jueves, 14 de mayo de 2015

El Candidato

 

Clide Gremiger

Argentina



“¿Qué ocurre? ¿Por qué nos citó tan temprano? ¿Nos va a decir finalmente si acepta?”, fueron las preguntas de casi todos los que iban llegando al Salón Blanco de la Municipalidad.

Del otro lado, en su despacho, el Intendente miraba por la ventana. Las palomas que tanto preocupaban a los encargados de la limpieza del edificio y la plaza contigua, a él le fascinaban. El despreocupado mundo de esas aves lo condujo a su infancia. Recordó aquella vez que su hermano le enseñaba a cazarlas con la honda. El cuerpo aún palpitante y caliente de la primera paloma muerta lo había entristecido tanto que se había prometido no repetir la hazaña. De hecho, a pesar de que su hermano y su padre eran grandes amantes de la cacería, él nunca se sintió atraído por esa aventura dominguera. Él prefería ayudar a su madre en la cría de palomas mensajeras. Espiaba por horas los movimientos de esas patas incansables; rozaba esas alas inmaculadas y suaves; les ofrecía alimento en sus manos para sentir las cosquillas del picoteo en las palmas. Su madre sonreía ante ese interés infantil… Su madre… ¿Acaso de ella aprendió la caridad bien entendida? Ese afán por ayudar a los niños de la calle, sin dudas le venía de ella. Patente llegaba a su memoria la sucesión de cabecitas inclinadas sobre unos inmensos tazones de leche, en la cocina de la casa… Y pensar que esos comedores que hizo construir en la ciudad para los niños sin hogar fue lo que más le criticaron sus asesores. “¿Cuántos votos nos suma eso?; ninguno”, le había dicho su mejor amigo y Secretario Privado. “¿Todo se tiene que hacer por los votos?”, reclamó en silencio.
      ¿Che, qué pasa que no empieza la reunión?, dijo el Subsecretario de Desarrollo Social, sentado   en    una de las sillas del Salón Blanco.
     
       Otra vez se puso pensativo, respondió entre risas el Secretario de Finanzas.
     
A lo mejor no quiere, aventuró el Secretario Privado que acababa de llegar.
    
      ¿Cómo que no quiere? ¿Vos sabés algo?, preguntó con preocupación otro de los recién llegados.
   
      No, nada. En esto ha sido una tumba… Ni una palabra a nadie, se apuró a responder el
      interrogado
 
 ¡Lo único que falta es que no quiera!, exclamó el encargado de las finanzas, nuevamente entre risas.

     “Ése es como un estilete clavado entre la quinta y la sexta costilla”, pensó el Intendente al escucharlo. Cada vez que proponía alguna acción en beneficio de los más necesitados, él venía con todos los informes financieros para certificarle que “eso no se podía hacer”. Le rebatía todos los argumentos con los números. Para él también las acciones se dividían en votos a favor y votos en contra. “¿Una sala de pediatría en el hospital? ¿Para qué? Al hospital asisten las madres de tres barrios de la ciudad… ¿Cuántas serán? Ochenta o cien… Puedo conseguir los números exactos. El resto son de las localidades vecinas. ¿Vamos a construir una sala para los que no nos pueden votar?”. Su punto de vista, sin dudas era irrebatible desde la perspectiva eleccionaria. De hecho ambas acciones sólo se concretaron cuando la tendencia de voto vino de la mano de la acción social… “Menos mal que ayudar a los pobres se puso de moda”, pensó. Pero eso no lo hacía feliz. Él no quería actuar por designio de la moda. Su madre era así. Recordó que dejó de interesarse por el tazón de leche en la cocina, cuando su marido, Intendente por dos períodos consecutivos, llamó a la prensa para que publicara un artículo sobre lo que hacía su esposa. Podía recordar el desprecio con el que ella leyó el titular del periódico: “Alimentados por la primera dama”. Sin dudas, él había heredado ese espíritu. “Espíritu débil y sensiblero”, según la expresión de su padre. Algo parecido escuchó de su Secretario de Finanzas y hasta de la Subsecretaria de la Niñez.

Cuando finalmente abrió la puerta, una veintena de pares de ojos se clavaron en él. Esperaban su decisión. La venían discutiendo desde hacía meses, pero el Intendente tenía la última palabra. Atrás quedaban las numerosas reuniones que se habían sucedido en los despachos y hasta en las cafeterías del centro de la ciudad. Él era quien tenía la última palabra:

-Lo siento – dijo–, no cuenten conmigo para las próximas elecciones.

Fue lo único que dijo, antes de salir y despertar un murmullo similar al de las palomas en las ventanas de la Municipalidad.

viernes, 24 de abril de 2015

La ecuación de Einstein

Paul Fernando Morillo
Estados Unidos


Esta tarde cuando morí, tuve la urgencia de salir a la calle mayor del pueblo y tomar un taxi con rumbo desconocido. El taxista no me preguntó hacia dónde me dirigía, me dijo, hacia allá vamos, conocía muy bien el camino y después de pasar por delante del cementerio viró hacia la derecha en la calle de las ánimas. Espero que viaje ligero, acotó, con una sonrisa de bienvenida. Le dije que sólo llevo lo que traigo encima y es  mi alma nada más. En broma añadí que no llevo sobrepeso. El me miró comprensivamente, total se muere una sola vez, así que no hay forma de repetirlo y aprender sobre la experiencia. Había en el asiento del taxi un manual de física y en la primera página la célebre ecuación de Albert Einstein E=mc^2 con una breve explicación sobre la misma. Cuando un objeto se acerca a la velocidad de la luz su masa se incrementa, y la energía incrementa. A la velocidad de la luz la masa se vuelve infinita. Cuando acabé de leer la última frase miré como el velocímetro aumentaba la velocidad hasta llegar a los  299792458 metros sobre segundo, miré la masa de mi alma tornarse blanca azulada, una música de campanas nos zambullía en una frenética velocidad hacia el infinito, la masa de cuerpo espectral de mi alma se tornó infinita igual al sitio infinito donde llegamos, después no supe más ni me importó.

sábado, 11 de abril de 2015

EL PINTOR DE PAREDES.

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 Elvirita Hoyos Campillo

Colombia

Llegó, con su escalera, antes de la hora normal de trabajo, esto es, mucho antes de la nueve de la mañana.
— ¿Tan temprano por aquí?
— Para mí, respondió, es casi medio día.
— ¿le provoca un desayuno?
— Gracias, yo ya vengo listo. Si quiere deme solo un tinto con bastante azúcar, para endulzar la vida.
Cambio sus ropas y enseguida arremetió con el trabajo de una pared larga y alta, lijándola, para luego estucar aquellas partes que lo necesitaba, subido en una escalera rustica, que llegaba al techo, de la cual bajaba y subía constantemente con la agilidad y vigor de un joven, sin embargo tenía algo más de cincuenta años.
— Aquí tiene su café —le dije.
— Póngamelo allí niña — me indicó, señalándome el sitio.
Enseguida comenzó a silbar una tonada. Mientras yo jugaba con mi mascota. Al rato, cuando sospeché que su café había pasado de caliente a frio, le pregunté:
— Su café se enfrió, le gusta asi o ¿Quiere que se lo caliente?
— Bueno. Gracias.
— ¿Le gusta silbar?
— Sólo cuando me baño y cuando trabajo. Silbar me da ánimos.
— El café va a enfriársele de nuevo.
Se bajó de la escalera, tomó la taza, y dándome la espalda, se asomó por el ventanal a mirar la calle. Luego se dio vueltas y me miró directamente a la cara.
— Lindo perrito. A mí también me gustan los animales.
— ¿Si?, pensando que tenía perros pregunte — ¿Que raza tienes?
— Yo crio cerdos. —Expresó,  mientras me extendía la taza. —Gracias.
— No sabía, —dije— que se podía criar cerdos en la ciudad. ¿En qué barrio vives?
— En Arjona.
— Pero, Arjona es un pueblo, lejos. Quizás duermes en la ciudad cuando trabajas, y te vas al pueblo, los fines de semana.
— No, me voy y vengo todos los días.
— Ah, y ¿Cuánto tiempo te gastas de viaje?
— Tres horas y a veces más, porque de aquí, cojo un bus hasta la terminal de trasportes, allí cojo el bus para Arjona, cuando llego al pueblo, camino pa ya, uuuhhhh bastante, mi rancho está fuera del pueblo. Eso, por allá es muy bonito y tranquilo.
— ¿Siete horas entre venida y regreso diario, no es aburrido?— ¿En qué momento, atiendes a tus cerdos?
— Apenas me levanto, es lo primero que hago, les hablo y les doy su comida, luego me baño, desayuno y me vengo a trabajar.
—Bueno,— le dije —siete horas sentado en el bus, y ocho durmiendo, pasas la vida chévere.  ¿Ves Tv?
—No, niña. Dónde vivo, no llega la energía eléctrica.
 Lo dejé trabajar. Y  fui a arreglarme y a poner en orden mi habitación. Dos horas después, de nuevo vine a ver cómo iban las cosas.
— ¡Maravilloso! Exclame. —Vas pintando con el mismo amor con que crias a tus cerdos. Cuéntame de ellos, mientras preparo otro café, ¿Quieres?
—Sí, niña, me gusta hablar de ellos.
Asi, entre sorbo y sorbo de café, me fue contando que todos en su casa se acostaban temprano y se levantaban a las dos y media de la mañana, su mujer preparaba de desayuno, lo que en la ciudad seria la comida del medio día; que la cocina estaba fuera de la casa en un bohío grande y rectangular, con techo de paja, donde tenían un fogón hecho con piedras, la mesa dónde comían y en los postes que sostenían el techo, colgaban las hamacas para descansar y a veces dormir.
— ¿no tienes casa de bahareque?
— Si señora, en la casa duermen mis hijos y mi mama, está la sala y hay un baño, como los suyos que yo hice. Tengo mi cuarto con mi esposa, pero a veces duermo en el bohío de la cocina.
— Y por allá, ¿no está metida la guerrilla?
— No, —explicó— ellos andan por otro lado. Eso por allí es tranquilo. En el pueblo, es dónde las pandillas se están matando unas con otras.
Me siguió contando que tenía tres cerdos grandes y a veces cinco o seis, que él compraba a buen precio, los criaba, les sacaba crias y los llevaba a vender al matadero  obteniendo asi, una ganancia tres veces mayor que el precio que había pagado al comprarlos.
Mientras él me contaba de sus cosas, yo pensaba que él vivía como muchos de la ciudad querríamos vivir, sintiendo esa gran paz que trasmite la naturaleza, dentro de un silencio extraño, donde abundan los sonidos de los pajaritos y las ranas, los grillos, las luciérnagas. Tener una casita sencilla dentro de un hermoso paisaje con grandes árboles que proyectan sobre uno, la más deliciosa sombra, refrescando el ambiente, con gallinitas dispersas correteando el patio, comiendo maíz, con muchísimos perritos y rodeada de flores multicolores. Entonces le pregunté, si por allí era fácil conseguir para comprar media hectárea de tierra para mí. Y respondió que no sabía.
Fue cuando me habló de los cerdos, y el cariño que sentía por ellos…
—Los quiero,— expuso —asi como usted, quiere a su perrito.
Entonces, yo acaricie mi perrys, que se llama Tilin, lo cargué, lo apreté suavecito contra mi pecho y le di un beso en su cabecita; brotaron mis lágrimas al pensar en su muerte, que a Dios gracias, estaba lejos por sus expectativas de vida, que ojalá coincidiera con la mía, para irnos juntos. Sin entender cómo se puede amar un animalito, al tiempo que se le piensa llevar al matadero.
Nunca más comería cerdo. AGGGGGG
Mirando a Tilin moviendo su colita de alegría, sin sospechar la enorme contradicción de los humanos y su eterna paradoja, le dije, ven vámonos de paseo, no temas que yo jamás te llevaría al matadero, y dejé tranquilo al pintor continuar su trabajo.










sábado, 4 de abril de 2015

El Extranjero


-->JAIME ALDANAPERU
          

 El hombre debía tener unos cuarenta años. Era de contextura gruesa, aunque no se podría decir que era gordo. Sus facciones eran bien definidas, y no era demasiado alto. Su cabello negro y ensortijado caía sobre sus hombros. Vestía muy elegante, y pese a ser apuesto siempre llegaba solo a un bar de la calle Maipú, en Buenos Aires.
          Un viernes de mayo del 2005 ––el último día que se le vio––, llegó como de costumbre a las diez de la noche y se sentó a la mesa que tenían dispuesta para él en el mezzanine, como un acuerdo tácito. Desde ese lugar podía observar casi todo el local, sobre todo la entrada, a la que se enfocaba como si estuviera esperando a alguien que nunca llegaba.
          Pidió la usual botella de whiskey y la pagó de inmediato y en efectivo.
          Las chicas que se ocupaban de atender a los clientes se disputaban su atención y compañía, debido a la jugosa propina que dejaba. Como nunca les había dicho su nombre, se referían a él con el apelativo de, el extranjero, porque su dejo era de algún lugar del Caribe.
          En el primer piso, un señor de unos sesenta años que se encontraba solo también, tarareaba en voz alta las canciones e intentaba cantar, pero había bebido demasiado para que se le entendiera palabra alguna.
          Cerca de las once de la noche el hombre del primer piso comenzó a pedir a gritos que le sirvieran otra copa de licor, pero por más que buscó en los bolsillos no encontró el dinero para pagar. Como no lo atendían, palmoteó la mesa atrayendo la atención de dos corpulentos agentes de seguridad del local quienes, sin mediar palabra, lo agarraron de los brazos para sacarlo, y lo arrastraron mientras le propinaban codazos y patadas. Cuando estaban por salir, uno de los agentes le dio un golpe  en la cara que lo hizo sangrar. Terminaron por botarlo a la calle como si fuera un trapo viejo, y regresaron sonriendo, satisfechos de haber hecho su trabajo.
          Desde el mezzanine, eran observados por el extranjero, cuya tez se había tornado pálida, ante lo que consideraba un abuso.
          Cuando los agentes de seguridad se disponían a continuar con su labor de vigilancia, escucharon un grito que provenía del mezzanine:
          ––¡Hey! ¡Muy valientes!, ¿no? ¡Par de payasos abusivos! ––era el extranjero. Los dos hombres se quedaron mirando al hombre que se atrevía a ofenderlos, pero antes de que pudieran reaccionar escucharon algo que les encendió el orgullo:
          ––¡A ver si son capaces de sacarme a mí también!
          Sin pensarlo dos veces dieron grandes zancadas y comenzaron a subir por las escaleras, en pos del individuo que se había atrevido a retarlos.
           Permanecía impasible ante las miradas angustiosas de las mujeres que no querían que nadie saliera herido, menos aquel hombre que se aparecía los viernes para tomar algunos vasos de whiskey.
          Apenas llegaron, fueron recibidos a golpes por el extranjero, pero pronto pudieron agarrarlo. Sin pensar en las consecuencias de sus actos lo tiraron escaleras abajo y se dispusieron a darle una golpiza que recordaría toda su vida.
          Mientras rodaba, el hombre se llevó instintivamente la mano a la cintura. Cayó de espaldas, pero para sorpresa de todos en sus manos sostenía un revolver.
          Los hombres de seguridad se quedaron estáticos, y no pudieron escapar a las balas que destrozaron sus cuerpos.
          El extranjero se levantó lentamente, caminó en dirección a la salida, y desapareció sin dejar rastro.


miércoles, 25 de marzo de 2015

Lila


Deanna Albano
Caracas, Venezuela

La tarde se iba despidiendo y mientras degustaban una excelente torta de maíz tierno con queso, especialidad de la dueña de la casa,  instalados en los mullidos sillones  del balcón,   Carolina exclamó: —Mamá, Lorenzo y yo hemos decidido irnos a Copenhague!

       —¿Tan lejos? Lo han pensado bien?

       —Sí —le contestó Lorenzo, —Hemos analizado varias  alternativas y esa nos parece la mejor.

       —Se van a llevar a Lila? —preguntó nuevamente Teresa.
       —Claro, —no la podemos dejar, rápidamente rebatió  Carolina. 

Un manto de silencio cayó sobre los tres interlocutores,  cada uno ensimismado en sus pensamientos. Solo se escuchaba la leve brisa que movía las hojas del pilón en el jardín.
Lorenzo,  un joven de treinta y cinco años, alto de buena presencia, físico de profesión, siempre un poco despistado, se desempeñaba como profesor en una reconocida universidad de la capital.  Lector voraz, leía casi indiscriminadamente lo que caía en sus manos.  Su pasatiempo favorito, ver películas japonesas. Su abuelo había venido de Italia buscando mejores oportunidades de trabajo y ahora él cruzaría el Atlántico explorando lo mismo.
       Carolina, de treinta años una linda morena de pelo largo y brillante,  profesora de inglés, con especialización en literatura hispánica, tenia reducidas  horas de clases  en un liceo. 
Los jóvenes se habían casado pocos meses antes, no habían podido tener una casa por su cuenta, su condición económica era bastante limitada.  Estaban viviendo con Teresa, la madre de Carolina, una señora rubia, comerciante que se dedicaba a bienes raíces.   
Los meses siguientes fueron de días frenéticos para  adelantar  los trámites burocráticos: traducir documentos, apostillarlos, ir de una oficina a otra, el tiempo cada vez más corto.
 Al faltar solo  dos días para el viaje,  y revisar cuidadosamente los papeles, los jóvenes se dieron cuenta de que la documentación de Lila no estaba completa y faltaba una vacuna,  que debía haber sido hecha con un mes de anticipación.
Carolina se hundió en llantos por la desesperación, pensó no viajar, pero la penalidad por no hacerlo era demasiado alta. Además tendrían una entrevista de trabajo casi al llegar.

Teresa al fin, les convenció de irse ya que ella viajaría en tres meses  y se la podría llevar.

La despedida fue desgarradora para Carolina, y Lila, pareció entender que la dejaban porque los siguió con una mirada triste.

A Teresa se le hizo imposible viajar para desesperación de Carolina, quien transcurría los días en profunda apatía. Constantemente tenía un nudo en la garganta, en la cabeza, en el corazón. No podía concebir su vida sin Lila. Finalmente a los seis meses Lorenzo, haciendo muchos sacrificios económicos,  regresó a Caracas.

La preocupación primordial fue figurarse cómo podría aguantar un viaje en avión de tantas horas, sin ocasionar problemas. Calcularon darle unos tranquilizantes, antes de abordar el avión,  y  otros cada cierto tiempo porque  el viaje sería largo.

Sin embargo,  Lila estuvo tranquila sin necesitar de ningún  sedante.  Ella pareció comprender que iba a su nuevo hogar,  sin haber emitido un solo maullido.

miércoles, 11 de marzo de 2015

El vendedor de cuentos



Paul Fernando Morillo

Estados Unidos


“Libertad no es la ausencia de compromisos,
sino la capacidad de escoger y comprometerme
 con lo que es mejor para mí.”
Paulo Coelho


    Mientras Elvira espera al vendedor de cuentos ambulante en el café, recuenta su vida hasta ese instante. El joven ha trastocado la vida que ella eligió hace treinta y pico de años. En la mañana los destinos se cruzaron empujados por la insistencia de la conciencia de la mujer conejo. Desde que el vendedor de esperanzas asomó, la calle se ha convertido en una chacra llena de vegetales humanos agrupados frente al hortelano.

    Las pupilas de Elvira están fijas en aquel agricultor de palabras que arenga a los transeúntes y les invita a que oigan y compren el cuento del día. Elvira, la mujer vestida de conejo azul, mira hacia  la calle desde una vitrina. Ella, a manera de anuncio, trata de atraer clientes para un negocio sin importancia, siempre es buen pasatiempo, de eso está segura. Está atenta a la actividad de la esquina, le gusta observar el comportamiento de las masas humanas. De todos los disfraces, ella escogió el de un conejo ya que en eso se transforma en la vitrina. Las horas se escurren lentas detrás del disfraz, los lapsos del tiempo pasan sin volver sobre sus pasos; en el eje de los ojos de la mujer conejo está el vendedor de historias, el hortelano de las fantasías y los cuentos, tal como lo encontró una mañana hace treinta días  leyendo historias para los transeúntes.

    El vendedor de leyendas gesticula, grita, llora, ríe mientras lee sus cuentos –el día a día de Jaime-. La curiosidad y algo más tiene embobada a Elvira, quiere saber más del hombre de los cuentos. Cuando mira a Jaime, un olor a heno fresco llena su olfato. Los recuerdos le invitan a subir al tren de la vida de Elvira, y ella se deja llevar, la mujer acaricia imágenes del hombre que ella amó.  

     El joven vendedor de ilusiones escritas posee la misma juventud, la misma energía de la que ella se enamoró varias décadas atrás. Los gestos son los mismos,  pero en cuerpos diferentes. Así fue que un veintitrés   de Enero de 1997, lo recuerda   clarísimo, el fantasma de sus sueños,  asomó sus dientes de magia; la oportunidad mostró la punta de la nariz y la tentó. El enjambre de dudas se desmoronó y Elvira tomó la determinación de separarse del hombre amado para buscar una carrera   de pintora.
De lejos, Elvira puede ver que el joven vendedor de las ilusiones escritas, dibuja la misma sonrisa cautivadora que su pasado amor.   Está convencida de que ve fantasmas materializados del viejo cariño ahora ya amansado y puesto a descansar en el potrero de alfalfa de los amores clorofílicos, acabados e imposibles. Su antiguo novio murió hace una década en brazos de otra mujer, bañado en aires de otra patria, no allí en Quito, Ecuador, según un obituario leído sin prisas un domingo hace tantísimas lunas. La muerte también cargó el amor de Elvira, los vacíos abismales en su corazón son tan grandes que podrían abarcar varias extensas praderas llenas de familias de conejos.

La mujer no ha dejado su madriguera para oír al cuentero, la detiene la exigua posibilidad de que este joven esté relacionado con el viejo batir de su corazón.   Un cosquilleo interior  le avisa,   la tienta. Sin duda alguna le gustaría oír una de esas historias que los transeúntes parecen disfrutar de principio a fin.  –Quizá mañana– piensa Elvira. De súbito repara que el futuro no existe, que solo hay un presente y es este instante, este microsegundo que de forma continua ya es pasado. Decidida, baja de la vitrina y sale a la calle al encuentro del vendedor de los cuentos. Camina unos metros hasta la esquina. Si es que hay sol allá arriba no se siente. Al llegar a la esquina,   repara que el cuentero está ocupado leyendo el cuento del día. Ansía creer que sus ojos le engañan, pero este muchacho es la encarnación de su hombre, tal como lo recuerda en el estático pasado: la sonrisa embadurnada  de esos labios gruesos y eternos, la mirada tierna y poseedora. El  joven   de las palabras   alza su mirada y el albur inclina la balanza hacia el lado de la mujer conejo:

–He aquí el conejo azul de mi cuento, se acaba de materializar y ha venido para que Uds. le conozcan,  –dice el joven y sonríe  con una sonrisa universal que trae los campos de heno a la esquina de la ciudad. Elvira se queda lívida, el disfraz le comienza a molestar y suda copiosamente, los rayos del astro rey le mortifican los brazos y las piernas; en ese instante, siente que el sol le comienza a entibiar el alma. Ni remotamente pensó que algo así sucedería: ponerla en una posición endeble, ni siquiera conoce a este vendedor de cuentos. Y ahora que repara en ello, a juzgar por las palabras que alcanzó a oír, Jaime también la ha estado observando. ¿Ha escrito un cuento sobre ella? Estira su pata de conejo en forma de saludo, pata y mano se entrelazan, el encantador de las vocales y las consonantes le recibe con un tibio “mucho gusto”. Su sonrisa es como de cuento,   inverosímil, cálida y embriagadora. La imagen de la comisura de su boca desparramándose y uniéndose en éxtasis. Mientras el joven escritor enlaza sus manos con las patas azules del conejo  hace que las piernas del conejo gigante busquen afianzarse con más esmero al cemento de la cuadra.  –Te espero a las cinco en el café-net–le dice Elvira.

De regreso a su cuadriculo, ella mentaliza el cuento. Se  repite a sí misma: “el cuentero tiene que leer el cuento a ella, y solo a ella”.

Las horas caminan pesadas,   como si se entreveraran en el acordeón del tiempo, se agrandan y se encogen mientras la vida se desarrolla en la acera, Elvira mira el minutero, faltando de dos a tres minutos para coronar el tope de la hora cinco, decide finalizar el trabajo del día.   Se muda de ropa, el vestido de mujer conejo queda colgado a manera de piel en desuso, como   los animales  sacrificados en el camal.   Con el disfraz se queda guindada la pena del pasado inmutable. Ahora viste otro disfraz, como el de aquellos que ha   visto desfilar todo el día por la   y que la transforman en ciudadana común. Se enfunda en unos jeans salpicados de gotas de nostalgia y pintura   que raspa con la uña de su dedo índice tratando de limpiar el cariño y el olvido. Y espera. Se sirve un café, se sienta,  anhelando la aparición del mago de las letras y las palabras.


Jaime sigue afuera, retirándose de la batalla de los verbos, de las esdrújulas y las consonantes, seguro perdió el marcapasos de la vida moderna; porque cuando el medidor del tiempo golpea casi las seis de la tarde, el vendedor de cuentos entra al café net ignorando que su   parsimonia   ha apuñalado   la paciencia de Elvira sesenta veces.

--Dios Altísimo, ¿de dónde sacaría esa sonrisa? apura Elvira en su cabeza. Jaime va directo a la barra y pide uno de   esos vinos que los chilenos se jactan son de los mejores.  
Mira a los alrededores pero del conejo azul, ni las orejas. Elvira cae en cuenta de que Jaime nunca la ha visto de otra cosa que no sea de conejo azul    y le hace señas con la mano.
El vendedor de cuentos se acerca.   

–Mucho gusto, me llamo Jaime –el vendedor de sueños escritos deja correr una sonrisa que a Elvira le recuerda el enjambre de vibraciones en sus piernas por la mañana. El aire del potrero imaginario se materializa entre sus sienes blancas,  se torna intenso y pasa a ser un torbellino de añoranzas.    Esperanzas que reposan en las inciertas actitudes de las personas ajenas, del anhelo de que lo desconocido se fragüe en realidad.

–Hola yo soy la mujer conejo, sin orejas y sin bigote, responde ella, sintiendo en sus mejillas el ocre de la sangre invadiendo sin aviso, se siente avergonzada a sus sesenta años de edad.
–En que te puedo ayudar, indaga el muchacho de   veinticinco.

–He visto que   vendes tu arte y parece que lo haces bastante bien. Me recuerdas a un viejo amigo   que emigró a España tiempo atrás con un hijo pequeño. Estaba pensando en lo burda que es la vida y su destino, quizás, me pregunto, quizás, este vendedor de cuentos está relacionado con mi viejo y entrañable amigo.

Jaime mide las palabras, apura el vino con sorbos pequeños. El asalto a una de las tantísimas realidades le sorprende, y dicho así a quemarropa por aquella mujer, lo asalta igual como el vino le araña la garganta.

--Lo siento, se excusa Jaime, nunca he estado en España, nunca he salido del país, mi padre murió en Babahoyo, Ecuador.

Elvira ignora las palabras de Jaime, en su corazón se cierne la posibilidad casi cierta.
 
-- Yo también tengo mi arte, ¿sabes? Soy escritora y pintora tengo unos cuadros y unos cuentos que me gustaría que la gente los admire y los compre. Llevo pintando y escribiendo varios años, veintitrés para ser precisa, y por algunos comentarios no lo hago mal, por el contrario lo hago muy bien. No sé si te interesa la posibi...

Jaime corta a  la ex mujer conejo:
-– ¿Y por qué no te has acercado a una galería o a una librería? Quizá podrías alquilar    un carrito para ese fin. Sé que en el centro, los artistas desconocidos venden muy bien sus obras.

--¡Caramba!, exclama Elvira, y agrega, me gustaría que me leas el cuento de esta mañana acerca del conejo azul, al tiempo que extiende un billete de diez dólares.

 Jaime la mide con   sus ojos cafés. Está dispuesto a decirle que se vaya al demonio, pero recapacita. Por diez dólares y   tres minutos de lectura podría pagar su bebida. Alarga la mano a su mochila y extrae un papel, toma un poco de vino, mira al cielo como tomando inspiración y lee el cuento en voz baja, para que la mujer conejo lo oiga solo a él.

“Misión cumplida”, piensa Elvira.

El tiempo toma un respiro de su incesante carrera siempre hacia delante. La voz de Jaime chorrea palabras y su sonrisa las envuelve como papel de regalo:

Érase una vez un reino de los animales de orejas grandes. Allí habitaba una hermosa coneja blanca. Su sueño era teñirse de azul y vivir feliz por siempre jamás. Papá conejo, un precioso conejo English Lop de orejas caídas, le decía a mamá conejo que su sueño tendría que esperar porque ella tenía un bebé conejo en sus entrañas. Los días pasaban y mamá conejo se ponía más triste porque sus sueños azules se chorreaban en blancos insípidos. Pero llegó la hora en que el bebé conejo vino al mundo.   Apenas él   vio los prados de heno, mamá conejo abandonó la madriguera en busca de su sueño, su traje azul. Atrás quedaron papá y bebé, quienes solos, vivieron muchos años entre felices y olvidados. Colorín colorado.

Acabada la lectura, Jaime   mira a Elvira y le dice, si quieres te lo  autografío. Acto seguido escribe algo en el papel, apresura su copa, se siente incómodo, pero feliz. Por su lado, Elvira estaba decepcionada. “Qué cuento mas estúpido”, pensaba, mientras   miraba a Jaime directo a los ojos. Entonces, sacando fuerzas le dijo  :

-Si quieres yo te podría dar algunos de mis cuentos y mis cuadros para que los vendas.

-Gracias, Elvirita, eres muy generosa, pero no vendo nada que no sea mis cuentos, pero valoro tu ofrecimiento, le respondió él.

Ella se queda congelada porque nunca le había dicho su nombre.

Jaime se levanta y sale apresurado por la puerta del café. Elvira mira el papel donde se suponía estaba el cuento que Jaime había leído pero contenía estas palabras:
Papá siempre me dijo cuanto te quería, aún cuando nos dejaste. Él te esperó en Babahoyo hasta el último minuto de su vida. Ya no mires nunca la esquina, porque estará vacía.
Adiós, el cuentero.





lunes, 2 de marzo de 2015

La Casa de los Abuelos

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Adriana Diaz
Argentina




Se acomodó en el asiento del micro, como si treinta años no hubieran pasado. Después de tanto tiempo, regresaba a la casa de sus abuelos. Una mujer se sentó junto a él y lo rozó con su cuerpo, demasiado grueso. Le molestó pero no dijo nada y como si no lo hubiera percibido, siguió mirando por la ventanilla.

Hernán Mariano Ortega era delgado. Morocho, de ojos negros y de frente amplia. Todavía podía verse en su mirada, alguna huella pícara que lo había hecho años atrás, el preferido de su familia. Conservaba cierta agilidad y sus piernas aún lucían largas como cuando se desafiaba a correr con los otros primos.

El micro arrancó y el muchacho se deslizó buscando cierta comodidad en el asiento, pero tratando de mantener los ojos abiertos. No quería dormir pero si descansar. La mujer a su lado se movía y hablaba sin parar. A él, extraviado en la contemplación del afuera, la conversación le resultó lejana y aburrida. Ajena.

Deseó con todas sus fuerzas que la mujer se callase o descendiera en la primera parada que realizaran. Sus pensamientos parecieron ser oidos por alguna divinidad desconocida, ya que apenas el colectivo comenzó a disminuir su marcha unos kilómetros más adelante, ella se puso de pie, recogió el bolso que llevaba y se colocó junto al conductor.



Hernán Mariano Ortega se quedó mirando como ella iba desapareciendo por un camino lateral de tierra que se abría desde la ruta hacia el este. La mujer iba esquivando charcos de agua y colocando sus pies sobre unas huellas grandes que había demarcado seguro, la lluvia en la madrugada. Todo era barro pero ella no se amedrentaba.

Sin dudas, habrá llovido toda la noche- pensó. Con la frente apoyada en la ventanilla, cerró los ojos y pudo recordar el olor a la tierra mojada de su infancia. Se vio a sí mismo, corriendo semidesnudo por los campos floridos de su niñez. Con los brazos abiertos y la boca llena de voces que le brotaban desde dentro y se desbordaba en forma de sonidos y músicas.

A veces, el campo estaba vestido de trigo. Amarillo refulgente. Otras, lucía el esperanzado verde de los sembrados. Pero sus preferidos, eran los caminos. Allí podía correr y correr sin que nada pudiera detenerlo. Las calles sin límites, polvorientas o recién humedecidas, con el paso del camión del agua o de la lluvia.

Entonces, creía que todo aquello tan inmenso, era suyo.

Sintió una melancolía conocida, recordando los olores y los colores. Se le vino a la cabeza aquella canción que tantas veces había escuchado tras esas paredes vacías del penal de la calle Suipacha. Allí no había matices ni colores, había que imaginarse los verdes, los amarillos, los celestes. Todo era cemento sobre cemento. Gris y otra vez gris con algo de blanco.

En la soledad de un patio mezquino, enrejado y cubierto con un techo de hierro, había tarareado miles de veces, aquella canción: "Por qué cambiaste un mar de gente por donde gobierna la flor, mirá que el río nunca regaló el color." Una y otra vez, aún en silencio, repetía el fraseo de aquel cantor. Intentaba como el protagonista de la melodía, soltar la pena y volar como hacían los zorzales en primavera.



Había amado a una mujer. Y luego a otra, y a otra. Incontables. Alguna de ellas le había contagiado una peste pero no guardaba rencor. En lo secreto de su ser, se sentía pagando por los crímenes que había cometido. Un robo, otro y alguna muerte. Accidental pero muerte al fin. Circunstancias del oficio de un ladrón, se decía- pero sin vanagloriarse-.

Los años largos que se le habían quedado allí dentro pasaban ahora con rapidez a través de la ventanilla del micro, como si hubieran sido sólo un sueño. En todo caso, una pesadilla- se dijo. Campos, sembrados, tranqueras de madera. Pequeñas casas y pueblos. Escuelas, silos y parajes abandonados iban quedando detrás a medida que el viaje avanzaba.

Una bocanada de aire entró por una ventanilla entreabierta. Respiró como queriendo quedarse con aquella brisa.

Los ojos de su abuela, la leche fresca, el pan recién horneado. Las puertas abiertas de la casa, su bicicleta amarilla siempre apoyada junto a la ventana. El abuelo caminando monte arriba, llevando a pastar los animales. Sus cuentos, las historias junto al fuego de la noche o mientras esperaban cargar el agua, sentados los dos junto al pozo.

El arroyo, los carnavales. Las siestas. Las noches con estrellas. El canto de las ranas. Los días de pescar con los primos. Las caminatas al cementerio. Los desafíos a quien llegaba primero. La escuela, el comedor. Las charlas en la plaza con los amigos. Los sueños, la amistad, la inocencia. Y la libertad.

Y después un mal día, descubrir la aventura de conquistar una ciudad que desconocía pero que lo invitaba a hacerla suya.



Sintió ahora que el micro se detenía y doblaba hacia la derecha. Un muñeco gigante de lata le daba la bienvenida. El andar se hizo más lento y las casas se hicieron más conocidas. Se enderezó en el asiento, se acomodó la ropa que llevaba puesta y caminó hasta la puerta. Esperó allí, parado y en silencio, hasta que el colectivo frenó unos metros más adelante.

Descendió del estribo. Después caminó a lo largo de toda la calle principal. Todo estaba igual pero a la vez, diferente. Luchaba con su memoria para poder recordar los detalles. Algunas casas se habían desmoronado con el paso del tiempo y sólo quedaban ahora, unas paredes huecas en pie, techos caídos y un montón de escombros, ramas y cenizas.

Al final, a lo lejos, distinguió sin dificultad, su casa. La de sus abuelos. Las puertas permanecían abiertas. Una bicicleta junto a la ventana y una enredadera de flores rojas que la abuela amaba y cuidaba con devoción, se aferraba con elegancia y delicadeza a la pared principal. Parecía bañar el frente de la casa, como si fuese una cascada. Un aroma le inundó los sentidos. Sin dudas, por allí también había llovido.

Se sentó junto al borde la puerta. Miró hacia adelante. Pudo descubrir sin esfuerzo, un campo extenso lleno de verdes y amarillos. El cielo azul, limpio, ampliaba su mirada. Descansó como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Esta vez, no tuvo miedo de dormirse. Había pagado sus deudas, su condena, sus delitos. Se sentía en paz. Estaba seguro, confiado. Antes que llegara la mañana, sus abuelos lo vendrían a buscar.