martes, 6 de septiembre de 2016

Mil Grullas de Elsa Borenam






Cortesía de Osvaldo Villalba al cumplirse 70 años de la Bomba  atómica de Hiroshima,  uno de los hechos más graves y tristes de la historia mundial

 Requiem por Hiroshima


Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos.
Porque ellos eran nuevos en el mundo. Tambíen, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando.
Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a la noticia de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes.
Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.
¡Ah… y también se estaban descubriendo uno al otro!
Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos.
Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio…
Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa.
-No tengo hambre —le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía—. Te dejo mi vianda —y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.
Naomi… Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún…
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares.
Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que tendrían que dejar de verse durante un mes y medio inacabable.
A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.
Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque…
Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque…
Y aunque no lo supieran: ¡Por fin llegó agosto! —pensaron los dos al mismo tiempo.
Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto a sus padres, hacia la aldea de Miyashima. Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local.
Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas, -Para cuando termine la guerra… —decía el abuelo—. Todo acaba algún día… —comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a él se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi.
¿Y Naomi?
El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella atravesándolo.
Abandonó el tatami, se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.
El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus (1):

Lento se apaga
El verano
Enciendo
Lámpara y sonrisas.
Pronto
Florecerán los crisantemos.
Espera,
Corazón.

Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesorosde la curiosidad de sus hermanos.
El cuatro y el cinco de agosto se lo pasó ayudando a su madre y a las tías ¡Era tanta la ropa para remendar!
Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese.
La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de su papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca…
Y los dos deseos se cumplieron.
Pero el mundo tenía sus propios planes…
Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima.
Naomi se ajusta el obi de su kimono y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo ahora?
“Ahora”, Toshiro Pesca en la isla mientras se pregunta: -¿Qué estará haciendo Naomi?
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima.
En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo. El cielo de Hiroshima.
Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad.
En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez.
Dos viejos trenzan bambúes por última vez.
Una docena de chicos canturrea: “Donguri-Koro Koro- Donguri Ko…” por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.
Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Naomi sale para hacer unos recados.
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.
Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el pasado de Hiroshima.
Ya ninguno de los sobrevivientes podrán volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido.
Nadie será ya quien era.
Hiroshima arrasada por un hongo atómico.
Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando.
Recién en diciembre logró Toshiro averiguar donde estaba Naomi. ¡Y que aún estaba viva, Dios!
Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima, como tantos otros cientos de miles que también habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en su misma sangre.
Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.
El invierno se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar.
Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura.
Sobre su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.
-Voy a morirme, Toshiro… —susurró. No bien su amigo se paró, en silencio, al lado de su cama—. Nunca llegaré a plegar las mil grullas que me hacen falta…
Mil grullas… o “Semba-Tsuru”, como se dice en japonés.
Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita. Sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta.
-Te vas a curar, Naomi —le dijo entonces, pero su amiga no le oía ya: se había quedado dormida.
El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas.
Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporariamente alojados) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí.
Hojas de diario, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos.
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas.
Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.
La tijera la llevaba oculta entre sus ropas.
Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía, el muchacho se encontraba pasando hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban
de un leve hilo de coser, una encima de la otra.
Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de su furoshiki y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de sus primos.
No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.
-Prohibidas las visitas a esta hora —le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.
Toshiro insistió: -Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho, Por favor…
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma aparentemente impasililidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara: -Pero cinco minutos, ¿eh?
Naomi dormía.
Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se subió.
Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres.
Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que Naomi lo estaba observando. Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.
-Son hermosas, Toshi-kun… Gracias…
-Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas —y el muchacho abandonó la sala sin darse vuelta.
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por unos instantes la ventana.
Los ojos de Naomi seguían sonriendo.
La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre?
Febrero de 1976.

Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un bancoestablecido en Londres.

Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar.

Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo.

Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de las máquina de calcular.

Grullas surgidas de servilletas con impresos de los más sofisticados restaurantes…

Grullas y más grullas. Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe de creer en aquella superstición japonesa.

-Algún día completará las mil… —cuchicheaban entre risas— ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio?

Ninguno sospechaba, siquiera, la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero.


(1) Haiku: tipo de poesía japonesa.
Elsa Isabel Bornemann (Buenos Aires, 20 de febrero de 1952 – íbidem, 24 de mayo de 2013) fue una escritoraargentina para niños, jóvenes y adultos. Fue Profesora en Letras, egresada de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Ejerció la docencia en todos los niveles, dictó numerosos cursos y conferencias e integró variedad de mesas redondas y jurados.

viernes, 26 de agosto de 2016

Dormir profundo



Maritza Sevilla

Valencia, Venezuela

En la mañana, mientras picaba una zanahoria, me corté un dedo con el cuchillo de filo aserrado que me gustaba tanto, ¿sería un aviso o el efecto de los antihistamínicos? Es un cuchillo pequeño, cómodo. Lo que siempre me produjo un poco de zozobra es que su hoja era delgada y terminaba en una punta afiladísima. Con él podíamos picar de todo y el filo no se amellaba nunca. Por eso, mi esposo lo prefería cuando perforaba el pernil, al rellenarlo para la cena de Navidad.
Aunque Enrique llegaba tarde del trabajo todas las noches, yo solo podía dormirme profundo cuando le sentía entrar por la puerta de la habitación. Me preocupaba que trabajara tanto y durmiera tan poco. Llegaba tan cansado que roncaba toda la noche. Y, a veces, también tenía episodios de sonambulismo.
Yo me despertaba al sentir que se levantaba de la cama. Podía hablarle y él me respondía con coherencia; pero me daba cuenta que estaba sonámbulo porque le escuchaba roncar, mientras caminaba.  Entonces me le iba detrás para ver qué hacía y evitar que se hiciera daño.
A veces llegaba hasta la nevera, se servía agua, regresaba al cuarto y se acostaba, de lo más natural. A mí me causaba gracia que él no notara que yo lo estuviera siguiendo, y también me acostaba dispuesta a seguir durmiendo.
Otras veces él tomaba ese cuchillo, el de la punta afilada, y lo empuñaba como cuando perforaba el pernil. Yo lo veía, desde la puerta de la cocina, hacer los mismos movimientos contra una pernera invisible. Me acercaba en silencio, le tomaba la mano y se lo quitaba, con suavidad. Entonces él se daba la vuelta, abría la puerta del horno,  la cerraba y volvía a la cama. Siempre me aseguró que, al despertar, no recordaba nada.
Por temor a que intentara encender el horno, yo tenía la precaución de cerrar la llave del gas cada noche. Este ritual se repetía, por lo menos, tres veces durante la semana y era tema de conversación en el desayuno. Eso y lo lenta que iba la construcción de la cancha deportiva, en el terreno de enfrente. Se nos metía tanto polvo para la casa, que me tenía con rinitis todo el día.
Así que me tomé un antihistamínico que me trajo mi vecina. Su sobrino, el médico, se lo recomendó para aliviar la alergia que tenía alborotada. "Una en la mañana y otra en la noche", me dijo, "y con precaución porque causa mucho sueño". La pastilla me hizo sentir mejor y también me provocó muchas ganas de dormir; por eso decidí esperar a que llegara  Enrique, antes de tomar la dosis de la noche.
En la noche sentí cuando Enrique se levantó, sonámbulo, pero yo tenía tanto sueño que volví a quedarme dormida.
Y ahora, ¡no comprendo nada! Veo mi cuerpo, ¡allí sobre la cama!, ensangrentado, con pequeñas heridas en el cuello y la espalda.  Salgo detrás de Enrique, que regresa a la cocina con el pequeño cuchillo en la mano. Trato de alcanzarlo y lo logro, cuando le veo abrir la puerta del horno.

viernes, 19 de agosto de 2016

Sopas de Setas

Belisario Oliva Sosa

 

Perú


                                 SOPA DE SETAS

Morgana, una guapa inglesa parada frente a la puerta principal del castillo del duque de Windsor, golpea por quinta vez el portón de madera. Su rubia cabellera ondea con la cálida brisa que envuelve al castillo. No viste como una pueblerina, sino más bien como una joven de buena posición económica; aparenta tener unos 25 años.
Finalmente, el jefe de guardia decide atender a Morgana.
––He venido por invitación de don Charles, el chef del palacio, para trabajar en la cocina.
El jefe de guardia contrariado por la respuesta de la joven, ingresa al palacio en busca de don Charles. Le llama la atención el rostro de felicidad de éste al enterarse de la llegada a palacio de Morgana y que le ruege que de inmediato la haga pasar y la guíe hasta la cocina.
Morgana es recibida con un abrazo por don Charles, quien no disimula su alegría de tenerla en palacio. Luego de presentarla a los demás miembros de la cocina le dice:
––Dame unos minutos para preparar tu dormitorio, como te lo mereces. Después de tan largo viaje debes estar agotada y necesitas descansar. Al mismo tiempo pongo en conocimiento del duque tu llegada. No creo que haga ningún reparo para tu contratación como cocinera de palacio, más aun, con las grandes cartas de recomendación que estas presentando, y especialmente las de tu labor en la corte real francesa.
Y así sucedió, le dieron el visto bueno para que Morgana laborase en la cocina, y el duque anunció a su chef que uno de estos días pasaría por la cocina para conocerla y saludarla. Deferencia que no acostumbra tener, pero dado las excelentes cartas de recomendación presentadas, haría una excepción. Pasados tres días él decide conocer a su nueva cocinera. Queda muy impresionado de su hermosura y a la vez intrigado porque una chica de finos modales y buen vestir prefiera trabajar en la cocina.
Morgana no tarda mucho en granjearse el aprecio y simpatía de no solo los miembros de la cocina, sino también de algunos integrantes de la corte que la conocen por su buen trato y belleza angelical. Abundan los términos elogiosos de los miembros del palacio. Desde la llegada de Morgana la variedad de la comida ha mejorado considerablemente. Se combinan platos de la escuela francesa e italiana con la china e inglesa con una exquisitez en la sazón.
En época de invierno, la sopa de setas es el plato estrella de Morgana. Ella misma escoge los hongos en los bosques, en las afueras del palacio. Nunca delega en otra persona esta tarea, pues considera muy peligroso confundirlas con las setas venenosas. Según los comentarios de los lugareños, Morgana suele conversar animadamente con un Centauro, el cuidador mágico del bosque donde recoge las setas.
El reino de Arcador, que se encuentra al noroeste de las tierras del duque de Windsor, se destaca porque su reina Ariana, de una belleza sin par, ha llegado al poder usurpando el derecho de sus familiares, utilizando poderes mágicos.
El duque de Windsor, con ocasión de conmemorar el natalicio del menor de sus hijos, ofrece un banquete en su palacio y, como todos los años, la reina Ariana cuenta entre los principales invitados.
         Dentro de las instrucciones para el éxito de la reunión, al chef Charles se le requiere que el plato infaltable debe ser la ya famosa sopa de setas.
Como era una ocasión especial, Morgana decide agregar a su sopa rodajas de carne de cerdo ahumado, carne de res y de gallina, verdura china, fideos rellenos, huevos de codorniz, pimienta, jengibre y algunas especias francesas secretas.
La invitada principal queda tan complacida con la sopa que pide repetir el plato, a la par que solicita al duque que ordene la presencia de la autora de tan delicioso potaje para felicitarla.
Inmensa es la sorpresa de la reina Ariana cuando tiene frente a frente a Morgana, su sobrina y legitima heredera al trono de Arcador.
––No es posible que estéis viva. Mis propios soldados vieron cómo te ahogabas cuando fuisteis arrojada al río —expresa indignada la reina Ariana.
––El dije mágico, que llevo atado al cuello y que me lo obsequió el Centauro, me salvó la vida al mantenerme a flote sobre las aguas —responde Morgana con gravedad—. Ahora te quedan pocos segundos de vida, la sopa de setas para ti  tenía una pócima secreta. Te convertirás en una estatua de sal para toda la vida. Así pagarás todas las maldades e injusticias que has cometido con mi familia.
Morgana de inmediato parte al reino de Arcador, donde reina con tino y justicia y cuenta con el respaldo de sus súbditos. En su corte se mantiene el día de la sopa de setas y ella misma sigue yendo a los bosques para recolectar los consabidos hongos. También se dice que en esos lugares conversa con un Centauro y que cuando regresa se le ve radiante y feliz. ¿Será el Centauro su amigo, novio o amante? Solo ellos lo saben.
Mientras, en el castillo de Windsor se exhibe a Ariana, convertida en una estatua de sal.






viernes, 12 de agosto de 2016

Ilusión de libertad


Clide Gremiger

Argentina


 
Mira el agua con temor. Su mamá le dijo que es el camino a la libertad. Bien no sabe qué es la libertad y en esas aguas embravecidas no ve camino, pero se lo dijo su mamá y eso es todo lo que necesita.  Tal vez madre e hijo saben que la libertad no es la que imaginan, y que el camino de agua puede conducir a la muerte, pero se aferran a la balsa de la ilusión.

lunes, 1 de agosto de 2016

El vendedor de Yuyos




 Deanna Albano

Caracas, Venezuela


Algunas veces las tragedias significan un ejemplo, un aprendizaje para otros, especialmente si le ocurren a un personaje famoso.
 ¿Pero puede ser ejemplar una tragedia, no en la cabeza de un personaje de la realeza, sino en la cabeza de un piojoso vendedor de yuyos?

Si hubiese sido una estrella de cine o algún personaje famoso, esa tragedia no hubiera pasado desapercibida, pero le pasó a él, José Soldini. Cualquier persona que se encontrara con ese indigente, de andar realengo, sucio, cabello largo, de ojos  apagados, no podría imaginar que su historia parecía  casi un cuento de hadas.

José, argentino, nacido en Mendoza, vendedor de yuyos, como le dicen en su país, llegó al puerto de la Guaira, y desde el primer momento quedó rendido ante las luces que lo sorprendieron cual pesebre en Navidad. A la mañana siguiente, al subir a la hermosa ciudad de  Caracas, descubrió que la montaña mágica, como le decían algunos a El Ávila, ofrecía numerosas posibilidades para cultivar hierbas, consideradas milagrosas para algunas enfermedades, por lo que pensó dedicarse a lo que era su pasión: el cultivo y  venta de hierbas medicinales.

El joven, emprendedor, alquiló una habitación en una residencia y pronto tuvo un puesto de venta de hierbas. Su clientela fue creciendo rápidamente.  Las chicas eran sus compradoras más usuales, que no se sabe si era por la prestancia del joven, alto y bien parecido, de bucles dorados y ojos negros, o por sus palabras fáciles y encanto personal. Siempre tenía a la mano la planta apropiada, que pudiera aliviar los males: cola de caballo,  otras y hasta la última novedad, la moringa en polvo, o en hojas secas.

José en sus días libres, los lunes y martes, exploraba la montaña. Conoció sus rutas, descubrió las pequeñas cascadas y las cuevas; no se cansaba de subir y bajar, hasta que,  con muchos sacrificios construyó,  primero una habitación y luego ladrillo a ladrillo  una casa, pequeña, con dos habitaciones, un baño, una sala y una amplia terraza. Cultivó sus propias hierbas en el terreno adyacente y descubrió nuevas recetas, que escribió minuciosamente.
En la terraza secaba las hierbas, las seleccionaba cuidadosamente, las ordenaba y además las agrupaba por aroma. La belleza y frescura de la casa del apuesto yerbatero, atrajeron muchas  visitas, especialmente de chicas. 
Un día luminoso, con el sol filtrándose por las ventanas, una voz cantarina interrumpió  su faena:
— ¡Buenos días! —  Una muchacha, alta, de rizos castaño oscuro recogidos en largas y finas  trenzas con cintas multicolores, ojos acaramelados y tez canela, sorprendió a José, quien contestó:
—Ahora son mejores, ¿Qué se le ofrece señorita?
—Me han contado que usted hace pócimas  para fortalecer el cabello y retardar la aparición de arrugas—, contestó ella frunciendo los labios carnosos, en un gracioso mohín.
—Usted no necesita eso, tiene un cutis muy bonito—, dijo con la mirada fija en las trenzas multicolores.
—¿Le gustan mis yuyos?
El levantó las cejas, arrugando la boca y ella riéndose, le repitió: —Sí, sí, mis yuyos, como le decimos aquí, —señalando sus trenzas.
—En mi país le dicen yuyos a las hierbas medicinales.
Ambos se rieron y sentados en el frente de la casa pasaron toda la tarde juntos.
Las visitas de la chica se repitieron, hasta que se enamoraron y ella se fue a vivir a esa casa que le había encantado,  desde que entró por primera vez. Ella trajo una pareja de cabras, que les proporcionaría la leche y el queso, para el desayuno. José les construyó un corral fuera de la casa y lejos de las plantas,  seguro estímulo para esos animalitos.

Vivieron días felices,  pero la muchacha insistía en pedirle la pócima milagrosa que le permitiera conservar su piel  lisa y aterciopelada.
El joven finalmente accedió a prepararla, y se la aplicó por diez días. Lo que sobró, lo guardó celosamente, porque no se podía exceder del tiempo establecido.
Sin embargo la chica, descubrió el escondrijo y siguió tomando la infusión, agregándole un poquito del polvo de moringa, sin decirle nada a su pareja. Al mirarse un día en el espejo, ella observó que se le estaba cayendo el pelo, que en su cara y su cuerpo aparecían unas manchas extrañas, que al bañarse no desaparecieron. Lanzando gritos de horror, fue al corral de las cabras, les abrió la puerta y huyó gritando por el camino.
Al regresar José de un viaje a la ciudad, se encontró con las cabras muertas  en la terraza, de sus amadas hierbas solo quedaban restos regados, y ni señales de la joven. Con el alma en los pies empezó a buscarla por toda la montaña, preguntando con ansiedad, sin respuesta alguna. Los días, los meses, los años transcurrieron  en esa búsqueda incesante. Algunas personas decían haber visto una mujer toda arrugada, en uno y otro sitio; él acudía, pero nunca más la encontró.

Los bucles de José se volvieron grises, luego blancos, ahora le llegan casi al suelo, la parte derecha de su cuerpo inmovilizada, perdió el habla, permanece en cuclillas, en la puerta de la casa, ahora desvencijada.











jueves, 21 de julio de 2016

Yo me vi

-->

Paul Fernando Morillo

Lewisville, N.C. Usa


Habitaba mi metro cuadrado de existencia sobre las hojas secas y palos quebrados del bosque de eucaliptos, concentrado, de pie, experimentando una disociación del estado terráqueo. Las primeras sombras cubrieron las copas altas de los eucaliptos en Abril. Me sentía tan a gusto disfrutando de esta merecida merienda de la vista, los sentidos y el corazón. Hacía tanto tiempo que limitaba mis salidas de casa, y de mi mismo, encerrado en los adefesios del mirarme como a un pobre gusano. La ineptitud mataba mi cuerpo a sorbos. Entonces llegó Abril con sus cantos sinfónicos y sus experiencias de colores y vientos cálidos. Decidí visitar el bosque más cercano, y aquí me encuentro disfrutando de las maravillas de la naturaleza en los primeros días primaverales.
Las sombras de las copas alargaron sus cuerpos amorfos, extendieron sus tentáculos  largos y perennes, los cánticos de los pájaros pasaron a ser una letanía de sonidos, extraños lamentos, animales copulando con chirridos de llamada a muerte. Traté de regresar a mi auto, pero las sombras lo cubrían todo, perdí el sendero. Mis espaldas estaban con las sombras y mi pecho estaba con las cobijas frías de la noche que se venía encima, Abril, abrigado en el día y frio en las noches.
Intenté sentarme en la silla de ruedas, pero perdí el equilibrio, caí de bruces y me acomodé usando mis codos de cara al cielo. Atribuyo mis escasas lágrimas a la impotencia de salir corriendo a cualquier lado, el instinto gusano se apoderó de mis sentimientos interiores . En la bóveda negri-azul, los primeros luceros comienzan a sonreír lo que el seso juzga, mi desgracia. Los animales ocultos, de los que se destacan los pájaros en los árboles, provocan los ruidos más extraños que mis oídos han captado en los 96 años que llevo de vida vertical y 4 esclavizado a unas ruedas como ruecas que tejen el destino. Me enfrento a pasar una noche en esta soledad, propia, aunada por los llantos, risas y gritos de los animales de la noche.
Consigo esclarecer los pensamientos furtivos que la tragedia trae consigo siempre, me retracto de mi presente situación por unos segundos o minutos, no lo puedo medir, pienso más que nada, en lo que representa morir a la intemperie, la noticia en los diarios: “Viejo decrépito muere en el bosque, el infeliz gusano perdió el sendero de regreso”. Me corrijo: "Presunto" viejo decrépito, como dan las noticias los noticieros, todo es presumible digo, y se escapa una media sonrisa de sorna.
Un sueño alegre, cauteloso escapa de las hojas del árbol de eucalipto en flor cercano, me llena el cerebro y navego con él. Asciendo a la mitad de los árboles, unos veinte metros, miro la silla volcada, al lado derecho mi cuerpo recostado. Quiero subir más alto, llegar a la bóveda negra ahora, despido mi cuerpo, miro atrás de las copas de los árboles y encuentro que a cincuenta míseros metros esta mi auto aparcado. Me retracto, veo una posibilidad de seguir vivo, aunque sea atado a la monotonía de las ruedas. Quiero volver, pero no sé ni cómo me salí y no tengo idea de cómo regresar. Presunto viejo decrépito huevón se sale del cuerpo y no sabe cómo volver, pienso. Mi mente alista sus corrientes magnéticas para divagar por siempre entre los eucaliptos con sus olores de tierra y mentol, de naturaleza, de ti, de mí.
Despierto de un sueño estrafalario y activo, estoy en la casa de ancianos y mis ojos se desesperan por querer dar vida a mis piernas y volver al bosque de eucaliptos de mis sueños que queda justo enfrente del ancianato, para caminar por siempre entre los olores y los sueños. No tengo aprensión por la separación de la carne y la energía. Afuera de mi cuarto oigo llanto y congojas, no conozco a nadie, siento pena y alivio, no se por qué. Un cosquilleo en mis piernas me provoca correr libre, y los eucaliptos me llaman, me gritan, me acosan, me jalan, miro la silla de ruedas y río de la esclavitud, de la mente, de la vida. Grito llamando la atención de mi bosque, aquí voy, aquí estoy, espérame, ya voy, ya estoy, ya soy.




viernes, 8 de julio de 2016

Zona Oscura


Gil Sanchez

México

            El discípulo Trasilo se despidió de su maestro en las escalinatas del edificio en la ciudad de Nicomedia, año 32 dc.  Agradeció sus enseñanzas y partió con un efusivo abrazo.
        –– ¿A dónde irás?––gritó el maestro a los pocos pasos.
        –– ¡A Efesus!, será buen inicio.
        ––Con tu sapiencia y veinte años de edad, los tendrás a tus pies.
        Cerca de la ciudad tomó la decisión de seguir un camino que lo desvió. En forma intempestiva, entre los arbustos, surgió un niño que aparentaba diez años.
        ––Hola, señor. Me llamo Clío. ¿A dónde va?––dijo el chamaco.
        ––Voy a la ciudad de Efesus.
        ––Va por el camino equivocado. Esta zona la conozco muy bien, si quiere puedo ser su guía.
        –– ¿Quieres comer?––sacó de su bolsa unos pedazos de pan y queso de cabra.
        ––Gracias––con rapidez tomó el alimento, mientras Trasilo, veía harapos, cicatrices en brazos y piernas. Caía la tarde.
        –– ¿Dónde vives?, ¿cerca de aquí? o quizás… te has fugado.
        ––Vivo en todos lados, soy ayudante de cocina en la casa de un lanista. Pero por ahora no quiero verlo.
             Recuperaron fuerza bajo la sombra de un ciprés e iniciaron la marcha. Observaba los pies del chico. En forma brusca detuvo su paso y exclamó:
        ––Para, mira estas pisadas, son las de un camello que trae lastimada la pata trasera izquierda, su caminar es impreciso, probablemente por su debilidad. Mira, los excrementos negros. Puedo asegurar que es viejo el animal y todavía cargaba a dos personas que bajaron aquí. Además, aseguro que es un hombre con una mujer––los ojos del chico se abrían más a cada frase.
        –– ¿Cómo sabe todo eso?
        ––Estudio y capacidad de análisis––señaló con su dedo índice su cabeza.
        –– No entiendo. ¿Es adivino?
        ––No. Soy más que eso.
        ––A lo  mejor son puras mentiras lo que dice. Y, los vio.
       –– Después te lo contaré, Clío. Las estrellas dicen que es hora de dormir; qué mejor bajo esos prunos.
          Una cálida luz filtrada por entre el ramaje, e hizo despertar a Trasilo. Miró a su alrededor, y con asombro vio que Clío no estaba. Tirada a un lado, yacía su bolsa de cuero vacía. Maldito granuja, masculló.
          Por la tarde, entró a Efesus sediento. En una plazoleta de comerciantes, el olor a fruta podrida y orines, invadía el lugar. Al fin, llegaba a su destino. Vendió a un comerciante su anillo, cinturón, frazada y la bolsa de piel. Obteniendo varios ases.
        Antes de sentarse a comer, la mano un hombre de gran tamaño lo detuvo. Con voz ronca, dijo:
         –– ¿Dónde dejó a mis dos esclavos? ––lo acompañaba un Sármata de cabellos dorados.
        ––No sé de qué me habla. Acabo de llegar.
        –– ¿Por qué los ayudó a fugarse?–– con su mano izquierda acarició su puño derecho.
        ––Espéreme, yo no los vi, ni ayudé a nadie––la multitud comenzaba a amontonarse y las voces con el cúmulo de rumores, fue llenando el espacio.
        –– ¡Le exijo que hable fuerte enfrente de todos! Ahora dígame. Si no los vio ¿cómo supo que iban en un camello viejo?, y que bajaron, hombre y mujer. ¡Si no los vio! ––gritó el lanista y su voz retumbó en la plazoleta.
         El silencio zumbó en los oídos de Trasilo. Balbuceaba con la boca seca, que no podía abrir.
        –– Como pudo contó su verdad ante la multitud y acabó con la mirada en el suelo.
        –– Entonces, el abuelo es cornudo y mi abuela iba arriba. ¡La que te parió, que te la crea! Mañana, cuando el sol esté sobre tu cabeza, combatirás a muerte con uno de éstos dos.
          Lo aventaron contra la pared de una mazmorra y resbaló por la humedad hasta sentir la frialdad del piso. Por la noche, le sirvieron un pedazo de pan con un caldo agrio. Un temblor fino invadió su cuerpo y la debilidad le dificultaba erguirse. Así permaneció hasta que escuchó la orden: ¡hora de batirse!
          Al salir, arrastraba con sus dos manos la espada, con una mirada de resignación, cegado aún por la luz, escuchó un estruendo que lo avivó. Todos aplaudían, también el lanista, que reía a carcajadas. Recorrió la multitud incrédulo. Atrás de todos, divisó a Clío. Reía y saltaba con gusto.  Su dedo índice señaló a dos personas a un lado del lanista.
         La mañana siguiente, ya libre, partió a la ciudad de Rodas como podría haber ido a cualquier otro lado. Esta vez, caminó con la humildad de cualquier samaritano. Más adelante, sentado en una roca, se destacaba la figura de un niño. Al aproximarse, distinguió a Clío.
–– ¿Quiere que sea su guía?