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jueves, 17 de abril de 2014

La promesa

Viviana Ibrahim
Argentina

Los gritos se escuchan desde su cuarto. En la más absoluta oscuridad busca a tientas las sábanas para cubrirse la cabeza. Un golpe seco queda resonando en el aire; se destapa y expectante, abre aún más los ojos e inclina el rostro en dirección a la puerta. Silencio. El corazón le late fuerte, como si gritase su terror. Una sombra aparece dibujada en el umbral de su habitación; él se mantiene inmóvil y contiene la respiración hasta percibir el sonido de unas pisadas que se alejan. Sabe bien lo que ha pasado y eso mismo lo atormenta. Enciende la luz tenue del reloj despertador que ha escondido debajo de las mantas y espera que el tiempo eterno pase. El llanto de su hermana le llega, atravesando el único muro que los separa, como puñaladas en el corazón. Esta vez le tocó a ella y el remordimiento por haberse salvado aparece inmediatamente en su mente.

A la mañana siguiente, cuando el sol le cubre la cara, se despierta sobresaltado. Se viste apresurado, pues se da cuenta que se ha quedado dormido. En la cocina, su hermana está desayunando una taza de leche con pan y su padre, sentado en la cabecera de la mesa, parece disfrutar de lo que está por suceder. Elías se para justo delante de él para recibir los golpes que merecen su tardanza. Cierra los ojos para, al menos, no ver. Sabe que escuchar o sentir son cosas que no puede evitar.

Ambos hermanos preparan sus mochilas para ir a la escuela y atraviesan el patio, con sus descoloridos mosaicos, hasta el lugar donde los espera la inspección minuciosa de su padre antes de salir. Está claro que no deben quedan rastros de lo sucedido puertas adentro, deben lucir impecables, pulcros. Al atravesar el portón de calle, las miradas de los pequeños, testimonios del infierno, se cruzan pidiéndose perdón.

Ese día, no concurrieron a clase. Tomados de la mano, confiaron el uno en el otro, emprendiendo un camino indeterminado que los salvase del calvario. No le temían a la falta de comida o de cama por las noches, el desamparo estaba dentro de su casa no en el cielo cubierto de estrellas. Sabrina sacó de su mochila un papel con la dirección de la casa de una tía de ambos, y se lo extendió dulcemente. Elías desdobló la hoja de cuaderno y mientras pensaba en las enormes distancias, le dijo que el plan era perfecto, que San Juan no podría quedar tan lejos, qué él sabía que era en Argentina porque recordaba el mapa que su maestra tenía colgado a un costado del pizarrón. El rostro de su hermana, iluminado de esperanza, le alivió el sentimiento de culpa por el engaño. Y mientras caminaban por las veredas soleadas y su hermana no paraba de hablarle acerca de los juegos que compartirían  allí, él se prometía no fallarle.






martes, 4 de febrero de 2014

Ascesis



Viviana Ibrahim
Argentina

Sentado sobre los escombros amaneció Leonid.
Había pasado horas eternas frente al fuego, viendo arder en la hoguera su vida entera. La noche fue testigo de su furia, de su llanto, de sus gritos, de la ira desplegada contra su Dios; pero lentamente, muy lentamente, su cuerpo cedió agotado ante el fracaso de intentar atemperar la opresión.
Sus ojos fijos en el espanto no lo dejaban partir, quería al menos, llevar consigo las imágenes de lo que fue. Ahora, con las manos cubiertas de hollín, la ropa rasgada, bañado en sudor, tieso, absorto batallaba contra los remolinos de cenizas, que girando al compás del viento, envolvían su cuerpo con la insistencia de perpetuar en él, el olor que adquiere la pérdida.
El sol comenzaba a vislumbrarse en el cielo, límpido, calmo, abrazador. El sonido algo lejano de voces, de puertas que se abren, de persianas que se levantan, de motores en marcha, le anunciaban que en algún lugar y para otros, la vida continuaba. ¿Cómo podía ser? Ecos anónimos, cada vez más cercanos, amenazaban la intimidad de su acto, ¡¿es que nadie ve?!
Instintivamente se tapó los oídos; sentía en las entrañas la necesidad salvaje de aferrarse a las cenizas, de unirse a ellas, de fusionarse, de hacerse Uno con ese resto... huella de su obra, su arte, sus sueños, su ser. Sin detenerse a pensar en lo que hacía, se arrodilló y comenzó a levantar del suelo los vestigios de su pasión. Mientras guardaba sus reliquias, en una pequeña caja de pinceles sobreviviente del desastre, desesperado, loco, se descalzó. Corridas, bullicio, carcajadas... como si al verlo tomaran cuerpo los fantasmas, nadie se detuvo, nadie le habló.
Embebido en su aflicción caminó entre las ruinas apenas ardientes, se untó la frente, el pecho, el corazón y continuó con la prisa de aquél que teme que se le arrebate hasta el dolor.
Un lamento se alzó a los cielos, le tendió la mano, lo envolvió...
Leonid se detuvo. No la vio cuando llegó.
Allí estaba ella, pálida, vestida de azul, con su largo cabello suelto, de pie en las heridas de la destrucción. Abrazada a un violonchelo ofició el responso, embriagando el aire de sonidos condolientes.
Íntimos en la oscuridad de los lamentos, ella permaneció con los ojos entrecerrados hasta el último instante y él, en silencio, juntó las cenizas de su alma y al fin partió.

domingo, 26 de enero de 2014

El llanto



Viviana Ibrahim 

Argentina




Secó su lágrima falaz sobre el cuerpo aún tibio.
Descendió por las escaleras en busca de algún signo que le dijera, por fin, cuál era el    secreto. Siempre había sido bella y ella, una copia mal hecha.
Perdida su última esperanza brotó, genuino, su negro llanto.