viernes, 17 de marzo de 2017

Pánico


 Paola Pamapre

Concepción del Uruguay, Argentina


Desde el mediodía la atmosfera se fue enrareciendo.  Un desasosiego extraño me invadió y  no podía estarme quieta.  Estaba sedienta y alterada.  Pero no era la única.  El revoloteo de los alguaciles lo fue presagiando. Las hormigas andaban desorientadas por sus senderos y el gato no dejaba de lamerse los pelos electrizados.  Los bichos tienen un sentido especial para estas cosas, es solo cuestión de presentimiento…o instinto de preservación.  Finalmente se largó. Un cielo plomizo y encapotado se partió en dos y comenzó a volcar cataratas de agua.
La tormenta arreciaba  y yo sentía la zozobra correr por mis venas y bloquear  mi cerebro.
El aire, cargado de estática, se arremolinaba  entre los arboles cercanos y hacia crujir el techo y las paredes de madera. Sola y alterada escuchaba los silbidos del viento y  veía,  por entre las tablas,  flechas de luz enceguecedora.  La tarde estaba llegando anticipadamente  a su fin, oscurecida por el cielo cada vez más sombrío. Los tonos morados eran el telón fondo donde los relámpagos parecían tejer extrañas telarañas. Llovía como en el diluvio.
Entre el estruendo, como respondiendo a mi esperanza de náufrago, escuché la voz de Carlos.  No podría verlo hasta el próximo refucilo, pero comprender  que su presencia no se haría esperar, ya me calmaba y sentí  mermar la angustia.
Con un golpe brutal, el portón se abrió de par en par. El viento azotó ambas hojas de madera como queriendo sacarlas de sus goznes  y baldazos de lluvia acompañaron la figura que imaginé más que vi.
Me llegaron más cercanas y consoladoras las palabras gritadas a voz en cuello.  Carlos estaba empapado, las ropas que trataba de sostener parecían extrañas alas agitadas por el vendaval,  y a contraluz de la claridad que venía del exterior,  caminó lentamente hacia mí.
- ¡Calma, calma! – Dijo para serenarme – tranquila mi preciosa, ya estoy acá.
Comenzó a acariciar mi espalda y mi cuello.  Me abrazó y pude sentir su olor tan familiar. Mi piel erizada, en contacto con la palma de su mano, comenzó a contener los temblores.  Sin embargo, no podía dejar de sacudir la cabeza, mis ojos registraban cada destello de las luces como un caleidoscopio, mientras que mis orejas percibían el rugido de la tempestad como un estampido insoportable.
Elevé las manos y, sin poder contenerme, intenté salir corriendo  del establo. Estaba  enloquecida, descontrolada y sin querer atropellé a Carlos que cayó contra un poste. No quería lastimarlo, fue un accidente. Detuve mi impulso y regresé. Carlos estaba tendido en el suelo, inmóvil. Después de un rato demasiado largo, se levantó dolorido, refregándose la espalda. Afuera la tempestad amainó  y comenzaba a regresar la calma. Me acerqué a él como pidiendo perdón.
Me tironeó de las crines y me dio una manzana.  Acarició mi hocico tembloroso y puso una manta sobre el lomo transpirado.
- Yegua de mierda, casi me mata –  le dijo a la mujer al volver a la casa con olor a estiércol.






4 comentarios:

  1. Me encanta! Cómo mantenés al lector en vilo hasta el final!!! Chapeau!

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  2. Excelente descripción con un final sorprensivo.

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  3. Excelente descripción con un final sorprensivo.

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  4. ¡Genial Paula! ¡La tensión y el final sorpresivo arman una gran historia!

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