martes, 24 de septiembre de 2019

El regalo de la Tia Arsenia


Deanna Albano

Caracas, Venezuela


Arsenia pasó toda la mañana cosiendo una camisa de fino hilo  y luego bordó  un monograma. Sus blancas y pequeñas manos se movían con gracia sobre la tela. Planchó la camisa parsimoniosamente. Todo lo hizo con la calma y la seguridad de los veinte años de experiencia de esa labor, desde que, casi adolescente tuvo que dejar los estudios, para atender a su madre.  Por su buen gusto y la calidad de su trabajo, una clientela selecta solicitaba sus servicios con provechosas ganancias. Sus gastos frugales le permitían ahorrar y su libreta bancaria crecía sostenidamente. Si bien tenía dos hermanos y una hermana, todos casados y con hijos, sobre ella recayó la responsabilidad del cuidado de la madre.

Sus pequeños ojos pardos se detuvieron en la foto de la pared. En ella  una jovencita muy linda, de tez blanca, cuerpo torneado, nariz griega, labios carnosos le recordaba su juventud. Con los años su largo pelo rizado adquirió un tono gris. Su cuerpo se mantenía esbelto, sin embargo el eterno vestido floreado cubría sus formas.  

Arsenia colgó la camisa de un gancho y admiró su obra. Esa camisa era un regalo para Julio César. A todos los sobrinos los quería por igual, pero Julio César era el más cercano, debido a que cumplían años el mismo día. Además se parecía a ella en un aspecto: él era obsesivo por el orden y la perfección en los detalles; ordenaba sus trajes, camisas, corbatas en el  closet por color y combinación y día de uso, gavetas especiales para las medias, los zapatos  rigurosamente  dispuestos.
Al levantarse, su sobrino seguía una rutina diaria: su aseo personal, limpiar el baño, el desayuno, seleccionar lo que se va a poner, dejar el cuarto ordenado. Almorzaba religiosamente a la una. Cualquier cambio en esa práctica lo ponía nervioso y de mal humor.
Sin embargo  Julio César, abogado y con buenos ingresos, es  un excelente conversador, amante del teatro, de la vida social, y aunque no muy entendido en música, le encantaba ir a conciertos y podía remedar a un pianista de una manera jocosa que entretenía a los oyentes. Sus imitaciones eran divertidas. Sin embargo,  el vivir de una manera muy por encima de lo que le permitían sus entradas, las deudas, iban saliendo a la luz. En esos momentos se encontraba en la necesidad  de tener que acudir a su tía, para pedirle un préstamo para solventar sus obligaciones. Ella, en algunos momentos, le había dado a entender que el dinero que ella ahorraba sería para él, ya que no había tenido hijos.

  Arsenia, cuando no estaba cosiendo, estaba limpiando, cuidando sus matas, y detestaba que las palomas se asomaran a su balcón. Consideraba que eran sucias y dejaban sus excrementos en todas partes. Además la vecina del piso superior les tiraba migas de pan y algunas caían) sobre sus matas. Cada vez que una paloma se asomaba a su balcón ella la espantaba.

Algo después de las cinco de la tarde de un día de junio, Arsenia esperaba a su sobrino para tomar el té, en el balcón, sumida en profunda reflexión sobre su porvenir. Había pasado casi un año de la muerte de su madre, después de una penosa enfermedad que la mantuvo en cama largos años. 
Esa tarde no podía concentrar su pensamiento, sacudía la cabeza de un lado a otro, evocando su vida transcurrida, que de repente le pareció lejana e insustancial. No podía recordar un paseo, una fiesta, una ida al teatro. Solo acudían a su mente los recuerdos:
 —Arsenia, ¿Puedes plancharme esta camisa?
—Tía, ¿Me arreglarás este vestido?’
 —Hermanita, tengo una fiesta el sábado ¿Me  coserás el ruedo de este vestido? 
—Cuñadita, ¿Me harás una camisa?
—Vecina  ¿Podrías hacerme el favor de regar mis matas? Nos vamos una semana a la playa. —  Ella siempre disponible y servicial.
Cuando tocaron el timbre la mujer se sobresaltó; era Julio César. Después de los saludos de rigor, y mientras Julio Cesar  buscaba el momento propicio para pedir a la tía la gruesa suma de dinero, degustaba unas ricas galletas y un té negro.
 Arsenia le dijo:
—Julio Cesar, mañana para mi cumpleaños quisiera tener un momento diferente. ¿Me podrás llevar al teatro y a cenar en uno de esos lujosos restaurantes a los que tú vas?
Él muy contento y pensando en la gran oportunidad que tendría, le contestó rápidamente:
—Claro tía, mañana te vengo a buscar, ponte bien bonita.
Durante todo el día Arsenia estuvo revisando el closet, probándose vestidos, faldas,  blusas, arreglándose el pelo de diferentes formas.
 A la hora convenida estaba elegantemente vestida con una holgada blusa negra de ligera seda con cuello de raso y llanas charreteras de encaje. Una falda beige debajo de la rodilla, asomaban unas piernas bien torneadas y unos primorosos zapatos de medio tacón, completaban el atuendo. Su pelo reunido en la nuca, por una peineta de concha de carey le daba un toque de distinción.

Cuando franqueó la puerta, Julio César abrió desmesuradamente los ojos lanzando un silbido.
 Fueron al  teatro y luego a cenar, el sobrino la estuvo entreteniendo con sus cuentos e imitaciones, mientras pensaba en qué momento le pediría el dinero a la tía. Esta vez era una suma considerable, pero él conocía de la libreta de ahorro que una vez la tía había dejado olvidada en una mesa. Sin embargo consideró  que ése no era el momento y decidió   esperar  una semana para hacer la petición.
Al despedirse Arsenia, seria, pensativa y taciturna,  le dio un muy cariñoso beso en la mejilla.
Al tercer día el joven  recibió una carta:
Querido Julio César,
  Agradezco muchísimo el regalo que me hiciste.  Me enseñaste que hay otro mundo. Me fui en un crucero y estaré lejos tres o cuatro meses. Cuando vuelva me iré a otro crucero por un año, de vuelta al mundo. 
Te quiero mucho.
Tía Arsenia


domingo, 18 de agosto de 2019

Diez


Paul Morillo

Louisville. NC. USA

 

Hablas raro, me dijo.  Ahora que lo recuerdo no abrió los labios para decirlo. Estás al límite de tus palabras, acotó. Todo lo dices resumido. ¿Estás en ahorro literario? Preguntó. Rió. Mostró sus dientes grandes, perlas pulidas.
Siempre te estaré esperando, susurró. Ella siempre decía la verdad. Su mano era llenita y tibia al tacto. Se estiró y tomó la mía.
Como no he de hablar raro si estoy nervioso. La siento tan pegada a mí.
No sé porqué me temen. Yo soy la puerta al paraíso. Me dijo.
Ví su velo corroído por el tiempo. Hermosa túnica, casi topaba el piso. Olía a pesares viejos y esperanza. Una mezcla de azares de naranja con lavanda.
Alcancé a preguntar sobre las almas. ¿Que edad tienen? ¿Conservan la edad de cuando el cuerpo muere? ¿O es un promedio de años felices sobre años vividos? Un simple promedio matemático. ¿Es esa la edad de la eternidad?
Me miró sin medir nuestra distancia. El amor mira de frente, directo a los ojos. La muerte es futuro, acotó. El amor es presente, asintió. Le creí. Pero la idea de las almas quedó en mí. Ella lo sabía. No te preocupes de la muerte, dijo. Igual lo sabrás algún día. Pero si no amas ahora, nunca conocerás el amor. Entonces me explicó lo de las almas. Lo hizo rápido. Tenía que irse a remendar un tonto amor.
Los dos estaban turulatos. Su sueño se cumplió. Se amaban para toda la eternidad. La casa de mi padre tiene muchas moradas, aseguraban. Despertaron en una de ellas. Esto de ser seres luminosos era de locos. Habría que ajustarse pronto, también a la carencia de sexualidad. O sea, ni hombre ni mujer, ni todo lo contrario. Pero de algún modo se reconocían. Esto no era de ahora. Estaban juntos desde los inicios de los tiempos. Eran luz. Después de viajar por múltiples mundos al fin descansan. Si los resplandores poseen edad, ellos tenían todos los años. No tenía sentido de cómputo alguno. Así que mejor guarde la calculadora. No tenía razón de obtener el promedio. Lo que sí cabía era entender el diez. Ese número que añade al amor. Resta el egoísmo. La unión suprema de la unidad con el círculo del infinito. En fín, el amor mismo. Amor que no necesita de cuentas ni de cálculos. El diez de la brevedad de la palabra. El de las oraciones rápidas. El uno era él, el cero era ella. O al revés. Poco importaba.
 Lo entendí ahí mismo.Yo tenía que amar en ese mismo instante o moriría. Pasaría a ser una estadística del más allá, pero acá. Y amé.
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domingo, 28 de julio de 2019

Michelle va a Francia


 Doris Irizarry

Puerto Rico


       Me llamo Michelle.
       Suena bonito cuando una niña lo dice. Me gustaría llamarme así. Entonces me vería de otra manera. Enroscaría mis mechones en la punta de los dedos mientras recorriera con mirada extraña la ropa que llevo puesta. Es decir, la que llevo puesta yo, queriendo ser ella, con su falda de tachones y el lacito negro en la blusa. Michelle, con dos eles, porque es un nombre francés, me dijo un día sin que yo le preguntara. Entonces me puse a imaginar lo hermosa que sería su vida, tener una madre francesa, y seguramente un padre y un hermano francés. Vivir, dormir y desayunar como lo hacen los franceses y verse tan bonita como ella. Total, que su nombre sea Michelle, no quiere decir que sea francesa. Cuando mami me recogió en la escuela empecé con mis preguntas sobre Francia. Qué voy a saber yo, me dijo, con lo ocupada que estoy, me basta y me sobra con lo que me toca en esta Isla. Y rápido empezó a recordarme la lista de cosas que teníamos que hacer tan pronto llegáramos a casa. Me distraje bastante del tema de Michelle esa tarde. Bueno, todas las tardes. Pues cada vez que mami me recoge y subo al carro es como salir de un mundo ajeno para regresar al mío, que también me parece ajeno. La verdad, me distraigo mirando a través de la ventanilla. Mis ojos se quedan quietos en un punto, es como si avanzara hacia ningún lado, como si lo único que se moviera estuviera afuera. Y pienso en la lista, que es bastante larga. Pero, una vez llegamos, tengo un respiro cuando me baño. Me tardo bajo la ducha. Me enjabono muchas veces para que la espuma forme una pasta cremosa y perfumada sobre mis brazos. Y empiezo a cantar. Hasta que la escucho decir varias veces, sal de ahí ya. Entonces ella empieza a contar; y más o menos sé cuánto tiempo me queda. A la cuenta de uno, meto de cabeza bajo el chorro. Con el dos, el cual pronuncia con calmada desesperación, me da tiempo para quitarme el jabón. A veces descubro que se me queda un poco detrás de las orejas. Pero ella no lo nota. Nadie lo nota. Si me viera. Pongo una mano sobre la llave y cuento los segundos de memoria, con los ojos cerrados, muevo las caderas, doy pasos de baile, hasta que ella dice: tres. Lo dice con ímpetu, con fuerza, como dice ella que uno debe hablar. Entonces, giro la llave rapidito, cierro la pluma y levanto mis brazos con las palmas bien abiertas como si terminara un gran espectáculo artístico. Las gotas salen disparadas como confeti. Es como un juego. Ya cuando salgo del baño regreso a la lista y voy tachando en mi mente. Me siento en la cama y hago la tarea. La termino y mami me sirve la cena. No veo la tele. Dice mami que ya no hay programas buenos para niños. Busco el I pad y me entretengo con un juego que ella me bajó y espero a que me diga; ya, hora de dormir. Entonces entra al cuarto, saca la camisa y el pantalón del próximo día y lo cuelga del mango de la puerta de clóset. El clóset queda justo frente a mi cama. Pone las medias enrolladas dentro de los zapatos y los acomoda debajo. Me quedo mirándolo. El uniforme colgado justo sobre los zapatos parece un niño fantasma. Trato de verme dentro de él. Siento algo parecido al miedo. Luego ella se voltea y me mira muy quieta, como si quisiera preguntarme algo que nunca pregunta. Su mirada tiene un brillo casi como de susto. Cierra los ojos, me abraza como si no me quisiera soltar, me da un beso y reza conmigo la oración que me ensenó. Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, hazme un niño bueno, toditos los días. Yo vuelvo a acordarme de Michelle. No sé por qué siento un poco de coraje. Tardo en dormirme. Algún día iré a Francia.


 Este cuento ganó el segundo premio en la categoría de cuento del XXIV Certamen Literario de la Universidad Politécnica de Puerto Rico.
En ese Certamen,  Doris Irizarry también ganó el primer premio en poesía!!!
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viernes, 5 de julio de 2019

Perra Vida


 Paul Morillo

Lewisville, NC. USA



 Spanky John Walter Smith III creía saber por qué él tenía nombre de perro, pero necesitaba que alguien lo confirmase. Se miró al espejo. El reflejo mostró las orejas y los dientes caninos empotrados en su cara, al parecer al apuro,  estos no eran de un ser humano. Incluso Spanky orinaba apoyado en una pierna más que en la otra sin llegar alzarla, todavía. En esas se hallaba cuando su instinto se despertó, oyó un ruido indefinido en el patio que daba por la pileta con pescados colorados y amarillos. Guiado por el bullicio salió en busca de su destino y  del origen de ese ruido.
A medida que avanzaba por el patio, oyó otro agudo ruido de hojas secas crujiendo, los pescados colorados se arengaban y parecían que danzaban, entonces lo pudo oír en toda su fuerza y belleza. El ruido casi sordo para el oído normal venía de la parte cubierta por varias plantas, justo en donde comienza una suerte de bosquecillo.
Del fondo de los entumecidos matorrales por el aire de Mayo, se materializó un ser de luz azul. El aire aguantado por una llovizna  imperceptible amplificaba el sonido de conchas de mar, pronunciando un nombre que en ese momento Spanky no reconocía, y ahora vagamente lo recuerda,  lo cual lamenta a diario. Spanky se presentó ante el hombre, estaba asustado pero alerta, no dejaba de menear la cadera de la pura felicidad. Se acercó con la cabeza baja dejando ver su humilde postura, los hombros caídos en sumisión total. 
En aquel momento el hombre azul  le reveló que en su vida anterior, su existencia fue cortada de manera brutal por atropellamiento mientras él corría detrás de un auto dando de alaridos. Le pedí que aclarara la historia aquella del ser de luz y de una vida pasada. Sonrió sacando la lengua. Si tan solo fuésemos seres con corazones de niño veríamos todo tan claro, me dijo, y sus orejas paradas tomaron una siesta.
Insistí sobre lo que él oyó o bien lo que conversó con el ser azul, me interesaba sobretodo lo que él, Spanky, como ser terrenal le dijo a ese ser. Estaba yo fascinado  por  el acento que tenía en su hablar, no el Ser de Luz, ya que entiendo que hablan todos los idiomas, más bien tenía curiosidad por el tropiezo y alargamiento de ciertas palabras de Spanky, en especial de las elles, las ches, las ies, las i griegas, ciertas palabras como “calle” que Spanky John Walter Smith III pronunciaba como “cashe”, pollo dicho “poyo” y así por el estilo. Me explicó que todo era causa de la fricativa postalveolar pero yo argumenté que no sabía que el ladrido de los perros tengan esa condición a menos que el caco sea chileno o argentino y reímos a gusto.

lunes, 1 de julio de 2019

A lo que venía



Gil Sánchez

Mexico

 

Desde la primera noche partió sin hablar, desde entonces duermo en el sillón y, al despertar lo primero que hago es ver las sábanas sobre mi cama, así, como las dejó. La almohada conserva aún el perfume y la depresión en ella. Imagino que soy yo acariciando su mejilla. Han pasado diez días y la cama permanece sin tenderse, las sábanas todavía con los mismos dobleces de aquella noche, el por qué  no lo entiendo, simplemente el miedo de despertarme y no volver a recrear las imágenes de ella. Falla mi respiración. Lo que no me explico es la persistencia de su aroma, el cual permanece eternizándose dentro de mi locura y fantasía. Nunca volvió. Su corazón me dio por muerto, quizá, que más. El corazón acrecienta su latido desbocado al respirar la piel de un cuerpo fantasma y me dice que no quiere morir sin sentirla otra vez. La necesito para vivir, pero, era tan especial, jodidamente perfecta para mí. ¿Cómo le hago para encontrarla? Si no sé ni su nombre. Hay veces que se muere de amor, aunque se haya conocido solo por un día. Hoy tenderé mi cama para acostarme, soñarla abrazados una vez más y matar el sueño antes del amanecer.

martes, 18 de junio de 2019

Nena y Beba


Adri Diaz

Argentina



Esta mañana en la biblioteca donde trabajo, he visto a dos ancianas muy bien vestidas y elegantes ellas, mirando una fotografía de tonos ya amarillos…

Es su antiguo retrato escolar de casi principios del siglo. Las veo alineadas y posando junto a su maestra. Ellas no parecen tener más de diez años y sonríen en esas tomas que quedan para la eternidad.

Las escucho conversar animadas. Son amigas pero casi parecen hermanas. Concurren aquí, dos veces por semana y sin faltar nunca, a los talleres de memoria y juegos que ofrecemos para jubilados.

-       Nena, mirá qué lindas estamos! Con el guardapolvos blanco. Todas formadas de menor a mayor por estatura. Bien paraditas..

-       Bajitas, Beba? Algunas sí eran bajitas pero no todas… Había dos o tres que más bien parecían jirafas.

-       Las gafas ? Querés que te traiga las gafas Nena? Pero si las tenés puestas. No te acordás que te las habías olvidado pero te las alcanzó tu hija, la Rosita?

-       Mmm enanitas… No, no me parece. Sí, puede ser alguna que otra petisa pero enanas… No…  Mirá que llamarnos enanas Beba… Vos estás segura que hoy tomaste tu medicación?

-       Ay… si Nena. Siempre me acuerdo que nos hacían ensayar esa canción…  Aquí en esta foto estamos en la sala de música.

-       Pero qué cosa Beba! Cómo estás hoy! Sí, la maestra era un poco rústica…   Pero en el fondo era muy buena. Lo que no me acuerdo muy bien era el nombre de la señorita. - dice señalando la fotografía.

-       Dorita?

-       Te parece? Si, bonita era… Pero lo que más me acuerdo, es que era era gritona.

-       Mmm… No la recuerdo tristona pero si vos lo decís… así debe ser. Tengo que reconocerlo Nena, a vos de memoria no te gana nadie. Vos siempre te acordás de todo…






miércoles, 5 de junio de 2019

Cuello de Luna


 

Paul Fernando Morillo

Lewisville. NC. USA


 Al sacar la cabeza por el cierre  de la puerta en la tienda de campaña, el montañista tuvo la certeza que el reloj marcaba las 2:45 AM, los chorritos horizontales y verticales ateridos del aire que  bañaba la madrugada lo terminó de despertar, la verdad, no durmió bien, pensando en la cumbre de la montaña. El guía ya despierto les arengaba para que salgan inmediatamente y poder avanzar hacia su objetivo, les alentaba a que revisen su equipo una y otra vez,  los principales objetos cuerdas y crampones, de esa forma emprenderian el ascenso lo más pronto posible.
En la mente del muchacho “quincuagenario” asomaban flashes de la frustración que experimentó para vivir un momento como este, las rápidas interacciones mentales, igual que el viento helado, así como aparecían, se diluían. Mientras revisaba su equipo se acordaba de esos prolongados momentos en que la fatiga  adormecía las fibras musculosas, la mente jugaba triquiñuelas y él sin saber por qué, quería abandonarlo todo. En vez de amargarse por ello, muy por el contrario, daba gracias por aquellas exiguas circunstancias, que por Gracia del dios de la montaña, asomaban para darle ánimos a seguir, eran un elixir de agua pura en el desierto del desconcierto.
La ventana de la noche invitaba a echar una mirada a través de ella, así lo hizo, las pupilas buscaban la cima, que por causa de lo abúlico de la bruma, dispersa  y casi estática, no se veía. Un magnífico trueno machacó la oscuridad, la partió en varios halos de luz, sus ondas claras entonaron todas las cuerdas con la que el alma se ata al cuerpo en lo interior, lo ensordecedor del fenómeno le causó alegría, entonces oyó una voz que le aseguraba que aquel era un buen día para intentarlo de nuevo. La luz del trueno desapareció tan rápido como vino y él sonrió por la sagrada experiencia.
La cadena de nueve  eslabones humanos, de varias edades y estados físico inició la escalada, emprendieron la ruta a la cima a las 3:06 AM, el montañero sumo los dígitos en su mente, se acordó de Yesod, comparó con el número de integrantes del grupo y tuvo la certeza que este sería un buen día. Al cabo de unas cortas horas la mañana ya se destornillaba en el mismo sentido de las manecillas del reloj. La niebla bajaba a borbotones por las suaves pendientes de su mente y de a poco se posaba en su cabeza, en lo externo el día era claro y luminoso.  No pudo más por ahora, se encaramó en una piedra enorme, y se puso a contemplar la cima del monte, el montañista sentía que era parte del  estratovolcán que atraía no solo por su belleza sino por las historias que representaba; recordó el mito del volcán Kutu Phaxy, ahora adormecido. De todos los nombres del gigante promontorio, él se quedaba con el que más le evocaba calma, Cuello De Luna. Estos mágicos glaciares en las noches despejadas muestran blancura pura bajo el manto de la bella diosa Killa, y  por las mañanas al golpe del dios Inti, chorrean miles de diamantes en su nieve y hielo sempiternos. El buscador de los parajes solitarios había pensado en ascender el volcán y pelear contra los vientos enfurecidos que te recuerdan lo débil de tu cuerpo y lo fuerte de tu espíritu. Así lo hizo. Hasta ese momento. Hasta allí, hasta esa roca.
     El cansancio debido al esfuerzo de las pendientes del volcán lo invitó a descansar  en esta gran masa de flujo magmático seco, esta roca que había escapado  entre  las comisuras del tiempo era sólida y de color negruzco, el espléndido molón roca apostado en la ladera exterior del cráter miraba hacia el valle, el montañista también apostó la mirada hacia el fondo del valle pero alternaba su mirada hacia la cima, ahí estaba el mundo roto en espacio y tiempo, ahi tambien se encontraba la voluntad humana en constante lucha de progreso interior. Él estaba absorbiendo este instante que lo pospuso por cualquier excusa, el día había llegado trayendo en su agenda una respuesta que al montañista no le gustaba. Termina su breve descanso.
 El pie izquierdo lo levanta con dificultad y dolor, la respiración es larga y copiosa, las ventiscas que aparecen y desaparecen se cuelan entre los dientes y el frío acuchilla las encías, la dentadura. Duele respirar. La bota con los crampones se clava en la nieve dejando escapar  un sonido de harina fría siendo aprisionada. La pierna derecha busca la  juguetona nieve, apoya el cuerpo y sigue caminando, escalando, sintiendo la carga física en su cuerpo, el hielo lo invita a tomar asiento.  La Cumbre se ve  más cerca pero todavía distante, el guia de vez en cuando les da un tiempo aproximado para coronar la cumbre, y esto lo animaba un poco. Se separan unos escaladores por la lentitud del avance.
Los impulsos de su corazón son acelerados, retumban en las sienes, lo finito del aire pone en su cuenta los años del escalador,  las ondas de los latidos se escapan por los lados laterales de cráneo del alpinista y se mezclan con la corriente del viento frío. Entonces la neblina que estaba en su cabeza abandona el nido de su cuerpo y se entreveran con una bruma  que apareció de la nada y cubre la pendiente.

        En medio de la neblina se abre un hoyo por donde se aprecia la cima muy cerca, logra ver a la más joven integrante del grupo coronando sola la cima del Cuello de Luna, el silencio en la alturas llega con un ruido en su estómago vacío y los latidos en las sienes,  se detona otro trueno y la luz que se desprende del estruendo convierte la nieve en una extensa masa negra por el contraste de  su luminosidad, el piensa si acaso no era lo mismo que le pasó a Moisés en el Sinaí, pero el esta en la parte alta del Cuello de Luna y solo sonríe.  Las fuerzas le abandonan, está de rodillas, mientras unos chorritos de agua salada escapadas de sus ojos caen en la nieve. Como un mantra se repite que es importante prepararse; pero, hay que lidiar con los obstáculos en este presente, y el mágico Cuello de Luna presenta grandes oportunidades. Por cualquier excusa, sean los viejos crampones, la falta de proteína, o cualquier otro subterfugio, él supo que el Volcán había ganado, sentía una derrota a medias, la edad no cuenta afirma en su corazón de viejo caminante, él lo sabe, el Cuello de Luna también, los dos concluyen que todo termina allí, la cima será un reto ahora puesto en calendario para dentro de unos meses.