lunes, 1 de agosto de 2016

El vendedor de Yuyos




 Deanna Albano

Caracas, Venezuela


Algunas veces las tragedias significan un ejemplo, un aprendizaje para otros, especialmente si le ocurren a un personaje famoso.
 ¿Pero puede ser ejemplar una tragedia, no en la cabeza de un personaje de la realeza, sino en la cabeza de un piojoso vendedor de yuyos?

Si hubiese sido una estrella de cine o algún personaje famoso, esa tragedia no hubiera pasado desapercibida, pero le pasó a él, José Soldini. Cualquier persona que se encontrara con ese indigente, de andar realengo, sucio, cabello largo, de ojos  apagados, no podría imaginar que su historia parecía  casi un cuento de hadas.

José, argentino, nacido en Mendoza, vendedor de yuyos, como le dicen en su país, llegó al puerto de la Guaira, y desde el primer momento quedó rendido ante las luces que lo sorprendieron cual pesebre en Navidad. A la mañana siguiente, al subir a la hermosa ciudad de  Caracas, descubrió que la montaña mágica, como le decían algunos a El Ávila, ofrecía numerosas posibilidades para cultivar hierbas, consideradas milagrosas para algunas enfermedades, por lo que pensó dedicarse a lo que era su pasión: el cultivo y  venta de hierbas medicinales.

El joven, emprendedor, alquiló una habitación en una residencia y pronto tuvo un puesto de venta de hierbas. Su clientela fue creciendo rápidamente.  Las chicas eran sus compradoras más usuales, que no se sabe si era por la prestancia del joven, alto y bien parecido, de bucles dorados y ojos negros, o por sus palabras fáciles y encanto personal. Siempre tenía a la mano la planta apropiada, que pudiera aliviar los males: cola de caballo,  otras y hasta la última novedad, la moringa en polvo, o en hojas secas.

José en sus días libres, los lunes y martes, exploraba la montaña. Conoció sus rutas, descubrió las pequeñas cascadas y las cuevas; no se cansaba de subir y bajar, hasta que,  con muchos sacrificios construyó,  primero una habitación y luego ladrillo a ladrillo  una casa, pequeña, con dos habitaciones, un baño, una sala y una amplia terraza. Cultivó sus propias hierbas en el terreno adyacente y descubrió nuevas recetas, que escribió minuciosamente.
En la terraza secaba las hierbas, las seleccionaba cuidadosamente, las ordenaba y además las agrupaba por aroma. La belleza y frescura de la casa del apuesto yerbatero, atrajeron muchas  visitas, especialmente de chicas. 
Un día luminoso, con el sol filtrándose por las ventanas, una voz cantarina interrumpió  su faena:
— ¡Buenos días! —  Una muchacha, alta, de rizos castaño oscuro recogidos en largas y finas  trenzas con cintas multicolores, ojos acaramelados y tez canela, sorprendió a José, quien contestó:
—Ahora son mejores, ¿Qué se le ofrece señorita?
—Me han contado que usted hace pócimas  para fortalecer el cabello y retardar la aparición de arrugas—, contestó ella frunciendo los labios carnosos, en un gracioso mohín.
—Usted no necesita eso, tiene un cutis muy bonito—, dijo con la mirada fija en las trenzas multicolores.
—¿Le gustan mis yuyos?
El levantó las cejas, arrugando la boca y ella riéndose, le repitió: —Sí, sí, mis yuyos, como le decimos aquí, —señalando sus trenzas.
—En mi país le dicen yuyos a las hierbas medicinales.
Ambos se rieron y sentados en el frente de la casa pasaron toda la tarde juntos.
Las visitas de la chica se repitieron, hasta que se enamoraron y ella se fue a vivir a esa casa que le había encantado,  desde que entró por primera vez. Ella trajo una pareja de cabras, que les proporcionaría la leche y el queso, para el desayuno. José les construyó un corral fuera de la casa y lejos de las plantas,  seguro estímulo para esos animalitos.

Vivieron días felices,  pero la muchacha insistía en pedirle la pócima milagrosa que le permitiera conservar su piel  lisa y aterciopelada.
El joven finalmente accedió a prepararla, y se la aplicó por diez días. Lo que sobró, lo guardó celosamente, porque no se podía exceder del tiempo establecido.
Sin embargo la chica, descubrió el escondrijo y siguió tomando la infusión, agregándole un poquito del polvo de moringa, sin decirle nada a su pareja. Al mirarse un día en el espejo, ella observó que se le estaba cayendo el pelo, que en su cara y su cuerpo aparecían unas manchas extrañas, que al bañarse no desaparecieron. Lanzando gritos de horror, fue al corral de las cabras, les abrió la puerta y huyó gritando por el camino.
Al regresar José de un viaje a la ciudad, se encontró con las cabras muertas  en la terraza, de sus amadas hierbas solo quedaban restos regados, y ni señales de la joven. Con el alma en los pies empezó a buscarla por toda la montaña, preguntando con ansiedad, sin respuesta alguna. Los días, los meses, los años transcurrieron  en esa búsqueda incesante. Algunas personas decían haber visto una mujer toda arrugada, en uno y otro sitio; él acudía, pero nunca más la encontró.

Los bucles de José se volvieron grises, luego blancos, ahora le llegan casi al suelo, la parte derecha de su cuerpo inmovilizada, perdió el habla, permanece en cuclillas, en la puerta de la casa, ahora desvencijada.











3 comentarios: