viernes, 17 de marzo de 2017

Pánico


 Paola Pamapre

Concepción del Uruguay, Argentina


Desde el mediodía la atmosfera se fue enrareciendo.  Un desasosiego extraño me invadió y  no podía estarme quieta.  Estaba sedienta y alterada.  Pero no era la única.  El revoloteo de los alguaciles lo fue presagiando. Las hormigas andaban desorientadas por sus senderos y el gato no dejaba de lamerse los pelos electrizados.  Los bichos tienen un sentido especial para estas cosas, es solo cuestión de presentimiento…o instinto de preservación.  Finalmente se largó. Un cielo plomizo y encapotado se partió en dos y comenzó a volcar cataratas de agua.
La tormenta arreciaba  y yo sentía la zozobra correr por mis venas y bloquear  mi cerebro.
El aire, cargado de estática, se arremolinaba  entre los arboles cercanos y hacia crujir el techo y las paredes de madera. Sola y alterada escuchaba los silbidos del viento y  veía,  por entre las tablas,  flechas de luz enceguecedora.  La tarde estaba llegando anticipadamente  a su fin, oscurecida por el cielo cada vez más sombrío. Los tonos morados eran el telón fondo donde los relámpagos parecían tejer extrañas telarañas. Llovía como en el diluvio.
Entre el estruendo, como respondiendo a mi esperanza de náufrago, escuché la voz de Carlos.  No podría verlo hasta el próximo refucilo, pero comprender  que su presencia no se haría esperar, ya me calmaba y sentí  mermar la angustia.
Con un golpe brutal, el portón se abrió de par en par. El viento azotó ambas hojas de madera como queriendo sacarlas de sus goznes  y baldazos de lluvia acompañaron la figura que imaginé más que vi.
Me llegaron más cercanas y consoladoras las palabras gritadas a voz en cuello.  Carlos estaba empapado, las ropas que trataba de sostener parecían extrañas alas agitadas por el vendaval,  y a contraluz de la claridad que venía del exterior,  caminó lentamente hacia mí.
- ¡Calma, calma! – Dijo para serenarme – tranquila mi preciosa, ya estoy acá.
Comenzó a acariciar mi espalda y mi cuello.  Me abrazó y pude sentir su olor tan familiar. Mi piel erizada, en contacto con la palma de su mano, comenzó a contener los temblores.  Sin embargo, no podía dejar de sacudir la cabeza, mis ojos registraban cada destello de las luces como un caleidoscopio, mientras que mis orejas percibían el rugido de la tempestad como un estampido insoportable.
Elevé las manos y, sin poder contenerme, intenté salir corriendo  del establo. Estaba  enloquecida, descontrolada y sin querer atropellé a Carlos que cayó contra un poste. No quería lastimarlo, fue un accidente. Detuve mi impulso y regresé. Carlos estaba tendido en el suelo, inmóvil. Después de un rato demasiado largo, se levantó dolorido, refregándose la espalda. Afuera la tempestad amainó  y comenzaba a regresar la calma. Me acerqué a él como pidiendo perdón.
Me tironeó de las crines y me dio una manzana.  Acarició mi hocico tembloroso y puso una manta sobre el lomo transpirado.
- Yegua de mierda, casi me mata –  le dijo a la mujer al volver a la casa con olor a estiércol.






De Recuerdos y sombras

 

 Brigida Rivas Ordoñez

Alicante, España

De recuerdos y de sombras está hecha mi memoria. Recuerdos borrosos y nítidos. alegres y tristes... Algunos surgen con tal fuerza y colorido que podría, dándole color a los sentimientos que en mí despiertan, pintar un inmenso mural, en el que, a modo de un artista abstracto, representara mi vida.
Así, desde la blancura nacarada, casi transparente, de aquellos primeros años inocentes, sinceros, pasar a los tonos más fuertes en la adolescencia y juventud, cuando vislumbras todo lo que la vida va a ofrecerte, y desoyendo consejos y saltando normas, corres en busca de lo que deseas por el camino más corto. ¡Y aún así, te parece largo!
Aquí, el mural se tiñe:
De celestes cándidos: los proyectos.
De rosados inciertos: las ilusiones.
De dorados brillantes: los éxitos.
De rojos intensos: el amor.
De verdes luminosos: la esperanza.
Todo un torbellino de colores en tropel, formando espirales altísimas y chispeantes, que terminan desbordando los límites del mural.
Después, y ya en la cima, y sin haber llegado donde me dijo el corazón que iría, aparecen los grises del desencanto, mezclados con los morados de sufrimientos y con los rojos manchados de pinceladas negras de desamor. También están los tonos llamativos, pero muy opacos, de la falsedad, y un poquito de verde esperanzador mezclado con tonos inciertos de recelos y cautelas.
En la memoria más próxima, los tonos del mural se vuelven serenos y apacibles. Predomina un color beig, como el de la tierra en la que quedan los rastrojos de la cosecha de un ciclo, y en la que también crecen algunas tímidas florecillas de suaves colores y con ramitas verdes. Pocas y esparcidas al azar.
De mis pinturas, ya me van quedando pocas y muy mezcladas. Pero conservo con esmero, un bote de color verde intenso, para poder seguir pintando, entre los rastrojos de mi vida, muchas ramitas verdes.




viernes, 10 de marzo de 2017

El Espía

 Jaime Aldana

Lima, Perú




––Yo sé quién lo mató ––le digo al jefe de policía de la comisaria. Me mira como si no me hubiera escuchado, y pregunta: ––¿Qué dices? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo te llamas? ––Señor, le digo que sé quién asesinó a don Humberto. ––¿De qué hablas? ––pregunta. Estoy por perder la paciencia con este policía tan cerrado. ––Le hablo del carnicero de la esquina. Al que mataron la semana pasada. ––¿Y tú qué sabes? ––Yo sospecho quién fue el asesino. ––¿Sabes o no sabes? ¡Ven para acá! ––exclama. Llegamos a una oficina donde hay varios policías, y dice: ––Ortíz, tómele la declaración a... ––me contempla con cara de interrogación. ––Diego ––respondo. ––Haga lo que le digo, luego me avisa ––ordena. Antes de que se vaya, le digo: ––Jefe, lo que yo quiero es ayudar ––me regala una mirada furiosa y se va. Ortíz me pregunta: ––Nombre completo. ––Mire, no quiero que se sepa mi nombre. Lo que quiero es que atrapen al asesino. ––¿Cuántos años tienes? ––Dieciséis, pero ya voy a cumplir diecisiete. Mire señor, yo quiero ayudar. Pero si me ponen tantas trabas, me voy ––le respondo. Hago el falso ademán de irme. ––¿Y tú qué sabes? ––La noche del asesinato yo me encontraba en el techo. A veces me subo a pensar. La verdad, me gusta saber qué pasa en el vecindario. Fue ahí donde escuché dos disparos. Me quedé paralizado. Recordé que podría caerme una bala perdida, y me agaché. En ese momento chirriaron las llantas de un auto. Quise ir a ver qué pasaba, pero me contuve. Ya me enteraría después. ––¡Pero dime quién crees que fue el atacante! ––grita; ya sabía que los policías pierden la paciencia con facilidad. ––Se llama Joaquín Centeno. Vive en el condominio Santa Cruz, donde vivo yo. Bloque 2, apartamento 101. ––¿Y cómo sabes que fue él? ––La noche de los disparos me quedé ahí hasta tarde. Me senté en una saliente del techo. Me gusta el silencio y observar el cielo de noche. Fue ahí cuando vi que una luz se encendía. Estaba como a tres o cuatro bloques de distancia. No lo sabía exactamente. Escuché una discusión. El señor salió al patio que compartimos todos los vecinos. Se usa como tendedero. Se fumó dos cigarrillos seguidos. Caminaba de un lugar a otro. Nunca vi que alguien hiciera eso. Luego se metió a su casa. ––¿Y eso es todo? ¿Tú crees que eso es suficiente para acusar a alguien? ¡Debes estar loco! ––grita Ortíz. ––Bueno… sí, pero creo que al menos deberían interrogarlo. He leído que las personas tienen un mismo comportamiento. Si cambia su conducta, es por algo. Además, ocurrió el mismo día de los disparos. No creo en las coincidencias ––le digo. Pienso que ha sido inútil venir a la comisaría. ––¡Saquen a este muchacho de aquí! ––ordena. Un policía se acerca dispuesto a llevarme por la fuerza. ––Ya me voy, pero… no nada. Yo solo quise ayudar ––le digo, mientras camino a la salida. Tres días después fui a la comisaria. Temía que me reconocieran y me echaran de nuevo. Moría de ganas de saber si habían investigado. Decidí entrar. En la oficina se encontraba el jefe hablando con Ortíz. Quise dar media vuelta para irme, pero me llamaron: ––¡Venga para acá! ––Sí, señor… ––dije con timidez. ––Tenías razón. Ya hemos atrapado a ese tal Joaquín. Tenía una requisitoria. ¿Tú lo conocías? ––me preguntó el jefe. Luego me enteré que era el Comandante López. Respiré aliviado. ––No, señor. Lo averigüé. ––¿Cómo así? ––Por la camisa. ––¿Qué camisa? ––La camisa que usaba ése día. Era rosada, a rayas. No sé por qué se quitó la ropa. Dejó todo en el patio. Al día siguiente la vi colgada en el tendedero. Fui hasta allá sin que me vieran y la agarré. Después toqué puerta por puerta para ver a quién pertenecía. Hasta que di con el dueño. Salió la esposa del hombre. Le dije que se había caído del tendal. Me dio las gracias. Ahí le pregunté cómo se llamaba su esposo. ––No creo que hayas podido ver la camisa. ¿Acaso no era de noche? ––me preguntó el Comandante. ––Sí, señor, pero yo siempre llevo mis binoculares.

lunes, 27 de febrero de 2017

¡Apuráte te digo…!

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Paola Pamapre 

Concepcion del Uruguay,  Argentina

           


Intermitentemente llovió toda la noche y parte de la mañana.  A la tardecita, aún húmedos y relucientes, los árboles reflejan las luces del sol que finalmente impone su presencia y también, sobre el rio crecido e impetuoso, sus rayos pintan mil centellas.

El domingo ya está transcurriendo hacia su fin, perezosamente.  Estacionado en el muelle, frente al canal de ingreso al puerto, contemplo como miles de veces el paisaje. Algunas lanchas y canoas producen el oleaje que termina en las orillas desdibujadas por la altura del rio. Regresan temprano ya que los días de otoño han cercenado las horas de luz.

Fiel a la costumbre, mi mujer está haciendo cola para comprar las consabidas tortas fritas del carrito y en la radio, la voz de Teresa Parodi  ha desplazado al cadencioso chamamé de don Transito.

Me sobresalta un golpecito en la ventanilla y al mismo tiempo alguien abre la puerta y se mete. Un muchachote de fuertes manos  ásperas,  olor a rancho  y  pescado a las brasas,  me dice a modo de saludo: “¿Se acuerda de mí, don?”

Se acomoda como puede los negros pelos hirsutos y chorreantes que le tapan a medias la cara, pero cuando me apunta esos ojos claros, mi memoria se agita. Me salpica algunas gotas.

“Ando buscando a la Juana… y  a la más chiquita, la Josefina… ¿Usté no las vio?”

Mantengo la boca abierta, pero sin embargo,  no puedo formular palabra, la garganta seca… y me lo quedo escuchando mientras sigue:

“La otra tarde, cuando la crecida se puso muy fiera, salimos del rancho pa’  no hacer noche en la isla. Con el Mancha, que se vino antes, mandamos avisar a mi vieja  y los parientes nos estaban esperando con el carrito, porque teníamos algunas cosas pa’ cargar. Levantamos lo más posible las camas y colchones y atamos como siempre los arneses pa’ la pesca, pero nos trajimos algo de ropa de los gurises  y las cosas de la escuela. La Josefina es muy buena alumna, ¿vió?”

Mientras el hombre habla, con voz ronca y cada vez más lentamente, yo tengo los ojos fijos en La Stella Maris,  el faro a la entrada del canal,  que ya está parpadeando. En el medio de esa amplia avenida de agua  hay un suave oleaje…y muchas estrellitas doradas. ¿Un poco de viento, quizás?

El Mariano sigue diciendo, como para sí mismo. “Ya estábamos cerca, don, pero se levantó viento y las olas se encresparon más cuando dimos la vuelta al faro…allá en la punta…me agarró desprevenido… ¡mierda!...yo que soy  tan baqueano del rio! Corcoveó la canoa y la mochila de la Jóse se cayó al agua y mi gurisita se levantó pa’ aguantarla. Fue en un santiamén que  la Juana la sostuvo  de la campera y así,  agarradas, las dos al agua, ¡pucha! los ojos grandes y los gritos que ni se le oían, se  iban alejando. Por más que lo intenté, la canoa se dio vuelta y hasta el pobre perro se fue al  agua. Yo nadaba como loco,  tratando de alcanzar a  mis mujeres…  la Juana sabe flotar muy bien… me conformaba pensando, pero la verdad,  la corriente estaba cada vez más brava. La mochila rosada pasó rápido a mi derecha, la manoteé pensando en lo importante que era pa’ mi Josefina. Y seguí dando brazadas…y brazadas….y brazadas. Se hizo la noche tan rápido que ni cuenta me di…todo era negrura, frio, agua y remolinos que me arrastraban hacia abajo, la pelié, sabe, luché con todas mis fuerzas…no sé  adónde me llevaban esas cosas que me tenían garrado e laj piernas. Bué, don…me tengo que ir a buscarlas. ¡Hasta más vernoj, pué!”

El Mariano baja del auto tan rápido como subió  y corre al borde del muelle. Se zambulle, nomás.

Me nace un grito -- ¡Pará, es peligroso, está muy crecido…!

El vigilante de prefectura se da vuelta y me mira extrañado. Abro mi puerta y bajo, doy unas zancadas hacia el  embarcadero pero en ese momento llega mi mujer, con las tortas fritas recién hechas. Ni me mira, porque trata de no quemarse  los dedos,  y me cuenta, sin respirar siquiera,  que se cruzó con “ la Francisca te acordás  che de la hermana de la Negra  que vivía  pegado a la tía Rosa  y nos acordábamos con tristeza que ya pasaron tres años de cuando su hijo el Mariano pobrecito la virgencita de Itatí lo guarde y la mujer y su hija se ahogaron pobrecitos y que desgracia tan terrible te acordás del Marianito ¿no?... recién después de una semana lo encontraron abrazado a la mochila… ¿pero te acordás no?... parece mentira che que este Uruguay tan sereno y lindo se lleve de vez en cuando la vida de algún isleño o de alguien que”….y toma aire para seguir.

Ya no la escucho.  Pienso que tuve un sueño tan extraño, hace un ratito nomás, ¡que sonso…! me habré quedado dormido.

Mi puerta y la del acompañante siguen abiertas y la Bety, mi mujer, siempre hablando y hablando,  se mete.

Pega un chillido –– “¡Pero viejo!...el asiento está mojado.”






















lunes, 20 de febrero de 2017

La sabandija


  Doris Irizarry

   Puerto Rico

       Tengo por costumbre no mirar a mis pasajeros. Lo aprendí de mi padre. No se mira, hijo, hasta que llegan al destino. Se hace el trabajo calladito. Así que mantengo la mirada fija hacia adelante. Tiene razón mi padre. Que no se necesita hablar, ni mirar atrás. No cuando se conduce un coche de esta categoría. Unas veces porque no interesa el pasajero. Otras, porque apesta. Sí. Algunos apestan. O porque no le importa a uno, vamos. No hay que estar mirando. Es cosa de respeto. Y de darse uno mismo la importancia del trabajo.
       Hoy no sé si quiero mirar por satisfacción. O por desafío. Por rabia o por lo que sea. Me lo sé completito. Y es que ahí viene Marcial Torremolinos. Lo traigo de pasajero. Quién diría que Torremolinos se dejara llevar por mí. O mejor dicho. Quien se hubiera atrevido a decirle, se habría jodido. Que sea yo quien lo lleve a su destino. Yo, de todos, soy el que menos habría imaginado. Porque vivo en el barrio, claro. No. Vivo más lejos aún. Lejos de su estatura. De esa otra que no se mide en pulgadas.
       Pero vaya usted a saber. A Margarita Torremolinos no le importaba. Ella, la niña de sus ojos. Yo, un sopla potes, chofer de profesión, la cortejaba. Menos le importaba que él se lo prohibiera. Ella hacía lo que le pidiera el gusto. Y yo era de su muy buen gusto. Torremolinos se enteró en una tarde de abril. Salimos corriendo. Ella detrás de mí. Empapados. Y gracias a Dios que llovió. Diluvió sobre el aliño de la tarde. Aquel reducido agridulce de caricias cocinadas en el garaje. Margarita reía, sonsacadora, ella. Ese fue el comienzo. Hubo más tardes de las que no supo Torremolinos. Y mañanas. Y noches. Mojadas y secas. Yo entraba por la ventana. Y por donde ella quisiera. Hasta que Torremolinos nos cogió en su cama. Sobre mi cadáver. Eso me dijo la última vez. Que ella tenía que buscarse un hombre de bien. Le dije que yo era un hombre de bien. Idiota. No tienes en qué caerte muerto. Sabandija. Lo dijo con soberbia. Con desprecio. 
       Todo delante de ella. Me tragué el veneno y me le quedé mirando. A la pajarita negra. Ave de mal agüero. No la pajarita. Él.
       Esa fue la última vez. Margarita pasó al encierro. Lo supe por El Cano. El jardinero de los Torremolinos. Mejor no la busques, me dijo. Yo le creí. Que si la castigan más. Que si la tortura de sus gritos. La indiferencia del padre. Los intentos suicidas. Me alejé. Después vino el atrevimiento de ayudarla a escapar. Fue su idea, de El Cano. Y yo tan agradecido. Poco a poco El Cano iba soltando más. Alardeó de ser su cómplice. Hasta que se le zafó el puñal. Y me enterró que era dulce como la miel. Que era ajena como una abeja reina. Y que así vivía después que se casó. Como la reina de todos los continentes. Que me resignara. Que ella no era cosa de choferes. Ni de jardineros. Que el dulce duró poco. Hasta las entrañas, así fue el tajo. Esa noche me volví como loco.
       Sí, a Marcial Torremolinos se le dio. Margarita se casó con un tipo rico. Rico y poderoso. Con mucha plata, mucho blin blin y mucho control. Pero a ese no se le podía contradecir. Ni decirle sabandija. Aunque lo fuera. Marcial Torremolinos lo sabía. Pero pudo más la imprudencia. Y la imprudencia lo traicionó. Duelo de pistola y machingón no es duelo justo. Su idiotez me lo regaló de pasajero. Nada menos que a mí. Y ahí lo traigo. Estiradito y horizontal. Como siempre, con pajarita negra. Después de todo, se salió con la suya. Que no hay que subestimar las armas. Tiro certero. Eliminó a la sabandija y no lo supo.
       Por aquello de mantener la estatura, no miro atrás. Una vez es suficiente.
       Mi padre y yo. Ambos, conducimos hacia el mismo destino. Él viene desde el otro lado de la ciudad con su pasajero. Tampoco mira atrás. Sí. Hay pasajeros a quienes no se les mira nunca. No sea que te disparen después de muertos. Ni a sus secuaces. Ni a sus viudas. Aunque sean las Margaritas de la vida. ¿O sí?

lunes, 13 de febrero de 2017

Una epifanía


Gil Sánchez

México

Impávida, con la tranquilidad reflejada en su rostro, permanecía sentada detrás de la ventana con sus lentes oscuros. Doña Carolina, se confundía con los adornos del cuarto grande que daba al balcón de una avenida poco transitada. Hacía un año que su hijo la había depositado en una casa de retiro. Un buenos días, la sacó de sus pensamientos.
–– ¿Cómo se llama, señora?
––Carolina, pero me dicen Caro. Y usted, ¿quién es?
––Raymundo, usted me puede decir, Ray. ¿Por qué no salimos al balcón?
––Y para qué, nunca podré ver nada y aquí oigo lo necesario.
Pero una mañana la convenció de salir a sentir el viento fresco, y se convirtió en sus ojos, al decirle: A lo lejos se percibe el mar azul con un oleaje apacible, pero constante como los corazones que se aman salpican al sol y en las noches sonríen a la luna. Unas gaviotas vuelan cerca de un barco pesquero. Las ansias que muestran por tener comida, son las mismas que tenemos por una caricia de nuestros seres queridos. Pasa un gran buque con turistas alegres, bailan ante un sol tierno que en vez de dejar un ardor, solo deja un calor en las mejillas. Yo sé que usted las siente. ¿Verdad que sí?
Así, todas las mañanas hasta el mediodía le contaba lo que veía, y por las noches describía las constelaciones de estrellas vivas, que emitían su luz ante la necesidad de ser vistas.
Hasta que un día, no llegó para acompañarla al balcón. Al primer asistente que pasó, le preguntó por Ray. Éste, en forma directa y sin preámbulos, dijo: murió, tenía un cáncer avanzado, y con pocos días de vida.
––Me puede sacar al balcón un momento. Deseo ver el mar––dijo al asistente, a pesar del estrujamiento en su pecho que le impedía respirar.
–– ¿Cuál mar? Si estamos al pie de una montaña, y los suburbios de la ciudad no tienen nada bueno que ver. Además, usted es ciega.
Por primera vez, se quitó los lentes oscuros, se vio decidida caminando por la playa y al mirar el mar pasó rozando muy cerca de ella, aquel ángel, y revoloteando se elevó a lo alto del cielo azul con una sonrisa en la boca que fue correspondida.

viernes, 3 de febrero de 2017

El Arqueo

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Osvaldo Villalba

Buenos Aires


A Susana, la
mujer de mi vida.

Absorbido por los comentarios en los diarios digitales sobre las repercusiones que tuvieron las elecciones de Estados Unidos en las bolsas del mundo no me di cuenta que ya son las diecinueve y treinta y en la oficina se fueron casi todos. La única que queda es la tesorera que, por sus bufidos, parece estar en una lucha desigual, en la que pierde, con la planilla de caja.
Dejo mi lectura y me acerco.
—Te iba a preguntar si tenés diferencia, pero es una obviedad —le digo.
—Hacés bien —responde—. Sino ya no estaría aquí, ¿no?
—¡Uh! ¡No está el horno para bollos! ¿Te ayudo?
—Si no te es muy molesto.
—¿Cuanta diferencia tenés?
—Setenta y dos mil pesos.
—Si faltan te los descuento del sueldo. Si sobran los repartimos.
—¡Más generoso no podés ser! —exclama sonriendo por primera vez—. Sobran.
—Bueno, mejor la buscamos. Pero si la encuentro quiero un premio.
—Que sería...
—Un beso.
—Te estás aprovechando de tu posición.
—¡Y! Ya que la diferencia de puesto no se refleja en los sueldos...
—Ya revisé todo. No tengo muchas más alternativas.
—¡Bien! Repasemos los controles. ¿Vuelco del saldo inicial con el cierre de la caja de ayer?
—Sí.
—¿Control de la numeración de recibos de cobranza, verificando que el primero de hoy sea correlativo al último de ayer?
—También.
—Control del último número con el subdiario de cobranza.
—Sí, y verifiqué que no faltara ningún número.
—Bien. Control de las órdenes de pago, numeracion inicial y final.
—Verificado. Y controlé que los totales de los subdiarios de cobranzas y pagos dieran con los subtotales de ingresos y egresos de la planilla de caja.
—¡Muy bien! ¡Esa es mi discípula! —aplaudo logrando que vuelva a sonreír—. Entonces la diferencia está en los valores. Descuento  que el efectivo lo contaste varias veces.
—¡Tres!
—De acuerdo. Alcanzarme los cheques —digo extendiendo mi mano.
Empiezo a revisar los cheques con detenimiento y anoto en un papel dos casos:
Galicia N° 835 $ 208526,30
HSBC N° 322 $ 519875,00
—Bueno, yo te canto los datos de un cheque y vos me das el importe que volcaste en la planilla —le propongo.
—¡Dale! —responde más animada.
—Banco Galicia con número final ochocientos treinta y cinco.
Busca con el cursor del mouse y lee pausado.
—Doscientos ocho mil quinientos veintiséis con treinta.
—¡Bien! Ahora HSBC que termina en trescientos veintidós.
Tarda unos segundos.
—Quinientos noventa y un mil ochocientos setenta y cinco.
—¡Bingo! Es quinientos diecinueve —le digo extendiéndole el cheque.
Lo toma, lo mira incrédula varias veces comparando con la cifra cargada en la computadora y exclama:
—¡Sos un genio!
—Mi mamá siempre me lo dijo.
—¿Cómo lo hiciste?
—Si la suma de los dígitos de una diferencia da nueve, la probabilidad que sea una inversión es muy alta. En este caso setenta y dos tiene dos posibilidades: un ochenta por cero ocho o noventa y uno por diecinueve. Ahora mi premio...
Se acerca, rodea mi cuello con sus brazos y nos besamos largamente.
Luego, sin dejar de abrazarme, me mira a los ojos y dice:
—Me preocupa coincidir con tu mamá.
Suelto la carcajada y la aprieto fuerte contra mi.
—Tranquila, es en lo único. Ahora, si no fueses mi esposa, ¿me denunciarías por acoso laboral?
Osvaldo E. Villalba
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