo hubiera conocido. Pero la madre había muerto en el parto mismo así que no se habían conocido, al menos desde este lado de la vida. Quizás en la otra vida, se reconocerían y recuperarían lo perdido. Pero en ésta, nada.
Había sido una noche tormentosa y con lluvia, se habían empantanado los caminos. No habían podido salir ni ellos a la ciudad ni el médico hacia el campo. Eran otros tiempos y la vida les había jugado una mala pasada pero no guardaba rencor ni resentimiento. Sólo quizás un leve dolor por no haberla podido abrazar o besar, como la mayoría.
Con el tiempo, lo superó y siempre fue un agradecido de lo que le había tocado en suerte, más allá de aquel inicio no demasiado satisfactorio. Recibido ya de doctor, se dedicó a aquello que más lo desvelaba. Tal vez, en memoria de su madre muerta o quizás por revertir alguna vez, su propia historia. Médico obstetra, decía el cartelito grabado con letras negras y prolijas que su padre hizo colocar a la entrada de la casa. Y eso fue. Por años.
Vivía en la ciudad pero una o dos veces al mes, regresaba a su pueblo. Alli seguía su padre, firme como siempre en el trabajo del campo y la atención de la casa. Aunque a veces le costaba dejar su rutina, se sentía feliz de poder verlo y compartir lo que aún les quedaba de vida. Quizás de él, aprendió lo que era ser sencillo, hacer amigos, escuchar, conversar y ser sociable con todos.
Ya en la Facultad, se había hecho con rapidez de un grupo de estudio. Luego armaron uno de servicio. Los días de semana asistían a las clases y estudiaban pero sábados y domingos, visitaban las villas de emergencia y barrios muy pobres que carecían de lo básico para vivir. Iban casa por casa y charlaban con la gente. Si encontraban niños que era lo habitual, se ofrecían a revisarlos. Los medían, les tomaban el peso y revisaban para ver si estaban bien de salud o si necesitaban alguna cosa.
Cuando pudieron y con su propio esfuerzo, armaron un pequeño lugar para recibir a la gente y realizarle allí, curaciones, primeros auxilios y consultas simples. Era una pequeña casita que levantaron con ayuda de la misma gente. La arreglaron, le dieron algunas terminaciones y la pintaron de color blanco. Alguien les donó una puerta y otro, una ventana. El primer desafío estaba cumplido.
Se sintió feliz. Era lo que siempre había deseado hacer aunque no lo supiera. Comenzó a atender a grandes y chicos y para no faltar a la verdad, los pacientes lo preferían y lo buscaban. Todo en él, era suavidad y simpleza. A todos recibía, aún cuando tuviera que permanecer más horas que sus compañeros y al terminar, salía a la puerta orgulloso, con su guardapolvo blanco y su figura elegante.
Los chicos y las madres le tenían una predilección especial:
-Es tan bueno, tan dulce el doctor Juan – decían muchas de ellas mientras hacían filas para que los atendiera sólo él. Y no era sólo porque era un buen médico sino porque además se preocupaba por si tenían casa, ropa, comida. Les hablaba, les explicaba. Siempre tenía para ellos una palabra de consuelo o de ánimo.
Una noche, la recuerda como si fuese hoy, conoció en un baile a la que sería su primer amor. Ella estudiaba ingeniería. Cosa rara en las mujeres – osó decirle él y ella, como si le hubiese dicho lo peor- le hizo un discurso completito sobre la mujer, su lucha y la liberación femenina. Aquel largo monólogo pronunciado entre luces y algunos brillos por esa mujer menuda y extrovertida, lo enamoró.
¡Qué hermosos recuerdos le venían ahora mientras miraba las fotografías de aquella hermosa dama que le sonreía desde el papel junto a sus primeros hijos! El barrio, las caras de sus primeros pacientes. Las casas pequeñas, las calles aún de tierra tan parecidas y a la vez, tan diferentes a las de su pueblo.
Unos años más tarde, crearon el partido. El Doctor Juan, su esposa y otros compañeros que iban siempre a trabajar al barrio. Ya no sólo eran los médicos, también había ingenieros y algún otro que estudiaba derecho y hasta aquel flaquito con anteojos, de ciencias económicas. Eran un grupo tan unido y tan desprovisto de todo otro interés que no fuese el de ayudar a otros que llamaban la atención.
La llegada al poder, su primer cargo fue después de mucho andar. Los años se le confundían en la mente. Primero había sido ministro o secretario. No lo recordaba. Diputado, concejal, intendente... Tal vez, no lograba precisar la cronología de cada escalón de su carrera política. Senador, quizás... por qué no.
Gobernador sí, afirma mientras clava ahora sus ojos celestes y cansados en un hermoso retrato que tiene colgado en la pared. Luce impecable con la banda oficial frente a la Casa de Gobierno.
Observa a la hermosa mujer que le sonríe entre sus manos desde otro de los portarretratos que alguien ha colocado en su mesa de trabajo. Es delgada, morocha. Muy sensual. No puede recordar quién es, tal vez sea su hija o su nieta. No logra encontrar la respuesta, en su cabeza . Un amante, no lo cree, no es de ésos. En todo caso, no la tendría allí a la vista de todos.
Debe ser su nieta predilecta, se dice a sí mismo.
En algún lugar de su memoria está toda esa información pero por más que intenta no logra hallarla. Se siente débil, fatigado. Toma asiento en un sillón enorme de color azul y con bordes dorados. Su mirada se pierde en un barco que pasa lento por el río marrón que corre frente a su ventana. Sus ojos, se quedan como perdidos. Suspendidos en el tiempo y el espacio.
Afuera, ha comenzado a llover.
De repente, una puerta que se abre. Un asesor se acerca y le murmura algo al oído. El Doctor Juan se levanta con cierta dificultad y avanza hacia el cuarto de al lado. Allí lo espera, expectante, un grupo no demasiado numeroso de gente que parece conocerlo muy bien. Lo aclaman con vítores y un aplauso cerrado al verlo.
Él se acerca y los observa durante un rato. Unos segundos que se hacen siglos. Algunos rostros le resultan conocidos, otros ya no podría decir quiénes son. Da un paso al frente, acomoda su traje gris, su cabello blanco y con lágrimas en los ojos, les entrega un sobre con sus estudios médicos y una carta de puño y letra, donde con pesar y gran tristeza declina en la fecha, su candidatura a presidente.

jueves, 14 de mayo de 2015

El Candidato

 

Clide Gremiger

Argentina



“¿Qué ocurre? ¿Por qué nos citó tan temprano? ¿Nos va a decir finalmente si acepta?”, fueron las preguntas de casi todos los que iban llegando al Salón Blanco de la Municipalidad.

Del otro lado, en su despacho, el Intendente miraba por la ventana. Las palomas que tanto preocupaban a los encargados de la limpieza del edificio y la plaza contigua, a él le fascinaban. El despreocupado mundo de esas aves lo condujo a su infancia. Recordó aquella vez que su hermano le enseñaba a cazarlas con la honda. El cuerpo aún palpitante y caliente de la primera paloma muerta lo había entristecido tanto que se había prometido no repetir la hazaña. De hecho, a pesar de que su hermano y su padre eran grandes amantes de la cacería, él nunca se sintió atraído por esa aventura dominguera. Él prefería ayudar a su madre en la cría de palomas mensajeras. Espiaba por horas los movimientos de esas patas incansables; rozaba esas alas inmaculadas y suaves; les ofrecía alimento en sus manos para sentir las cosquillas del picoteo en las palmas. Su madre sonreía ante ese interés infantil… Su madre… ¿Acaso de ella aprendió la caridad bien entendida? Ese afán por ayudar a los niños de la calle, sin dudas le venía de ella. Patente llegaba a su memoria la sucesión de cabecitas inclinadas sobre unos inmensos tazones de leche, en la cocina de la casa… Y pensar que esos comedores que hizo construir en la ciudad para los niños sin hogar fue lo que más le criticaron sus asesores. “¿Cuántos votos nos suma eso?; ninguno”, le había dicho su mejor amigo y Secretario Privado. “¿Todo se tiene que hacer por los votos?”, reclamó en silencio.
      ¿Che, qué pasa que no empieza la reunión?, dijo el Subsecretario de Desarrollo Social, sentado   en    una de las sillas del Salón Blanco.
     
       Otra vez se puso pensativo, respondió entre risas el Secretario de Finanzas.
     
A lo mejor no quiere, aventuró el Secretario Privado que acababa de llegar.
    
      ¿Cómo que no quiere? ¿Vos sabés algo?, preguntó con preocupación otro de los recién llegados.
   
      No, nada. En esto ha sido una tumba… Ni una palabra a nadie, se apuró a responder el
      interrogado
 
 ¡Lo único que falta es que no quiera!, exclamó el encargado de las finanzas, nuevamente entre risas.

     “Ése es como un estilete clavado entre la quinta y la sexta costilla”, pensó el Intendente al escucharlo. Cada vez que proponía alguna acción en beneficio de los más necesitados, él venía con todos los informes financieros para certificarle que “eso no se podía hacer”. Le rebatía todos los argumentos con los números. Para él también las acciones se dividían en votos a favor y votos en contra. “¿Una sala de pediatría en el hospital? ¿Para qué? Al hospital asisten las madres de tres barrios de la ciudad… ¿Cuántas serán? Ochenta o cien… Puedo conseguir los números exactos. El resto son de las localidades vecinas. ¿Vamos a construir una sala para los que no nos pueden votar?”. Su punto de vista, sin dudas era irrebatible desde la perspectiva eleccionaria. De hecho ambas acciones sólo se concretaron cuando la tendencia de voto vino de la mano de la acción social… “Menos mal que ayudar a los pobres se puso de moda”, pensó. Pero eso no lo hacía feliz. Él no quería actuar por designio de la moda. Su madre era así. Recordó que dejó de interesarse por el tazón de leche en la cocina, cuando su marido, Intendente por dos períodos consecutivos, llamó a la prensa para que publicara un artículo sobre lo que hacía su esposa. Podía recordar el desprecio con el que ella leyó el titular del periódico: “Alimentados por la primera dama”. Sin dudas, él había heredado ese espíritu. “Espíritu débil y sensiblero”, según la expresión de su padre. Algo parecido escuchó de su Secretario de Finanzas y hasta de la Subsecretaria de la Niñez.

Cuando finalmente abrió la puerta, una veintena de pares de ojos se clavaron en él. Esperaban su decisión. La venían discutiendo desde hacía meses, pero el Intendente tenía la última palabra. Atrás quedaban las numerosas reuniones que se habían sucedido en los despachos y hasta en las cafeterías del centro de la ciudad. Él era quien tenía la última palabra:

-Lo siento – dijo–, no cuenten conmigo para las próximas elecciones.

Fue lo único que dijo, antes de salir y despertar un murmullo similar al de las palomas en las ventanas de la Municipalidad.