sábado, 21 de octubre de 2017

El Cordonazo de San Francisco


Paul Fernando Morillo

Lewisville. NC. USA

 

 El reloj daba la hora con sus bongos almidonados, la elasticidad del tiempo conjuró a la primera lluvia de Octubre, la verticalidad del sonido del agua trataba de opacar el resuello de las campanas que doblaban las 5 de la tarde en una batalla frenética de alboroto estéreo, el canario con sus ojos desmesurados, asustado del ruido que rebotaba en un vacío eco en las desnudas paredes de la que fue alguna vez una hermosa mansión pero que ahora reverberaba enjuta y callada entre la bulla de la lluvia y el reloj. El pajarito en la jaula medio rota  no se atrevía abrir su cómplice afilado pico para indicar que Rebeca atravesaba  por la puerta, ensopada del aguacero que puntualmente se desata en el dia de San Francisco. La figura tétrica vestía un salto de cama vaporoso y simplón , dejaba ver a trasluz los senos flácidos y largos pegados a la prenda mojada, los pelos de su cabeza canosa estaban amelcochados y juntados en rastas for el efecto del agua y el descuido que eran objeto desde que Panchito partió, mejor dicho le dio la gana de morirse, porque así siempre fue él, hizo lo que bien le pegaba la gana, especialmente en tardes como estas, llenas de sol líquido, barro, gente escondiéndose de la iniquidad del cielo y de la culpa de ellos mismos. Se paró junto al ave de la jaula quasi rota, desorientada, viviendo una vida hueca o tal vez ya coexistiendo con una muerte en vida desde lo de Panchito, ese día, ella también de la forma que mejor pudo partió, junto con él, lejos de él.
    ¿Donde carajos se encontraba mientras Panchito dejaba escapar sus últimos suspiros llenos de humo de cigarro? Bah! por más atenta que hubiera estado, Panchito igual se hubiera largado, como lo hizo, de la manera que lo hizo, justamente en aquel día en que el aguacero cayó así nomás, sin aviso, irónicamente a este aguacero se lo espera y asoma sin avisar, el Cordonazo, la muerte. Te lo recordaba siempre, las cosas se manifiestan abruptas, raras, tal cual el Cordonazo de San Francisco, el día del Santo Patrón, a enjuagar las culpas, a mojar las esperanzas. No solo fueron las señales del cielo.
-Rebeca eres lo único que extraño.
 El agua que todo lo lava, no pudo lavar estas lágrimas, ni esta tonta cabeza que ya no encuentra ni el calzón para ponerse, entonces ¿Cómo quieren que vaya a visitar a la tía Encarnación, o asista al coctelito de la guagua que se graduó después de tanta lucha con lo libros, el tabaco y el café? ¿Cómo quieren que yo vaya algún lado si ya ni siquiera encuentro ni las medias, ni los zapatos, ni la cartera, ni nada, por que ya no me importa, dejo de importarme, y el tío Juan que me mira peyorativamente, cree que me encerré en la la tristeza de Panchito, pero la realidad es que hay días que no me acuerdo ni quien carajo es o fue Panchito, o a cual santo te encomiendas en el dia que Octubre deja caer las gotas con furia, peor pasarme una peinilla o ponerme el burdo colorete en las mejillas. Pero el Tío Juan dice que Panchito se murio nomas, que eso es pasado, que el paso final está dado, de ahora en adelante la vida hay que tomarla dia a dia, pues sepa el tío Juan, que no me pongo el calzón y punto, que de aquí no me sacan, que a los muertos se los lloran ayer, hoy y mañana, que si él quiere que siga con su jodida bella vida, cuando él muera ojala le visiten y le lloren en su tumba, pero eso no pasara, porque igual tus amigos dirán, el Tío Juan se murió nomás, el paso ya está dado, nosotros sigamos con nuestras vidas, mejor que se haya muerto el  y no nosotros, pero sepa el Tío Juan y resto de felices seres y tu también Panchito, que andas como alma en pena, que la vida mía se la vive aquí entre estos muros sin ti, sin calzon y sin colorete, con recuerdos que vienen y van, con la lluvia, sin la lluvia, con el Cordonazo, con los zapatos negros de charol que vestías cuando decidiste seguir dándole al maldito vicio del tabaco aquella tarde lluviosa que te encontramos paralizado en el patio, de bruces a la piedra calada que tú mismo construiste, el cigarrillo todavía pegado a tu quijada, y la mano aguantando el pecho, del dolor pienso yo, o de la gana de largarse, ni un te quiero, te extrañare... nada, ni siquiera esa frasecita que te quedaba tan bien cuando te obligaba a recoger la ropa que dejabas regada en la entrada de la puerta, !Que jodida que eres! aquella tarde hubo carencia de palabras de gestos, el silencio se asentó y  envolvió los recuerdos y los hizo ausencia, la omisión de ruidos que se funde con los martillazos del reloj, se mezcló con el trino del cómplice pájaro que te vio caer, estoy segura, y no aviso, y todo es nada, y nada es todo en lo que me resta de esta jodida vida que escogí desde esa tarde ¿O fuiste tu Panchito que escogiste para mi desde tu partida? También están la confusión y los segundos, los minutos, larguísimos, arrugadisimos, en el fondo del alma que cohabita la nulidad del ser, la noción proscrita de no saber nada ni esperar nada. Decidí después del entierro, que todas las miradas deben centrarse en mí, para que vean el dolor del amor y de la separación, pero ninguno parece darse cuenta. Solo el pájaro que parece reírse de mis ideas. La lluvia que todo lo empapa y lo revuelve me deja oír tu voz.
-Te extraño Rebeca de mi alma cuando camino el laberinto del regreso que nunca se concreta, en esta infinita cañada ni húmeda, ni fría, ni caliente, sufro tus manos ausentes, tu corpiño, tu regazo, my lady.
-Estoy segura que a ti ya no te importo Panchito, aun cuando me repites lo mismo a todas horas, todos los días, que me quieres.
     El canario asustado despliega las alas heridas en la jaula prisionera, un aire gélido corrompe la sala, el pasillo, la jaula, y los rincones olvidados de la mansión cargando todo con electrones positivos de la energía total del recuerdo, Rebeca se cubre el cuerpo por instinto. 
-¿Sabes que hago cuando siento que me faltas Rebeca?  Te llamo todos los días, te pongo una trampa esperando que cruces el umbral donde te espero.
-¿Sabes lo que yo haría Panchito si encontrara esa celada? Me iría corriendo a tu lado, donde mis pies desnudos se enlacen con el frío encuentro, ahora mismo voy hacia la lluvia de afuera, en la mitad del patio, en la piedras caladas que representan mis oráculos, para encontrarte.

viernes, 13 de octubre de 2017

Cicatrices

Osvaldo Villalba

Buenos Aires, Argentina

La memoria del corazón elimina los malos
 recuerdos y magnifica los buenos,
y gracias a ese artificio,
logramos sobrellevar el pasado.

Gabriel García Márquez

El embotellamiento en la Autopista 25 de Mayo, empleando casi una hora y media en un trayecto que no llevaría más de quince minutos, fue la puerta que lo  transportó a su niñez, tan lejana como dolorosa, tan escondida en su subconsciente hasta ayer, como vívida hoy después de ese llamado. Se vio otra vez, haciéndose el dormido en el sofá del comedor, tapado hasta la cabeza, para no escuchar las peleas de sus padres que, invariablemente, terminaban en golpes. Después, su madre con anteojos negros y pañuelo al cuello para ocultar los moretones. El odio y la impotencia estallaban en su pecho como entonces. Correr a encerrarse en el baño al oír los golpes en la puerta del departamento porque llegaba tan borracho que no podía ni poner la llave en la cerradura. O acurrucarse debajo de la mesa, los brazos cubriendo su cabeza, para atajar los azotes del cinturón. Luego su madre limpiando con agua oxigenada las heridas, producidas por la hebilla, cicatrices en el cuero cabelludo y en el alma, que hoy le duelen otra vez.

El bocinazo lo sacó de sus cavilaciones. Puso primera y avanzó por la Avenida Belgrano. Recordó lo que siempre decía Julio: “Fracción de segundo: tiempo que pasa entre que el semáforo se pone en verde y el tonto de atrás te toca bocina” y, por primera vez en las últimas horas, esbozó una sonrisa.

Los viernes, después del trabajo, era noche de fútbol, pizza y cerveza con sus amigos del barrio. Durante la semana salía muy temprano a recorrer las obras que tenía en construcción la empresa donde trabajaba como arquitecto. Cuando llegaba a su departamento apenas tenía fuerzas para calentarse algo que sacaba del freezer y mirar un rato de televisión antes de quedarse dormido. Pero el viernes, cuando cerraba su escritorio y se sentaba en el auto, sus fuerzas se renovaban con sólo imaginarse, en un rato, en la cancha de fútbol 5, tirando paredes, caños y pisadas y, después con los pibes, cerveza de por medio, reírse de cualquier cosa y aflojar las tensiones de la semana.

En eso estaba la noche anterior cuando sonó su celular. Como no conocía el número, no lo atendió. Después del tercer llamado pensó que tal vez debía responder. Por la insistencia, difícilmente fuera alguna empresa tratando de venderle algo. Se disculpó con sus amigos y se alejó hacia la barra, mientras atendía, para mitigar el bullicio.

Ingresó al estacionamiento ubicado unos metros antes de la Avenida Entre Ríos, paró en el lugar que indicaba el cartel, dejó el coche en marcha y mientras esperaba que le dieran el ticket repasó el diálogo telefónico mantenido en la pizzería:
−Hola, ¿Sos Gastón?, dijo una voz de mujer.
−Sí, ¿quién habla?
−Alicia, tu hermana.
− Ah, hola, ¿cómo estás?   −“Media hermana” pensó.  
−Te llamo porque internaron a papá.
−¿Sí? ¿Qué le pasó?
−Se descompensó. Pensé que debías saberlo.
−Bueno gracias.
−¿No vas a preguntar dónde está?
−¿Dónde está? Igual no quiere decir que vaya
−En la Fundación Favaloro. Hacé lo que te parezca. ¡Chau!
−Chau.”

Caminó hasta la entrada de la clínica pero se quedó en la vereda sin decidirse a entrar. Volvió sobre sus pasos, cruzó otra vez la avenida y entró en el bar. Se sentó en una mesa sobre la vidriera y pidió un café cortado.

Mientras sorbía el café cayó en la cuenta: “Hace más de doce años que no veo a Julio. ¿Cuántos años antes dejé de llamarlo papá?  La última vez que lo tuve frente a mí fue cuando murió mamá. Vino al velorio y, si no me para el abuelo, lo echo a patadas. En ese momento tenía dieciocho o diecinueve años. Él se había ido de casa cuando yo era un pibe de siete u ocho. Se fue a vivir con esa mujer con la que, −después me contó mamá− andaba mucho antes. Al principio venía a verme cada tanto, pero siempre terminábamos mal porque yo le contestaba y me ligaba un sopapo. Cuando nació Alicia, yo tendría diez años, me llevó a conocerla.  ¡Era una beba muy linda! Mi mamá estaba furiosa. Cuando le conté que conocí a mi hermana, me dijo: −¡Tu hermanastra dirás! Yo ni entendía que era eso. Creo que en el fondo mi vieja, a pesar de todo lo que le pegó y la hizo sufrir, lo quería. Un tiempo después cayó en un pozo depresivo del que no pudo salir nunca. Con Alicia nunca pude relacionarme. Nos veíamos en las fiestas si yo iba a verlo a Julio, pero nada más. Cuando mamá murió le hice la cruz. Esa tarde le dije a Julio que mejor se fuera, que no quería verlo nunca más. Y acá estoy, ahora, a treinta metros de donde está internado y no tengo claro qué quiero hacer. ”

Pagó la cuenta y llamó a Alicia. Le dijo que estaba en la esquina y que iba para allá. Ella respondió que bajaba a buscarlo al hall de entrada.
−¡Qué bueno que viniste! –dijo ella mientras le daba un beso en la mejilla−. Disculpame la forma en que te corté ayer.
−Está bien. Estabas enojada y con razón. Disculpame vos, no tenés que hacerte cargo de mis rollos.
−No es nada. Vamos. Está en la unidad renal. A las doce nos dejan pasar quince minutos y después el médico nos da el parte.

Cuando entró a la habitación casi no pudo reconocer al hombre que, conectado a varios monitores, parecía dormitar. El color cetrino de su piel, sus ojos hundidos, grandes ojeras moradas, el cabello ralo y la barba crecida le daban un aspecto tan desmejorado que poco se parecía a la imagen de hombre fuerte y avasallador que había sido en su juventud. Se veía tan débil y vulnerable que, por un momento, todo su odio acumulado, ese que había acuñado desde su niñez, alimentado en su adolescencia y fortalecido en su juventud, pareció desvanecerse. Sintió que traicionaba su propia historia y, mentalmente, sacudió su cabeza ahuyentando todo pensamiento de blandura.

−¿Está consciente? –le preguntó a Alicia.
−Sí, pero está muy sedado. Cuando lo encuentro despierto algo conversa. Pero es muy parco, como siempre.

“Ojalá no se despierte ahora” pensó Gastón, justo cuando la enfermera les avisó que el doctor los esperaba en la oficina al final del pasillo.

−Buenos días –dijo el médico, extendiendo su mano para saludarlos− Por favor, tomen asiento.

Alicia, que ya conocía al médico, tomó la iniciativa.
−Buen día doctor, él es mi hermano Gastón.
−Mucho gusto –dijo el médico, dirigiéndose a Gastón. Luego le preguntó a Alicia− ¿Está al tanto de la situación?
−No –dijo ella bajando la cabeza.

La alarma roja comenzó a sonar en la cabeza de Gastón. Algo le había ocultado.

−Su padre está en emergencia. –le dijo el médico a Gastón− Su cuerpo ya no aguanta más diálisis. La única salida es un trasplante de riñón. La señorita no es compatible. ¿Querría usted hacerse los análisis?

El enojo lo envolvió como una llamarada. Se volvió hacia su hermana, que permanecía con la cabeza baja, en un intento de librarse de ser quemada por su mirada.  “¡Eso era!”, pensó, “¡Con razón quería que viniera!”
−¡De ninguna manera! –sin más, se levantó y salió dando un portazo.

“Por algo me resistía a venir”, pensaba mientras manejaba de regreso a su casa, “debí hacer caso a mi primera impresión. El médico debe pensar que soy un hijo de puta. Lo que él no sabe es que soy el hijo de un hijo de puta. ¿Y a ese tendría que darle un riñón? Cada golpe que me dio lo tengo marcado en mi cerebro, en mi corazón…y claro, también en los riñones. ¡Que joder! Ahora parece un pobrecito, pero cuando venía borracho y me pegaba porque sí, no estaba ni el médico ese que me miró horrorizado ni tampoco Alicia, que me engañó para que viniera a verlo. ¿Por qué tengo que darle un riñón?”

Llegó a su casa, se cambió y se tiró sobre la cama. “Ya está”, pensó, “no me importa lo que piensen. Quien no haya estado en mis zapatos no puede juzgarme. Sólo con Alicia voy a ser delicado. No sé qué padre habrá sido Julio con ella. Al fin y al cabo, cada uno cosecha lo que siembra”





jueves, 5 de octubre de 2017

Cerré los ojos

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Gil Sánchez

México

Apagué la luz y la oscuridad instaló un miedo que ya había desaparecido. Unas voces que reconocí de antaño, apuradamente, avisaron que un extraño estaba a mis espaldas. Inmediatamente giré hacia atrás y no vi a nadie. Una paz entró en mi interior al reconocer que todo alrededor estaba en su lugar, sin moverse en años, y eso me cubrió de calma. Sin embargo, las voces conversaban entre sí, y hacían mención de parientes ya fallecidos. Seguí el cuchicheo en la otra habitación, dudé en abrir la puerta y ésta se abrió sola. Con un temblor de mis piernas ingresé y con sorpresa vi a mis padres, abuelos y tíos quienes me recibieron con risas, luego se abalanzaron hacía mí para darme un abrazo. Incrédulo aún de mi condición aprecié a todos jóvenes, ufanos de su gallardía, me miraron con tristeza y al girarme, frente mí, un espejo reflejó una vejez serena.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

¿Sabes una cosa?


 Paola Pamapre

Concepción del Uruguay, Argentina

Como tantas otras veces, te espero.  Te espero con paciencia. La puntualidad no es lo tuyo.  Ya escuché todo el repertorio de excusas en nuestros largos años de amistad.  Llegabas tarde a las picadas en el potrero y yo te cubría en el arco, cercenando mis posibilidades de lucirme como atacante zurdo.  Me perdía el comienzo de la película por pasarte a buscar a tu casa…y después me comprabas palomitas… para conformarme.
En la secundaria querías formar parte de mi equipo de trabajos prácticos, porque al final yo hacía también tu parte.  Elegiste la misma carrera en la universidad, pensando que te llevaría a la rastra en los estudios, total…te daba lo mismo.  Mientras siguieras estudiando tu viejo te bancaba, la plata nunca fue problema para vos.
En el mismo bar. Como tantas otras veces, te espero. Te espero con paciencia frente a dos tazas de café vacías, a un diario doblado en la misma página y a un celular mudo.
Me pregunto por qué te espero con esta paciencia que solo el apego abastece. Hace tiempo que nuestros encuentros son virtuales: mensajes con caritas de feliz cumpleaños, llamadas apresuradas respondiendo a mis “feliz año nuevo”…promesas de vernos y charlar.  En fin, vaya a saber que milagro concluyó que hoy nos veremos las caras.
¿Sabés una cosa? No hay nada como mirarse a los ojos. Hablar y darse una palmada en la espalda. Escuchar una carcajada en lugar del “jajaja! del emoticon”.  ¡Claro que nos falta tiempo para un encuentro! ¿Motivos? Miles: el trabajo o el estudio, las reuniones del club o de la empresa…todo eso nos condiciona. Pero hoy vamos a charlar como hace tiempo no hacemos…si es que venís, claro. Si es que los astros convergen.
Mientras llamo al camarero y pido otro café te veo cruzar corriendo la calle. Que sean dos, le digo y no puedo evitar una sonrisa.
Nos abrazamos. Vos respirando agitado, yo haciendo oídos sordos a tu excusa. Si total no te la creo.  Perdones falsos y patrañeros. Así y todo, es sincera la alegría del encuentro.  Empezamos a sacar cuentas de los meses transcurridos…parece mentira pero ya hace dos años que no “tuvimos” la oportunidad de estar frente a frente.  Hay que romper el hielo…la incomodidad de arrancar a conversar. Hace calor…hace frio…la típica charla intrascendente.
Tenés los ojos abotagados, tu semblante está pálido y de un trago te tomás el café con la intención clara de despertarte. ¿Alcanzará? Vas tomando tiempo para aclarar tu mente y me pedís que te cuente en qué ando.  Estoy en el último de la “facu”…terminé de cursar  y tengo una pasantía en el estudio de un abogado. Me está costando – te aclaro – entre el trabajo y el estudio no me dan los tiempos…y además…
Sin muchos miramientos y una evidente falta de interés, te levantás para ir al baño con un rápido “ya vuelvo”…y de paso le gritás al mozo que traiga otro café, grande y cargado.  Te espero..¿qué otra cosa puedo hacer? Con la cara lavada parece que estás haciendo un nuevo intento de conectarte con la realidad.
–– ¿Te sentís bien? –– no puedo dejar de preguntar. Y como de costumbre me oigo a mí mismo recomendarte que tenés que ser más ordenado y cuidarte un poco. Imagino que seguís trasnochando en tus recorridas por las festicholas de amigos y amigotes. No te pregunto, pero espero que entre el alcohol y otras porquerías no te estés jodiendo la vida, vos que tuviste tantas oportunidades desde la cuna.
–– ¿Cuándo vas a sentar cabeza? –– te digo con una sonrisa mientras te veo bajar la mirada y revolver el café parsimoniosamente. El silencio entre nosotros se prolonga apenas porque vos querés saber de mi vida.  Así no tenés que hablar de la tuya, no inventar alguna farsa.
Te conocí así de fantasioso pero simpático. Te seguí detrás de muchas aventuras infantiles y menos locuras de adultos.  Te quise y te quiero sin saber por qué la amistad que nos unió sigue perdurando. Con pocas cosas en común, con demasiados desplantes de tu parte.  En algún momento de nuestra vida, hubo algo. Vos y yo sabemos qué. Recuerdo nítidamente el episodio que cortó por un tiempo nuestra relación. Debajo de la mesa, inconscientemente, me acaricio los nudillos de mi mano izquierda.
Me estas mirando a los ojos, en silencio, sabiendo que estamos pensando en lo mismo. Funciona todavía la telepatía que aprendimos a usar cuando era urgente una excusa para zafar de problemas en la escuela.  Claro que sabemos que ese día marcó el final de la confianza, aunque no del amor, el amor  indestructible de la amistad.
Te había contado de lo mucho que me gustaba esa chica, la que acababa de inscribirse en el mismo curso de tercer año. Vos a la rastra con tus materias adeudadas, cada tanto aparecías por las aulas. Virginia venía del interior, acostumbrándose al ritmo enloquecedor de la facultad y de la gran ciudad.  Se sentaba alejada del grupo más eufórico, intentando aprovechar la labia del profesor y a la salida era casi la última.  Yo quedé encandilado por esos ojos claros, conquistado a la primer sonrisa y sacudido por un fogonazo en la panza. ¡Te lo había contado!... Vos ni siquiera la habías registrado. Claro, no tenía la mini ni demasiado maquillaje.
–– ¿Esa simplona?–– dijiste mientras mirabas por encima del hombro.
Sin embargo, por capricho, frecuentaste el curso y te sentaste cerca. Estabas siempre dispuesto a un levante, a demostrar que tus encantos eran irresistibles. Te dabas cuenta que me moría por ella y sin embargo no te importó.  Nuestra rivalidad no era manifiesta y Vicky, como le decías, se comenzaba a ambientar y se relajaba  con nuestras supuestas guerras de conquista, nuestras  batallas verbales.  No entré en el juego cuando la noche de la guitarreada, copas en mano, te la llevaste al fondo del salón, donde llegaba la música pero no las luces.
¿Sabés una cosa?...Fue con celos y rabia que te pegué la trompada al día siguiente. ¡Cómo odié que no me  devolvieras el puñetazo!...no pude seguir pegándote y desquitarme. Desde el piso me miraste con esa expresión idiota de no comprender.  Te di una patada no demasiado fuerte y me fui.
–– ¡No entendés nada, pelotudo! –– y no sabía si las lágrimas me saltaban de poco macho o de desilusión.
Cambié de curso, me busqué un trabajo y ocupé mi mente en otras cosas. No te podía tener bronca, eras mi amigo. Me salí de tu circulo no tan “virtuoso” de la joda. Puse distancia  porque ya  algo se había roto entre nosotros, algo tan sencillo como el respeto.  La chica del interior necesitaba socializar y vos la llevabas de recorrida, le enseñaste muchas cosas, no todas buenas, pero así es la escuela de la vida.  Supe que eso no duró mucho, porque como dice el refrán “las mentiras tienen las patas cortas” y las desilusiones de la juventud pueden llegar a superarse. Ella te caló a poco de andar y simplemente te fuiste detrás de otro espejismo.
–– ¡Contáme de vos! –– volviste a insistir.  Y de veras me pareció ver asomar en tus ojos nuestra antigua amistad. Me dejé tomar por la tibieza de ese extraño sentimiento.
–– Me caso el mes que viene –– y me quedé esperando tu reacción. Me miraste fijo.
Te empecé a detallar lo bien que me había ido en el estudio de abogados donde estaba como socio y  que,  a pesar del atraso,  el título tan laboriosamente conseguido tendría un elegante marco en mi oficina.  Una mirada ensoñadora se dibujó en mi cara al contarte que vivíamos juntos desde hacía tiempo, bajo el mismo techo, con una vieja mesa mitad platos y mitad apuntes, con solo dos sillas y una única cama que custodiaba nuestro amor. Y ella seguía estudiando gracias al apoyo de sus padres que vivían en el interior…y que, bueno,  habíamos decidido casarnos porque estaba embarazada. Es una nena y llegará a fines del otoño. Seguimos discutiendo por el nombre. Ya no pude parar de hablar, a los borbotones me salió lo último.
–– ¡Más contento no puedo estar! –– y me tembló un poco la voz. Me sentí mal por alardear frente a tu evidente decadencia. Juro que no fue un sentimiento de venganza.
–– ¿Sabés una cosa? …Estamos muy felices –– suspiré.   Y finalmente saliste de tu asombro con una media sonrisa.
           Hice señas al camarero. Un té y un jugo de naranja, le pedí mientras me levantaba para ir hacia la puerta del bar. Abrí la puerta para que entrara mi mujer. Le tomé el abultado portafolio y le di un beso tierno. Volvimos a la mesa donde estabas esperándonos. La sonrisa cómplice de Virginia acompañó la mirada que compartimos.
–– ¡Despabiláte, hermano!... ¿no vas a felicitarnos?



 



viernes, 8 de septiembre de 2017

La ciudad donde nunca llueve

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Adriana Diaz

Argentina


Lulú está allí. Quiso volver.
Tenía unos pocos días pero se decidió. Siempre viene bien cambiar de aire aún cuando sea sólo por un rato.
Armó un bolsito con lo necesario. No mucho, lo suficiente. Un par de remeras, short de jeans, un bikini y un abrigo. En las noches suele refrescar en las sierras.
Recuerda ésto de su infancia. Cuando era niña y aún sus padres no habían muerto.
Tan chiquita... Por qué me habrán dejado entonces, se pregunta.
Una fatalidad, le dijeron para consolarla pero ella sabía que no era así. Siempre lo supo.
Las presencias, las almas de sus muertos, la visitaron casi a diario. Ambos siguieron a su lado, claro está, de otra manera.

Desde entonces, no regresó  más a ese lugar.  
Aquella tierra le trae memorias y recuerdos. Buenos pero de los que duelen.
No ha sido fácil su existencia, pero ahora que ha podido dejar atrás la tutoría de sus tíos, se siente mejor. Esta nueva vida encaja mejor con su forma de ser.

Lulú es simple. Desprendida, desapegada de todo. Libre.
Ha llegado sola esta mañana y va directo hacia allí. La zona del accidente, rememora para sus adentros.
Un pequeño altar le señala el sitio preciso. Suele haberlos al borde de las rutas para indicar lugares del camino donde se perdieron vidas.
Se agacha y recoge algunas botellas vacías que alguien dejó junto a un atado de flores. Un ramillete de plástico con colores bonitos.

Tiene ganas de llorar.
Debajo del polvo acumulado por los años, se ve una fecha y los nombres de sus padres.
Ana y Daniel, dice pintado en letras amarillas.
Busca su nombre pero no lo encuentra. No sabe si sentirse aliviada o triste. No está muerta, aunque a veces lo parezca.
Con lágrimas en los ojos, se recuesta sobre la tierra. Luego de un rato, se sentirá mejor. Dormir siempre la ayuda a recuperarse.

Entra en los sueños de su propio sueño. Camina despacio por un sendero semejante a éste en el que duerme. Sólo que allí el asfalto ha dejado lugar por completo, a la tierra.

Nadie la ve, nadie pasa por allí. Quizás aquel camino está muerto. Como sus padres, como ella misma.

De a poco, lo que antes era sólo luz, se nubla y comienza a lloviznar.
Por un momento se lamenta de no haber llevado su impermeable azul o sus botas de lluvia. Hay unas amarillas coquetas guardadas en un viejo armario de su cuarto en la casa de los tíos.
Ahora sí que los echa de menos. No a sus tíos, claro está sino a su pequeño mundo. Su cuarto, su armario, sus objetos, sus botas amarillas.

El agua la despierta, se pone rápido de pie y comienza a andar.
El camino ha comenzado a complicarse por el agua y el barro que se va formando. La ropa mojada pesa aún más.
Al final, hasta donde sus ojos pueden ver, percibe un cruce de caminos y luego, la ruta nacional. Se ve pasar por allí, vehículos de todo tipo.
Apura el paso y comienza a hacer dedo. Mira hacia atrás, allá nomás quedan el altar, las flores, los nombres de sus padres.
Hacia adelante, ve un camión que transporta a un hombre y una mujer. Se detienen y le hacen señas para que suba. Pedirá que la lleven hasta el pueblo.

Son vecinos de la región. Viven desde hace años en ese lugar. Aún recuerdan.
Todos nos acordamos de aquella muerte y es que desde entonces no ha llovido nunca más por aquí, le cuentan.

Hasta hoy- aclara Lulú.

No, hoy tampoco- contestan extrañados- acá no ha llovido nada.
Lulú se queda mirándolos mientras se toca con disimulo, los cabellos mojados. Por la ventanilla abierta de la camioneta sólo puede divisar que quedan atrás, grandes extensiones de tierra reseca.


jueves, 10 de agosto de 2017

Torito


Oswaldo Villalba 

Buenos Aires Argentina



Amanece. Los primeros rayos de luz se cuelan por los costados de la cortina de black out. Te das cuenta que deberían haberla colocado más pegada a la ventana para que eso no pase. Nunca lo habías notado porque siempre te despertás más tarde. Hoy es distinto,  no pudiste pegar un ojo en toda la noche. Es el día D. Lograste diferirlo un par de veces. Hubieras hecho lo imposible por evitarlo. ¡Mirá que tuviste días jodidos! ¿eh? Creciste en un barrio donde el respeto se ganaba a las piñas. Desde pibe estuviste entre los más duros. Ya joven, aguantando los trapos[1] en plena Isla Maciel, y en la tribuna de San Telmo, te ganaste el apodo. Torito te dicen desde entonces, porque te llevás todo por delante. Nunca corriste[2]: ni ante otras barras ni por la policía. Ni siquiera aflojaste cuando te tocó perder, como el día que aquel cafishio[3] te metió dos balas; o cuando te cortaron la cara en un baile. Sin embargo, hoy, pisando los cincuenta, con una posición un poco más acomodada, íntimamente, reconocés que estás asustado. Nadie podría imaginarlo y tampoco vas a permitir que se den cuenta.


Decidís levantarte para enfrentar el día. Al fin y al cabo, lo que no podés evitar es mejor que pase rápido. Antes de darte una ducha, un trago de ginebra para ir entonando. Después dejás correr el agua tibia por tu cuerpo. Es una sensación tranquilizadora. Igual no logra sacarte el nudo en el estómago. Frente al espejo, te afeitás con prolijidad; recortás un poco el espeso bigote, que le da a tu cara un aspecto fiero. Mientras te peinás ves como el pelo se blanquea cada vez más ralo. Te abotonás la camisa blanca y pensás: ¡Puta madre! ¡Los años no vienen solos! Habías pensado ponerte la camisa negra con el saco blanco, pero te acordás que la última vez que lo usaste te había costado un montón sacarle las manchas de sangre. Claro que al gil que te gritó “heladero” le debe haber costado más arreglarse la nariz. Igual, por las dudas, mejor un saco oscuro, no sea cosa que esta vez se manche con tu propia sangre.

Salís a la calle dispuesto a tomar un taxi. Por lo que pudiera pasar, decidís no manejar. La mañana está fresca pero soleada. Faltan treinta minutos para la hora señalada. Vas a llegar a tiempo. Instintivamente tanteás tu cintura. El revólver lo dejaste en el cajón. Tampoco llevás el cuchillo en la pierna. Hoy el enfrentamiento es cara a cara y con las armas del adversario.

A pesar del caos que es el tránsito en Buenos Aires, llegás en horario. Parado frente a la puerta de la casa, respirás hondo y tocás el timbre. Atiende él. Te mira a los ojos. Esboza una sonrisa.
—¡Torito! Pensé que otra vez me ibas a plantar —te dice.
—Tuve algunos inconvenientes…pero aquí estoy —respondés aparentando tranquilidad.
—Está bien, pasá. Sentate ahí —-te-señala un sillón—. Enseguida estoy con vos.
Te estirás a lo largo en el lugar indicado. Una luz potente te obliga a mover la cabeza hacia un costado. Sobre la pared, en un cuadro alcanzás a leer:

“Universidad de Buenos Aires, Facultad de Odontología…”






 
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[1] Aguantar los trapos
[2] Correr, escapar, huir a un enfrentamiento
[3] Cafishio: Proxeneta-

miércoles, 2 de agosto de 2017

Dias de pesca

 Paola Pamapre

Concepción del Uruguay, Argentina


El rio estaba manso y sereno.  Corría por su lecho de arena desvistiendo orillas doradas.  La canoa se mecía suavemente en el margen abrasado por el sol de la siesta demorada  y el aroma de los eucaliptos hacía más límpido el aire. Había sido un buen fin de semana de pesca y parranda. 
El grupo de amigos andaba desparramado buscando sombra para dormir la modorra después de almorzar unas buenas bogas y unas papas a las brasas. Todo regado con abundante líquido, y no agua precisamente.  En unas horas estaríamos regresando.
El Chino se estaba encargando de limpiar la parrilla con uno de los bicheros afilados y se aseguró que el fuego estuviera bien apagado. Juanjo despejó el tablón y acomodó el pan y el poco vino sobrante, mientras que el Negro se daba el último chapuzón para sacarse el olor a humo del fogón. Tato juntó los arneses de pesca cerca de la lancha y su hermano hizo un pozo a unos pocos metros del campamento y enterró los restos del banquete.
Mi instinto me estuvo avisando todo el día que había algo de tensión en el aire, y no alcanzaban los eucaliptos circundantes para disiparlo.  Entre Juanjo y Tomás las miradas eran flechazos, las agresiones estaban mal disimuladas tras bromas y cargadas aunque era bastante común el trato rudo entre todos.  Los amigos de tantos años, como nosotros,  tenemos un lenguaje grosero a veces.
Bastó que el Negro regresara chorreando agua y salpicando a todos, para que la yesca se encendiera. Y como era de suponer, se armó la disputa. A los empujones, se sucedieron las trompadas, y los gritos y las risas se convirtieron en insultos.
Tomás fue empujando a Juanjo hasta la orilla y a pesar de que se iban alejando, pude escuchar clarito lo que le estaba reclamando.  El agua de la orilla los recibió tan revuelta y turbia como los pensamientos de esos dos, pero  el chapuzón no calmó la calentura.
- ¡Dale, che!...es en joda. 
Entre todos tratamos de separarlos y el Chino, que seguía con el bichero de fierro en la mano, cayó contra mí y me lo clavó en la espalda.  Me puse pálido y el agua se tiñó de rojo.  Pocos se dieron cuenta de que no era el tinto sobrante.
Antes de desmayarme, llegué a escuchar las últimas palabras de los contendientes:
- ¡Tarado, soltáme!..Te juro que no pasó nada con tu hermana.
- ¡Hijo de puta! Con tantas mujeres que hay, justo con Julia te tenías que calentar.