lunes, 27 de febrero de 2017

¡Apuráte te digo…!

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Paola Pamapre 

Concepcion del Uruguay,  Argentina

           


Intermitentemente llovió toda la noche y parte de la mañana.  A la tardecita, aún húmedos y relucientes, los árboles reflejan las luces del sol que finalmente impone su presencia y también, sobre el rio crecido e impetuoso, sus rayos pintan mil centellas.

El domingo ya está transcurriendo hacia su fin, perezosamente.  Estacionado en el muelle, frente al canal de ingreso al puerto, contemplo como miles de veces el paisaje. Algunas lanchas y canoas producen el oleaje que termina en las orillas desdibujadas por la altura del rio. Regresan temprano ya que los días de otoño han cercenado las horas de luz.

Fiel a la costumbre, mi mujer está haciendo cola para comprar las consabidas tortas fritas del carrito y en la radio, la voz de Teresa Parodi  ha desplazado al cadencioso chamamé de don Transito.

Me sobresalta un golpecito en la ventanilla y al mismo tiempo alguien abre la puerta y se mete. Un muchachote de fuertes manos  ásperas,  olor a rancho  y  pescado a las brasas,  me dice a modo de saludo: “¿Se acuerda de mí, don?”

Se acomoda como puede los negros pelos hirsutos y chorreantes que le tapan a medias la cara, pero cuando me apunta esos ojos claros, mi memoria se agita. Me salpica algunas gotas.

“Ando buscando a la Juana… y  a la más chiquita, la Josefina… ¿Usté no las vio?”

Mantengo la boca abierta, pero sin embargo,  no puedo formular palabra, la garganta seca… y me lo quedo escuchando mientras sigue:

“La otra tarde, cuando la crecida se puso muy fiera, salimos del rancho pa’  no hacer noche en la isla. Con el Mancha, que se vino antes, mandamos avisar a mi vieja  y los parientes nos estaban esperando con el carrito, porque teníamos algunas cosas pa’ cargar. Levantamos lo más posible las camas y colchones y atamos como siempre los arneses pa’ la pesca, pero nos trajimos algo de ropa de los gurises  y las cosas de la escuela. La Josefina es muy buena alumna, ¿vió?”

Mientras el hombre habla, con voz ronca y cada vez más lentamente, yo tengo los ojos fijos en La Stella Maris,  el faro a la entrada del canal,  que ya está parpadeando. En el medio de esa amplia avenida de agua  hay un suave oleaje…y muchas estrellitas doradas. ¿Un poco de viento, quizás?

El Mariano sigue diciendo, como para sí mismo. “Ya estábamos cerca, don, pero se levantó viento y las olas se encresparon más cuando dimos la vuelta al faro…allá en la punta…me agarró desprevenido… ¡mierda!...yo que soy  tan baqueano del rio! Corcoveó la canoa y la mochila de la Jóse se cayó al agua y mi gurisita se levantó pa’ aguantarla. Fue en un santiamén que  la Juana la sostuvo  de la campera y así,  agarradas, las dos al agua, ¡pucha! los ojos grandes y los gritos que ni se le oían, se  iban alejando. Por más que lo intenté, la canoa se dio vuelta y hasta el pobre perro se fue al  agua. Yo nadaba como loco,  tratando de alcanzar a  mis mujeres…  la Juana sabe flotar muy bien… me conformaba pensando, pero la verdad,  la corriente estaba cada vez más brava. La mochila rosada pasó rápido a mi derecha, la manoteé pensando en lo importante que era pa’ mi Josefina. Y seguí dando brazadas…y brazadas….y brazadas. Se hizo la noche tan rápido que ni cuenta me di…todo era negrura, frio, agua y remolinos que me arrastraban hacia abajo, la pelié, sabe, luché con todas mis fuerzas…no sé  adónde me llevaban esas cosas que me tenían garrado e laj piernas. Bué, don…me tengo que ir a buscarlas. ¡Hasta más vernoj, pué!”

El Mariano baja del auto tan rápido como subió  y corre al borde del muelle. Se zambulle, nomás.

Me nace un grito -- ¡Pará, es peligroso, está muy crecido…!

El vigilante de prefectura se da vuelta y me mira extrañado. Abro mi puerta y bajo, doy unas zancadas hacia el  embarcadero pero en ese momento llega mi mujer, con las tortas fritas recién hechas. Ni me mira, porque trata de no quemarse  los dedos,  y me cuenta, sin respirar siquiera,  que se cruzó con “ la Francisca te acordás  che de la hermana de la Negra  que vivía  pegado a la tía Rosa  y nos acordábamos con tristeza que ya pasaron tres años de cuando su hijo el Mariano pobrecito la virgencita de Itatí lo guarde y la mujer y su hija se ahogaron pobrecitos y que desgracia tan terrible te acordás del Marianito ¿no?... recién después de una semana lo encontraron abrazado a la mochila… ¿pero te acordás no?... parece mentira che que este Uruguay tan sereno y lindo se lleve de vez en cuando la vida de algún isleño o de alguien que”….y toma aire para seguir.

Ya no la escucho.  Pienso que tuve un sueño tan extraño, hace un ratito nomás, ¡que sonso…! me habré quedado dormido.

Mi puerta y la del acompañante siguen abiertas y la Bety, mi mujer, siempre hablando y hablando,  se mete.

Pega un chillido –– “¡Pero viejo!...el asiento está mojado.”






















lunes, 20 de febrero de 2017

La sabandija


  Doris Irizarry

   Puerto Rico

       Tengo por costumbre no mirar a mis pasajeros. Lo aprendí de mi padre. No se mira, hijo, hasta que llegan al destino. Se hace el trabajo calladito. Así que mantengo la mirada fija hacia adelante. Tiene razón mi padre. Que no se necesita hablar, ni mirar atrás. No cuando se conduce un coche de esta categoría. Unas veces porque no interesa el pasajero. Otras, porque apesta. Sí. Algunos apestan. O porque no le importa a uno, vamos. No hay que estar mirando. Es cosa de respeto. Y de darse uno mismo la importancia del trabajo.
       Hoy no sé si quiero mirar por satisfacción. O por desafío. Por rabia o por lo que sea. Me lo sé completito. Y es que ahí viene Marcial Torremolinos. Lo traigo de pasajero. Quién diría que Torremolinos se dejara llevar por mí. O mejor dicho. Quien se hubiera atrevido a decirle, se habría jodido. Que sea yo quien lo lleve a su destino. Yo, de todos, soy el que menos habría imaginado. Porque vivo en el barrio, claro. No. Vivo más lejos aún. Lejos de su estatura. De esa otra que no se mide en pulgadas.
       Pero vaya usted a saber. A Margarita Torremolinos no le importaba. Ella, la niña de sus ojos. Yo, un sopla potes, chofer de profesión, la cortejaba. Menos le importaba que él se lo prohibiera. Ella hacía lo que le pidiera el gusto. Y yo era de su muy buen gusto. Torremolinos se enteró en una tarde de abril. Salimos corriendo. Ella detrás de mí. Empapados. Y gracias a Dios que llovió. Diluvió sobre el aliño de la tarde. Aquel reducido agridulce de caricias cocinadas en el garaje. Margarita reía, sonsacadora, ella. Ese fue el comienzo. Hubo más tardes de las que no supo Torremolinos. Y mañanas. Y noches. Mojadas y secas. Yo entraba por la ventana. Y por donde ella quisiera. Hasta que Torremolinos nos cogió en su cama. Sobre mi cadáver. Eso me dijo la última vez. Que ella tenía que buscarse un hombre de bien. Le dije que yo era un hombre de bien. Idiota. No tienes en qué caerte muerto. Sabandija. Lo dijo con soberbia. Con desprecio. 
       Todo delante de ella. Me tragué el veneno y me le quedé mirando. A la pajarita negra. Ave de mal agüero. No la pajarita. Él.
       Esa fue la última vez. Margarita pasó al encierro. Lo supe por El Cano. El jardinero de los Torremolinos. Mejor no la busques, me dijo. Yo le creí. Que si la castigan más. Que si la tortura de sus gritos. La indiferencia del padre. Los intentos suicidas. Me alejé. Después vino el atrevimiento de ayudarla a escapar. Fue su idea, de El Cano. Y yo tan agradecido. Poco a poco El Cano iba soltando más. Alardeó de ser su cómplice. Hasta que se le zafó el puñal. Y me enterró que era dulce como la miel. Que era ajena como una abeja reina. Y que así vivía después que se casó. Como la reina de todos los continentes. Que me resignara. Que ella no era cosa de choferes. Ni de jardineros. Que el dulce duró poco. Hasta las entrañas, así fue el tajo. Esa noche me volví como loco.
       Sí, a Marcial Torremolinos se le dio. Margarita se casó con un tipo rico. Rico y poderoso. Con mucha plata, mucho blin blin y mucho control. Pero a ese no se le podía contradecir. Ni decirle sabandija. Aunque lo fuera. Marcial Torremolinos lo sabía. Pero pudo más la imprudencia. Y la imprudencia lo traicionó. Duelo de pistola y machingón no es duelo justo. Su idiotez me lo regaló de pasajero. Nada menos que a mí. Y ahí lo traigo. Estiradito y horizontal. Como siempre, con pajarita negra. Después de todo, se salió con la suya. Que no hay que subestimar las armas. Tiro certero. Eliminó a la sabandija y no lo supo.
       Por aquello de mantener la estatura, no miro atrás. Una vez es suficiente.
       Mi padre y yo. Ambos, conducimos hacia el mismo destino. Él viene desde el otro lado de la ciudad con su pasajero. Tampoco mira atrás. Sí. Hay pasajeros a quienes no se les mira nunca. No sea que te disparen después de muertos. Ni a sus secuaces. Ni a sus viudas. Aunque sean las Margaritas de la vida. ¿O sí?

lunes, 13 de febrero de 2017

Una epifanía


Gil Sánchez

México

Impávida, con la tranquilidad reflejada en su rostro, permanecía sentada detrás de la ventana con sus lentes oscuros. Doña Carolina, se confundía con los adornos del cuarto grande que daba al balcón de una avenida poco transitada. Hacía un año que su hijo la había depositado en una casa de retiro. Un buenos días, la sacó de sus pensamientos.
–– ¿Cómo se llama, señora?
––Carolina, pero me dicen Caro. Y usted, ¿quién es?
––Raymundo, usted me puede decir, Ray. ¿Por qué no salimos al balcón?
––Y para qué, nunca podré ver nada y aquí oigo lo necesario.
Pero una mañana la convenció de salir a sentir el viento fresco, y se convirtió en sus ojos, al decirle: A lo lejos se percibe el mar azul con un oleaje apacible, pero constante como los corazones que se aman salpican al sol y en las noches sonríen a la luna. Unas gaviotas vuelan cerca de un barco pesquero. Las ansias que muestran por tener comida, son las mismas que tenemos por una caricia de nuestros seres queridos. Pasa un gran buque con turistas alegres, bailan ante un sol tierno que en vez de dejar un ardor, solo deja un calor en las mejillas. Yo sé que usted las siente. ¿Verdad que sí?
Así, todas las mañanas hasta el mediodía le contaba lo que veía, y por las noches describía las constelaciones de estrellas vivas, que emitían su luz ante la necesidad de ser vistas.
Hasta que un día, no llegó para acompañarla al balcón. Al primer asistente que pasó, le preguntó por Ray. Éste, en forma directa y sin preámbulos, dijo: murió, tenía un cáncer avanzado, y con pocos días de vida.
––Me puede sacar al balcón un momento. Deseo ver el mar––dijo al asistente, a pesar del estrujamiento en su pecho que le impedía respirar.
–– ¿Cuál mar? Si estamos al pie de una montaña, y los suburbios de la ciudad no tienen nada bueno que ver. Además, usted es ciega.
Por primera vez, se quitó los lentes oscuros, se vio decidida caminando por la playa y al mirar el mar pasó rozando muy cerca de ella, aquel ángel, y revoloteando se elevó a lo alto del cielo azul con una sonrisa en la boca que fue correspondida.

viernes, 3 de febrero de 2017

El Arqueo

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Osvaldo Villalba

Buenos Aires


A Susana, la
mujer de mi vida.

Absorbido por los comentarios en los diarios digitales sobre las repercusiones que tuvieron las elecciones de Estados Unidos en las bolsas del mundo no me di cuenta que ya son las diecinueve y treinta y en la oficina se fueron casi todos. La única que queda es la tesorera que, por sus bufidos, parece estar en una lucha desigual, en la que pierde, con la planilla de caja.
Dejo mi lectura y me acerco.
—Te iba a preguntar si tenés diferencia, pero es una obviedad —le digo.
—Hacés bien —responde—. Sino ya no estaría aquí, ¿no?
—¡Uh! ¡No está el horno para bollos! ¿Te ayudo?
—Si no te es muy molesto.
—¿Cuanta diferencia tenés?
—Setenta y dos mil pesos.
—Si faltan te los descuento del sueldo. Si sobran los repartimos.
—¡Más generoso no podés ser! —exclama sonriendo por primera vez—. Sobran.
—Bueno, mejor la buscamos. Pero si la encuentro quiero un premio.
—Que sería...
—Un beso.
—Te estás aprovechando de tu posición.
—¡Y! Ya que la diferencia de puesto no se refleja en los sueldos...
—Ya revisé todo. No tengo muchas más alternativas.
—¡Bien! Repasemos los controles. ¿Vuelco del saldo inicial con el cierre de la caja de ayer?
—Sí.
—¿Control de la numeración de recibos de cobranza, verificando que el primero de hoy sea correlativo al último de ayer?
—También.
—Control del último número con el subdiario de cobranza.
—Sí, y verifiqué que no faltara ningún número.
—Bien. Control de las órdenes de pago, numeracion inicial y final.
—Verificado. Y controlé que los totales de los subdiarios de cobranzas y pagos dieran con los subtotales de ingresos y egresos de la planilla de caja.
—¡Muy bien! ¡Esa es mi discípula! —aplaudo logrando que vuelva a sonreír—. Entonces la diferencia está en los valores. Descuento  que el efectivo lo contaste varias veces.
—¡Tres!
—De acuerdo. Alcanzarme los cheques —digo extendiendo mi mano.
Empiezo a revisar los cheques con detenimiento y anoto en un papel dos casos:
Galicia N° 835 $ 208526,30
HSBC N° 322 $ 519875,00
—Bueno, yo te canto los datos de un cheque y vos me das el importe que volcaste en la planilla —le propongo.
—¡Dale! —responde más animada.
—Banco Galicia con número final ochocientos treinta y cinco.
Busca con el cursor del mouse y lee pausado.
—Doscientos ocho mil quinientos veintiséis con treinta.
—¡Bien! Ahora HSBC que termina en trescientos veintidós.
Tarda unos segundos.
—Quinientos noventa y un mil ochocientos setenta y cinco.
—¡Bingo! Es quinientos diecinueve —le digo extendiéndole el cheque.
Lo toma, lo mira incrédula varias veces comparando con la cifra cargada en la computadora y exclama:
—¡Sos un genio!
—Mi mamá siempre me lo dijo.
—¿Cómo lo hiciste?
—Si la suma de los dígitos de una diferencia da nueve, la probabilidad que sea una inversión es muy alta. En este caso setenta y dos tiene dos posibilidades: un ochenta por cero ocho o noventa y uno por diecinueve. Ahora mi premio...
Se acerca, rodea mi cuello con sus brazos y nos besamos largamente.
Luego, sin dejar de abrazarme, me mira a los ojos y dice:
—Me preocupa coincidir con tu mamá.
Suelto la carcajada y la aprieto fuerte contra mi.
—Tranquila, es en lo único. Ahora, si no fueses mi esposa, ¿me denunciarías por acoso laboral?
Osvaldo E. Villalba
Te invito a visitar mi Blog de Cuentos
www.osvaldoevillalba.blogspot.com.ar

domingo, 8 de enero de 2017

El Libro


 Elvirita Hoyos

Cartagena, Colombia

Al atardecer, víspera de navidad, Ofelia disponía la preparación para hacer un buen masato de maíz como lo hacía su mamá. Allá lejos en el campo, desde donde las montañas se ven azules.
—Mamá, ¿las montañas son azules?
—No, le respondió su madre, sonriente.
Ofelia tenía cinco años entonces, y hacia muchas preguntas. Había que tener paciencia; a esa edad los niños preguntan muchas cosas, saltando de una cuestión a otra muy distinta. Mejor era seguirle el juego, sin mayores explicaciones.
— ¿Qué haces? Preguntó Ofelia, mirando los ingredientes dispersos, sobre la mesa.
—Preparo un Masato.
— ¿Me dejas que te ayude?
—Sí, claro, alcánzame esa panela.
— ¿Dónde aprendiste a hacerlo?
—Me lo enseñó tu abuela cuando yo tenía tu edad.
—Y ¿cómo se hace…?
—Siéntate allí y mira, el secreto está en la preparación.
Ofelia se sentó en un taburete a mirar atentamente, cómo su madre, preparaba el masato. Y siguió durante años, atenta a la elaboración. A los cinco años, no la dejaron acercarse a la estufa, pero en la medida que  fue creciendo, le permitieron recoger la panela, los clavos, las hojas de naranjo y hasta rociar el polvo de canela, en los vasos servidos. A sus trece años, Ofelia era ya experta en preparar masatos. Para ese momento, sabía también, que las montañas eran verdes, pero que se veían azules porque estaban lejos.
Ahora, sentada en la mecedora, desde la terraza de su casa, Ofelia observa un paisaje llano. No había montañas donde la trajo a vivir su marido: “el extinto Juan”, como se acostumbró a nombrarlo desde su muerte, cada vez que se refería a él.
—Pero mamá, ¿por qué tienes que decir siempre “extinto” cuando hablas de papá? todos sabemos que él murió hace años, llámalo solamente por su nombre Juan, y ya está -le dijo su hija Felita, que también se llamaba Ofelia.
—Es para acostumbrarme que está muerto.
Y así le fueron cayendo las calendas a Ofelia. Sus hijos crecieron y como es natural se casaron y emanciparon. Aunque siempre la llenaron de amor. Pero, no pudo enseñarles la receta del Masato a sus nietos, como hubiese querido porque a ninguno le interesó aprenderla; enfrascados como estaban, jugando con el aparatico ese que los mantenía hipnotizados, mientras ella y su hija cocinaban el almuerzo dominguero, y su yerno bebía unas cuantas cervezas frente al televisor.
Desde la terraza que da al jardín, sentada en su mecedora, Ofelia se dio cuenta que del árbol cayeron varios mangos a la tierra. Llamó a la muchacha para que los recogiera y le dejara, además, una jarra de jugo en la nevera y, como eran muchos, también le dijo que se llevara varios a su casa para que le diera a sus hijos.
—Es una fruta buena para los niños que están en crecimiento, dijo.
La muchacha se despidió con un “hasta pasado mañana”, deseándole una feliz Navidad; eran ya las tres de la tarde. Ofelia, se quedó sola y abrió el libro que tenía entre sus manos. Se lo había traído el niño Dios, un veinticuatro de diciembre, cuando ella tenía doce años. Era un libro con páginas en blanco, en cuya carátula se leía con letras doradas “Mi diario” Su padre le había explicado entonces, que esas páginas en blanco eran para que ella escribiera en él, lo que quisiera.
— ¿Cómo qué? Le preguntó.
—Muchas cosas: Lo que te sucede. Lo que piensas. Lo que quieres. El nombre de tus amigos. Los paseos. Los días felices. Lo que te asombra. También te sirve para escribir cuentos, relatos, anécdotas. Para cuando seas mayor se lo leas a tus hijos.
Pero ella, empezó por escribir las recetas de cocina, de esos deliciosos platos que hacia su madre. Alguno de los cuales, le había dicho, le enseñó su abuela. Cuando se enamoró de Juan, escribió algunos versos de una o dos estrofas. Cuando nacieron sus hijos agregó fecha y hora del nacimiento de cada uno. Dolorosamente, páginas adelante, anotó las fechas de defunción de su padre y después la de su madre. Años más tarde, agregó la de Juan… Juan murió antes de tiempo, en condiciones normales, joven aún. Un paro Súbito. Tenía sesenta años. Su muerte fue una sorpresa para todos. Ella tenía entonces, cincuenta y cinco años y sabía que la muerte significaba no volverlo a ver. Pero católica como era desde que nació, también sabía que él vivía en el mundo de los muertos. Quizá, no a la diestra del Padre, pues algún pecadillo inconfeso debió tener. Fue tan sorpresiva su muerte, incluso para él, que no alcanzó a confesarse, como sí se confesaron sus padres que murieron de viejos. Y tampoco alcanzó a contarle a ella “sus secretillos” como le dijo su madre, que le había contado su esposo en los tiempos del buen retiro, cuando la serenidad había hecho su imperio.
—Sabes mijita, que siempre te he amado. Pero yo tuve mis flirteos…
Después de lo que le dijera su madre, Ofelia, resolvió escribir en su “diario”: oraciones. Primero, para que el extinto Juan, no cayera en tentaciones. Más tarde, para que los peligros que acechan a los jóvenes por todos lados, no tocaran a sus hijos. Luego por la paz de sus muertos queridos. Incluyendo, los nombres de los amigos que se habían marchado, y, con el simple paso del tiempo, fue adicionando fotos ya desvanecidas, entre sus páginas.
Se acostumbró a rezar todas las tardes en el silencio de su habitación. Y una buena noche, después de un día felizmente festejado, agregó una frase al sinfín de oraciones… Y por el mundo entero…  para que no se quedara por fuera nadie, debido a los olvidos involuntarios, o quizá por la vida que se le escapaba acelerada sin que ella se enterase incluso, de las muchas cosas que ocurrían en derredor. Fue en el mismo día que ella cumplió sus ochenta años.
Sus hijos, nueras, yernos, y nietos y más gentes, le dieron la sorpresa de aquel festejononon, con que la sorprendieron: abundancia de comida, banda de música, bailes, licores, muchos besos y abrazos, fotos y más fotos. Ella, que nunca había tomado un trago en vida de su extinto Juan, se vio inducida a tomarse un par de copitas nada más. Ella, que no bailaba desde que su extinto Juan transitó al seno de Dios; se vio inducida a bailar un par de piezas, descubriendo que lo que se aprende, no se olvida,  al menos fácilmente… Ella, que había prolongado su luto hasta hoy, en que su nieto mayor le dijo,
—Abué, tu ¿por qué siempre vistes con esa ropa triste?
—Si mamá, Juanito tiene razón. Mañana mismo vengo por ti para ir de compras.
—Pero hija...
En la noche del festejononon, en que para complacerlos a todos, Ofelia comió a deshoras, bebió comedidamente y bailó con el ánimo de una joven quinceañera, se retiró a su habitación disimuladamente, dejando la parranda viva en la sala y jardines de su casa. Esa noche, rezó en voz alta por primera vez, deseaba ser escuchada por Dios; interrumpiendo el orden de sus oraciones, con el recuerdo vivo de sus seres amados. Así  surgió su nueva frase por el miedo a olvidarse de alguno…:” y por el mundo entero…”
Quizá la había inspirado los parranderos desjuiciados, que tomaban y bailaban esa música estruendosa, en la sala de su casa. Parecían no cansarse. De ese día en adelante, Ofelia empezó a hablar sola y siempre en voz alta; mientras, las calendas seguían arribando. Así, que cuando el sol declinaba en el horizonte, en la tarde de la nochebuena, tomó una decisión:
— Pondré en el moyo el maíz, para preparar un buen masato el día que regrese la muchacha, y luego me voy a la plaza a ver el pesebre, ya que esta noche nace el niño Dios.
Puesto el maíz a fermentar en el moyo, se fue a la plaza. El pesebre era hermoso, tanto que debió costarle un dineral a la parroquia, con tanta vaquita, caballitos, ovejitas, venaditos de plástico y hasta gallinitas, todo importado; una laguna artificial con patos de hule, que los niños podían coger y apretarlas entonces, emitían el grito sordo de un sonido; con pececillos vivos de todos los colores, más allá, un pueblito de cartón pintado de blanco y rodeado de palmeras sembradas en macetas, al que se allegaba por un sendero dispuesto con aserrín terracota, que bordeaba una planicie de prados verdes con flores finamente elaboradas en papel marché. En un alto estaba la cueva, hecha con piedras reales pegadas con cemento gris. La cueva era lo suficientemente grande y hueca para albergar a José y a Maria; en medio de ellos, se hallaba la cuna aún vacía. Por el sendero se aproximaban, guardadas las distancias, los tres reyes de oriente: Gaspar, Baltasar y Melchor con sus ofrendas de oro, incienso, mirra.
El clima era cálido. Buscó una banca frente al pesebre, para sentarse y desde allí, admirar la belleza del conjunto con sus luces titilantes. Era realmente maravilloso. En el trascurrir de su niñez, no existían esas luces. La magia del pesebre radicaba entonces, no en el misterio de la natividad, sino, en los regalos que el niño Jesús colocaba a media noche junto al pesebre casero, para cada niño que se hubiese portado bien durante el año. Pero, el invento de las luces, que ahora la trasportaba a su infancia, representaban las estrellas, incrustadas como brillantes sobre un cielo de satén en azul degradado, y la Gran estrella de Belén con cinco puntas, que orientó a los magos venidos de remotas tierras, fulguraba desde el cielo, con una estela de luces que caían en cascada sobre la cueva. Sí… todo era hermoso. Abrió su Diario. Leyó primero la Salve, después el Magníficat y siguió con padres nuestros y una retahíla de avemarías, intercalando las oraciones como era su costumbre, con los nombres conocidos de aquellos que la habían precedido. Finalizando con el Gloria para volver a empezar y sin olvidar nunca la nueva frase… y por el mundo entero… Meditó el tercer misterio del rosario, con las imágenes bíblicas de lo que aconteció en los tiempos en que Jesús vivió; formando una mezcla comprensible, de oraciones e imágenes, con los recuerdos de su propia maternidad y emigración de la casa de sus padres, cuando se vino a vivir a tierra llana con su extinto Juan; mientras, los niños cantaban en coro, villancicos, y los más pequeños, corrían arrebatados, de un lado a otro del pesebre. Así, con una devoción combinada de recuerdos… sobrevino la noche. Las voces silenciaron. La gente marchó a sus casas. El lugar quedó sólo…
Ofelia, abstraída en la magia de sus meditaciones, esperó la hora del nacimiento, en que vio un brillo intenso en la cuna. ¡Había nacido ya, el niño Jesús! El frio del alba fue calando lentamente en sus huesos, entonces, vio un ángel con altas alas blancas en su espalda, que estiró su mano hasta tocar la suya. Ofelia, sintió una dulzura de bondades infinitas que alegraron su alma.
En la madrugada, el sereno la encontró dormida en la banca, con el rosario aferrado en su mano. Se acercó y le tocó el hombro delicadamente para despertarla, ella no respondió. De su falda se deslizo un libro al suelo, era su diario. El hombre lo recogió para hojearlo; en el instante en que las campanas alzaron vuelo, con un repique, llamando al Ángelus. Las páginas del libro se desplegaban en blanco, solo en la última, se hallaba una palabra impresa en letras doradas: FIN.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Memorias de Carnaval

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Con audio

 

Adri Diaz

Argentina

Mi padre solía contarme una historia de cuando yo era pequeña.
Transcurría durante una fiesta de carnaval. Todos sabemos o quizás no- por eso me tomo la libertad de contarlo- que antes los festejos eran de gran esplendor y podían durar días enteros.
Los corsos que se organizaban para esas ocasiones congregaban a toda la familia y era habitual juntarnos para llegar hasta ellos y participar sin perdernos detalle. A menudo, nos trasladábamos hacia otros pueblos, en los cuáles el Carnaval era el acontecimiento más importante del año. 

Eran los que más me gustaban.

Había desfiles de carrozas, presencia de comparsas, marionetas, atracciones y disfrazados. Como podíamos ingresar a los Carnavales sin pagar entrada si concurríamos con disfraz y éramos pobres, eso hacíamos.
Pasábamos noches enteras buscando en revistas y libros el gran disfraz y luego, otras tantas, para diseñarlo, armarlo y confeccionarlo. Mi madre sacaba su gran máquina de coser y con maestría y un gusto exquisito, iba creando cada una de nuestras elecciones.
Los modelos eran de lo más diversos y lo fundamental para mí era no escatimar colores ni brillos. Una vez vestidas con nuestros disfraces nos dirigíamos a los carnavales y allí podíamos lucirlos.
Mis hermanas eran siempre princesas o reinas. Mis primos eran caballeros, piratas y reyes. Nuestros trajes eran únicos e impecables y todo, desde que salíamos de casa hasta nuestra vuelta, era algarabía.

Quizás no todo.


Debo confesar que existía una parte oculta que me daba temor. Eran los famosos cabezones. Esos muñecos gigantes y coloridos que hacían la delicia entre los más pequeños y sin embargo, eran mi disgusto principal.
Trataba de permanecer lejos de ellos porque me daba miedo de sólo verlos caminar hacia mí. Notaba que en los demás se producía un gran alborozo cuando avanzaban mezclándose entre las comparsas y carrozas pero yo los detestaba.
Esas caras tétricas que se escondían detrás de la máscara de una sonrisa gigante y feliz me estremecían y algunos me resultaban casi fantasmales e intrigantes.

Más allá de eso, yo amaba el carnaval.

Los sonidos, la música, las botellas de espuma, las pequeñas trompetas de serpentina. Todo era mágico, colorido. Un mundo diferente donde todo parecía estar permitido. El desenfreno, la total libertad. La desnudez, los cuerpos. La incipiente tentación de mirar y ser observado. El goce en su máximo nivel.
En uno de esos carnavales- no recuerdo el año exacto- descubrí el secreto de esos días maravillosos. El misterio del carnaval se develo para mí, como por casualidad.

Yo estaba merodeando, como sin rumbo -perdida entre los destellos y las luces de la gran fiesta- cuando casi por azar, me encontré de repente en un rincón de la plaza que no conocía y no había visto nunca.
Jamás lo había visto a la luz del día. Parecía ser una esquina, un espacio extraño y desconocido donde se unían pequeños senderos contorneados por flores amarillas. En la oscuridad no lograba ver plenamente.
Era sólo una especie de codo, un atrayente cruce de caminos que me llamaba a seguir caminando aunque eso me alejara por un momento de los brillos, de las luminarias y de mis padres.
Me agaché apenas un poco y como si fuera una hormiga escondiéndose en el tronco de un árbol, me escabullí sin más por un agujero estrecho. Ingresé sin otra expectativa que saber lo que había, allí donde antes no había visto nada. Detrás de escena como tras bambalinas, continuaba el carnaval.
Sólo que allí todo era magnificado.
Había también mascarillas, carrozas y comparsas pero de un tamaño que no podía definir. Comprendí que sólo algunos podíamos verlo pues no todos lograban reconocer el punto de entrada para poder acceder al mismo.
La mayoría se perdía en una caminata sin rumbo que luego de breves indecisiones los hacía volver al mismo carnaval de siempre.
Allí, en cambio, éramos otros. También había muchos pero de otro modo. Una vez que traspasábamos aquella barrera, éramos diferentes.

Al cabo de un rato de mirar y contemplar todo, logré ver a mi padre. Él también estaba allí dentro y disfrutaba como si fuera un habitué. No tenía mi mirada ávida de descubrir algo nuevo sino que se sentía cómodo y parte. Intuí que era un visitante habitual.
El carnaval desde dentro era aún más increíble. Las luces, los colores, los sonidos tenían un grado superlativo y no había punto de comparación con lo conocido. Una música nos envolvía en un continuado de danza y ensueño.

Entonces y todos los años siguientes en que volvimos al mismo lugar, lo disfruté a pleno sintiéndome una privilegiada. Si había un dios del carnaval -y yo sí sabía que existía- pues era realmente un genio. Había creado de la nada, un mundo maravilloso y perfecto. Escondido y eterno.


Mi padre solía contarme una historia de ese tiempo que habíamos vivido juntos. Una anécdota graciosa de mí misma durante aquellos días de nuestros mágicos e inolvidables carnavales. Lo hacía siempre. La relataba una y otra vez, con todo lujo de detalles. Era una de sus conversaciones preferidas mientras viajábamos hacia la fábrica y el trabajo.
Tenía un recuerdo prodigioso como si hubiera sucedido ayer o como si lo hubiésemos vivido no una sino miles de veces. Nos reíamos con ella. Nos divertía hacerlo y a pesar de contarla una y otra vez, no dejaba de causarnos gracia. Era una bella y muy preciada historia que atesorábamos con especial cuidado de aquel micro universo que sólo él y yo compartíamos en la familia.
He querido contármela en estos días en que recuerdo historias para escribirlas. Estoy sentada durante horas, junto a estos cuadernos en los que escribo mis relatos y no puedo por más que intento, recordarla. Busco en el fondo de mis recuerdos y justo ahora que mi padre ha muerto y ya no puedo preguntarle, por más que trato, no logro recordarla.



Villa Hortensia

 

Silvia Alicia Balbuena

 Argentina


Villa Hortensia: mansión Patrimonio de la ciudad de Rosario, es asiento del Distrito Municipal Norte.
De cada uno de sus rincones emanan fantasmas que nos cuentan historias del siglo pasado.

María Hortensia había nacido en una familia muy humilde, en las zonas del arroyo del Saladillo, al sur de la ciudad. Era la hija menor, única mujer, de un matrimonio simple, encerrado en sus afanes y sus preocupaciones para criar a sus seis hijos, hacia finales de los años treinta. Su padre, don Ersilio, trabajaba de sol a sol como ciruja en el famoso frigorífico de la zona quitando afanosamente la carne de los huesos de cerdo para procesarla como fiambre, de allí su nombre de ciruja porque procedía como un experto cirujano con el bisturí. Su madre, doña Herminia, era modista costurera con cierto prestigio por sus labores prolijas y creativas, por lo que en algunas oportunidades, sus servicios eran requeridos por alguna distinguida dama de la alta sociedad, quien tomando precauciones, llegaba con su chofer hasta la humilde barriada.
A María Hortensia le gustaba espiar cuando venían esas elegantes señoras, con su halo de exquisito perfume y su aura de señorial poderío. Cuando se iban, se paraba frente al enorme espejo oval rebatible de la pieza de costura de su madre, entornaba sus ojazos violetas –una tía solía contarle que su bisabuela, allá en Yugoslavia, tenía los mismos ojos almendrados, intensos, extrañamente violetas-, se recogía sus enmarañados cabellos castaños con tintes rojizos en un improvisado peinado, danzaba al compás de una imaginaria canción romántica y soñaba. ¡Vaya si soñaba!
A veces sus padres la espiaban y sentían remordimientos por no poder brindarle un destino mejor que el que se vislumbraba en esos oscuros arrabales.
Quiso la suerte, o el destino, que a la humilde escuela primaria a la que asistía, llegasen becas de parte de los dueños del frigorífico, para que los mejores alumnos estudiaran en los colegios del Centro dependientes de la Universidad, prestigiosos por su nivel académico. Y María Hortensia fue una de las elegidas. Con sus trece años, muchos deseos y algunos miedos, empezó en el Superior de Comercio su escuela secundaria.
Algo tímida, algo retraída, observaba atentamente a sus compañeros, su lenguaje, sus modos, su ropa, sus costumbres, sus formas de comunicación. Y despacito, con esmerado cuidado, se fue insertando en los grupos como una adolescente más, ocultando los sellos de ese otro ambiente humilde en el que se había criado.
Se destacó prontamente por sus virtudes intelectuales. Participaba en las Justas de Saber. Hacia finales de año, cuando todo el Colegio se alborotaba con los torneos de Pelota al Cesto, Voleibol y las disciplinas olímpicas, ella se encerraba y sólo miraba.
El 30 de octubre, casi al cierre del ciclo escolar, eran las finales olímpicas de los Colegios de la ciudad en las instalaciones del Club Gimnasia y Esgrima. Con algo de recelo, y acuciada por sus compañeros, decidió asistir.
Guardó su timidez, su sensación de no pertenecer, y sus dieciséis años le pintaron fulgores en la mirada.
-¡Alfredo, Alfredo!- era el grito de ovación repetido del Instituto Politécnico a su triple campeón de lanzamiento de disco, de jabalina y de salto en garrocha. Su cabello rubio y sus ojos pardos, parecían relucir más con los triunfos y con el brillo del sol, su estirpe dada por sus gestos, su estatura, su cuerpo torneado, sus aires de ganador, eran la imagen adecuada para tantos halagos recibidos.
María Hortensia lo miraba desde lejos, se sentía atraída, como casi todas, por ese muchachote triunfante y seguro de sí, simpático, arrollador, que repartía saludos y abrazos por doquier con galantería y distinción.
-¿Quién es esa belleza de ojos violetas?
-Es del Colegio Superior. Es amiga de mi hermana, si quieres te la presento. Es un poco callada, pero muy bella persona.
-María Hortensia.
-Alfredo, para servir a tan bella dama- Ella sintió un escalofrío en su ser, era demasiado atractivo. Él, un hormigueo en su cuerpo, era demasiado bella.
Y ya no se separaron. Compartieron los halagos de esos triunfos, los brindis y agasajos a los olímpicos, el baile de finalización del evento.
-Deseo seguir viéndote.
-No sé si mis padres me lo permitirán, son muy estrictos, no me dejan salir sola con jóvenes.
-Iré a presentarme a ellos y solicitaré su permiso.
Y así fue que las calles y plazas de la ciudad, su bello Parque de la Independencia, su costanera que empezaba a ser popular, los vieron pasear. La Bola de Nieve, la aristocrática casa de té a la que asistían los socios del Jockey Club, fue testigo de numerosas meriendas compartidas a five o´ clock, de los primeros arrumacos y los primeros besos robados en un rincón.
Pasaron dos años…
-María Hortensia, un chofer te recogerá a las veinte. Pasaremos Navidad con mis padres.
Y a las veinte en punto de la Nochebuena, ayudada por un chofer de guantes blancos, subió con su vestido largo rosado de amplio escote y ancha pollera, con puntillas y bordados en pedrería –esmero muy especial de su madre-- al Pontiac Convertible modelo 1939, delicia de su novio. Con un cuidado andar, recorrieron la ciudad, desde los suburbios del sur a las mansiones del norte. En un momento, el chofer detuvo el auto, se bajó y, con suavidad, le dijo que debía cumplir una orden del señor: le vendó los ojos con una fina tela. María Hortensia tembló, pero quedó expectante. El Pontiac retomó la marcha y a las pocas cuadras se detuvo. Le llegó desde lejos una suave melodía de violines  y sintió en la suya la mano segura de Alfredo que la ayudó a descender y le quitó con cariño la venda.
Lo que apareció frente a sus ojos, no lo podía ni siquiera imaginar: una enorme mansión iluminada rodeada de jardines y plantaciones frutales. Quiso fijar su vista en un punto y encontró el aljibe, estilo del pintoresquismo, enclavado en medio de las flores y los árboles.
-Este será nuestro hogar, comienza a disfrutarlo- y tomada de su brazo, atravesó por primera vez ese enorme portal de rejas ornamentadas igual que el aljibe. Y el sueño empezó a andar sus primeros pasos.
Con alegría, seguros de su amor, subieron las enormes escalinatas de mármol blanco, rumbo al hall de recepción. Sintió que desde el balcón del primer piso que asomaba  a las escalinatas, la observaban. Sabía que estaba pasando la primera prueba, pero lo miró a Alfredo, sintió su firme brazo en la cintura y su cálida mirada y supo que todo iba a estar bien.
En el amplio hall, coronado por excelsas pinturas en su cielo raso y una imponente araña de decenas de luces, tuvo las primeras presentaciones. Lució bella y cálida, con esa mezcla de timidez y seguridad que junto a las chispas violáceas de sus ojos, eran su mayor atractivo. Mientras se escuchaba la música de un piano con popurrí de canciones del modernismo, piezas clásicas y villancicos que llegaban de la sala ubicada a la derecha del hall, conquistó la admiración de los familiares y los caballeros y alguna ligera envidia de las señoritas que hubiesen querido ocupar su lugar.
Pasaron al gran salón, los esperaba un aperitivo y de allí, por una sala con un dintel con un arco tallado en madera que sostenía un suntuoso cortinado rojo, a los jardines, donde ubicados en mesas de hierro forjado, compartieron la recepción de la velada con exquisitos bocaditos.
El comedor los recibió con pinturas europeas en sus techos con motivos alusivos al ambiente, su piso de pinotea, sus paredes recubiertas de madera torneada, sus puertas con vidrios cincelados que comunicaban a todos los ambientes y su enorme mesa acorde al protocolo de la celebración navideña, tendida con buen gusto y calidez. Un dúo de guitarras acompañaba con canciones de Don Atahualpa Yupanqui, célebre folklorista argentino y peregrino en Rosario, que gustaba andar en las fiestas en la mansión.
Como era celebración de Navidad, los hombres no abandonaron en esa ocasión la mesa como lo hacían habitualmente para tomar su copa de cognac en la contigua sala de billar.
La música convocó a las parejas a danzar en el Salón. Un vals vienés resonó con románticos y potentes acordes. Todos hicieron una enorme ronda y en su centro María Hortensia y Alfredo danzaron los primeros pasos de su vida en la mansión. La admiración tiñó los ojos de las amistades asistentes, había alas en los pies de esa pareja que trasuntaba amor. Pero ellos sólo se pertenecían uno al otro, como si cada nota del vals de su primera Navidad en la casona vibrara en cada molécula de su ser para amar y pertenecer al otro en una promesa para toda la vida. Sellaron la música con un beso, que desbordó la pasión que sentían. El esplendor de la villa y el suyo propio, ya eran uno y para siempre.
Luego el baile se hizo colectivo, ellos se destacaron por su alegría y sus dotes de anfitriones. Se vislumbraba, desde ese primer momento, la época feliz y suntuosa, plena de bellos momentos, de reuniones, de algarabías, que iba a reinar entre esas paredes de la suntuosa villa.
Pasó toda una vida en la enorme casona. Su esplendor sigue casi intacto en los detalles y en los recuerdos, en cada obra de arte y en cada suspiro, en cada detalle arquitectónico y en cada sonrisa de la familia.
Con sus 84 años, en la renovada Navidad, María Hortensia hamaca a su bisnieta de igual nombre recién bautizada en la Capilla de la mansión, la que desde su casamiento con Alfredo, todos la conocieron con su nuevo nombre: Villa Hortensia. Mientras los invitados celebran en el Salón, en el que tantas veces fue su reina anfitriona, entorna los ojos y le parece sentir aún el abrazo de Alfredo cuando la presentó en aquella fiesta de Nochebuena, su sonrisa entregada cuando en una brillante fiesta con la mansión toda iluminada anunció su casamiento, cuando vio corretear en el patio central del primer piso, al que daban todos los dormitorios, a sus nueve hijos, cuando en ese acogedor lugar, con el gorjeo de exóticos ejemplares en la pajarera, desayunaban y organizaban el día. Cuando en las cálidas noches de verano, gustaban subir a la azotea a admirar la noche de la ciudad que iba creciendo alrededor de la enorme plaza de cuatro manzanas en el barrio Alberdi y en la margen de ese Paraná que empezaba a vislumbrarse como el gran motor de la región por su navegabilidad. También recuerda la fascinación que siempre le produjo esa enorme torre decorada a la europea, que se ve desde toda la mansión y sus alrededores y a la que en algunas oportunidades, por su larga escalera de caracol construida en hierro forjado, le gustaba trepar para adivinar allá a lo lejos la pujante y creciente actividad en las islas.
Le parece escuchar esa música de violines cuando vio la mansión por primera vez y los acordes de aquel vals vienés bailado en su primera Navidad, cree percibir con igual intensidad los aromas de los azahares y de los jazmines que llegan desde las plantaciones y las pérgolas de los enormes jardines. Siente en todo su ser ese amor de Alfredo y hasta escucha su voz que la llama. Y sabe que su amor por él sigue intacto en su corazón, y renovado en cada acto de fe de su numerosa familia y en cada Navidad.
-Mi pequeña María Hortensia, que tu destino sea tan brillante y feliz como el mío- y se funde con la pequeña en un abrazo…  el último…