viernes, 27 de mayo de 2016

Peripecias de un contable (escritor de cuentos...)


Alejandro Franco

México

S
e dice que al destino se le trae consigo desde el alumbramiento. Al pequeño Osvaldo,  íntimo amigo de mi particular estima, la buena suerte lo mantuvo largo tiempo relegado; y no es que él no se diera cuenta, considerando que la sensibilidad de un niño es meramente objetiva e incapaz de escuchar razonamientos.
La temporada navideña y las fiestas de Año Nuevo, se habían ya quedado en el ataúd del año viejo; entretanto, la expectativa por la llegada de los reyes magos, a Osvaldo lo mantenía en  el más desesperante suspenso.     
Al peregrino del polo norte, gordinflón de nívea barba, traje y gorro rojos, solo lo tuvo presente a través de los cristales de los grandes almacenes; junto al monigote, eso sí, muchos juguetes y cajas de regalos.  Ya desde las vísperas, siempre antes de irse a la cama, cuando hallábase hincado con sus manitas juntas, acompañaba sus oraciones con un único ruego a su ángel de la guarda: “… y quiero que me traigan un balón de cuero igualito a esos con los que juegan los campeones. Pero ni crean los antipáticos esos que no quieren juntarme a jugar con ellos que se los voy a prestar…” ―agregaba  a la demanda su rotundo propósito.
Siéntate en esa piedra a vernos chutar para que aprendas, le decían los grandulones. Y él los veía resignado tragando polvo… Seguía con mirada triste el balón bota que bota, yendo de un lado a otro, tan solo a la espera de que todos se largaran. Era entonces cuando iniciaba su solitario partido: driblaba con un bote de lata vacío a varios supuestos contrarios; por la banda, el centro o adelantado, corría dándose pases; recuperaba el bote y pateaba a la portería. De lograr un tanto, saltaba de contento y gritaba eufórico: ¡Gooool! Agradecía al respetable los aplausos y vítores, se servía solo como portero, y a emprenderla de nuevo contra el adversario hasta que el sol le escamoteaba su claridad.
Un día de tantos, muy orondo por haber recibido un buen pago, llegó a casa su padre para soltarle entusiasmado: “El domingo te llevo a ver el partido de campeonato. ¡Mira muchacho, aquí tengo ya los boletos! ¿Qué me dices, te gustaría ir?”
El júbilo y los nervios eran dos en uno cuando cogido de la mano de su padre se acercaban al estadio. Ya se oía la algarabía de los hinchas de cada equipo. Su padre hubo de contener al inquieto chamaco: “Calma, hijo, no hay por qué correr… aún hay tiempo.”
Ese día, mientras el helado se le chorreaba en la mano, se disputaban el trofeo de campeonato los equipos del River Plate y el San Lorenzo. A Osvaldo le rechiflaba hasta la médula el River y ningún otro. Resultó que en ese campeonato del 1956-57 quedó invicto el River, merced al gran goleador de la temporada, Roberto Zárate con 22 goles. En segundo sitio el San Lorenzo, con el goleador José San Filippo, quien también había logrado cuajar 19 goles en la misma cosecha.
Pese a su corta edad, Osvaldo llevaba el record  de goleadores, siempre asesorado por su padre, hincha de hinchas; solo que este le iba al San Lorenzo, y las discusiones que sostenían entre los dos, enalteciendo cada quien a su equipo preferido, eran de historieta; pero cuál vaina podría suscitarse entre ellos, cuando al final tales discusiones terminaban en abrazos.
Un domingo de tantos, se anunciaba la película “Pelota de trapo”. Ah, cómo le suplicó a su padre que lo llevara a verla. En la función lloró y moqueó de lo lindo. Su padre le apretaba la piernita en son de consuelo. Caricias de hombre; no como las de mamá de besos y más besos. Seguramente que así lo pensaba. Esa película fue una de las mejor realizadas en Argentina.
Vivían por esos tiempos en un conjunto de casas; una tras otra entre pasillos. Había otras alrededor que circundaban patios, donde los niños peloteaban por las tardes, hasta que los largaron después de haber dado cuenta de una buena cantidad de cristales. Así fue que, en remedo de los chiquillos de la película, todos se fueron a patear a los llanos cerca de las industrias. Osvaldo se sentía “El come uñas” personificado; pero sus amigos, dada su corta edad, a más de que según ellos lo consideraban un maleta, le seguían haciendo el feo al formar equipos.
Recién terminada la primaria en la escuela pública, ingresó al secundario. Ahí se fue haciendo grande. Ahí aprendió a rifársela  a putazo limpio con cuanto malora pretendiera pasarse de vivales con él. Eso sucedió hasta que se granjeó el respeto de todos. No pocas veces llegó a casa con un ojo de cotorra o la nariz sangrante. Mientras su madre le curaba afligida, el padre sonreía.
Ya en la secundaria, aparte del balón nuevo que adquirió con la plata ganada en su primer empleo como pinche en un restaurante, trapeando pisos y lavando loza; sitio donde lavó más platos y cubiertos que todos los que pudo haber lavado en sus dos matrimonios; muy a pesar de que terminaba con las manos hechas uva pasa por el agua, fue su firme ahínco el que hizo posible que se hiciera del balón soñado. De aquellos balones con cámara de hule que se abrochaban con agujetas de cuero como zapatos.
La naturaleza, siempre fiel a sus tiempos y  sin ponerlo sobre aviso, hizo de las suyas al alborotarle las hormonas; no precisamente esas del corazón, debo decir; sino  las que cualquiera pueda imaginar. Fue así que comenzó a verles faldas hasta a los postes de la luz y teléfonos.
Bueno, el caso es que ya para terminar la secundaria, le bailaban los ojitos con cuanta niña se le atravesaba; pero muy en especial, cuando veía a la dulcísima hija de los italianos del restaurante ubicado en la mera esquina de su cuadra. Aunque para su pobre suerte, a la muy veleta, solo le bailoteaban los suyos cuando veía al capitán del equipo de fútbol de la escuela; por lo cual, Osvaldo se preguntaba: ¿qué carajos le ve a ese babitas esmirriado y sin chiste? A esa edad, qué iba a imaginar el pobre, que aquella quien a uno le gusta, le atrae otro. En los acostumbrados “asaltos a las casas”, no perdía la esperanza de tirarse un long play de Elvis completito, meneando a su adoración; o quizás, con algo de suerte, una pieza pausada para bailarla tiernamente de manitas y cachetes sudados; mas la muy pilla, cual hoja al viento, fijaba sus ojitos en todos los chavales, menos en su invisible y fiel enamorado.
Al saltar a la media superior, su sueño inalcanzable ya había sido olvidado, muerto y sepultado. En la nueva escuela, conoció a la que más tarde sería su esposa y de quien saboreó las primeras mieles como prueba del amor jurado que supuestamente ella le guardaría. Eso sucedió ya casi para terminar el bachillerato. Uff, faltaba un tramo para el término de una carrera profesional, así que para abreviar, decidió matricularse en una escuela comercial, misma donde en un par de años obtuvo el necesario diploma. Tiempo después y como era de esperarse, don Suspicaz apareció en escena:
― ¿Quieren o tienen que casarse, Osvaldo? ―le preguntó con voz impostada su padre.
Y como el silencio otorga, la reacción no se hizo esperar:
“¡No te cases pendejo, con apenas veintidós años aún eres un crío!” ―le advertía molesto el buen hombre. “Con lo que ganas no te alcanza a ti solito ni para media cajetilla de cigarrillos y comer una vez al día. O qué, ¿piensan vivir en la calle? ¡Hazme caso, no seas necio! ¡Hasta ahora eres libre, y si te casas… dejarás de serlo!” Saliva le faltaba a su alarmado progenitor para hacerlo entrar en razón; y como nadie experimenta en cabeza ajena, ¡zas!, que se casa y que se le acaba su libertad.
Luego de tres hijos, poca plata, impertinencias mil de una mujer en apariencia evolucionada,  provocó una separación “unilateral y convenientemente acordada”, para que en otro ¡zas!, a los 31 años de edad, Osvaldo pudiera recobrar su voluntad.
De la repartición de bienes solo logró salvar su poca indumentaria, el cepillo de dientes y unos cuantos libros; todo ello, antes de entregar las llaves del departamento. Pudo al menos conservar el autito, que por no haber sido aún liquidado, a la santa señora de ningún modo le pareció quedarse con el débito.
Ante tan mala experiencia, pronto se dio cuenta que como limitado contador en ciernes, no dominaba bien el renglón de presupuestos (en cuanto a lo doméstico); así que se decidió por hacer la carrera completa en la Facultad de Economía. Con mil penurias y no menos perseverancia, le llevó diez largos años culminar sus estudios para obtener el preciado título de contador público.
Ahora recuerdo que años atrás, su padre le decía: “Eso de la contabilidad que elegiste, es como cambiar el dinero de una bolsa a otra y viceversa”; y sin haberle entendido ni papa, se metió hasta el cuello en la carrera; también ignoraba que tal profesión es igual que contar ovejas en sueños; y que si una de ellas se extravía, entregar buenas cuentas al patrón o a la hacienda se vuelve un auténtico martirio. En fin, todo fuera como ello.
Así que anduvo trotando de empresa en empresa, pero siempre escalando a mejores puestos. Supe que en una de ellas, por su responsabilidad y mucho empeño, aunque no con suficiente experiencia, fue nombrado Jefe de Contaduría. ¡No cabía en sí mismo de tanto orgullo!
En uno de esos asaltos a una casa de una compañera de trabajo (puros adultos, sin rock, twist o long plays), conoció a Susy, quien en poco tiempo vendría a ser la segunda esposa. Y su padre vuelta con la cantaleta: “¡No te cases, no seas pendejo! Llévatela así nomás… de amiguitos, con ciertos derechos y pocas obligaciones”. Pero él qué iba a entender de razonamientos. Creo que lo pendejo no se le quita a uno ni después de muerto. En la vida no se pueden poseer puras cualidades y virtudes, ¿verdad? Así que a los 34 años firmó ante varios testigos su propia sentencia: reclusión perpetua, sin derecho a fianza ni libertad condicional.
Ya han pasado 39 años desde que signó el contrato; y que se sepa, aún no se sabe de queja alguna de su parte. Ha sido feliz dentro de lo que cabe. Bueno, hasta le permiten lavar los trastos; conquista laboral con carácter vitalicio (arduamente por él lograda después de algunos años de violentas batallas entre pareja).
En contadas excepciones, entre plato y plato de la balanza, sean estos los de la felicidad y lo opuesto, el  del primero se sigue conservando abajo; este, virtualmente debe contener pepitas de oro y plata; y muchas piedrecillas preciosas: tranquilidad, placidez, gusto, alegría, goce, dicha y encanto; y muchas, muchas, de virtuoso amor. Parecieran ser sinónimos, pero cada una de ellas cumple su particular función. Del otro plato se va tirando la basura de vez en cuando; siendo que al paso del tiempo, este habrá de quedar vacío. Y aunque dicen que son más las malas que las buenas, no siempre es así, créanmelo; pues para Osvaldo considero que su vida osciló y terminó cayendo entre esos contados privilegios.
Y pensar que llegó a confesarme: “No voy a hacer esto toda mi vida…”. Debí suponer que en todo caso, Osvaldo más bien se refería al resultado de “ejercicios anteriores”. Y añadió: “El sueño dorado de toda mi vida ha sido ponerme a escribir y escribir sin parar; y es precisamente  lo que de ahora en adelante me propongo ejercer.” “No sé, tal vez y llegue a decir: ¡Qué infame pluma!, pero algo saldrá, tenlo por seguro”.
“Amigo mío: Amo entrañablemente a Susy”. Me reveló no hace mucho entre copa y copa después de discurrir durante una tarde deliciosa: mucho sobre fútbol, algo de cómo se debe preparar un buen mate, y unas que otras banalidades religiosas y políticas. ¡De qué más podríamos haber hablado!
Ah, ¡Cuánto voy a extrañar a ese gran chamaco! Siendo que ahora… el que pronto se tiene que ir a entregar cuentas, es quien les ha venido a contar las retozonas peripecias de una vida que, como ya se ha visto, harto valió la pena relatarla.


6 comentarios:

  1. Gracias, Osvaldo. ¡Has pasado al salón de la fama!
    Abrazo,
    Alejandro

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  2. Buen relato, Alejandro, con sello muy particular. Me impactó cómo siendo mexicano has logrado plasmar nuestra idiosincracia futbolera argentina. Y en lo personal, me conmovió ese River - San Lorenzo, ya que yo soy de River y mi familia paterna lleva cinco generaciones de San Lorenzo.

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  3. ¡¡¡Silvia!!! Qué grato recibir un comentario tan amable de tu parte. Como te puedes dar cuenta estoy trabajando. Sigo leyéndote. Pronto tendrás noticias mías. Fuerte abrazo, Alejandro.

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  4. Una narración impecable, mantiene el interés hasta el último párrafo, y con un estilo propio que lo distingue.
    Felicitaciones.

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    1. Aunque tardíamente, Gustavo, mil gracias por tu lectura y amables comentarios.
      Fuerte abrazo, Alejandro.

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