domingo, 19 de junio de 2016

“DE GUADALAJARA A MANZANILLO”

  Maritza Sevilla

   Valencia, Venezuela


Elisa colocó sobre la cama todo lo que llevaría en la maleta. Había sido invitada a participar como pianista amateur en “XIII Festival Musical de Manzanillo”, evento que se celebraba cada año,  para recabar fondos para el asilo de ancianos de la ciudad.
Federico entró a la habitación para ayudarle a chequear que llevara todo lo que necesitaría: ropa, calzado, cosméticos y medicinas. Miró el promontorio de medicamentos que ella ya había colocado al lado de la ropa: dos cajas de pastillas contra la acidez estomacal, una contra el estreñimiento (en caso de que comiera demasiado pan), dos para las flojuras de barriga (por si no le caía bien el agua de aquellos lares), antitusígenos contra la flema (por algún mal aire), analgésicos, antialérgicos, cápsulas para evitar los vómitos y jarabe para calmar la tos seca. ¡Ah!, y las tabletas para aliviar la garganta que siempre sentía irritada. Según ella; el problema en la faringe se originó en el momento mismo de nacer, por haber traído el cordón umbilical enrollado en el cuello. Ese había sido el motivo por el cual decidió dejar la docencia.  Eso y la situación económica de su marido.
A él le enternecía la manía de su esposa de tratar de prevenir todas las enfermedades. Sabía que en el fondo, a Elisa se le había enroscado una escurridiza hipocondría originada por las veces en las que estuvo a punto de morir, durante su niñez. Él lo tenía claro y le llamaba la atención que siendo Psicóloga, y de las más reconocidas, no buscase una terapia para aliviar esa situación y vivir con mayor tranquilidad. No era que a él le molestara; por el contrario, habían decidido no tener hijos y cuidar de ella le permitía manifestar los instintos paternales que guardaba en su interior. Con frecuencia le repetía que “le defendería del mundo y sus bacterias”.
A pesar de haber padecido enfermedades graves en su infancia, por lo que desarrolló una contextura frágil, Elisa era una mujer alegre que estaba consciente de su exageración en el tema de la salud. No hacía ningún esfuerzo de controlarse pero eran muchas las veces que se reía de sí misma frente a Fede, como lo llamaba en la intimidad. Pero esta vez viajaría sola porque su marido tenía compromisos laborales y no se sentía tan segura sin él a su lado, eso le había alborotado los temores a enfermarse. Si aceptó este compromiso fue porque era la clase de causas en las que le agradaba participar.
Federico  insinuó si no serían demasiadas medicinas para solo cuatro días.
─Prefiero prevenir. Además, tal vez alguien necesite algo durante el viaje. ─Tomó el bolso de mano disimuladamente, abrió el closet y lo colocó en el estante de arriba. Ya lo sacaría cuando su esposo no estuviera cerca.
─¿Cómo te distraerás en el camino si no puedes leer un libro porque te mareas?
─¡Gracias, querido! Me acabas de recordar que no guardé las pastillas contra el mareo.
Federico contuvo una sonrisa y agregó:
─Tendrás que pasarte el viaje mirando por la ventanilla.
─¡Y las gotas contra la resequedad de los ojos!
Esta vez  buscó la mirada de su esposa, en un intento de burlarse de ella, pero Elisa se dio cuenta y no le siguió el juego.
─Entonces ya no te falta nada más ─concluyó y salió de la habitación con una sonrisa de picardía.

Llegaron temprano a la estación. Se sentaron en el cafetín cerca del andén de abordaje. El cielo despejado presagiaba un buen clima, una suave brisa levantaba las faldas de las damas y los papeles que encontraba a su paso. Ya habían entregado las maletas y ella solo cargaba el bolso de mano y un paquete pequeño con galletas y frutas para merendar en el camino.
Federico se dirigió al acomodador del tren y le pidió que tratara que una señora afín a su esposa, fuese quien ocupara el asiento contiguo; así tendría con quien conversar durante el trayecto.
Llegada la hora para abordar, se despidieron,  subió al tren y ocupó el asiento próximo a la ventana. Otros pasajeros subieron y ocuparon los puestos siguiendo las indicaciones del acomodador. Subió una señora bien vestida y con ademanes finos. El acomodador la acompañó hasta el asiento de Elisa, quien miraba por la ventana hacia el andén, y le sugirió tomar ese asiento. La señora agradeció al empleado y saludó con unos secos “Buenos días”.
Al voltear para responder reconoció a Elsa, su hermana menor de quien no tenía noticias desde hacía mucho tiempo. Elsa se sorprendió al percatarse de la casualidad y, con tono sarcástico, dijo:
─¡Qué pequeño es el mundo! ¡Mira a quién me vengo a encontrar! La dulce consentida de papá.
Ya repuesta de la primera impresión, ella respondió en el mismo tono burlón:
─¡Hola, querida hermana! ¿Tan amargada como siempre?
─¡Ja ja! No; fíjate que no. Desde que me fui de esa casa y dejé de verte soy la mujer más feliz del mundo ─dijo acentuando las últimas palabras.
─Lo disimulas muy bien, querida ─respondió. En su mente confluyeron las amargas imágenes de su infancia, gracias a las travesuras de su hermana siempre en su contra. Fueron muchas las ocasiones en las que la había molestado sin importarle lo enferma que estuviera, ni que quedara en desventaja ante los ojos de otras personas. Parecía que lo único que le divertía era burlarse de ella, ante propios y extraños. Este comportamiento había logrado que se distanciaran al crecer. Solo guardaba malos recuerdos de su hermana al punto de que nunca se interesó en saber cómo le iba en la vida. Decidió no volver a hablar durante el viaje y lamentó no haber traído un bendito libro, aunque solo simulara leerlo. Definitivamente, miraría por la ventana todo el tiempo así le diera tortícolis.
La voz de su hermana la sacó de sus pensamientos:
─¡Increíble! Me acabo de sentir de 15 años, hacía mucho que no me relacionaba de esa manera.
 Elisa siguió mirando por la ventana.
─¿Sabes? Muchas veces he pensado en ti. Hace poco le conté a mi esposo la vez que puse sal a la bebida que le servías a tus compañeras del liceo, una vez que fueron a casa a estudiar. Tus amigas, tan educadas, no dijeron nada y dejaron el vaso solo al probar. Tú te pusiste colorada, cuando ellas ya se habían ido y te diste cuenta.
─La mujer continuó hablando sin notar el forzado silencio de su hermana.
─El mayor de mis morochos tiene el mismo lunar blanco que tú tienes cerca del ombligo. Cuando lo baño recuerdo cómo te asustaba diciendo que por ahí metería un puñal cuando te quedaras dormida. Ellos me hacen evocar nuestras tontas peleas, como cuando te escondí un zapato de cada par, para que papá no te llevara a pasear ¿recuerdas? Al verlos competir entre ellos por mi atención, comprendí que lo que yo sentía en ese entonces eran celos; porque toda la familia se interesaba en ti, por tu mala salud, y yo me quedaba jugando sola en el corredor. Me veo a mí misma en el más grande y le hace cada maldad a su hermanito ¡que ni te cuento!
─¿Y qué edad tienen? ─se sorprendió preguntando.
─Siete años y medio. El mayor se llama Víctor Manuel y el menor Carlos Manuel. Ya imaginarás cómo se llama mi esposo. Mamá me dijo que no tuviste hijos; pero que tu marido es un sol y te adora. Y que además es muy guapo, nada que ver con… ¿cómo se llamaba?
─¡Ja ja! Ya sé a quién te refieres. Se llamaba Ismael.
─¡Si, ése! El pobre era más feo que un autobús por debajo, como dice mi suegra.
─No me imagino eso, nunca me he metido debajo de uno; pero seguro que tu suegra tendría razón.
Las dos mujeres rieron por un momento. Conversaron de sus vidas, de sus matrimonios, de sus familias, de sus destinos y sus para qué. Compartieron teléfonos y buenos deseos.
─Me gustaría que los morochos conocieran a su tía. Federico y tú están invitados a pasar las fiestas navideñas en nuestra casa en León. Estaré feliz de atenderles, ¡ya verás lo bien que la vamos a pasar!
─Me encantará conocerles igual que a tu esposo. Cuando pases por Guadalajara, llámame; podríamos almorzar juntas y conocerás a Federico.
Luego, Elsa preguntó:
─¿Y tu salud? ¿Ya estás bien o sigues siendo…? ─la mujer frenó el desagradable comentario que había comenzado a hacer.
─¿Un catálogo de enfermedades? No, ya estoy bien. Tampoco soy “Elisita la pobrecita”. ─Elisa forzó una sonrisa y sujetó fuertemente su bolso; pero en el intento se resbaló el paquete de la merienda y terminó cayendo el bolso al piso, desparramando de su interior varias cajas y frascos de medicina. Entonces, se volcó al piso tratando de evitar que su hermana los viera; pero ya ella se había levantado de su asiento, recogió los frascos que habían caído más lejos y se los entregó. La ayudó a incorporarse y volvió a sentarse.
Las dos miraron lo sucias que habían quedado las manos de Elisa al contacto con el piso. Elsa sacó de su cartera un paquete de toallitas húmedas, lo destapó y pasó una a su hermana. Sacó una segunda toalla y limpió sus propias manos. Mirando a Elisa que aún se encontraba contrariada, dijo:
─¡Vamos, mujer, que no es pecado cuidarse! Tampoco quiero que cuando vayas a casa seas un catálogo de virus y bacterias, ¡ja ja!
Elisa se relajó y sonrió. Miró a su hermana:
─Fue muy afortunado que coincidiéramos aquí e hiciéramos las paces. Me acabo de dar cuenta que siempre me hizo falta contar contigo. La vida hubiera sido más fácil.
─No siempre más fácil significa más feliz. La vida ha sido buena con las dos. Y creo que cada una es dichosa, a su manera.
─Es cierto. Y a eso se reduce toda la vida. ¿Eres feliz? Yo sí lo soy.

lunes, 6 de junio de 2016

El campo de Alfarero


 

 Este cuento obtuvo mención de honor en cuento,
en el Certamen de la Cofradía de escritores de Puerto Rico.

Yolanda López López

Puerto Rico


            No puede imaginar cómo será este día. Se ha levantado a las ocho de la mañana y después de desayunar, comienza su caminata hacia el edificio Stephen A. Schwarzman. No quiere que un taxi amarillo, entre sonidos de claxon e insultos visuales de vehículos por doquier, la suelte de cantazo frente a las escalinatas. Desea llegar caminando y entrar por la cara principal frente a la Quinta Avenida, para apreciar la majestuosidad del edificio neoclásico de mármol, Beaux Arts, que ocupa dos bloques entre la calle 40 y la 42. Se va acercando despacio con la cámara colgando de su cuello. Está presta a tomar las primeras fotos. Enfoca el lente hacia los leones, Fortaleza y Paciencia, ubicados a sendos lados de las escalinatas. Los felinos son celadores dispuestos a defender el conocimiento centenario tras esas paredes.
            Las fuentes incrustadas en el edificio, le roban la atención, y enfoca detrás de Paciencia. Encuentra a Belleza, una fuente de mármol en la que una mujer con el pecho al descubierto, se recuesta sobre el lomo de Pegasus. Una frase poética la corona. Pero es la frase de la fuente Verdad, tomada del poema, "La sombra y la luz", de John Greenleaf Whittier, la que la obliga a bajar la cámara y detenerse a releerla: But above all things Truth beareth away the victory.
            Entra a la recepción de la biblioteca con el entusiasmo de una infanta en su primera visita al parque. Inclina la cabeza hacia atrás y levanta la mirada hacia la cúpula de mármol que la recibe. Una sensación de vértigo la sobrecoge, y en un tris siente que su cuerpo se desliza por un hueco cientos de pies hacia abajo y cae de sentaderas sobre tierra húmeda y fangosa. Ahora se encuentra en un espacio desolado. Extiende el brazo para alcanzar su bolso y se lastima la mano con restos de piedras y escombros afilados. Siente una alimaña que se desliza sobre su pierna. Se levanta rápidamente y se abraza a su cartera. Camina unos pasos y mira a su alrededor. A lo lejos ve unos niños jugando. Los pies apenas rozan el suelo. Hace frío y la tarde está en penumbras.
            ––¿Has visto a mi mamá?
            ––No, cariño. Ni siquiera sé cómo he llegado aquí. Yo estaba…
            Norma Iris se percata de que es una niña y ha seguido caminando hacia una zona más oscura en donde la densidad de las penumbras apenas permite ver. Teme por ella y decide seguirla. Mientras camina tras la niña observa que sus zapatos están gastados y el vestido fruncido en la cintura tiene el ruedo raído. La alcanza y le pregunta de dónde viene.
            ––De Five Points, donde vive mucha gente junta. En mi casa vivimos dos familias. Yo duermo debajo de la mesa.
            ––¿Pero son familia?
            ––No, no los conocemos, pero ellos ayudan a pagar la renta. ¿Has visto a mi mamá?
            Enternecida, se dispone a contestarle. La poca luz no le permite definir la faz de la pequeña que sale corriendo apenas ella abre la boca. Norma Iris trata de correr tras ella y se tropieza con una pequeña columna de cemento. En él está inscrito, Potter’s field 1830. Mira a su alrededor y le parece ver brotar de la tierra múltiples árboles cuadrados, imposibles de contar.       Avanza tras la niña y, de súbito, se golpea contra una pared enorme. Trata de encontrar paso y se topa con un obrero que le grita.
            ––¡Quítese de la pared, que ya mismo comienza la actividad de inauguración!
            ––¿Inauguración de qué? ––pregunta.
             Apenas escucha la respuesta del hombre, cuando le informa que es de un enorme tanque de agua para suplir la ciudad, pues acaba de ver a la chiquilla entre la multitud convocada. Su harapo contrasta con los sombreros elegantes y las manos enguantadas que sujetan un programa del evento:
                                   La ciudad de Nueva York los invita:
                                   Inauguración del Croton’s Reservoir                                                                                                         Fecha: 4 de julio de 1842
                                   Hora: 3:00 P.M.

             La tierra bajo sus pies se ha convertido en un camino. No comprende lo que ocurre, pero está convencida de que la nena la puede ayudar y la sigue, abriéndose paso entre la gente mientras se enfoca en la pequeña cabeza de cabello rubio, sucio, moviéndose cual culebra entre ellos. Parece girar alrededor de los mismos espacios. Se detiene de frente a la misma pared con la que ha tropezado Norma Iris momentos antes. Ella busca la multitud a sus espaldas, pero se han marchado. Al virarse se encuentra caminando por uno de varios largos túneles forrados de libros. La niña va frente a ella y cuando trata de alcanzarla, apenas roza su hombro cuando escucha una fanfarria de trompetas y una voz por altoparlante que anuncia:
            ––Hoy, 23 de mayo de 1911, nos llena de orgullo inaugurar el edificio principal de la Biblioteca Pública de Nueva York. Nos honra con su presencia el presidente William Howard Taft, a quien dejo con ustedes.
            Norma Iris cierra los ojos, angustiada porque no comprende lo que le está ocurriendo. Cuando los abre de nuevo se encuentra en el recibidor de la biblioteca y observa a ambos extremos sendas escaleras de mármol hacia los pisos superiores. Desiste de caminar por las áreas subterráneas porque teme perderse en los túneles. Se dirige a descubrir el primer nivel y entra en la Sala de Exhibiciones. En esta, el mármol se acentúa con un techo en madera de roble tallada. Dentro del espacio hay una serie de vitrinas y dentro de ellas exponen manuscritos antiguos en préstamo del Museo Penn. Se detiene a mirar los objetos en exposición.
            ––¿Has visto a mi mamá?
            ––No, cariño. Pero, ¿qué haces aquí?
            La niña sigue caminando. Norma Iris la sigue y sube al segundo nivel. La Sala de Patentes, La Sala de los Mapas, la Librería de Ciegos, la Sala de Tecnología y la Sala de los Periódicos en el primer estrato no las podrá ver hoy.
            Se asoma por uno de los arcos del pasillo para mirar hacia el primer nivel, solamente ve la gente entrando a la biblioteca. Se recuesta sobre la pared de la columna divisora de los arcos, exhausta, confundida. El pulso se le acelera, la respiración se acorta. Siente un bloque sobre el pecho y lucha por mantener la cordura. Alcanza a ver la pequeña cabeza rubia, subiendo hacia la tercera planta. Acepta resignada que tampoco caminará completo el corredor principal del segundo piso para desplazarse a los diversos salones. Ni llegará a ver la División Oriental con su colección de sobre 20,000 libros y panfletos en árabe, turco, chino y japonés ni la División Judía con 24,000 textos ni la División de Eslavo con 23,000. Y ni pensar en visitar la División de Ciencia o la División de Economía, con 400,000 libros y panfletos.
             Se apresura a buscarla y llega al tercer piso. Al recorrer los espacios con su vista, siente que las figuras pintadas en las paredes y en la bóveda de mármol le prometen ayudarla. Decide entrar al ala sur del Rose Main Reading Room. Esta proyecta la ostentosidad de los grandes castillos. Tiene un techo alto, adornado por un falso de yeso marrón ricamente tallado, que encierra en el centro, a lo largo del pasillo central, varios espacios rectangulares; con frescos de cielo y de nubes. La luz entra a través de las ventanas de cristal, de arquitectura romántica, y los ilumina.
            Entra al gran salón ansiosa, con las manos sudorosas y la mirada inquieta saltando de faz en faz, sin detenerse en alguna. Es difícil ubicar a cualquiera en alguna de aquellas sillas; ante una de las cuarenta y dos largas mesas de roble que ocupan el espacio del tamaño de un parque de balompié. Tiene cabida para más de seiscientos lectores. Ellos descubrirán conocimiento bajo la luz tenue de unos candelabros colgantes; mientras son protegidos por filas de libros alineados contra las paredes.
            Al fin la identifica y va hacia ella. Cuando se acerca observa un libro sobre la mesa, abierto. La niña ha desaparecido de nuevo. Norma Iris se sienta y decide leer el texto:
            Los terrenos en los que se ubica el edificio principal de la biblioteca pública de Nueva York fueron utilizados, entre 1822 y 1840, como cementerio para los pobres, las víctimas de epidemias, los criminales y los desconocidos. Se le conocía como “Potter’s field”, campo de alfarero. Cuando se decidió construir el tanque de agua los cadáveres fueron trasladados a Wards Island.
            ––¿Has visto a mi mamá?
            ––No, cariño. No la he visto ––le contesta mientras intenta con la mano secarse las lágrimas y aprecia la piel translúcida de la niña que se pierde en sus cuencas vacías.

viernes, 27 de mayo de 2016

Peripecias de un contable (escritor de cuentos...)


Alejandro Franco

México

S
e dice que al destino se le trae consigo desde el alumbramiento. Al pequeño Osvaldo,  íntimo amigo de mi particular estima, la buena suerte lo mantuvo largo tiempo relegado; y no es que él no se diera cuenta, considerando que la sensibilidad de un niño es meramente objetiva e incapaz de escuchar razonamientos.
La temporada navideña y las fiestas de Año Nuevo, se habían ya quedado en el ataúd del año viejo; entretanto, la expectativa por la llegada de los reyes magos, a Osvaldo lo mantenía en  el más desesperante suspenso.     
Al peregrino del polo norte, gordinflón de nívea barba, traje y gorro rojos, solo lo tuvo presente a través de los cristales de los grandes almacenes; junto al monigote, eso sí, muchos juguetes y cajas de regalos.  Ya desde las vísperas, siempre antes de irse a la cama, cuando hallábase hincado con sus manitas juntas, acompañaba sus oraciones con un único ruego a su ángel de la guarda: “… y quiero que me traigan un balón de cuero igualito a esos con los que juegan los campeones. Pero ni crean los antipáticos esos que no quieren juntarme a jugar con ellos que se los voy a prestar…” ―agregaba  a la demanda su rotundo propósito.
Siéntate en esa piedra a vernos chutar para que aprendas, le decían los grandulones. Y él los veía resignado tragando polvo… Seguía con mirada triste el balón bota que bota, yendo de un lado a otro, tan solo a la espera de que todos se largaran. Era entonces cuando iniciaba su solitario partido: driblaba con un bote de lata vacío a varios supuestos contrarios; por la banda, el centro o adelantado, corría dándose pases; recuperaba el bote y pateaba a la portería. De lograr un tanto, saltaba de contento y gritaba eufórico: ¡Gooool! Agradecía al respetable los aplausos y vítores, se servía solo como portero, y a emprenderla de nuevo contra el adversario hasta que el sol le escamoteaba su claridad.
Un día de tantos, muy orondo por haber recibido un buen pago, llegó a casa su padre para soltarle entusiasmado: “El domingo te llevo a ver el partido de campeonato. ¡Mira muchacho, aquí tengo ya los boletos! ¿Qué me dices, te gustaría ir?”
El júbilo y los nervios eran dos en uno cuando cogido de la mano de su padre se acercaban al estadio. Ya se oía la algarabía de los hinchas de cada equipo. Su padre hubo de contener al inquieto chamaco: “Calma, hijo, no hay por qué correr… aún hay tiempo.”
Ese día, mientras el helado se le chorreaba en la mano, se disputaban el trofeo de campeonato los equipos del River Plate y el San Lorenzo. A Osvaldo le rechiflaba hasta la médula el River y ningún otro. Resultó que en ese campeonato del 1956-57 quedó invicto el River, merced al gran goleador de la temporada, Roberto Zárate con 22 goles. En segundo sitio el San Lorenzo, con el goleador José San Filippo, quien también había logrado cuajar 19 goles en la misma cosecha.
Pese a su corta edad, Osvaldo llevaba el record  de goleadores, siempre asesorado por su padre, hincha de hinchas; solo que este le iba al San Lorenzo, y las discusiones que sostenían entre los dos, enalteciendo cada quien a su equipo preferido, eran de historieta; pero cuál vaina podría suscitarse entre ellos, cuando al final tales discusiones terminaban en abrazos.
Un domingo de tantos, se anunciaba la película “Pelota de trapo”. Ah, cómo le suplicó a su padre que lo llevara a verla. En la función lloró y moqueó de lo lindo. Su padre le apretaba la piernita en son de consuelo. Caricias de hombre; no como las de mamá de besos y más besos. Seguramente que así lo pensaba. Esa película fue una de las mejor realizadas en Argentina.
Vivían por esos tiempos en un conjunto de casas; una tras otra entre pasillos. Había otras alrededor que circundaban patios, donde los niños peloteaban por las tardes, hasta que los largaron después de haber dado cuenta de una buena cantidad de cristales. Así fue que, en remedo de los chiquillos de la película, todos se fueron a patear a los llanos cerca de las industrias. Osvaldo se sentía “El come uñas” personificado; pero sus amigos, dada su corta edad, a más de que según ellos lo consideraban un maleta, le seguían haciendo el feo al formar equipos.
Recién terminada la primaria en la escuela pública, ingresó al secundario. Ahí se fue haciendo grande. Ahí aprendió a rifársela  a putazo limpio con cuanto malora pretendiera pasarse de vivales con él. Eso sucedió hasta que se granjeó el respeto de todos. No pocas veces llegó a casa con un ojo de cotorra o la nariz sangrante. Mientras su madre le curaba afligida, el padre sonreía.
Ya en la secundaria, aparte del balón nuevo que adquirió con la plata ganada en su primer empleo como pinche en un restaurante, trapeando pisos y lavando loza; sitio donde lavó más platos y cubiertos que todos los que pudo haber lavado en sus dos matrimonios; muy a pesar de que terminaba con las manos hechas uva pasa por el agua, fue su firme ahínco el que hizo posible que se hiciera del balón soñado. De aquellos balones con cámara de hule que se abrochaban con agujetas de cuero como zapatos.
La naturaleza, siempre fiel a sus tiempos y  sin ponerlo sobre aviso, hizo de las suyas al alborotarle las hormonas; no precisamente esas del corazón, debo decir; sino  las que cualquiera pueda imaginar. Fue así que comenzó a verles faldas hasta a los postes de la luz y teléfonos.
Bueno, el caso es que ya para terminar la secundaria, le bailaban los ojitos con cuanta niña se le atravesaba; pero muy en especial, cuando veía a la dulcísima hija de los italianos del restaurante ubicado en la mera esquina de su cuadra. Aunque para su pobre suerte, a la muy veleta, solo le bailoteaban los suyos cuando veía al capitán del equipo de fútbol de la escuela; por lo cual, Osvaldo se preguntaba: ¿qué carajos le ve a ese babitas esmirriado y sin chiste? A esa edad, qué iba a imaginar el pobre, que aquella quien a uno le gusta, le atrae otro. En los acostumbrados “asaltos a las casas”, no perdía la esperanza de tirarse un long play de Elvis completito, meneando a su adoración; o quizás, con algo de suerte, una pieza pausada para bailarla tiernamente de manitas y cachetes sudados; mas la muy pilla, cual hoja al viento, fijaba sus ojitos en todos los chavales, menos en su invisible y fiel enamorado.
Al saltar a la media superior, su sueño inalcanzable ya había sido olvidado, muerto y sepultado. En la nueva escuela, conoció a la que más tarde sería su esposa y de quien saboreó las primeras mieles como prueba del amor jurado que supuestamente ella le guardaría. Eso sucedió ya casi para terminar el bachillerato. Uff, faltaba un tramo para el término de una carrera profesional, así que para abreviar, decidió matricularse en una escuela comercial, misma donde en un par de años obtuvo el necesario diploma. Tiempo después y como era de esperarse, don Suspicaz apareció en escena:
― ¿Quieren o tienen que casarse, Osvaldo? ―le preguntó con voz impostada su padre.
Y como el silencio otorga, la reacción no se hizo esperar:
“¡No te cases pendejo, con apenas veintidós años aún eres un crío!” ―le advertía molesto el buen hombre. “Con lo que ganas no te alcanza a ti solito ni para media cajetilla de cigarrillos y comer una vez al día. O qué, ¿piensan vivir en la calle? ¡Hazme caso, no seas necio! ¡Hasta ahora eres libre, y si te casas… dejarás de serlo!” Saliva le faltaba a su alarmado progenitor para hacerlo entrar en razón; y como nadie experimenta en cabeza ajena, ¡zas!, que se casa y que se le acaba su libertad.
Luego de tres hijos, poca plata, impertinencias mil de una mujer en apariencia evolucionada,  provocó una separación “unilateral y convenientemente acordada”, para que en otro ¡zas!, a los 31 años de edad, Osvaldo pudiera recobrar su voluntad.
De la repartición de bienes solo logró salvar su poca indumentaria, el cepillo de dientes y unos cuantos libros; todo ello, antes de entregar las llaves del departamento. Pudo al menos conservar el autito, que por no haber sido aún liquidado, a la santa señora de ningún modo le pareció quedarse con el débito.
Ante tan mala experiencia, pronto se dio cuenta que como limitado contador en ciernes, no dominaba bien el renglón de presupuestos (en cuanto a lo doméstico); así que se decidió por hacer la carrera completa en la Facultad de Economía. Con mil penurias y no menos perseverancia, le llevó diez largos años culminar sus estudios para obtener el preciado título de contador público.
Ahora recuerdo que años atrás, su padre le decía: “Eso de la contabilidad que elegiste, es como cambiar el dinero de una bolsa a otra y viceversa”; y sin haberle entendido ni papa, se metió hasta el cuello en la carrera; también ignoraba que tal profesión es igual que contar ovejas en sueños; y que si una de ellas se extravía, entregar buenas cuentas al patrón o a la hacienda se vuelve un auténtico martirio. En fin, todo fuera como ello.
Así que anduvo trotando de empresa en empresa, pero siempre escalando a mejores puestos. Supe que en una de ellas, por su responsabilidad y mucho empeño, aunque no con suficiente experiencia, fue nombrado Jefe de Contaduría. ¡No cabía en sí mismo de tanto orgullo!
En uno de esos asaltos a una casa de una compañera de trabajo (puros adultos, sin rock, twist o long plays), conoció a Susy, quien en poco tiempo vendría a ser la segunda esposa. Y su padre vuelta con la cantaleta: “¡No te cases, no seas pendejo! Llévatela así nomás… de amiguitos, con ciertos derechos y pocas obligaciones”. Pero él qué iba a entender de razonamientos. Creo que lo pendejo no se le quita a uno ni después de muerto. En la vida no se pueden poseer puras cualidades y virtudes, ¿verdad? Así que a los 34 años firmó ante varios testigos su propia sentencia: reclusión perpetua, sin derecho a fianza ni libertad condicional.
Ya han pasado 39 años desde que signó el contrato; y que se sepa, aún no se sabe de queja alguna de su parte. Ha sido feliz dentro de lo que cabe. Bueno, hasta le permiten lavar los trastos; conquista laboral con carácter vitalicio (arduamente por él lograda después de algunos años de violentas batallas entre pareja).
En contadas excepciones, entre plato y plato de la balanza, sean estos los de la felicidad y lo opuesto, el  del primero se sigue conservando abajo; este, virtualmente debe contener pepitas de oro y plata; y muchas piedrecillas preciosas: tranquilidad, placidez, gusto, alegría, goce, dicha y encanto; y muchas, muchas, de virtuoso amor. Parecieran ser sinónimos, pero cada una de ellas cumple su particular función. Del otro plato se va tirando la basura de vez en cuando; siendo que al paso del tiempo, este habrá de quedar vacío. Y aunque dicen que son más las malas que las buenas, no siempre es así, créanmelo; pues para Osvaldo considero que su vida osciló y terminó cayendo entre esos contados privilegios.
Y pensar que llegó a confesarme: “No voy a hacer esto toda mi vida…”. Debí suponer que en todo caso, Osvaldo más bien se refería al resultado de “ejercicios anteriores”. Y añadió: “El sueño dorado de toda mi vida ha sido ponerme a escribir y escribir sin parar; y es precisamente  lo que de ahora en adelante me propongo ejercer.” “No sé, tal vez y llegue a decir: ¡Qué infame pluma!, pero algo saldrá, tenlo por seguro”.
“Amigo mío: Amo entrañablemente a Susy”. Me reveló no hace mucho entre copa y copa después de discurrir durante una tarde deliciosa: mucho sobre fútbol, algo de cómo se debe preparar un buen mate, y unas que otras banalidades religiosas y políticas. ¡De qué más podríamos haber hablado!
Ah, ¡Cuánto voy a extrañar a ese gran chamaco! Siendo que ahora… el que pronto se tiene que ir a entregar cuentas, es quien les ha venido a contar las retozonas peripecias de una vida que, como ya se ha visto, harto valió la pena relatarla.


domingo, 22 de mayo de 2016

SERA JUSTICIA


Osvaldo Villalba

Buenos Aires, Argentina

 

Justicia, Justicia Perseguirás
(Deuteronomio 16:20)
I
Se sirvió un vaso de whisky, le puso dos de los tres últimos cubitos de hielo que quedaban en el recipiente y comenzó a llenar su pipa. Mientras la encendía, y las volutas de humo azul se elevaban perfumando el escritorio, Roberto pensó que no había forma de que la nueva mucama entendiera que antes de retirarse debía dejar la hielera llena. Hacía dos meses que trabajaba en la casa y, al fin y al cabo, no eran tantas las cosas que había señalado como importantes cuando la contrató. Que tuviera el desayuno listo a las siete de la mañana, sus camisas planchadas y colgadas en perchas –no soportaba las camisas con marcas de dobleces–, la cena a las nueve de la noche y los viernes, en el escritorio, café recién hecho y la hielera completa. Para el resto de las tareas de la casa tenía libertad para elegir cómo y cuándo realizarlas. Pero la joven parecía estar siempre en babia. Cuando le llamaba la atención por algo, rehuía la mirada, se disculpaba asegurando que no volvería a suceder, pero al tiempo, indefectiblemente, repetía la falta. Las diferencias con su antecesora eran tan notorias que en varias oportunidades había pensado despedirla, aunque después se compadecía. Perla había trabajado con él casi cuarenta años, desde que era un abogado recién recibido que vivía en una casita modesta de la zona oeste del conurbano, hasta hacía muy poco, cuando le informó que se iba a vivir a Córdoba con su hija. Manejaba con tanta eficiencia la marcha del piso que ocupaba en Recoleta, mucho más acorde a su status actual de juez, que no recordaba cuándo había sido la última vez que le había dado alguna indicación. Pero ahora, desde que estaba Nancy, tenía que estar en todos los detalles.
Apretando la pipa entre sus dientes, tomó la hielera y se dirigió a la cocina. Habrá que darle tiempo, pensó, recién nos estamos conociendo y, por otro lado, tiene a su favor que es muy callada y tranquila. Había llegado desde Villa María recomendada por la hija de Perla. Celosa como era de su trabajo, Perla estuvo con ella dos semanas tratando de prepararla, hasta que, al fin, dio su conformidad. De sólo pensar que si la despedía debía realizar la nueva búsqueda personalmente, se fortalecían sus argumentos a favor de soportarla.
Mientras volvía al escritorio con el hielo reparó que Julián ya llevaba media hora de retraso. Todos los viernes se juntaban en su escritorio a las diez de la noche y el ajedrez era una excusa para hacerse compañía mutuamente. Hacía cinco años que había enviudado, no había tenido hijos y le gustaba mantener su casa al margen de cualquier relación amorosa ocasional. Durante la semana – los días hábiles– su actividad judicial, en el fuero penal, lo absorbía por completo, pero cuando dejaba su juzgado los viernes por la tarde necesitaba algo especial para poder desenchufarse. Después, en  el fin de semana, su vida social alternaba entre el club de golf del cual era socio y las cenas en Puerto Madero. Pero la noche del viernes era como una descarga a tierra. Julián era su único amigo y sólo con él se abría sin temores. Julián era sacerdote, por lo que siempre bromeaba con él: “Mirá que todo lo que te cuento…es secreto de confesión ¿eh?”. Se conocían desde la infancia, y dejaron de verse cuando su amigo entró al Seminario. Mientras Roberto hizo toda su carrera judicial en Buenos Aires, Julián, una vez recibido, fue comisionado por la Iglesia a distintos destinos en el interior del país. Hacía cuatro años, ya de regresoen Buenos Aires, el cura lo había buscado después de verlo en la televisión por un caso resonante en el que intervino su juzgado. En ese momento, a un año de la muerte de su mujer, fue para Roberto una gran ayuda.
El retraso comenzó a preocuparlo. Sobre todo porque no contestaba el celular. Intentó conformarse con que a lo mejor había tenido un caso espiritual muy complicado, pero en general, si ocurría algo así, por lo menos le enviaba un mensaje. Se preparó otra pipa y encendió la televisión.
II
Nancy terminó temprano sus tareas del viernes porque quería irse antes de que llegara su patrón. Preparó el termo con café y sonrió mientras ponía en la hielera sólo tres cubitos. Ahora que estaba tan cerca de cumplir el plan que la había traído a Buenos Aires, no podía dejar nada librado al azar. Debía seguir representando el papel de “provinciana medio tonta”. Llevó todo al escritorio, se cambió y salió por la puerta de servicio. Llevaba puesta la camperita rosa que usaba habitualmente pero, en su mochila, guardó una campera con capucha que no había usado nunca desde que estaba trabajando para el juez. Lo importante, pensó, era que en las cámaras de seguridad del edificio quedara registrada su salida con esa ropa.
Tomó el colectivo como todos los días, de modo que quedara asentado en la tarjeta Sube su recorrido habitual. Bajó en Plaza Miserere y tomó el tren Sarmiento, pagando nuevamente con la tarjeta –desde el último accidente ferroviario todos pasan sin hacerlo– completando así con su rutina de regreso a casa. La única diferencia fue que, en lugar de llegar hasta la estación Villa Luro, donde está ubicado el departamento de su tía, quien aceptó alojarla “provisoriamente, ¿eh? hasta que encuentres otro lugar”, se bajó en Caballito, la primera estación. Cuando salió del tren ya lucía la campera gris con la capucha puesta. Caminó por García Lorca hacia Rivadavia. Al cruzarla continuó por Emilio Mitre –Rivadavia cambia los nombres– hasta Juan Bautista Alberdi y desde allí pudo ver la cúpula en la esquina de Víctor Martínez. Fue hacia allí y se detuvo frente a la puerta de la Parroquia Santa Julia. Un cosquilleo en el estómago y una leve flojedad en las rodillas denotaban su nerviosismo. Respiró hondo y entro.
III
Julián miró la hora en su reloj fosforescente y se alegró ante la cercanía de la noche de ajedrez, whisky y cigarro cubano en la casa de Roberto. Los viernes no se celebra misa pero el párroco principal había establecido una reunión de oración que le fue asignada al Padre Julián, “premio consuelo al viejo cura a punto de jubilarse que había caído como paracaidista desde el interior hacía cuatro años” solía bromear con el juez en sus encuentros. Al final de la reunión siempre había algunas señoras que querían confesarse. Pacientemente escuchaba a la señora que se peleaba todas las semanas con “la bruja de mi nuera que me hace la vida imposible”; a la señora mayor, muy maquillada siempre, que conocía cada tanto a un señor muy serio, que después no resultaba ser lo que parecía, lo que le provocaba un lagrimeo que apenas le corría el rimmel, y que finalizaba abruptamente cuando Julián le daba la penitencia. Y otros casos por el estilo. Una vez había tenido un grave caso de violencia familiar, que dio lugar a la intervención del párroco principal para solucionar el tema sin violar el secreto de confesión. Pero lo normal era lo otro. Por eso ahora, en la oscuridad del confesionario, esperaba terminar pronto para poder cambiarse y salir. Esperaba que la señora que estaba escuchando ahora – ¿la estaba escuchando? ¡Perdón Señor!  – fuera la última.
Finalizó con la bendición a la mujer y comenzaba a incorporarse cuando escuchó que alguien más se había instalado al costado del confesionario. Miró por el enrejado labrado y alcanzó a ver sólo el mentón de una mujer, que parecía joven, bajo la capucha de una campera gris. Si bien no alcanzaba a verle el rostro, su aspecto en general no le parecía familiar.
–Buenas tardes hija –le dijo– ¿Eres vecina de esta parroquia?
–No señor, vengo de lejos.
El acento cordobés de la chica lo remontó veinte años atrás. Tenía cuarenta cuando fue destinado a Córdoba y había servido allí por cinco años. Le pareció que estaba un poco tensa así que pensó en alguna frase que la haga sentir confiada y la anime.
–¡Seas bienvenida a la casa de Dios! Si llegaste hasta aquí buscando algo del Señor es porque Él, en realidad, te está buscando y te trajo. ¿Qué tienes para decirle al Señor?
–Vine a cerrar una historia. Tal vez la mía –su voz ahora era firme.
IV
Escuchó entre sueños su celular llamando con insistencia. De a poco recobró la conciencia y comprobó que, efectivamente, sonaba y vibraba sobre su mesa de luz. Se incorporó en la cama y atendió. Del otro lado una voz de hombre dijo:
–Buenos días, soy el fiscal Alberto Martínez. Tengo registrado desde ese celular varios llamados al número –mencionó el teléfono de Julián– ¿Es posible que usted haya hecho esos llamado? Si es tan amable… ¿Puede decirme con quien estoy hablando?
–Hola sí, soy el Juez Roberto Izaguirre. Efectivamente yo hice esos llamados. ¿Puede decirme que está pasando, doctor?
–¡Ah doctor Izaguirre! Disculpe que lo haya molestado tan temprano, pero era imprescindible que lo hiciera. Fueron los últimos llamados que tiene registrado el teléfono del Padre Julián Barrientos, de la Parroquia Santa Julia…
–Sí, sí, doctor. Ya sé que es el celular de Julián –interrumpió Roberto– pero no me dijo porqué está usted realizando esta consulta.
–Sí, tiene razón, doctor. Disculpe. Sólo sabíamos que elnúmero pertenecía a un Roberto. Ante la confirmación que usted lo conocía, lamento comunicarle que el Padre Julián fue encontrado con un disparo en la cabezaen el interior del templo. En apariencia fue de muy cerca. Falleció en el acto. El arma no se encontró. Cuando usted pueda me gustaría que me reciba. Su conocimiento del occiso va a ser muy importante para mi investigación.
–Cuente con eso doctor. Martínez. Deme un par de horas, y llámeme. No tengo problema en recibirlo en mi casa o en pasar por la fiscalía. Lo que usted considere más oportuno, tratándose de un sábado. ¡Ah! Y cuando sepa quién será el Juez interviniente, por favor, hágamelo saber.
Cuando cortó la llamada su mano estaba temblando. Se sentó en la cama y se preguntó si estaba despierto y esto realmente estaba sucediendo o se trataba de un mal sueño. En su profesión estaba acostumbrado a hechos de violencia, pero esto era diferente, ahora se trataba de su amigo. El nudo que tenía en la garganta se fue desatando en sollozos y durante un largo rato dio rienda suelta a la sensación de angustia que lo oprimía. Nunca imaginó la noche anterior, cuando no le respondía los llamados, que algo así pudiera ocurrirle a Julián. Si bien no contaba muchas cosas de su trabajo en la iglesia –era muy reservado– pensó que si hubiera tenido algún problema con alguien se lo habría comentado. Decidió darse una ducha y estar un poco más recompuesto para esperar la llamada del fiscal y poder ponerse al tanto de todo lo sucedido cuanto antes.
V
Jueves por la noche. Sentado en el desayunador de la cocina, Roberto se estaba preparando un trago. Había pasado casi una semana sin que se produjera ningún avance en la investigación del crimen de Julián. Se había reunido dos veces con el fiscal y el juez de la causa, pero nada había sacado en limpio. Había leído varias veces el expediente y lo único concreto era lo referente al hallazgo del cadáver: El sacristán cerró el templo el viernes a la noche, cuando ya no quedaba nadie en el edificio. No había visto al Padre Julián, pero como acostumbraba salir todos los viernes, pensó que ya se había ido. El sábado por la mañana, después de abrir el templo, volvía por el pasillo del confesionario, y le llamó la atención un manchón líquido y oscuro que salía por debajo de la puerta. Su impresión fue mayúscula cuando, al abrirla encontró el cuerpo del sacerdote, sentado, con la cabeza recostada hacia atrás, y un reguero de sangre que bajaba por el lado izquierdo de su rostro, empapaba la sotana y corría por el piso. Pasado el primer momento de shock, salió gritando hacia la calle pidiendo socorro. El policía de la esquina de Emilio Mitre y Alberdi lo escuchó gritar y corrió pensando en un asalto. Cuando llegó hasta la puerta de la capilla, y preguntó qué pasaba, el hombre estaba tan nervioso que apenas se le entendía lo que balbuceaba. Como señalaba hacia adentro, ingresó con él y al llegar al lugar comprendió el motivo del estado del sacristán. El cuerpo presentaba un impacto de bala a la altura del temporal derecho con orificio de salida por el occipital izquierdo. No había otros signos de violencia. El agente llamó a la comisaría y el principal de guardia dio el aviso a la fiscalía de turno. Desde entonces nada nuevo había aparecido, salvo que el deceso se había producido entre catorce y dieciocho horas antes del hallazgo, ocurrido a las once horas del sábado, lo que establecía que el hecho había ocurrido entre las diecisiete y las veintiuna horas del viernes. Teniendo en cuenta que la reunión de oración finalizó a las diecinueve, y estuvo a cargo del occiso, el óbito se produjo entre las diecinueve y las veintiuna horas.El fiscal mandó revisar las cámaras de las inmediaciones, pero lamentablemente ninguna tomaba directamente la puerta de la capilla, de modo que se pudiera determinar quienes entraron y salieron. Con la ayuda del sacristán se logró ubicar algunos de los fieles que participaron de la reunión esa noche para ver si era posible encontrar una punta del ovillo que permitiera desentrañar la madeja. Pero nadie había observado nada fuera de lo común y no pudo sacarse nada en claro. El móvil del crimen seguía siendo un misterio. Alguien mencionó que el sacerdote había intervenido en un caso de violencia familiar hace bastante tiempo, pero cuando se siguió esa pista se confirmó que el acusado en esa oportunidad residía desde hace varios años en la Provincia del Chaco y que había estado en su domicilio la tarde del suceso. Roberto había sugerido al fiscal que investigara si Julián atendía algún caso de drogadicción. Muchas veces los dealers se cobran la pérdida de clientes a causa del accionar de aquellos que se ocupan de rescatar adictos. Esto tampoco produjo resultados.
El timbre lo sacó de sus pensamientos. Del servicio de seguridad le avisaban que había llegado el delivery solicitado. Roberto dio la autorización para que suba. Desde el martes debía arreglárselas sólo en la casa ya que el día lunes, cuando debía reintegrarse Nancy a su trabajo, vino con la novedad que se volvía a su provincia, que extrañaba mucho y no se acostumbraba a Buenos Aires. Reconoció que no había sido muy eficiente en su trabajo y le pidió perdón por eso, pero que no podía prestar más atención. Que ese había sido siempre su problema. Cuando se enteró lo de que había pasado con su amigo, le había dado el pésame respetuosamente, aunque no lo conocía ya que los días viernes se retiraba más temprano que los otros días y no volvía hasta el lunes. Roberto tenía sentimientos encontrados sobre esta decisión. Por un lado un cierto alivio, ya que la chica, en realidad, no era eficiente, y le daba un poco de culpa despedirla, por su recomendación. Por otro lado era un problema ponerse a buscar empleada. Pero como la chica se mostró muy decidida, no hizo ningún esfuerzo para retenerla. Sonó el timbre del departamento, recibió la comida, pagó con cambio, incluyendo la propina, y se sirvió el lomo a la pimienta con papas noisette que había encargado.
VI
Despachó su equipaje, subió al micro que la llevaría a Villa María, y buscó su asiento. Se alegró que le tocara uno individual. No tenía ganas ni ánimo para que alguien intentara darle conversación. Recostó el asiento hacia atrás y cerró los ojos. Había soñado mucho con este momento, pero ahora, con todo consumado, no sentía la tranquilidad que había esperado tener. Las heridas del pasado seguían abiertas, aún después de que la historia se había cerrado, según el propósito que la había traído a Buenos Aires.
Y todo se había dado por casualidad, en las calurosas tardes de enero del año anterior, tomando mate en la casa de su amiga Sofía junto con Perla, la madre de ella, que estaba de vacaciones. Le fascinaba escuchar las experiencias de Perla en Buenos Aires, donde nunca había estado. Sofía, en cambio, había nacido en Buenos Aires, pero al cumplir quince años había ido a vivir con su abuela. Hoy, con treinta años, se había casado y tenía tres hijos. Nancy con veintiocho, nunca había logrado formalizar una pareja, ni mientras vivía su madre, ni después de fallecida, ocho años atrás, por lo que no podía culparla.
Perla trabajaba en la casa de un abogado, ahora juez, desde hacía más de cuarenta años, quien le había permitido vivir en la casa con Sofía, después de su nacimiento hasta que la joven había decidido volver a Córdoba. Hacía unos años había quedado viudo, y como ya le conocía tanto los gustos, le daba total libertad para manejar la casa a su antojo.
Una de las tardes, mientras Perla freía unas tortas fritas para tomar el mate, contó como al pasar, que el juez nunca recibía a nadie en su casa, a excepción de su amigo el cura, Julián dijo que se llamaba y agregó que alguna vez había estado en Villa María. Nancy quedó petrificada. El corazón casi se le saltaba del pecho. Tratando de aparentar tranquilidad, con el tono más sereno que pudo, preguntó:
–¿Ah sí? ¿Y cuánto hace que estuvo por aquí?
–Y…hará unos veinte o veintidós años, creo que me dijo, una vez que conversamos.
Un frío corrió por la espina dorsal de Nancy, pero no hizo más comentarios y el asunto se cerró allí. Los días que siguieron no volvieron a tocar el tema. Pero en la cabeza de Nancy un plan había comenzado a tomar forma.
Perla ya había vuelto a Buenos Aires cuando, en una charla que pretendía ser informal, Nancy le preguntó a Sofía:

–¿Consideraste alguna vez que tu mamá podría jubilarse?
–¿Te parece? –respondió Sofía– no creo que quiera…
–¿Cuántos años hace que está trabajando? Me parece que merece disfrutar un poco. Además, la edad ya la tiene y con la moratoria previsional que se aprobó hace un tiempo, para aquellos que no tienen todos los años de servicio requeridos, podría obtener la jubilación. Pensá cómo disfrutaría de sus nietos si se volviera para acá.
La idea prendió en Sofía, quien comenzó a tratar de convencer a su madre. Al principio se resistió, pero con el correr de los meses, la idea empezó a gustarle a Perla. Lo único que la preocupaba era dejar en  banda al señor –como ella le decía– después de tantos años juntos. Allí Nancy puso en marcha el segundo paso del plan: se ofreció para reemplazarla. Todo cerró a la perfección. Perla decidió iniciar los trámites de su jubilación después del mes de enero, y así fue que en mayo de este año comenzó su “entrenamiento” con Perla en la casa del juez.

El micro hizo una parada en San Isidro para levantar más pasajeros y eso la sacó de sus pensamientos. Después la azafata de a bordo repartió unas bandejitas con galletitas y sirvió café en los clásicos vasitos descartables que, cuando uno lo recibe, se quema los dedos hasta el hueso.
Cuando finalmente se apagaron las luces del micro, y afuera el verde se había transformado en negro, reclinó otra vez el asiento hacia atrás y sus pensamientos volvieron a la noche del viernes.
–Vine a cerrar una historia Tal vez la mía –le había dicho.
–A veces es necesario cerrar cosas que quedaron inconclusas –respondió el cura– ¿Cómo te puedo ayudar?
–Eso depende.
–Depende ¿de qué?
–De que esté dispuesto a escucharme hasta el final.
–Adelante. Te escucho.
–Todo comenzó cuando tenía seis años. Mi madre trabajaba limpiando casas. Muchas veces me llevaba con ella. Nunca tuve padre ni otros familiares así que no tenía con quien dejarme, salvo en el momento en que estaba en el colegio. Así yo recorría casi todas las casas de familia que la empleaban. Un día llegó al pueblo un cura nuevo, y como mi madre no dejaba de ir a misa todos los domingos, cuando él se enteró que ella hacía trabajos domésticos la contrató.
–¿Vos sos…?
–Sí, la misma nena que llevabas a tu cuarto “a contarle cuentos” –estas últimas palabras fueron pronunciadas con tono sarcástico– que tocabas sin escrúpulos en una forma que yo no entendía –su voz comenzó a entrecortarse en sollozos– y que justificabas diciendo que eran formas de demostrar cariño.
–Yo no quería hacerte daño…
–¡Pero lo hiciste hijo de puta! –el llanto ahora era incontenible– ¡Me abusaste durante dos años! ¡Nunca más pude soportar que un hombre me toque!
–¡Te pido perdón! ¿Qué puedo hacer para reparar mi debilidad?
–¿Debilidad? ¡Basura! ¿Te querés justificar en tu debilidad? ¡Yo era una nena de seis años!…Comenzaste a matarla a esa edad…
Recordó cómo mientras hablaba, se dirigió a la puerta de entrada del confesionario. También cómo vio a Julián, derrumbado en el asiento de madera. Él también lloraba.

–¡Primero pensé en denunciarte! ¡Te quería ver en la cárcel! Pero tener que revivir toda la historia en un tribunal con el riesgo de que me digan: "prescribió", te soltaran y me quedara sólo con mi vergüenza, me hizo desistir.

En la oscuridad del micro, con los ojos cerrados, su pulso se aceleró, como esa noche cuando buscó algo en su mochila y le gritó:
–¡Entonces decidí matarte! Llegué hasta aquí para eso... ¡Y, ahora que puedo, no tengo el valor! ¡Hacerlo no me va a sacar todo el dolor acumulado! Así que…tomá, terminá tu trabajo –le dijo mientras le alcanzaba, tomándola por el cañón, la pistola que acaba de sacar– Librate de todo…y terminá con mi agonía…
Julián estaba azorado. Lentamente tomó por la empuñadura la pistola que Nancy le ofrecía. Ella cerró los ojos esperando el final y el estampido le hizo pegar un salto. Abrió los ojos y él estaba derrumbado hacía atrás con un chichón sanguinolento sobre su sien derecha. Levantó la pistola que estaba caída, la guardó y salió rápidamente. En la iglesia ya no quedaba nadie.
Se despertó cuando el micro entró en la ciudad de Villa María.
Osvaldo Villalba
05/10/2014


jueves, 28 de abril de 2016

El bendito alfajor



Paul Morillo

Lewisville, N.C. USA


Tuve que pagar cinco dólares del tiquete para entrar a mi propia casa. Un año atrás yo mismo cobraba al público un pesito nada más. Las cosas más extrañas pueden acontecer en menos de unos segundos, la verdad es que la era del Internet te puede cambiar la vida.

Hace poco más de un año regresaba yo de mi oficina y al tomar la salida de la carretera 421 entré al shopping center y me topé a boca de jarro con un nuevo negocio. Una panadería; Bakery y Panadería Glorita, decía el letrero. Toda una novedad en esta parte del pueblo donde la mayoría son “gabachos”, como llaman los mexicanos a los gringos. Noté toda suerte de panes y golosinas que años tenía de no llevarme a la boca, hechos ese mismo día. Me golpeó la mirada y el olfato unos alfajores argentinos hechos por manos nicaragüenses. Compré pan y una docena de alfajores. Efectivamente esos alfajores sabían al Sur mismo. Tenía que pasar las noticias de la panadería a mis amigos; además le iba a hacer un favor a la dueña si lo publicaba en el Tweeter. Así lo hice.

Pan hispano y Alfajores, los mejores, los encontré en el shopping center de la salida 239 ruta 421 norte. Puedo dar fe, eso fue todo lo que envíe.

A los 33 minutos contados de aquel tweet llegó a mi casa una camioneta y una minivan. La camioneta repleta, con más argentinos que el estadio de Boca. En la minivan llegó una serie de mexicanos que no terminaban de salir del automóvil, paré la cuenta en 35, y seguían saliendo. No pensé nada en especial en ese momento, creí tontamente que había alguna construcción en mi barrio, pero todos caminaron directo a la puerta de mi casa.
Timbraron. Abrí.
Buenas tardes dije, ¿en qué los puedo ayudar? Eso fue lo que alcancé a decir. Un galamatías de “che” y “cabrón” se mezclaron en el aire. Los unos exigían ver la Virgen de Guadalupe y los otros la imagen de Messi. Alcancé a oír palabras sueltas: alfajor, dos caras.
Mientras tanto, afuera la gente seguía llegando, ahora eran de todas las nacionalidades de Hispanoamérica. Yo ya calculaba la masa humana en los cientos de personas. Por allí creí advertir un Toyota con algunos filipinos, todos exigiendo, gritando ver el Alfajor Bendito.
Traté, en vano de decirles que era un error, que no había ningún alfajor, pero un filipino de nombre Alberto Santillán, me acuerdo el nombre clarito porque me enseñó el certificado del nuncio apostólico de Boston, ya estaba en la cocina rebuscándolo todo. Abrió la funda que contenían los alfajores y los examinó uno por uno. En el noveno paró, tomó el alfajor entre sus dedos y se puso de rodillas rezando. Los otros alfajores los repartió entre los niños que ya rondaban la docena. Los argentinos corrieron a la cocina y le pidieron la golosina para observarla y ellos también encontraron a Messi en la otra cara de la galleta. Y comenzaron los cánticos: olé le le, ola la la, Messi se la da, messi se la da.

Yo nunca vi nada, ninguna cara o mancha en el alfajor. A esta hora mi casa era un atolladero de gente que rezaba y jugaba al fútbol, según el lado del alfajor que se mirara. A mí me habían empujado casi hasta la puerta de entrada, donde encontré a la señora nicaragüense, la panadera que hizo el alfajor, quien me dijo sin más pena: “Vo si sos un jue-puta, vo” y se fue para la cocina. Nunca supe el doble significado de esta frase. Yo, más que de una oración, o de un cántico... fiel a mis lecturas nocturnas me acordé del cuento Casa tomada de Cortázar, pero eso solo pasa en cuentos y otras fantasías, me dije. Esto estaba aconteciendo en realidad. Y me estaba pasando a mí.

Había grupos que rezaban rosarios en la sala, el comedor y los cuartos del segundo piso. El garage, el patio, el corredor que lleva de la entrada a la cocina y la sala estaban destinados a juegos de fútbol, de a cinco contra cinco, o de siete contra siete, o cancha grande de once contra once. Incluso vi, uno contra uno, mientras esperaban los cambios de jugadores en los equipos. Los argentinos comandaban el grupo del fútbol, de vez en cuando descansaban, iban a la cocina a preparar un mate, lloraban ante la oblea, cantaban a Messi más duro que los mexicanos a la Virgen de Guadalupe:
−Y ya se ve… y ya se ve, Messi sos el más grande, papá Messi ....

Mientras los mexicanos cantaban y rezaban:
−Nuestra madre en los cielos, llénanos con tu mirada...
Un galimatías comparable solo a la Torre de Babel. De pronto algún creyente mexicano se animó a un partido contra la selección argentina de facto. Estaba agrupando a sus once, pero Alberto Santillán, ahora ya reconocido mandamás en mi casa, lo sentó a rezar de un solo carajazo. Nunca más se mezclaron los grupos o lo intentaron siquiera.

Así transcurrió cosa de un mes. Yo dormía en una esquina del porchesito que da al jardín. Aguanté frío pero no hambre, ya que entre las señoras mexicanas la comida era un ritual serio. Dueñas y amas, de mi cocina entre rezo y rezo, se cocinaba 24 por 7 horas, ya sea unos taquitos de nopal, de carnitas, al pastor, la auténtica comida del pueblo de Degollado. Se ufanaban las doñas con unas tamalitos, guacamole, o con los frijolitos. Los argentinos por su lado eran bebedores incansables de Mate solamente, miraban con soberbia y casi con asco las sabrosuras de los del otro lado del medallón bendito. A la galleta la expusieron en una caja de vidrio, al lado de la Virgen de Quito, junto con un Niño Jesús semidesnudo y un Cristo que me regaló mi abuela cuando decidí migrar al imperio gringo.

Esperé día tras día por las facturas y la hipoteca de la casa; que se venzan y nadie pague, así vendría la policía por orden del banco y se irían todos de mi casa, pero cuando las facturas llegaron, las personas que habitaban la casa hicieron cuota y pagaron las cuentas, Alberto Santillán era un genio de las finanzas. Fue entonces que se me occurió cobrar un dólar por la entrada para ver el santo alfajor. El malencarado del bando de los mexicanos junto con Alberto como testigo y el más carismático del bando de los argentinos me llamaron a la cocina para saber qué estaba sucediendo.

-¿Que pasó cabrón? ¿Qué tal? la neta, carnal psss, o sea, te pasaste de guey, psss.

Yo no sabía, en este punto de lo que hablaban.

−Che, ¿sos boludo o te haces nomás?
Oficialmente estaba perdido, no sabía de qué me hablaban y no entendía ninguna palabra. Las miradas de todos estaban fijas en mis bolsillos así que intuí que era el dinero de la entrada a la que se referían. Para salvarme de cualquier mala situación les dije que era una mejor forma de contribuir para los gastos de la casa-capilla-estadio. Me quitaron todo el dinero, me destituyeron de todo lo que me unía a la casa y me dijeron que mejor sería que me marchase y que no volviera, o si no, tendría que jugar de portero en el equipo de los argentinos. Fue entonces que supe cómo se formó todo el atolladero en que estaba metido.

El verano pasado hubo un campeonato de fútbol y los argentinos me invitaron a jugar en el equipo de ellos, pero de arquero ya que no calificaba para ninguna otra posición. Jugué un partidaso, terminamos en penales y el último tiro entre que lo atajé o no, nunca lo supe. Tuve que salir corriendo porque los dos bandos me perseguían; unos a matarme, otros a besarme las manos. Los dos me juraron una vendetta y cuando la señora de la panadería me reconoció, corrió la voz que yo compré unos alfajores. Lo de las imágenes en las dos caras de los alfajores ha sido una respuesta de los cielos; y los aficionados al fútbol a mi entrega por el deporte rey. Y así ha sido que me han corrido de mi casa.

Ahora regreso porque tengo que volver a mi país y quisiera recuperar mi pasaporte, pero me quieren cobrar cinco dólares la entrada. Además me indican que la persona que vivía allí murió un año atrás atorado por once alfajores y un mate bien cebado con agua recontra caliente. Mira tú.