viernes, 17 de marzo de 2017

De Recuerdos y sombras

 

 Brigida Rivas Ordoñez

Alicante, España

De recuerdos y de sombras está hecha mi memoria. Recuerdos borrosos y nítidos. alegres y tristes... Algunos surgen con tal fuerza y colorido que podría, dándole color a los sentimientos que en mí despiertan, pintar un inmenso mural, en el que, a modo de un artista abstracto, representara mi vida.
Así, desde la blancura nacarada, casi transparente, de aquellos primeros años inocentes, sinceros, pasar a los tonos más fuertes en la adolescencia y juventud, cuando vislumbras todo lo que la vida va a ofrecerte, y desoyendo consejos y saltando normas, corres en busca de lo que deseas por el camino más corto. ¡Y aún así, te parece largo!
Aquí, el mural se tiñe:
De celestes cándidos: los proyectos.
De rosados inciertos: las ilusiones.
De dorados brillantes: los éxitos.
De rojos intensos: el amor.
De verdes luminosos: la esperanza.
Todo un torbellino de colores en tropel, formando espirales altísimas y chispeantes, que terminan desbordando los límites del mural.
Después, y ya en la cima, y sin haber llegado donde me dijo el corazón que iría, aparecen los grises del desencanto, mezclados con los morados de sufrimientos y con los rojos manchados de pinceladas negras de desamor. También están los tonos llamativos, pero muy opacos, de la falsedad, y un poquito de verde esperanzador mezclado con tonos inciertos de recelos y cautelas.
En la memoria más próxima, los tonos del mural se vuelven serenos y apacibles. Predomina un color beig, como el de la tierra en la que quedan los rastrojos de la cosecha de un ciclo, y en la que también crecen algunas tímidas florecillas de suaves colores y con ramitas verdes. Pocas y esparcidas al azar.
De mis pinturas, ya me van quedando pocas y muy mezcladas. Pero conservo con esmero, un bote de color verde intenso, para poder seguir pintando, entre los rastrojos de mi vida, muchas ramitas verdes.




viernes, 10 de marzo de 2017

El Espía

 Jaime Aldana

Lima, Perú




––Yo sé quién lo mató ––le digo al jefe de policía de la comisaria. Me mira como si no me hubiera escuchado, y pregunta: ––¿Qué dices? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo te llamas? ––Señor, le digo que sé quién asesinó a don Humberto. ––¿De qué hablas? ––pregunta. Estoy por perder la paciencia con este policía tan cerrado. ––Le hablo del carnicero de la esquina. Al que mataron la semana pasada. ––¿Y tú qué sabes? ––Yo sospecho quién fue el asesino. ––¿Sabes o no sabes? ¡Ven para acá! ––exclama. Llegamos a una oficina donde hay varios policías, y dice: ––Ortíz, tómele la declaración a... ––me contempla con cara de interrogación. ––Diego ––respondo. ––Haga lo que le digo, luego me avisa ––ordena. Antes de que se vaya, le digo: ––Jefe, lo que yo quiero es ayudar ––me regala una mirada furiosa y se va. Ortíz me pregunta: ––Nombre completo. ––Mire, no quiero que se sepa mi nombre. Lo que quiero es que atrapen al asesino. ––¿Cuántos años tienes? ––Dieciséis, pero ya voy a cumplir diecisiete. Mire señor, yo quiero ayudar. Pero si me ponen tantas trabas, me voy ––le respondo. Hago el falso ademán de irme. ––¿Y tú qué sabes? ––La noche del asesinato yo me encontraba en el techo. A veces me subo a pensar. La verdad, me gusta saber qué pasa en el vecindario. Fue ahí donde escuché dos disparos. Me quedé paralizado. Recordé que podría caerme una bala perdida, y me agaché. En ese momento chirriaron las llantas de un auto. Quise ir a ver qué pasaba, pero me contuve. Ya me enteraría después. ––¡Pero dime quién crees que fue el atacante! ––grita; ya sabía que los policías pierden la paciencia con facilidad. ––Se llama Joaquín Centeno. Vive en el condominio Santa Cruz, donde vivo yo. Bloque 2, apartamento 101. ––¿Y cómo sabes que fue él? ––La noche de los disparos me quedé ahí hasta tarde. Me senté en una saliente del techo. Me gusta el silencio y observar el cielo de noche. Fue ahí cuando vi que una luz se encendía. Estaba como a tres o cuatro bloques de distancia. No lo sabía exactamente. Escuché una discusión. El señor salió al patio que compartimos todos los vecinos. Se usa como tendedero. Se fumó dos cigarrillos seguidos. Caminaba de un lugar a otro. Nunca vi que alguien hiciera eso. Luego se metió a su casa. ––¿Y eso es todo? ¿Tú crees que eso es suficiente para acusar a alguien? ¡Debes estar loco! ––grita Ortíz. ––Bueno… sí, pero creo que al menos deberían interrogarlo. He leído que las personas tienen un mismo comportamiento. Si cambia su conducta, es por algo. Además, ocurrió el mismo día de los disparos. No creo en las coincidencias ––le digo. Pienso que ha sido inútil venir a la comisaría. ––¡Saquen a este muchacho de aquí! ––ordena. Un policía se acerca dispuesto a llevarme por la fuerza. ––Ya me voy, pero… no nada. Yo solo quise ayudar ––le digo, mientras camino a la salida. Tres días después fui a la comisaria. Temía que me reconocieran y me echaran de nuevo. Moría de ganas de saber si habían investigado. Decidí entrar. En la oficina se encontraba el jefe hablando con Ortíz. Quise dar media vuelta para irme, pero me llamaron: ––¡Venga para acá! ––Sí, señor… ––dije con timidez. ––Tenías razón. Ya hemos atrapado a ese tal Joaquín. Tenía una requisitoria. ¿Tú lo conocías? ––me preguntó el jefe. Luego me enteré que era el Comandante López. Respiré aliviado. ––No, señor. Lo averigüé. ––¿Cómo así? ––Por la camisa. ––¿Qué camisa? ––La camisa que usaba ése día. Era rosada, a rayas. No sé por qué se quitó la ropa. Dejó todo en el patio. Al día siguiente la vi colgada en el tendedero. Fui hasta allá sin que me vieran y la agarré. Después toqué puerta por puerta para ver a quién pertenecía. Hasta que di con el dueño. Salió la esposa del hombre. Le dije que se había caído del tendal. Me dio las gracias. Ahí le pregunté cómo se llamaba su esposo. ––No creo que hayas podido ver la camisa. ¿Acaso no era de noche? ––me preguntó el Comandante. ––Sí, señor, pero yo siempre llevo mis binoculares.

lunes, 27 de febrero de 2017

¡Apuráte te digo…!

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Paola Pamapre 

Concepcion del Uruguay,  Argentina

           


Intermitentemente llovió toda la noche y parte de la mañana.  A la tardecita, aún húmedos y relucientes, los árboles reflejan las luces del sol que finalmente impone su presencia y también, sobre el rio crecido e impetuoso, sus rayos pintan mil centellas.

El domingo ya está transcurriendo hacia su fin, perezosamente.  Estacionado en el muelle, frente al canal de ingreso al puerto, contemplo como miles de veces el paisaje. Algunas lanchas y canoas producen el oleaje que termina en las orillas desdibujadas por la altura del rio. Regresan temprano ya que los días de otoño han cercenado las horas de luz.

Fiel a la costumbre, mi mujer está haciendo cola para comprar las consabidas tortas fritas del carrito y en la radio, la voz de Teresa Parodi  ha desplazado al cadencioso chamamé de don Transito.

Me sobresalta un golpecito en la ventanilla y al mismo tiempo alguien abre la puerta y se mete. Un muchachote de fuertes manos  ásperas,  olor a rancho  y  pescado a las brasas,  me dice a modo de saludo: “¿Se acuerda de mí, don?”

Se acomoda como puede los negros pelos hirsutos y chorreantes que le tapan a medias la cara, pero cuando me apunta esos ojos claros, mi memoria se agita. Me salpica algunas gotas.

“Ando buscando a la Juana… y  a la más chiquita, la Josefina… ¿Usté no las vio?”

Mantengo la boca abierta, pero sin embargo,  no puedo formular palabra, la garganta seca… y me lo quedo escuchando mientras sigue:

“La otra tarde, cuando la crecida se puso muy fiera, salimos del rancho pa’  no hacer noche en la isla. Con el Mancha, que se vino antes, mandamos avisar a mi vieja  y los parientes nos estaban esperando con el carrito, porque teníamos algunas cosas pa’ cargar. Levantamos lo más posible las camas y colchones y atamos como siempre los arneses pa’ la pesca, pero nos trajimos algo de ropa de los gurises  y las cosas de la escuela. La Josefina es muy buena alumna, ¿vió?”

Mientras el hombre habla, con voz ronca y cada vez más lentamente, yo tengo los ojos fijos en La Stella Maris,  el faro a la entrada del canal,  que ya está parpadeando. En el medio de esa amplia avenida de agua  hay un suave oleaje…y muchas estrellitas doradas. ¿Un poco de viento, quizás?

El Mariano sigue diciendo, como para sí mismo. “Ya estábamos cerca, don, pero se levantó viento y las olas se encresparon más cuando dimos la vuelta al faro…allá en la punta…me agarró desprevenido… ¡mierda!...yo que soy  tan baqueano del rio! Corcoveó la canoa y la mochila de la Jóse se cayó al agua y mi gurisita se levantó pa’ aguantarla. Fue en un santiamén que  la Juana la sostuvo  de la campera y así,  agarradas, las dos al agua, ¡pucha! los ojos grandes y los gritos que ni se le oían, se  iban alejando. Por más que lo intenté, la canoa se dio vuelta y hasta el pobre perro se fue al  agua. Yo nadaba como loco,  tratando de alcanzar a  mis mujeres…  la Juana sabe flotar muy bien… me conformaba pensando, pero la verdad,  la corriente estaba cada vez más brava. La mochila rosada pasó rápido a mi derecha, la manoteé pensando en lo importante que era pa’ mi Josefina. Y seguí dando brazadas…y brazadas….y brazadas. Se hizo la noche tan rápido que ni cuenta me di…todo era negrura, frio, agua y remolinos que me arrastraban hacia abajo, la pelié, sabe, luché con todas mis fuerzas…no sé  adónde me llevaban esas cosas que me tenían garrado e laj piernas. Bué, don…me tengo que ir a buscarlas. ¡Hasta más vernoj, pué!”

El Mariano baja del auto tan rápido como subió  y corre al borde del muelle. Se zambulle, nomás.

Me nace un grito -- ¡Pará, es peligroso, está muy crecido…!

El vigilante de prefectura se da vuelta y me mira extrañado. Abro mi puerta y bajo, doy unas zancadas hacia el  embarcadero pero en ese momento llega mi mujer, con las tortas fritas recién hechas. Ni me mira, porque trata de no quemarse  los dedos,  y me cuenta, sin respirar siquiera,  que se cruzó con “ la Francisca te acordás  che de la hermana de la Negra  que vivía  pegado a la tía Rosa  y nos acordábamos con tristeza que ya pasaron tres años de cuando su hijo el Mariano pobrecito la virgencita de Itatí lo guarde y la mujer y su hija se ahogaron pobrecitos y que desgracia tan terrible te acordás del Marianito ¿no?... recién después de una semana lo encontraron abrazado a la mochila… ¿pero te acordás no?... parece mentira che que este Uruguay tan sereno y lindo se lleve de vez en cuando la vida de algún isleño o de alguien que”….y toma aire para seguir.

Ya no la escucho.  Pienso que tuve un sueño tan extraño, hace un ratito nomás, ¡que sonso…! me habré quedado dormido.

Mi puerta y la del acompañante siguen abiertas y la Bety, mi mujer, siempre hablando y hablando,  se mete.

Pega un chillido –– “¡Pero viejo!...el asiento está mojado.”






















lunes, 20 de febrero de 2017

La sabandija


  Doris Irizarry

   Puerto Rico

       Tengo por costumbre no mirar a mis pasajeros. Lo aprendí de mi padre. No se mira, hijo, hasta que llegan al destino. Se hace el trabajo calladito. Así que mantengo la mirada fija hacia adelante. Tiene razón mi padre. Que no se necesita hablar, ni mirar atrás. No cuando se conduce un coche de esta categoría. Unas veces porque no interesa el pasajero. Otras, porque apesta. Sí. Algunos apestan. O porque no le importa a uno, vamos. No hay que estar mirando. Es cosa de respeto. Y de darse uno mismo la importancia del trabajo.
       Hoy no sé si quiero mirar por satisfacción. O por desafío. Por rabia o por lo que sea. Me lo sé completito. Y es que ahí viene Marcial Torremolinos. Lo traigo de pasajero. Quién diría que Torremolinos se dejara llevar por mí. O mejor dicho. Quien se hubiera atrevido a decirle, se habría jodido. Que sea yo quien lo lleve a su destino. Yo, de todos, soy el que menos habría imaginado. Porque vivo en el barrio, claro. No. Vivo más lejos aún. Lejos de su estatura. De esa otra que no se mide en pulgadas.
       Pero vaya usted a saber. A Margarita Torremolinos no le importaba. Ella, la niña de sus ojos. Yo, un sopla potes, chofer de profesión, la cortejaba. Menos le importaba que él se lo prohibiera. Ella hacía lo que le pidiera el gusto. Y yo era de su muy buen gusto. Torremolinos se enteró en una tarde de abril. Salimos corriendo. Ella detrás de mí. Empapados. Y gracias a Dios que llovió. Diluvió sobre el aliño de la tarde. Aquel reducido agridulce de caricias cocinadas en el garaje. Margarita reía, sonsacadora, ella. Ese fue el comienzo. Hubo más tardes de las que no supo Torremolinos. Y mañanas. Y noches. Mojadas y secas. Yo entraba por la ventana. Y por donde ella quisiera. Hasta que Torremolinos nos cogió en su cama. Sobre mi cadáver. Eso me dijo la última vez. Que ella tenía que buscarse un hombre de bien. Le dije que yo era un hombre de bien. Idiota. No tienes en qué caerte muerto. Sabandija. Lo dijo con soberbia. Con desprecio. 
       Todo delante de ella. Me tragué el veneno y me le quedé mirando. A la pajarita negra. Ave de mal agüero. No la pajarita. Él.
       Esa fue la última vez. Margarita pasó al encierro. Lo supe por El Cano. El jardinero de los Torremolinos. Mejor no la busques, me dijo. Yo le creí. Que si la castigan más. Que si la tortura de sus gritos. La indiferencia del padre. Los intentos suicidas. Me alejé. Después vino el atrevimiento de ayudarla a escapar. Fue su idea, de El Cano. Y yo tan agradecido. Poco a poco El Cano iba soltando más. Alardeó de ser su cómplice. Hasta que se le zafó el puñal. Y me enterró que era dulce como la miel. Que era ajena como una abeja reina. Y que así vivía después que se casó. Como la reina de todos los continentes. Que me resignara. Que ella no era cosa de choferes. Ni de jardineros. Que el dulce duró poco. Hasta las entrañas, así fue el tajo. Esa noche me volví como loco.
       Sí, a Marcial Torremolinos se le dio. Margarita se casó con un tipo rico. Rico y poderoso. Con mucha plata, mucho blin blin y mucho control. Pero a ese no se le podía contradecir. Ni decirle sabandija. Aunque lo fuera. Marcial Torremolinos lo sabía. Pero pudo más la imprudencia. Y la imprudencia lo traicionó. Duelo de pistola y machingón no es duelo justo. Su idiotez me lo regaló de pasajero. Nada menos que a mí. Y ahí lo traigo. Estiradito y horizontal. Como siempre, con pajarita negra. Después de todo, se salió con la suya. Que no hay que subestimar las armas. Tiro certero. Eliminó a la sabandija y no lo supo.
       Por aquello de mantener la estatura, no miro atrás. Una vez es suficiente.
       Mi padre y yo. Ambos, conducimos hacia el mismo destino. Él viene desde el otro lado de la ciudad con su pasajero. Tampoco mira atrás. Sí. Hay pasajeros a quienes no se les mira nunca. No sea que te disparen después de muertos. Ni a sus secuaces. Ni a sus viudas. Aunque sean las Margaritas de la vida. ¿O sí?

lunes, 13 de febrero de 2017

Una epifanía


Gil Sánchez

México

Impávida, con la tranquilidad reflejada en su rostro, permanecía sentada detrás de la ventana con sus lentes oscuros. Doña Carolina, se confundía con los adornos del cuarto grande que daba al balcón de una avenida poco transitada. Hacía un año que su hijo la había depositado en una casa de retiro. Un buenos días, la sacó de sus pensamientos.
–– ¿Cómo se llama, señora?
––Carolina, pero me dicen Caro. Y usted, ¿quién es?
––Raymundo, usted me puede decir, Ray. ¿Por qué no salimos al balcón?
––Y para qué, nunca podré ver nada y aquí oigo lo necesario.
Pero una mañana la convenció de salir a sentir el viento fresco, y se convirtió en sus ojos, al decirle: A lo lejos se percibe el mar azul con un oleaje apacible, pero constante como los corazones que se aman salpican al sol y en las noches sonríen a la luna. Unas gaviotas vuelan cerca de un barco pesquero. Las ansias que muestran por tener comida, son las mismas que tenemos por una caricia de nuestros seres queridos. Pasa un gran buque con turistas alegres, bailan ante un sol tierno que en vez de dejar un ardor, solo deja un calor en las mejillas. Yo sé que usted las siente. ¿Verdad que sí?
Así, todas las mañanas hasta el mediodía le contaba lo que veía, y por las noches describía las constelaciones de estrellas vivas, que emitían su luz ante la necesidad de ser vistas.
Hasta que un día, no llegó para acompañarla al balcón. Al primer asistente que pasó, le preguntó por Ray. Éste, en forma directa y sin preámbulos, dijo: murió, tenía un cáncer avanzado, y con pocos días de vida.
––Me puede sacar al balcón un momento. Deseo ver el mar––dijo al asistente, a pesar del estrujamiento en su pecho que le impedía respirar.
–– ¿Cuál mar? Si estamos al pie de una montaña, y los suburbios de la ciudad no tienen nada bueno que ver. Además, usted es ciega.
Por primera vez, se quitó los lentes oscuros, se vio decidida caminando por la playa y al mirar el mar pasó rozando muy cerca de ella, aquel ángel, y revoloteando se elevó a lo alto del cielo azul con una sonrisa en la boca que fue correspondida.

viernes, 3 de febrero de 2017

El Arqueo

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Osvaldo Villalba

Buenos Aires


A Susana, la
mujer de mi vida.

Absorbido por los comentarios en los diarios digitales sobre las repercusiones que tuvieron las elecciones de Estados Unidos en las bolsas del mundo no me di cuenta que ya son las diecinueve y treinta y en la oficina se fueron casi todos. La única que queda es la tesorera que, por sus bufidos, parece estar en una lucha desigual, en la que pierde, con la planilla de caja.
Dejo mi lectura y me acerco.
—Te iba a preguntar si tenés diferencia, pero es una obviedad —le digo.
—Hacés bien —responde—. Sino ya no estaría aquí, ¿no?
—¡Uh! ¡No está el horno para bollos! ¿Te ayudo?
—Si no te es muy molesto.
—¿Cuanta diferencia tenés?
—Setenta y dos mil pesos.
—Si faltan te los descuento del sueldo. Si sobran los repartimos.
—¡Más generoso no podés ser! —exclama sonriendo por primera vez—. Sobran.
—Bueno, mejor la buscamos. Pero si la encuentro quiero un premio.
—Que sería...
—Un beso.
—Te estás aprovechando de tu posición.
—¡Y! Ya que la diferencia de puesto no se refleja en los sueldos...
—Ya revisé todo. No tengo muchas más alternativas.
—¡Bien! Repasemos los controles. ¿Vuelco del saldo inicial con el cierre de la caja de ayer?
—Sí.
—¿Control de la numeración de recibos de cobranza, verificando que el primero de hoy sea correlativo al último de ayer?
—También.
—Control del último número con el subdiario de cobranza.
—Sí, y verifiqué que no faltara ningún número.
—Bien. Control de las órdenes de pago, numeracion inicial y final.
—Verificado. Y controlé que los totales de los subdiarios de cobranzas y pagos dieran con los subtotales de ingresos y egresos de la planilla de caja.
—¡Muy bien! ¡Esa es mi discípula! —aplaudo logrando que vuelva a sonreír—. Entonces la diferencia está en los valores. Descuento  que el efectivo lo contaste varias veces.
—¡Tres!
—De acuerdo. Alcanzarme los cheques —digo extendiendo mi mano.
Empiezo a revisar los cheques con detenimiento y anoto en un papel dos casos:
Galicia N° 835 $ 208526,30
HSBC N° 322 $ 519875,00
—Bueno, yo te canto los datos de un cheque y vos me das el importe que volcaste en la planilla —le propongo.
—¡Dale! —responde más animada.
—Banco Galicia con número final ochocientos treinta y cinco.
Busca con el cursor del mouse y lee pausado.
—Doscientos ocho mil quinientos veintiséis con treinta.
—¡Bien! Ahora HSBC que termina en trescientos veintidós.
Tarda unos segundos.
—Quinientos noventa y un mil ochocientos setenta y cinco.
—¡Bingo! Es quinientos diecinueve —le digo extendiéndole el cheque.
Lo toma, lo mira incrédula varias veces comparando con la cifra cargada en la computadora y exclama:
—¡Sos un genio!
—Mi mamá siempre me lo dijo.
—¿Cómo lo hiciste?
—Si la suma de los dígitos de una diferencia da nueve, la probabilidad que sea una inversión es muy alta. En este caso setenta y dos tiene dos posibilidades: un ochenta por cero ocho o noventa y uno por diecinueve. Ahora mi premio...
Se acerca, rodea mi cuello con sus brazos y nos besamos largamente.
Luego, sin dejar de abrazarme, me mira a los ojos y dice:
—Me preocupa coincidir con tu mamá.
Suelto la carcajada y la aprieto fuerte contra mi.
—Tranquila, es en lo único. Ahora, si no fueses mi esposa, ¿me denunciarías por acoso laboral?
Osvaldo E. Villalba
Te invito a visitar mi Blog de Cuentos
www.osvaldoevillalba.blogspot.com.ar

domingo, 8 de enero de 2017

El Libro


 Elvirita Hoyos

Cartagena, Colombia

Al atardecer, víspera de navidad, Ofelia disponía la preparación para hacer un buen masato de maíz como lo hacía su mamá. Allá lejos en el campo, desde donde las montañas se ven azules.
—Mamá, ¿las montañas son azules?
—No, le respondió su madre, sonriente.
Ofelia tenía cinco años entonces, y hacia muchas preguntas. Había que tener paciencia; a esa edad los niños preguntan muchas cosas, saltando de una cuestión a otra muy distinta. Mejor era seguirle el juego, sin mayores explicaciones.
— ¿Qué haces? Preguntó Ofelia, mirando los ingredientes dispersos, sobre la mesa.
—Preparo un Masato.
— ¿Me dejas que te ayude?
—Sí, claro, alcánzame esa panela.
— ¿Dónde aprendiste a hacerlo?
—Me lo enseñó tu abuela cuando yo tenía tu edad.
—Y ¿cómo se hace…?
—Siéntate allí y mira, el secreto está en la preparación.
Ofelia se sentó en un taburete a mirar atentamente, cómo su madre, preparaba el masato. Y siguió durante años, atenta a la elaboración. A los cinco años, no la dejaron acercarse a la estufa, pero en la medida que  fue creciendo, le permitieron recoger la panela, los clavos, las hojas de naranjo y hasta rociar el polvo de canela, en los vasos servidos. A sus trece años, Ofelia era ya experta en preparar masatos. Para ese momento, sabía también, que las montañas eran verdes, pero que se veían azules porque estaban lejos.
Ahora, sentada en la mecedora, desde la terraza de su casa, Ofelia observa un paisaje llano. No había montañas donde la trajo a vivir su marido: “el extinto Juan”, como se acostumbró a nombrarlo desde su muerte, cada vez que se refería a él.
—Pero mamá, ¿por qué tienes que decir siempre “extinto” cuando hablas de papá? todos sabemos que él murió hace años, llámalo solamente por su nombre Juan, y ya está -le dijo su hija Felita, que también se llamaba Ofelia.
—Es para acostumbrarme que está muerto.
Y así le fueron cayendo las calendas a Ofelia. Sus hijos crecieron y como es natural se casaron y emanciparon. Aunque siempre la llenaron de amor. Pero, no pudo enseñarles la receta del Masato a sus nietos, como hubiese querido porque a ninguno le interesó aprenderla; enfrascados como estaban, jugando con el aparatico ese que los mantenía hipnotizados, mientras ella y su hija cocinaban el almuerzo dominguero, y su yerno bebía unas cuantas cervezas frente al televisor.
Desde la terraza que da al jardín, sentada en su mecedora, Ofelia se dio cuenta que del árbol cayeron varios mangos a la tierra. Llamó a la muchacha para que los recogiera y le dejara, además, una jarra de jugo en la nevera y, como eran muchos, también le dijo que se llevara varios a su casa para que le diera a sus hijos.
—Es una fruta buena para los niños que están en crecimiento, dijo.
La muchacha se despidió con un “hasta pasado mañana”, deseándole una feliz Navidad; eran ya las tres de la tarde. Ofelia, se quedó sola y abrió el libro que tenía entre sus manos. Se lo había traído el niño Dios, un veinticuatro de diciembre, cuando ella tenía doce años. Era un libro con páginas en blanco, en cuya carátula se leía con letras doradas “Mi diario” Su padre le había explicado entonces, que esas páginas en blanco eran para que ella escribiera en él, lo que quisiera.
— ¿Cómo qué? Le preguntó.
—Muchas cosas: Lo que te sucede. Lo que piensas. Lo que quieres. El nombre de tus amigos. Los paseos. Los días felices. Lo que te asombra. También te sirve para escribir cuentos, relatos, anécdotas. Para cuando seas mayor se lo leas a tus hijos.
Pero ella, empezó por escribir las recetas de cocina, de esos deliciosos platos que hacia su madre. Alguno de los cuales, le había dicho, le enseñó su abuela. Cuando se enamoró de Juan, escribió algunos versos de una o dos estrofas. Cuando nacieron sus hijos agregó fecha y hora del nacimiento de cada uno. Dolorosamente, páginas adelante, anotó las fechas de defunción de su padre y después la de su madre. Años más tarde, agregó la de Juan… Juan murió antes de tiempo, en condiciones normales, joven aún. Un paro Súbito. Tenía sesenta años. Su muerte fue una sorpresa para todos. Ella tenía entonces, cincuenta y cinco años y sabía que la muerte significaba no volverlo a ver. Pero católica como era desde que nació, también sabía que él vivía en el mundo de los muertos. Quizá, no a la diestra del Padre, pues algún pecadillo inconfeso debió tener. Fue tan sorpresiva su muerte, incluso para él, que no alcanzó a confesarse, como sí se confesaron sus padres que murieron de viejos. Y tampoco alcanzó a contarle a ella “sus secretillos” como le dijo su madre, que le había contado su esposo en los tiempos del buen retiro, cuando la serenidad había hecho su imperio.
—Sabes mijita, que siempre te he amado. Pero yo tuve mis flirteos…
Después de lo que le dijera su madre, Ofelia, resolvió escribir en su “diario”: oraciones. Primero, para que el extinto Juan, no cayera en tentaciones. Más tarde, para que los peligros que acechan a los jóvenes por todos lados, no tocaran a sus hijos. Luego por la paz de sus muertos queridos. Incluyendo, los nombres de los amigos que se habían marchado, y, con el simple paso del tiempo, fue adicionando fotos ya desvanecidas, entre sus páginas.
Se acostumbró a rezar todas las tardes en el silencio de su habitación. Y una buena noche, después de un día felizmente festejado, agregó una frase al sinfín de oraciones… Y por el mundo entero…  para que no se quedara por fuera nadie, debido a los olvidos involuntarios, o quizá por la vida que se le escapaba acelerada sin que ella se enterase incluso, de las muchas cosas que ocurrían en derredor. Fue en el mismo día que ella cumplió sus ochenta años.
Sus hijos, nueras, yernos, y nietos y más gentes, le dieron la sorpresa de aquel festejononon, con que la sorprendieron: abundancia de comida, banda de música, bailes, licores, muchos besos y abrazos, fotos y más fotos. Ella, que nunca había tomado un trago en vida de su extinto Juan, se vio inducida a tomarse un par de copitas nada más. Ella, que no bailaba desde que su extinto Juan transitó al seno de Dios; se vio inducida a bailar un par de piezas, descubriendo que lo que se aprende, no se olvida,  al menos fácilmente… Ella, que había prolongado su luto hasta hoy, en que su nieto mayor le dijo,
—Abué, tu ¿por qué siempre vistes con esa ropa triste?
—Si mamá, Juanito tiene razón. Mañana mismo vengo por ti para ir de compras.
—Pero hija...
En la noche del festejononon, en que para complacerlos a todos, Ofelia comió a deshoras, bebió comedidamente y bailó con el ánimo de una joven quinceañera, se retiró a su habitación disimuladamente, dejando la parranda viva en la sala y jardines de su casa. Esa noche, rezó en voz alta por primera vez, deseaba ser escuchada por Dios; interrumpiendo el orden de sus oraciones, con el recuerdo vivo de sus seres amados. Así  surgió su nueva frase por el miedo a olvidarse de alguno…:” y por el mundo entero…”
Quizá la había inspirado los parranderos desjuiciados, que tomaban y bailaban esa música estruendosa, en la sala de su casa. Parecían no cansarse. De ese día en adelante, Ofelia empezó a hablar sola y siempre en voz alta; mientras, las calendas seguían arribando. Así, que cuando el sol declinaba en el horizonte, en la tarde de la nochebuena, tomó una decisión:
— Pondré en el moyo el maíz, para preparar un buen masato el día que regrese la muchacha, y luego me voy a la plaza a ver el pesebre, ya que esta noche nace el niño Dios.
Puesto el maíz a fermentar en el moyo, se fue a la plaza. El pesebre era hermoso, tanto que debió costarle un dineral a la parroquia, con tanta vaquita, caballitos, ovejitas, venaditos de plástico y hasta gallinitas, todo importado; una laguna artificial con patos de hule, que los niños podían coger y apretarlas entonces, emitían el grito sordo de un sonido; con pececillos vivos de todos los colores, más allá, un pueblito de cartón pintado de blanco y rodeado de palmeras sembradas en macetas, al que se allegaba por un sendero dispuesto con aserrín terracota, que bordeaba una planicie de prados verdes con flores finamente elaboradas en papel marché. En un alto estaba la cueva, hecha con piedras reales pegadas con cemento gris. La cueva era lo suficientemente grande y hueca para albergar a José y a Maria; en medio de ellos, se hallaba la cuna aún vacía. Por el sendero se aproximaban, guardadas las distancias, los tres reyes de oriente: Gaspar, Baltasar y Melchor con sus ofrendas de oro, incienso, mirra.
El clima era cálido. Buscó una banca frente al pesebre, para sentarse y desde allí, admirar la belleza del conjunto con sus luces titilantes. Era realmente maravilloso. En el trascurrir de su niñez, no existían esas luces. La magia del pesebre radicaba entonces, no en el misterio de la natividad, sino, en los regalos que el niño Jesús colocaba a media noche junto al pesebre casero, para cada niño que se hubiese portado bien durante el año. Pero, el invento de las luces, que ahora la trasportaba a su infancia, representaban las estrellas, incrustadas como brillantes sobre un cielo de satén en azul degradado, y la Gran estrella de Belén con cinco puntas, que orientó a los magos venidos de remotas tierras, fulguraba desde el cielo, con una estela de luces que caían en cascada sobre la cueva. Sí… todo era hermoso. Abrió su Diario. Leyó primero la Salve, después el Magníficat y siguió con padres nuestros y una retahíla de avemarías, intercalando las oraciones como era su costumbre, con los nombres conocidos de aquellos que la habían precedido. Finalizando con el Gloria para volver a empezar y sin olvidar nunca la nueva frase… y por el mundo entero… Meditó el tercer misterio del rosario, con las imágenes bíblicas de lo que aconteció en los tiempos en que Jesús vivió; formando una mezcla comprensible, de oraciones e imágenes, con los recuerdos de su propia maternidad y emigración de la casa de sus padres, cuando se vino a vivir a tierra llana con su extinto Juan; mientras, los niños cantaban en coro, villancicos, y los más pequeños, corrían arrebatados, de un lado a otro del pesebre. Así, con una devoción combinada de recuerdos… sobrevino la noche. Las voces silenciaron. La gente marchó a sus casas. El lugar quedó sólo…
Ofelia, abstraída en la magia de sus meditaciones, esperó la hora del nacimiento, en que vio un brillo intenso en la cuna. ¡Había nacido ya, el niño Jesús! El frio del alba fue calando lentamente en sus huesos, entonces, vio un ángel con altas alas blancas en su espalda, que estiró su mano hasta tocar la suya. Ofelia, sintió una dulzura de bondades infinitas que alegraron su alma.
En la madrugada, el sereno la encontró dormida en la banca, con el rosario aferrado en su mano. Se acercó y le tocó el hombro delicadamente para despertarla, ella no respondió. De su falda se deslizo un libro al suelo, era su diario. El hombre lo recogió para hojearlo; en el instante en que las campanas alzaron vuelo, con un repique, llamando al Ángelus. Las páginas del libro se desplegaban en blanco, solo en la última, se hallaba una palabra impresa en letras doradas: FIN.