lunes, 20 de febrero de 2017

La sabandija


  Doris Irizarry

   Puerto Rico

       Tengo por costumbre no mirar a mis pasajeros. Lo aprendí de mi padre. No se mira, hijo, hasta que llegan al destino. Se hace el trabajo calladito. Así que mantengo la mirada fija hacia adelante. Tiene razón mi padre. Que no se necesita hablar, ni mirar atrás. No cuando se conduce un coche de esta categoría. Unas veces porque no interesa el pasajero. Otras, porque apesta. Sí. Algunos apestan. O porque no le importa a uno, vamos. No hay que estar mirando. Es cosa de respeto. Y de darse uno mismo la importancia del trabajo.
       Hoy no sé si quiero mirar por satisfacción. O por desafío. Por rabia o por lo que sea. Me lo sé completito. Y es que ahí viene Marcial Torremolinos. Lo traigo de pasajero. Quién diría que Torremolinos se dejara llevar por mí. O mejor dicho. Quien se hubiera atrevido a decirle, se habría jodido. Que sea yo quien lo lleve a su destino. Yo, de todos, soy el que menos habría imaginado. Porque vivo en el barrio, claro. No. Vivo más lejos aún. Lejos de su estatura. De esa otra que no se mide en pulgadas.
       Pero vaya usted a saber. A Margarita Torremolinos no le importaba. Ella, la niña de sus ojos. Yo, un sopla potes, chofer de profesión, la cortejaba. Menos le importaba que él se lo prohibiera. Ella hacía lo que le pidiera el gusto. Y yo era de su muy buen gusto. Torremolinos se enteró en una tarde de abril. Salimos corriendo. Ella detrás de mí. Empapados. Y gracias a Dios que llovió. Diluvió sobre el aliño de la tarde. Aquel reducido agridulce de caricias cocinadas en el garaje. Margarita reía, sonsacadora, ella. Ese fue el comienzo. Hubo más tardes de las que no supo Torremolinos. Y mañanas. Y noches. Mojadas y secas. Yo entraba por la ventana. Y por donde ella quisiera. Hasta que Torremolinos nos cogió en su cama. Sobre mi cadáver. Eso me dijo la última vez. Que ella tenía que buscarse un hombre de bien. Le dije que yo era un hombre de bien. Idiota. No tienes en qué caerte muerto. Sabandija. Lo dijo con soberbia. Con desprecio. 
       Todo delante de ella. Me tragué el veneno y me le quedé mirando. A la pajarita negra. Ave de mal agüero. No la pajarita. Él.
       Esa fue la última vez. Margarita pasó al encierro. Lo supe por El Cano. El jardinero de los Torremolinos. Mejor no la busques, me dijo. Yo le creí. Que si la castigan más. Que si la tortura de sus gritos. La indiferencia del padre. Los intentos suicidas. Me alejé. Después vino el atrevimiento de ayudarla a escapar. Fue su idea, de El Cano. Y yo tan agradecido. Poco a poco El Cano iba soltando más. Alardeó de ser su cómplice. Hasta que se le zafó el puñal. Y me enterró que era dulce como la miel. Que era ajena como una abeja reina. Y que así vivía después que se casó. Como la reina de todos los continentes. Que me resignara. Que ella no era cosa de choferes. Ni de jardineros. Que el dulce duró poco. Hasta las entrañas, así fue el tajo. Esa noche me volví como loco.
       Sí, a Marcial Torremolinos se le dio. Margarita se casó con un tipo rico. Rico y poderoso. Con mucha plata, mucho blin blin y mucho control. Pero a ese no se le podía contradecir. Ni decirle sabandija. Aunque lo fuera. Marcial Torremolinos lo sabía. Pero pudo más la imprudencia. Y la imprudencia lo traicionó. Duelo de pistola y machingón no es duelo justo. Su idiotez me lo regaló de pasajero. Nada menos que a mí. Y ahí lo traigo. Estiradito y horizontal. Como siempre, con pajarita negra. Después de todo, se salió con la suya. Que no hay que subestimar las armas. Tiro certero. Eliminó a la sabandija y no lo supo.
       Por aquello de mantener la estatura, no miro atrás. Una vez es suficiente.
       Mi padre y yo. Ambos, conducimos hacia el mismo destino. Él viene desde el otro lado de la ciudad con su pasajero. Tampoco mira atrás. Sí. Hay pasajeros a quienes no se les mira nunca. No sea que te disparen después de muertos. Ni a sus secuaces. Ni a sus viudas. Aunque sean las Margaritas de la vida. ¿O sí?

6 comentarios:

  1. Me encantó! Bien llevado hasta el final el suspenso del destino!
    Muy oportuna el uso de la técnica de las frases cortas.
    Cariños

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    1. Gracias Paula, por dedicar tu tiempo de lectura a mi escrito. Mil gracias!
      Abrazo!

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  2. Tiene la esencia de tu estilo. Bravo! Ese final... perfecto!

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    1. Querida Clide, mucho de lo que me sale tiene la huella de tu ayuda incondicional. Gracias!

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  3. Habia extrañado tus cuentos.Escribes extraordinario-Felicitaciones

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  4. ¡Ah! ¡Qué bueno Doris! ¡Que gusto volver a leerte! Como dice Clide este cuento es estilo Doris I!

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