jueves, 3 de marzo de 2016

Imperdonable

Doris Irizarry

Puerto Rico

                                

      De entrada, confieso que lo que les voy a contar me llena de regocijo. O mejor… llamémosle, satisfacción. Y no es que me haya convertido en una víbora, o que en algún momento fugaz me haya dejado corroer por el moho de la envidia. No. El sentimiento es más puro que eso, aunque el cristal con que lo miren parezca algo nublado.
      El día iba de maravillas hasta que la novia me entregó el sobre preciosamente caligrafiado, (incluido papel de seda) perfumado con ese aroma particular y enlazado con una fina cinta satinada que nos anticipa una recepción tipo revista Imagen. Antes de guardarla, una de mis compañeras de oficina me dijo, con ojos de perro de albergue municipal malamente fingidos, (por la nobleza de los perros, claro) ¡Vas a ir, ¿verdad?! Decir que no, era como darle cuerda para que pensara que estaba sangrando por la herida.
     Me tomó unos segundos soltar un sí que pareciera ‘normal’. Y acabando de pronunciarlo, se me acercó sin dejar de mirarme a los ojos, puso una de sus manos sobre mi hombro y añadió con cara de arpía, ¿Estás bien, querida? Entonces hice un despliegue de mis dotes actorales (bien aprendidos, en la oficina, por cierto), y la convencí de que no podía estar mejor. Tal fue el éxito, que salimos  de la oficina con una conversación tan animada que parecíamos amigas de toda la vida, a pesar de que sabía que ninguna de las dos me tragaba, porque mi nombramiento les había anulado sus aspiraciones. Había que ver con qué gusto nos miraba la gente, ¡Tan dicharacheras! Claro, hasta llegar al estacionamiento y mirarme al espejo retrovisor con esa sensación que queda en los músculos después de haber reído sin ganas. ¿No hacemos lo mismo siempre? (lo de mirarnos al retrovisor, y pensar que hay quien no lo usa). Lo hacemos tan pronto nos montamos en el carro, especialmente cuando hemos confrontado una de esas situaciones estúpidas. Aceptémoslo, lo hacemos siempre. Para nosotras las mujeres, mirarse al espejo es algo profundo, místico, es una manera de encontrarnos a nosotras mismas. Lo de reírnos sin ganas, también. Llega a ser un acto de heroísmo cívico en pos de la paz y la sana convivencia. En síntesis, para evitar guerras.
     Ya había transcurrido poco más de un año de mi llegada a la compañía. Darle vueltas al asunto y verme al otro lado, empezó a darme visos de resignación. Que yo estuviera entre los invitados de la boda debía ser parte del protocolo. Obvio. Al fin y al cabo, dejarme fuera sería de mal gusto, después de haber invitado a mis compañeras.
     Todo se remonta a mi llegada al la empresa. En aquel entonces, el diploma de Maestría en Comunicaciones le dio peso a mi cara mona, que tampoco se quedaba atrás. Inmediatamente después de terminar la entrevista, tenía la oferta de empleo, Especialista de Relaciones Públicas, directo y en vivo de las manos del Jefe de la empresa, alto, guapo y de mirada encantadora. Completaba el ensueño, un anular libre de pecado. Dicen que las cosas pasan por alguna razón y yo, que no creía ni en la luz eléctrica, estaba flotando en las nubes.
No bien acabado de acomodarme, empecé a encontrar notas sobre mi escritorio. “Buenos días” “Te ves linda hoy”… y comencé a buscar en los ojos de los varones de la empresa, (siempre los delatan). Aunque mirar los ojos del objeto del deseo, no era fácil, por razones obvias. Además, como presidente de la compañía estaba muy ocupado, viajaba mucho y entraba por una puerta privada hacia su oficina.
     Los “Buenos días”, “Me gustas mucho”, los Ferrero, ¡los Ferrero! Esa ristra de detalles motivó mis llegadas a la oficina, cada vez más temprano. ¿Sería él? ¿Por qué no se revelaba? Hay hombres así, románticos y enigmáticos. Y así pasaron los meses. Una flor, uno que otro día me convenció de que había esperanza. El día de intercambio de regalos, además del que me tocó, recibí un pequeño cofre de cristal. ¡Dios! Pero, ¡ah!, una mujer como yo no iba a ser tan evidente. Ni soñarlo, primero muerta, que sobrada. Me haría la tonta hasta que el monstruo se revelara.
        Y el monstruo se reveló, (el que yo llevaba dentro) cuando llegó la notita de, “Te veías preciosa ayer”. ¿Ayer? Se activaron mis neuronas, el hemisferio izquierdo opacó al derecho y la dopamina cayó estrepitosamente en niveles históricos. La susodicha, (o sea, la nota) la encontré un miércoles después de haber estado ausente el martes ya que el lunes había dejado el rímel, la base y los polvos en una mezcla pegajosa y surreal sobre mi rostro; estornudando, por supuesto. Y obvio, quien puso la nota olvidó rescatarla en mi ausencia. Salí de la idiotez en un santiamén. Aquello… ¡era una broma! ¡Por Dios! No dije nada, más bien, me costó digerirlo. Yo, nadie más que yo, había caído en la patraña… ¿O no?
      Lo insólito pasó después de la hora de almuerzo. ¡Encontré otra nota! “Te espero el viernes en la mesa 3 del restaurante de enfrente, a las 6:00”. La víbora que habitaba en mí había mudado el pellejo, pero no me iba a quedar con esa. Ni corta ni perezosa, decidí salir de la duda. Ese viernes me retrasé en mis tareas para salir un poco más tarde. Esperé algunos minutos pasadas las seis para entrar al restaurante. A esa hora ya había mucha gente. Y allí estaba él.
        Delante de estos ojos que ha de comerse la tierra, vi aquel hombre más hermoso que nunca. Me miré el vestido negro que me había puesto para impresionarlo, (en honor a la verdad, lista para matar) que no hacía otra cosa que ocultar un saco de nervios. Se levantó para acomodar la silla, mostró la sonrisa más sensual que haya podido verle en sus labios. Sonreí aliviada, mientras él extendía su mano para recibir a… ¡la hermana de su socio! De más está decir que compré una Coca Cola y la pedí  para llevar. A la salida estaban mis queridas compañeras, a quienes bauticé desde entonces como el clan de las Brujas, Arpías y Malvadas, BAM. Ocultaban una risa cizañosa bajo las garras acrílicas. ¡Claro! Ellas, pusieron las notas, las flores ¡el cofre! Respiré profundo. No le iba a dar el gusto de la escena, así que tampoco dije nada.
      Para hacerles el cuento largo, corto, asistí a la boda del año, el objeto del deseo y la hermana del socio. Pero todo tiene un lado gratificante. Vi, con este único regocijo del que les hablaba, lo mejor de la recepción; las Brujas  Arpías y Malvadas habían llegado ¡con el mismo vestido! Eso, para nosotras las mujeres es, ¡imperdonable! Así, que en menos nada, una de ellas se esfumó como el éter. La salida de la otra fue más discreta, dizque salió al tocador y no regresó.
      No puedo negar que me hubiese gustado estar al otro lado, o sea, del brazo del novio, pero en verdad, a mis veintisiete puedo decir que no he disfrutado más en mi vida, además, creo que esto solo acaba de empezar. ¡Por cierto, le dejé a la novia, preciosamente envuelto con una cinta satinada el cofrecito de cristal!
       ¡¿Me estaré transformando en una BAM?!

viernes, 26 de febrero de 2016

Nomás me acuerdo

Gil Sánchez

México

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En su juventud, Arnoldo, tuvo una atracción con las mujeres que rayaba en lo inverosímil, quizás pudiera decir, hasta en lo diabólico. Sus novias hacían largas filas, entraban a una lista de espera muy particular. Las que tenía en color rojo eran apasionadas, las de color azul, frías o inexpertas. La mayoría de las veces disponía sus aventuras de acuerdo al color.
Como sucede con todo; el tiempo pasó y golpeó su autoestima, doblegó sus rodillas, sus dientes se perdieron y las arrugas arrasaron su cuerpo. Pero lo que no variaba, era que besaba con pasión los espejismos.

 

jueves, 11 de febrero de 2016

No era

Paul Fernando Morillo

                                 Lewisville NC. USA

 

No sé qué esperar, el marido de mi ex me llamó, y por la voz de amargura con que sonaron sus palabras solo puedo pensar lo peor.
Aquí me encuentro, en el patio posterior de su casa sintiéndome como agua en un cajón de arena. Él abre la puerta, y adivino por el rojo de sus ojos que no ha parado de llorar.
“Se nos adelantó” me dice, sin detalles, y sin más, me abraza compartiendo el dolor que él cree que también debe ser mío. Me invita a entrar y me sirve un whisky con hielo. No me interesa preguntar cómo sucedió. No tiene sentido.
Entramos a la casa.
Sobre la mesa de la sala  hay un paquete de cartas abrazadas en un sueño de años. Las misivas descansan unas sobre otras atadas  con un solitario cordel terminado con  un lazo hecho con   apuro.  
-Nos amó mucho a los dos, me dice él, ahora viudo. Toma las cartas y las pone en mis manos y… me brinda la privacidad de una sala solitaria.
Los sobres están marcados con fechas, en orden cronológico. La carta del fondo, la que aguanta a las demás, lleva por fecha un año antes de nuestro divorcio. La de arriba, que corona todo el bulto,  es de un año después de su segundo matrimonio. Temo leer esta  última. Pienso en los momentos de mi vida junto a esta mujer que ya no está en este mundo. Recuerdo lo bueno, lo malo y trato de balancear mis emociones. No me culpo ni le culpo.
-No era, me digo, a mis adentros.  
Apuro el whisky y busco la botella, me sirvo otro trago, esta vez sin hielo. Mi cuerpo está lo suficientemente inanimado, frío debido a las fúnebres noticias, como para aumentar su frigidez.  
 Tengo la última carta abierta ante mis ojos.
-Su despedida, me responde a una pregunta que no formulé.
El papel está arrugado, fué mojado de alguna forma, no hay rastros de tinta, está en blanco. Instintivamente lo pongo en mi pecho, para rendirle un último tributo.  Mi corazón  me exige que huela la carta vacía. Y es asi, que esta acción en este instante me trae un olor agrio-salino imperceptible a los pechos sin amor. Golpea mis fosas nasales excarbando sentimientos enterrados.
Descubro una por una las lágrimas secas en este papel arrugado por el agua salina del desconsuelo. Allí, bebo y aprendo lo que fue amor del bueno. Todavía me afirmo en mi “No era”; pero cómo negar el enjambre de néctar de la vida que estas gotas tristes y evaporadas representan, y es eso mismo lo que me revelan, el amor que me profesan, más allá del cúmulo de años que quiso parar el latir de su corazón enamorado.  Me doy cuenta que fuí yo el causante; quien  hizo que ella mojara y secara ese llanto de amor y despedida.
--No era--lo sabía cuando me separé de ella y lo sé ahora porque solo me quedan bellos recuerdos pero no emociones. La culpa que siento no se va ni se esconde. Bebo el segundo whisky necesitando aplacar una disculpa que, la verdad, no siento. --No era y punto-- me repito automáticamente y salgo camino al cementerio.
Estoy frente a un mini nicho, donde se conservan las cenizas de los finados, el nombre de ella escrito al apuro en la tapa del nicho, la enterraron recientemente y todavía nada es perenne.   Perfecto, digo en voz alta y reparo mi soledad en el camposanto. Imposible meter el fardo de cartas en el hueco de treinta por treinta centímetros, las cartas son de ella aunque el destinatario sea yo y deben reposar con su legítima dueña. La lápida está  sellada, tanto como estuvo su amor, eterno ahora. Tomo tres cartas casi al azar, la segunda fechada cronológicamente, una del medio  y la antepenúltima, anterior a la carta de las lágrimas. Es este orden, todavía dueles”, “¿porqué?“, “SI ERA.”  
Esta última frase me toma desprevenido y me timbra las cuerdas del alma, siento su presencia a mi lado, los vellos de la nuca se   me erizan estoicos ante la arremetida del destino.  Camino hasta un árbol a unos pasos de allí, escarbo un pequeño hoyo a manera de nicho, con mi bolígrafo escribo en la tapa de la carta de las lágrimas “NO ERA” que sigue al tope de todas las demás y la marco con un beso bajado del cielo, con la punta del bolígrafo me saco unas gotas de sangre del pulgar.  Dejo que mi sangre marque las cartas por un costado,  las deposito en el fondo de la pequeña sepultura, me santiguo mecánicamente y me alejo para siempre del lugar.


Paul F. Morillo
Lewisville NC USA


domingo, 31 de enero de 2016

Yosinmí

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Maritza Sevilla

Valencia, Venezuela

 


Disculpa el no haberte escrito antes. Los dos últimos días los he vivido a la carrera.  Durante el viaje no me cansaba de mirar el paisaje por la ventana. El autobús hizo una parada en un pueblito del camino. Se subió una señora mayor y se sentó en el asiento que estaba a mi lado. Estuvimos unos instantes allí, se montaron algunas personas más y el autobús siguió su camino. La señora me ofreció unas galletas que sacó de su bolso. Me preguntó que hasta dónde llegaba mi viaje y si no temía viajar sola. Le conté que era mi primera vez y que estaba muy emocionada. Ella se quedaría en el próximo pueblo porque iría a visitar a su hija mayor y a sus nietos.  Yo solo pensaba en lo perfecto que había salido todo y me moría de las ganas de contarlo al mundo. Confiando en la discreción de una compañera de viaje, desconocida y accidental, sin preámbulos,  le dije de un solo sopetón que yo había abandonado a mi propia personalidad y me disponía a pasar un feliz fin de semana en la playa.

Justina, así me dijo que era su nombre, abrió exageradamente los ojos y me miró sin pestañear por unos instantes. Me dijo que no estaba bien lo que había hecho, y me aconsejó que regresara cuanto antes porque mi personalidad debía estar muy molesta. ¡Claro! Yo sé que ella está molesta. Pero igual es su culpa. Tú lo sabes. Porque entiendo que a quien le habla es a Justina) mucho tiempo esperé que me tomara en cuenta. Pero no me hizo caso.  Bastante que se lo dije, que se lo pedí, que se lo imploré... Justina sacó un pañuelo del bolso y lo pasó por su cara. Luego me preguntó que por qué lo hice y le dije la verdad, mi personalidad me engañó.

Yo había creído que esta vez sí nos iríamos de vacaciones por el fin de semana. Desde hace un mes estuvimos planificando este viaje  a la playa. Nos iríamos solas. Solamente a descansar. Ni siquiera tendríamos que cocinar. Solamente tumbarnos en una perezosa a la orilla de la piscina, con idas eventuales al bar, a comer o tomar algo. Leer, dormir, bañarnos en la piscina sin tener pendiente nada más que relajarnos y embriagarnos con el olor del mar. Yo ya me sentía en un paraíso. ¡Con lo que me encanta la playa. Pero, a última hora, ella suspendió el viaje. ¿Por qué? Porque ella siempre nos sabotea los momentos felices y quiere que vivamos una vida de permanente sacrificio.  No es que ella sea mala gente, por el contrario, se pasa de buena; pero para nosotras, nunca toma nada.

La señora me insistió mucho en que le contara cómo yo había logrado escapar sin que mi personalidad se diera cuenta. Bueno, tú sabes que no fue fácil. Esperé esos momentos, en que ella dormía para concebir mi huida. Afortunadamente; ella tiene una mente muy organizada y eso me ayudó a planificar todos detalles. Decidí escapar hace como dos semanas, cuando me di cuenta que ella estaba buscando excusas para suspender el viaje. Primero me enfurecí, luego me sentí muy triste. Pero después decidí que esta vez no se saldría con la suya.

Saqué algunos cheques del final de su talonario; pues sé que ella concilia su cuenta al final del mes. Aproveché los veinte minutos en que ella descansa después de almorzar, y ayer, fue en ese momento que me escapé. Me fui directo al banco a solicitar una tarjeta para sacar dinero del cajero automático, que según les dije, se me había dañado. No me costó mucho porque ella es muy amable con las chicas del banco y siempre les lleva alguna chuchería. Ayer no fue la excepción, me atendieron pronto y me la activaron de inmediato.

Por momentos, yo dudaba de seguir contando mi treta a Justina porque ella mostraba demasiado interés, más allá de la simple curiosidad.

Después de ir al banco me dirigí a “Caricias”, la tienda donde nos habíamos probado un traje de baño que nos quedó ¡divino! y lo compré. De allí  fui directo al negocio de comidas que tiene nuestra amiga Marta; a quien mi personalidad le prestó un dinero y no había ido a cobrarlo por temor a causar un conflicto. ¡Ningún conflicto! Al verme Marta se acercó agradecida y me pagó la mitad del dinero en ese momento, y ofreció el resto para la próxima semana. Yo se lo había dicho a mi personalidad, que fuera a cobrarle y con eso pagaríamos la última cuota de la nevera; pero, como tú sabes, todo tiene que ser como ella dice.

El autobús se detuvo por un momento y se montaron unos muchachos vendiendo golosinas. Compré tostones para mí y para Justina. Destapadas las bolsitas  y con un tostón en la mano, Justina insistió que continuara con el relato.

Le conté que fui a resolver lo más difícil: hablar con Octavio, nuestro novio. Muy lindo, sí, y muy inteligente, demasiado diría yo. Pero un verdadero sinvergüenza. Ya me tenía harta, y sé que a mi personalidad también, pero ella siempre espera lo mejor de todo el mundo. Así que me le paré delante Octavio y le dije: “Hasta aquí nos trajo el río”. Que no me buscara más porque lo denunciaría por acoso. Que yo buscaría ayuda terapéutica para olvidarlo. Y que si yo lo llamaba, se trataba de una recaída, que no me atendiera porque dañaría mi tratamiento.

Justina se rió tanto que tuvo que usar su pañuelo para secar las lágrimas. Ya calmada me preguntó que había dicho él. La verdad es que el pobre se quedó de una pieza y, antes que me respondiera, me di la vuelta y me largué dando el portazo acostumbrado en estos casos.

En ese momento solo me quedaba una cosa por hacer. Con la excusa de que no tenía luz en el apartamento, dormí anoche en casa de mi prima Paula y tempranito en la mañana me dirigí a nuestro empleo. Sabía que mi personalidad pasaría primero buscando los resultados de unos exámenes médicos. Pedí hablar con nuestro jefe, el Sr. Ruíz. Luego de saludarle le dije que yo estaba siendo sub pagada. Que él sabía que yo era una empleada súper capacitada; que las responsabilidades de mi cargo y mi dedicación merecían una mayor remuneración, y que si él no me aumentaba el sueldo renunciaría de inmediato. El Sr. Ruíz escuchó mi perorata sin interrumpir. Y ¡adivina! Cuando terminé de hablar, me miró a través de los vidrios verdes de sus anteojos y, con una media sonrisa, respondió que yo tenía razón y que no me preocupara, que contara con mi aumento a partir de este mismo mes. ¡Yo lo sabía! Se lo dije muchas veces, que su jefe apreciaba su trabajo, que se arriesgara. Pero, como te he contado tantas veces, ella no me escucha. 

De repente, Justina se quedó callada y seria. Miraba hacia la ventana; pero era fácil darse cuenta que sus pensamientos estaban mas lejos. Pensé que ya no le interesaba la historia, así que decidí quedarme callada y comerme mis tostones en paz. Y ¡zas! La sorpresa: con un tono muy bajo, como si no quisiera que los demás la escucharan, me confesó que ella era una personalidad y andaba buscando a su otra yo.

Era verdad que en ese pueblo vivía su hija. Pero hacía mucho tiempo que no la visitaba porque, aunque deseaba verla y pasar momentos con sus nietos, siempre se le complicaba el viaje y lo posponía. Hacía más de dos años que no los veía; había discutido con su hija por una tontería y dejó que esa diferencia se fuera imponiendo. Me dijo que dos días antes había sentido que algo le faltaba, pero no entendió por qué se sentía así.

Decidió hacer el viaje porque una amiga que tenía en el pueblo la llamó para reclamarle que la había visto paseando por allá y no la había ido a visitar. Así se comprendió que su otro yo estaba en el pueblo, con su hija. ¿Qué te parece? Yo que pensé que mi personalidad y yo éramos las únicas con problemas… Justina me confió que, escuchando mi relato, se dio cuenta que su otra yo, muchas veces le había dado consejos muy sabios y ella la había ignorado. Por eso vino al pueblo, a reconciliarse y a disfrutar su familia.

El autobús llegó a la parada de Justina, justo cuando ella pronunciaba estas palabras. Nos dimos un abrazo de despedida, como viejas amigas, y nos deseamos suerte mutuamente. En este momento, querido diario, me encuentro recostada en una perezosa a la orilla de la piscina, tal como tanto lo deseé, con mi hermoso traje de baño nuevo, oliendo el mar y con la tercera piña colada en la mano. Si mi personalidad hubiera venido, seguro ya se hubiera  olvidado del Octavio, con tanto chico guapo que hay aquí.

Aproveché de escribirte y te confieso que, después de mucho pensarlo,  aún no resuelvo si regreso con ella o no. Bueno, tal vez lo decida con la cuarta piña colada…

La mujer se levantó, colocó la pequeña libreta sobre la tumbona y se dirigió al bar, moviendo exageradamente sus caderas.

sábado, 23 de enero de 2016

Amor sin Hache

Paul Fernando Morillo

Lewisville, U.S.A.


Llegó apurado, a rebuscar y revolver todo. No sé de dónde sacó la idea que el amor estaba escondido en algún lado de la planta baja de la casa. Me miró perdido, buscando ayuda; yo como autómata empecé a levantar libros y añadir caos al orden del cuarto de la sala. Me preocupé cuando miré al amor entrar por el agujero de la pared, el sitio por dónde se conecta la televisión por cable. Entonces pensé, y con justa razón, que el amor no es más que un entretenimiento de novela; lo expliqué así a él. Me miró furioso, me ordenó que siga buscando. Encontré las cartas que él había escrito a Pamela, años atrás, y al leerlas encontré las faltas ortográficas de mi alma, siempre escribí en mi corazon “amhor” con h intermedia y lo practiqué sin hache, como debe ser. Pero este lío no era mi asunto, le pertenecía a él, y la paciencia se estaba terminando.
Escuche un ruido crujiente saltar de un sobre de una de las cartas de una de las cajas regadas, el ruido se posó sobre el párrafo donde Pamela le pedía a él que se volviesen a enamorar después que pasaran unos, muchos años; “después que nos divorciemos y estemos más preparados para este amor”, decía la carta literalmente. Sentí sus lágrimas. Le dí unas palabras de aliento, y el amor salió de allí y corrió hacia un libro de Whitman. Lo encontré acurrucado en el poema “Sometimes with One I love”. Lo leí y un fardo se aflojó en  mis hombros y cayó rodando por el piso. El amor lo tomó y se lanzó por la ventana que daba al patio, el fardo fué enterrado el dos de enero a las 2:30 de la madrugada, después el amor regresó por el agujero del cable. Esta vez él lo percibió y comenzó la cacería por toda la casa, finalmente lo acorralamos cuando se arrodilló como pelotita en la cacerola, después de tanto huir; allí, en la olla donde preparé el ratatouille de la cena de fin de año con tanto cariño como me fué posible. Entendí que él era yo y los dos éramos el huidizo amor, allí nos fundimos, él, el amor y yo.

 
Escrito bajo la Nieve... del mes de Enero

domingo, 17 de enero de 2016

El pequeño arquitecto






Jorge Luis Guillén Príncipe

Perú




A pocos días de su llegada sabía dónde encontrarlo en la iglesia del pueblo. “Tal como el año pasado, Manuelito: un buey, un asno, ovejitas y tu soledad como la mía. Este año, Condesa no parió, Platero más viejo y cansado, las borreguitas, percudidas, apenan con su respirar; Berni, no ladra, solo quiere protección... Tengo un plan, Manuelito, no puede fallar”.

El veinte escogió el lugar bajo de un chirimoyo y su concavidad con estrellitas sinfín. El veintiuno ubicó la cantera, el manantial, cubrió de verde la explanación. El veintidós, con pasión desbordaba, sus deditos moldearon la arcilla y fueron apareciendo palomitas, gallinas; condesas generosas, briosos plateros y corceles; ovejitas de toda laya por manadas; agregó cerditos… y aseguró la propiedad con bernis intimidantes. El veintitrés construyó una casita compacta, espaciosa, con ventanales y techo de tejas. El veinticuatro esculpió a su padre vital, a su madre le dibujo una linda sonrisa. Comprobó que todo estaba bien, se sintió colmado, feliz, maravillándose de su obra… En la noche, a las doce, corrió hacia la iglesia, se escabulló entre los presentes y se acercó lo más que pudo, balbuceó: “¡Manuelito! ¡Manuelito!... Cumplí mi parte… Te toca soplar”.


viernes, 8 de enero de 2016

Antologías de Cuentos de los Talleres







Los Cuentos del Taller, 
Editorial Paulus, 
Compilación.  Paul Antoine Fabiano.   
Buenos Aires,
2013











Colombia, Argentina, Venezuela, Puerto Rico, E.E.U.U.  Perú





 




El libro de Los Talleres, VOLUMEN XXIV
Coordinadora Clide Gremiger
Editorial Dunken,   
Buenos Aires, 
2014   












Argentina México Puerto Rico Estados Unidos Venezuela














MicrosyMacrosTodosRelatos –Volumen I, 

Coordinadora Clide Gremiger

 Año 2015 






Argentina Colombia México Perú Puerto Rico Estados Unidos Venezuela