miércoles, 20 de mayo de 2015

EL DOCTOR JUAN

Adriana Diaz

Rosario, Argentina



Es una mañana tibia de otoño. Dicen que hoy es el día, el gran día. Lo han repetido sus íntimos hasta el cansancio, lo han elegido desde su partido para Presidente de la Nación. Desde la ventana de aquella habitación, puede ver la ciudad, su bastión extenso, amplio e inagotable mientras los suyos, sus más allegados, están reunidos en la sala contigua, esperándolo a él. El candidato.
En su mente, martillean los recuerdos y también, algunos olvidos. Van y vienen las escenas de su vida, otras épocas. No puede creer a dónde ha llegado. Piensa en su infancia, cuando era un changuito, allá en el campo y su padre soñaba como muchos otros que su hijo pudiera estudiar y ser alguien más.
-Mi hijo será doctor - le decía a quien quisiera escucharlo. Y lo fue nomás, como lo había anhelado su padre y como seguro hubiese deseado su madre si lo hubiera conocido. Pero la madre había muerto en el parto mismo así que no se habían conocido, al menos desde este lado de la vida. Quizás en la otra vida, se reconocerían y recuperarían lo perdido. Pero en ésta, nada.
Había sido una noche tormentosa y con lluvia, se habían empantanado los caminos. No habían podido salir ni ellos a la ciudad ni el médico hacia el campo. Eran otros tiempos y la vida les había jugado una mala pasada pero no guardaba rencor ni resentimiento. Sólo quizás un leve dolor por no haberla podido abrazar o besar, como la mayoría.
Con el tiempo, lo superó y siempre fue un agradecido de lo que le había tocado en suerte, más allá de aquel inicio no demasiado satisfactorio. Recibido ya de doctor, se dedicó a aquello que más lo desvelaba. Tal vez, en memoria de su madre muerta o quizás por revertir alguna vez, su propia historia. Médico obstetra, decía el cartelito grabado con letras negras y prolijas que su padre hizo colocar a la entrada de la casa. Y eso fue. Por años.
Vivía en la ciudad pero una o dos veces al mes, regresaba a su pueblo. Alli seguía su padre, firme como siempre en el trabajo del campo y la atención de la casa. Aunque a veces le costaba dejar su rutina, se sentía feliz de poder verlo y compartir lo que aún les quedaba de vida. Quizás de él, aprendió lo que era ser sencillo, hacer amigos, escuchar, conversar y ser sociable con todos.
Ya en la Facultad, se había hecho con rapidez de un grupo de estudio. Luego armaron uno de servicio. Los días de semana asistían a las clases y estudiaban pero sábados y domingos, visitaban las villas de emergencia y barrios muy pobres que carecían de lo básico para vivir. Iban casa por casa y charlaban con la gente. Si encontraban niños que era lo habitual, se ofrecían a revisarlos. Los medían, les tomaban el peso y revisaban para ver si estaban bien de salud o si necesitaban alguna cosa.
Cuando pudieron y con su propio esfuerzo, armaron un pequeño lugar para recibir a la gente y realizarle allí, curaciones, primeros auxilios y consultas simples. Era una pequeña casita que levantaron con ayuda de la misma gente. La arreglaron, le dieron algunas terminaciones y la pintaron de color blanco. Alguien les donó una puerta y otro, una ventana. El primer desafío estaba cumplido.
Se sintió feliz. Era lo que siempre había deseado hacer aunque no lo supiera. Comenzó a atender a grandes y chicos y para no faltar a la verdad, los pacientes lo preferían y lo buscaban. Todo en él, era suavidad y simpleza. A todos recibía, aún cuando tuviera que permanecer más horas que sus compañeros y al terminar, salía a la puerta orgulloso, con su guardapolvo blanco y su figura elegante.
Los chicos y las madres le tenían una predilección especial:
-Es tan bueno, tan dulce el doctor Juan – decían muchas de ellas mientras hacían filas para que los atendiera sólo él. Y no era sólo porque era un buen médico sino porque además se preocupaba por si tenían casa, ropa, comida. Les hablaba, les explicaba. Siempre tenía para ellos una palabra de consuelo o de ánimo.
Una noche, la recuerda como si fuese hoy, conoció en un baile a la que sería su primer amor. Ella estudiaba ingeniería. Cosa rara en las mujeres – osó decirle él y ella, como si le hubiese dicho lo peor- le hizo un discurso completito sobre la mujer, su lucha y la liberación femenina. Aquel largo monólogo pronunciado entre luces y algunos brillos por esa mujer menuda y extrovertida, lo enamoró.
¡Qué hermosos recuerdos le venían ahora mientras miraba las fotografías de aquella hermosa dama que le sonreía desde el papel junto a sus primeros hijos! El barrio, las caras de sus primeros pacientes. Las casas pequeñas, las calles aún de tierra tan parecidas y a la vez, tan diferentes a las de su pueblo.
Unos años más tarde, crearon el partido. El Doctor Juan, su esposa y otros compañeros que iban siempre a trabajar al barrio. Ya no sólo eran los médicos, también había ingenieros y algún otro que estudiaba derecho y hasta aquel flaquito con anteojos, de ciencias económicas. Eran un grupo tan unido y tan desprovisto de todo otro interés que no fuese el de ayudar a otros que llamaban la atención.
La llegada al poder, su primer cargo fue después de mucho andar. Los años se le confundían en la mente. Primero había sido ministro o secretario. No lo recordaba. Diputado, concejal, intendente... Tal vez, no lograba precisar la cronología de cada escalón de su carrera política. Senador, quizás... por qué no.
Gobernador sí, afirma mientras clava ahora sus ojos celestes y cansados en un hermoso retrato que tiene colgado en la pared. Luce impecable con la banda oficial frente a la Casa de Gobierno.
Observa a la hermosa mujer que le sonríe entre sus manos desde otro de los portarretratos que alguien ha colocado en su mesa de trabajo. Es delgada, morocha. Muy sensual. No puede recordar quién es, tal vez sea su hija o su nieta. No logra encontrar la respuesta, en su cabeza . Un amante, no lo cree, no es de ésos. En todo caso, no la tendría allí a la vista de todos.
Debe ser su nieta predilecta, se dice a sí mismo.
En algún lugar de su memoria está toda esa información pero por más que intenta no logra hallarla. Se siente débil, fatigado. Toma asiento en un sillón enorme de color azul y con bordes dorados. Su mirada se pierde en un barco que pasa lento por el río marrón que corre frente a su ventana. Sus ojos, se quedan como perdidos. Suspendidos en el tiempo y el espacio.
Afuera, ha comenzado a llover.
De repente, una puerta que se abre. Un asesor se acerca y le murmura algo al oído. El Doctor Juan se levanta con cierta dificultad y avanza hacia el cuarto de al lado. Allí lo espera, expectante, un grupo no demasiado numeroso de gente que parece conocerlo muy bien. Lo aclaman con vítores y un aplauso cerrado al verlo.
Él se acerca y los observa durante un rato. Unos segundos que se hacen siglos. Algunos rostros le resultan conocidos, otros ya no podría decir quiénes son. Da un paso al frente, acomoda su traje gris, su cabello blanco y con lágrimas en los ojos, les entrega un sobre con sus estudios médicos y una carta de puño y letra, donde con pesar y gran tristeza declina en la fecha, su candidatura a presidente.

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