sábado, 3 de octubre de 2015

26 Horas


 Osvaldo Villalba

Buenos Aires, Argentina

     Entró al barcito y se sentó en una mesa de dos junto a la ventana. Miró la hora en el reloj que llevaba en su muñeca. Era una acción que se repetía cientos de veces en el día. Alberto vivía pendiente de los horarios. Siempre decía que, para él, el día debería tener 26 horas. Aún cuando conducía estaba pendiente de la hora. Le bastaba un pequeño giro de su muñeca sobre el volante para aplacar un poco su ansiedad. Al trabajar en la computadora trataba de arremangar su camisa para tener al reloj dentro de su ángulo de visión. Por supuesto que tanto en el tablero del auto como en la pc tenía forma de saber la hora, pero sólo le daba seguridad su Rolex.
     Ahora esperaba a su mujer, con quien había quedado en tomar un café en el intervalo entre dos reuniones de trabajo. Ella había insistido en encontrarse con él, aún cuando sabía que no le gustaba distraer tiempo para asuntos personales en horario de trabajo. Le había dicho que era algo importante y que no podía esperar a la noche. ¿Qué cosa puede ser tan importante que no pueda esperar unas horas? Revisó su agenda y, al comprobar que tenía un hueco de dos horas entre la reunión con el grupo de promotores y la visita de unos clientes del interior, le confirmó la cita en el barcito de la esquina de la oficina.
     Alberto era Gerente de Marketing en una importante multinacional. Había obtenido el puesto hacía dos años, después de estar un poco más de tres años como ayudante del gerente anterior. Con una formación académica superior a la de su jefe y mucha dedicación había terminado desplazándolo.
     Volvió a mirar la hora, todavía faltaban quince minutos para la hora convenida con su esposa. Le pidió al mozo que le trajera un cortado. Después pediría otro cuando ella llegara. Miraba distraídamente por la ventana mientras hacía girar la cucharita en el pocillo, cuando escuchó una voz masculina que le decía:
- Buenas tardes, ¿me permite una palabra?
- No quiero comprar nada  Estoy muy ocupado. – respondió sin mirar.
- No intento venderle nada – insistió la voz – para vender está usted, ¿no? Sólo quiero hacerle algunas preguntas.
Levantó la cabeza y lo observó con más atención. Era un hombre mayor, vestido con un traje oscuro de buena factura. No lo conocía, aun cuando su rostro le resultaba familiar. Tal vez tenía un parecido con su padre, fallecido hacía muchos años.
- ¿Nos conocemos? Encuestas no acostumbro a responder.
- Usted a mí no me conoce. Yo a usted sí. Y no es una encuesta. Sólo son unas preguntas para reflexionar. Tres, para ser más preciso ¿Puedo sentarme?
Miró otra vez la hora, pensó un instante y como le había picado la curiosidad, le dijo:
- Tiene exactamente trece minutos. Siéntese por favor.
El hombre se sentó sin mover la silla.
- Bien, va la primera: ¿Cuánto hace que no juega a algo con sus hijos? Un picadito, un mete-gol-entra, remontar un barrilete, un desafío en la play…
La pregunta lo dejó atónito. Balbuceó una respuesta
- Ehh…No sé…No estoy seguro…Pero… ¿No le parece que eso es muy personal?
- Sí, claro. Las preguntas son personales, justamente, para que usted pueda enfocarse y reflexionar, como le dije, en formas de vida.
Alberto pensó que el viejo sabía cómo despertar su interés y decidió seguirle el juego para averiguar a donde quería llegar.
- Creo que bastante. Pero ellos tienen su grupo en el country. Los varones hacen fútbol y la nena hace hockey. Además tienen un montón de actividades recreativas.
- ¡Ah sí! El country! Pero jugar con el papá no es lo mismo que con el grupo de amigos.
- Lo que pasa es que no me da el tiempo. Trabajo desde las 8 de la mañana hasta las 9 de la noche.
- Son muchas horas…
-Si, pero lo hago por ellos. Para que puedan vivir en un lugar de primera, como viven. Van a los mejores colegios. Usan ropa de marca. Cuando sean grandes lo van a apreciar.
- No esté tan seguro.
- ¿Y por qué no?
El rostro del hombre se ensombreció y en sus ojos se reflejó la tristeza.
- Los míos ya son grandes y siempre me pasan factura.
- ¿Cómo es eso?
- Cuando los invito a mi casa siempre tienen actividades programadas con sus hijos, mis nietos. Y casi nunca los veo ni a unos ni a otros.
- Bueno, estar ocupado no es pasar factura
- Alguna vez escuché que comentaban entre ellos que no querían repetir historias y por eso pasaban tiempo con sus hijos. En fin…Voy con la segunda: ¿Cuánto hace que no sale solo con su esposa? A cenar, al teatro. Una escapada de fin de semana…
- ¡Ah no! ¡Ella sí que no se puede quejar! Me revienta la tarjeta comprando ropa y zapatos en la Galería Pacífico. Vamos a cenar a los mejores restaurantes.
- A ver si entiendo – dijo el hombre – La ropa, claro, es de primera. Y la luce en las salidas a los mejores restaurantes. ¿Con quién salen?
- Con amigos…Bueno, en realidad…son profesionales o comerciantes conocidos.
- Pero son cenas de negocios ¿no? Donde los hombres hablan de trabajo, de finanzas, de sus empresas. Y ella con las mujeres de los otros, hablan de cosas que en realidad no le importan a ninguna, porque no son amigas, ni tienen nada en común, más que sus maridos empresarios.
- Bueno, tampoco es siempre. Los fines de semana que no salimos cenamos en el restaurante del Club House del country, que es de primera, y allí sí están nuestros amigos.
- En el country… – se quedó pensativo - en la mesa con su grupo de amigos… ¿No les pasa ahí que los hombres hablan de fútbol, del torneo interno de golf, o de tenis, y las mujeres los chimentos de las socias que no son de su grupo?
- Sí, claro, y a veces, de las del grupo también –  por primera vez sonrió.
- Yo, en realidad, me refería a salir ustedes solos, para estar juntos y sin nadie más, para conversar de sus cosas. O si no quieren salir, quedarse solos en casa, a prepararle a ella su plato preferido, por ejemplo un sabroso risotto, como hacía cuando eran novios. Total, una noche los hijos pueden quedarse en la casa de los abuelos, y seguro que lo van a disfrutar.
Alberto abrió los ojos asombrado. ¿Era una casualidad? O tal vez el viejo lo conocía desde hace mucho.
- ¿Risotto? ¿Cómo sabe que cocino risotto?
- El diablo sabe por diablo…pero más sabe por viejo.
Esta vez sonrieron los dos.
- El objetivo de esta pregunta  – siguió el hombre – es percatarse que cuando los hijos vuelen, ella va a ser su única compañía. Y lo que se va soltando a lo largo de años, después no se puede atar con alambre.
- ¡No hay nada que se esté soltando entre mi mujer y yo! – el tono de Alberto denotaba que el comentario lo había incomodado.
- Mire, cuando mi mujer me dijo que quería separarse, yo no entendía por qué - la voz del  hombre denotaba tristeza - y era porque nunca me paré a pensar cuáles eran sus verdaderas necesidades como persona, más allá de las materiales. Recién cuando me quedé sólo lo pude entender.
Alberto, ya sensiblemente molesto, por estos planteos, que lo dejaban tan descolocado, intentó cambiar el eje de la conversación.
- Usted mencionó con cierta ironía que los ejecutivos solemos hablar de golf. Bueno, yo juego al golf y tiene sus ventajas. Sepa que los mejores negocios se cierran más a menudo en una cancha de golf que en una oficina. Y de eso vivimos bien toda la familia. Y no les falta nada.
- No, claro, no les falta nada. Salvo usted. Y aquí me da el pie para la última pregunta. ¿Por qué dedica tanto tiempo a su trabajo?
- ¿Por qué? Porque me gusta lo que hago, porque es necesario dedicar esfuerzo para lograr objetivos positivos. Porque de eso vivimos, y vivimos bien. Porque la empresa espera de mi esa entrega, y me recompensa por eso.
- ¡Ah claro! – interrumpió el viejo – ellos esperan…Usted todavía no se dio cuenta de cómo funciona esto, ¿no? La empresa, como usted la llama, es una gran máquina de hacer jugo. Y usted será importante mientras sea una naranja nuevita, lustrosa y muy jugosa. Y empiezan a exprimirlo de a poco, para que usted no lo note. Como a la rana que la ponen al fuego en agua fría, para que no se dé cuenta de que la van a hervir. Y mientras tenga jugo, le van a sobar el lomo. Pero un día, cuando le quede poco, vendrá otra naranja, de una cosecha más nueva, ocupará su lugar y usted irá a parar al centro del exprimidor y será parte de los desechos que se descartan definitivamente. ¿Se acuerda de su antecesor?
A esta altura Alberto se preguntaba por qué carajo había aceptado escucharlo. En ese momento se da cuenta que su esposa lo está mirando a través de la vidriera parada en la calle. Le hace seña para que pase, y aliviado, le dice al hombre:
- Amigo, se acabó su tiempo. Ahí llegó la persona que estoy esperando.
El hombre sonríe y se pone de pie. Mientras tanto, su mujer entra al bar, y con una cara entre asombrada y temerosa le dice:
- Alberto ¿Te sentís bien? ¿Estabas hablando solo?
Alberto no entiende lo que ella le dice. Fija su mirada alternativamente en uno y otro. Ella no parece advertir la presencia del viejo. Le pregunta al extraño:
- ¿Quién sos?
El viejo, vuelve a sonreír y, tuteándolo por primera vez, responde:
- ¿Importa eso? Ahora sólo enfocate en lo que sigue, y cuando ella te diga que se quiere separar, aplicá todos tus conocimientos de marketing para convencerla de que te de una oportunidad, que vos realmente querés y podés cambiar.

Osvaldo Villalba
14/05/2014

martes, 22 de septiembre de 2015

La Bruma



Maritza Sevilla V.
Venezuela


— ¡Qué no, padrecito, qué no me arrepiento! —grita el hombre encarando al sacerdote.
— ¿Pero qué te hicieron esos muchachos, Juvenal? ¿Cómo has podido hacer algo tan horrible?
— ¿Horrible? ¡Horrible lo que ellos hicieron a mi Rosita y a mi pobre Carmela! Casi me las matan. Merecían la muerte. Lo que hicieron no puede tener perdón de Dios.
— Dios nos perdona a todos, hijo.
— ¡A ellos no! A ellos no puede perdonarlos, padre —el hombre rompe a llorar—. Rosita, mi pobre bebé.
— ¡Cálmate hijo! Cálmate y cuéntame lo que pasó.
— Se hicieron pasar por mis amigos ¡Amalaya sea el momento en que los recibí en mi casa! A veces compartíamos un trago de aguardiente. ¡Eso no se le hace a un hombre! Carmela nos acompañaba un ratito y después se iba al cuarto con la niña.
“El martes en la noche estuvieron aquí, les dije que no podíamos conversar hasta tarde porque tenía que viajar a Cocuizas temprano en la mañana. Les conté  lo del viaje, padre. Esos desgraciados lo planearon todo —Juvenal llora y aprieta los puños—. Les dije que siempre que iba regresaba a casa cerca de la medianoche. ¡Confié en ellos, padrecito!
"Cuando llegué encontré las cosas regadas. Carmela tirada en el piso, inconsciente, tenía golpes en la cara y en los brazos. Corrí al cuarto y allí estaba mi Rosita, en su cama, con su ropita llena de sangre; pero respiraba. Grité pidiendo ayuda a los vecinos y el buen Isidro vino con Carmen, su mujer y me ayudaron a llevarlas a la medicatura en su camioneta. Les pregunté si habían visto algo extraño y me dijeron que no”.
Juvenal solloza, se tapa la cara con las manos y el sacerdote le coloca la mano en el hombro.
— Los médicos revisaron a mi bebita y dijeron que tenía un desgarre porque esos desgraciados la habían violado. ¿Cómo quiere que me arrepienta de haber matado a esos degenerados? Los doctores tuvieron que sedarla para que no sufriera. Cuando pude hablar con Carmela, la pobre solo lloraba porque no pudo evitar que le hicieran daño a la niña. A ella la agarraron  Juan y Evaristo y  le dieron golpes para dejarla inconsciente y no gritara. Me la violaron también. Ella vio cuando Matías entró en el cuarto a abusar de mi chiquita...
Juvenal queda en silencio, los ojos sin brillo.
— Me volví loco, padre. Regresé al rancho a buscar la escopeta. Salí en la bicicleta a  buscarlos por el pueblo. Serían ya como las cinco. Usted sabe, a esa hora las calles están llenas de neblina; pero los vi. Los muy desgraciados iban por la bajada del Peñón. Me acerqué lo más que pude sin hacer  ruido para que no se me escaparan. Les disparé. Los malnacidos ni vieron de donde salieron los tiros. Los maté a los tres como los perros que eran.
El sacerdote pasa sus dedos por el cabello de las sienes y los une por un momento en la nuca, mientras mantiene la mirada fija en el piso.
— ¡Ay, Juvenal! ¡Qué gran dolor me causas! Tú eres un hombre bueno. El por qué de estas cosas que pasan solo Dios lo sabe.
— Y no, no me arrepiento, padrecito.
— ¿Conoces a Eleuterio, el del conuco del cerro arriba?
— ¡Claro! Ése es un buen hombre.
— ¿Sabes que tiene dos hijos?
— Muchachos de bien, igualitos a su papá. ¿Qué pasa con ellos padre?
— Consiguieron una oportunidad para estudiar en la capital. Hoy tenían que llevar unos documentos para inscribirse y, como no saben ir solos, Manuel el hijo de misia Ramona se ofreció a acompañarlos. Se quedaron durmiendo en su casa para salir bien temprano. A ellos les disparaste, Juvenal. ¡A esos pobres muchachos!



domingo, 13 de septiembre de 2015

2do Concurso Literario Amazon para autores independientes


 Deanna Albano participa en el 2do Concurso Literario Amazon para autores independientes

 Los niños, que viven en las grandes urbes, se van a la calle deslumbrados por las luces de la ciudad e idealizan sueños de libertad. La calle convertida en escuela para la vida, donde el tiempo no tiene sentido y las horas apenas son referencia.
La ilusión, más temprano que tarde, se desvanece pero los chicos no consiguen el camino de regreso a su casa. Son historias de niños y adolescentes que quisieron vivir un sueño, pero solo se convirtió en una burbuja.
Fuente:

www.amazon.es/El-sue%C3%B1o-no-es-calle-ebook/dp/B014P0SRBO/ref=sr_1_37?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1441041094&sr=1-37
















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domingo, 30 de agosto de 2015

Sobreviviendo tu ausencia

Patricia Gorla

Argentina





 
El afuera está como siempre.
Los comercios del barrio van desperezando el cansancio de la noche. La frenada en la esquina. Un bocinazo intenta despertar las calles todavía mortecinas. La tradicional fila para tomar el colectivo. Un bebé dormido apoya su cabeza sobre el hombro cansado de la madre. Bajo su camperita azul puede verse el guardapolvo de algún jardín maternal. ¿Se acostumbrará cada mañana a salir con lluvia, frío o calor? ¿Aprenderá a esperar su turno para jugar, para ir al baño, para hablar, para pensar?
El aire fresco me va despabilando. El afuera de hoy es como el de ayer, será como mañana.
El adentro mío ha cambiado. Una lágrima produjo el cambio. No la que sale del ojo. Esa  que viene de lejos, de lo profundo. De la tristeza. La de tu ausencia.
Subo al colectivo y en medio de apretujones me voy acomodando. A través del vidrio empañado, mis ojos se llenan de las luces callejeras, de veredas vestidas de otoño, de apuros por llegar quién sabe a dónde.
Una señora bosteza, otra se persigna al pasar por la iglesia. Alguien habla por teléfono. Un hombre intenta leer el diario entre el bamboleo provocado por las bruscas frenadas.
−¿Ves? Todo igual que ayer. Pero es hoy. Y respiro. Y me muevo. Y vivo. Pero vos no estás.


martes, 18 de agosto de 2015

Cuestión de tiempo


 Doris Irizarry

Puerto Rico

Las piedras del acantilado despertaron horrorizadas por el estruendo de sus pasos; y antes de que su cuerpecito en flor llegara al fondo del Hoyo Negro, invocó a los dioses para que fuese otro el que la rescatara. Los dioses, que parecen habitar a trillones de kilómetros de Yucatán, escucharon la plegaria de Naia y concedieron su petición trece mil años después. 

martes, 11 de agosto de 2015

Parece que nunca va a ser de día



Adriana Díaz

Argentina


Con frecuencia deseo que vengan a buscarlo y se lo lleven preso. Otras veces, quiero que lo internen en una clínica para tratarlo y que vuelva a ser normal. Como era antes, al principio, cuando nos casamos y éramos felices. Bien que lo éramos. Sabe Dios que lo fuimos. Ahora han pasado los años y a veces, ya no reconozco a este monstruo que alguna vez fue mi amado esposo. No sé cuándo terminó aquella época en que vivimos serenos y dichosos. Ni siquiera qué fue, lo que desató el primer golpe o la primera paliza. Después todo fue lo mismo, ofensas y castigos. Y un callate, no me contestés. Vos no sabés nada, sos una burra. Sos una loca, una puta. Y luego, un mi amor, un perdoname, no va a pasar más y que haría yo sin vos. Sabés que te quiero, no podría vivir sin vos, pero me hacés enojar... Siempre así, una y otra vez.

A los niños, mis hijos, ya no sé qué decirles. A menudo, no encuentro las palabras. Es que ellos entienden. Oyen, ven y saben todo aunque no se los cuente, porque a esta altura de mi vida, prefiero callar y no decir ni explicar nada. Javier, el mayor, es casi una sombra de lo que era. Se ha vuelto agresivo, desencajado, violento. Diego, en cambio, viene, se acerca. Me rodea con sus brazos, me acaricia y me dice que me ama. Temo por ellos. Tengo terror porque un día, alguno de los dos, se pare frente a su padre y lo enfrente. A veces, veo en los ojos de Javier, un gesto desafiante. ¿Y si un día los golpes que su padre dirige hacia mí caen sobre él? No lo soportaría...

Es por ellos que yo sigo viviendo pero ya no puedo más. Miles de veces fui a la comisaría pero se ríen de mí, me dicen que ya se le va a pasar. Que vuelva a mi casa y me porte bien. Que yo sé bien cómo tenerlo tranquilo. Que no lo haga enojar... Eso me dicen. Me vuelvo a mi casa, sin saber qué hacer. Si todo lo enoja... Si salgo a trabajar, si me arreglo un poco el pelo. Si visto falda, si me quedo alguna tarde con las compañeros de la oficina en el after office. Si me quedo en casa, si estoy desarreglada. Si le preparo la comida, si me olvido de ponerle sal. Si le gusta, si no. Si me acuesto, si me levanto. Si existo...Todo lo hace enojar.

Quisiera que alguien viniera a ayudarme, a rescatarme.

Hace unos meses, unas mujeres que supieron de mí, me hablaron. Me convencieron, me llevaron a un refugio. Estuvimos allí unos días con los chicos. Todo parecía encaminarse pero vino alguien a verme, de mi propia familia y me dijo que él me andaba buscando. Estaba desesperado porque me extrañaba a mí y a los niños. Prometía volver a ser el mismo de siempre. Y yo caí, fui débil. Sí, volví. Le creí y ahora estoy arrepentida porque después de unos primeros días hermosos, él volvió a ser el mismo.

Esta noche, me ha golpeado mucho.

Tengo el cuerpo lleno de heridas y de sangre. Ni siquiera he podido asearme y casi no puedo moverme. Tampoco quiero hacerlo. Me han dicho que debe haber pruebas de los golpes y aquí están. Miro mis brazos, mi cuello, mis piernas. Mis ojos, mi rostro. Voy a ir así a la fiscalía. Quizás de este modo, vean por sí mismos, el cuerpo del delito pero iré mañana pues los niños duermen y no quiero despertarlos. Ni a ellos ni al padre que ahora descansa con cierta placidez en nuestra cama.

Temprano, llamaré a mi hermana para que venga a buscarme. Lo haré antes de que se despierten porque no quiero que me vean así. Apenas amanezca, cuando salga el sol, me pondré unos anteojos para que no se me vean mis ojos hinchados, un sombrero grande para ocultar los hematomas que se me están formando en el rostro y recogeré algunas pocas cosas en mi bolso. Voy a ir a ponerle una denuncia para que lo dejen detenido. O mejor, que se lo lleven a una clínica de salud mental. Que lo internen, y lo traten. Que hagan lo que les parezca pero que me devuelvan mi vida y que Dios, Dios si quiere, lo perdone.
Ya han pasado varias horas y no siento más el dolor en mis golpes ni puedo verme las heridas. No tengo movimientos ni en mis brazos ni en mis piernas. Quisiera gritar pero ni siquiera puedo susurrar una palabra. Sólo hay un extenso mar de sangre que se esparce bajo mi cuerpo entumecido. No escucho ningún sonido. Un frío helado me recorre y penetra los huesos.

Es eterna la madrugada... tal parece que nunca va ser de día.

domingo, 2 de agosto de 2015

El Juego



Elvirita Hoyos Campillo
Colombia          

Ronaldo tenía esa tarde eliminatorias de equipo intercolegial de beisbol. Se lo repitió a su madre, cuando minutos antes de salir, ella le encomendó el cuidado de su hermano menor. La madre lo sabía, él se lo había dicho y repetido durante el mes, cada vez que se iba a entrenamiento después del colegio. Le había dicho que el jueves eran las eliminatorias intercolegiales, ¡no podía faltar! Ahora, la madre le dice: “tendrás que hacerlo, tengo una entrevista de trabajo y nada es más importante que eso”. Ronaldo no puede discutirlo. Su padre los había abandonado, y su madre se las veía duro para sostenerlos. Miró al bebé y una idea fácil se le cruzó por la mente: lo llevaría en la mochila grande y lo colocaría en el suelo a la sombra del árbol de níspero, que está en los límites de la cancha interescolar, en el único sector abierto al entorno natural, más allá de la franja de advertencia, lo que favorecía sus planes; mientras él hacia los Jonrón soñados. En el espacio entre juegos, él iría a verlo y mojaría sus labios para refrescarlo del calor.
                   En la escuela, tenía la fama de ser el mejor bateador del equipo; su presencia es importante, no iba a defraudarlos faltando al juego en el que se definirían las escuelas que irían al campeonato interdepartamental, que tenía lugar cada fin de año.
                   En el campo, la pizarra muestra empate en el noveno inning. El entrenador le da la orden de batear para el desempate, es su turno: sale al diamante. El lanzador lanza la pelota; la ve venir y toma posiciones, la golpea fuerte, la ve moverse por el aire, va lejos, se pierde en el infinito, luego hará una curva, después caerá. Es el mismo tiempo, que Ronaldo dispone para recorrer las cuatro bases y llegar al mismo punto de partida.
                 Mientras la pelota sube, él suelta el bate e inicia el corrido de bases, los hombres de la ofensiva, llenan las almohadillas y se mueven a las próximas. Mientras la pelota siga arriba, Ronaldo debe darle la vuelta al campo interno, pisando todas las bases: toca la primera, la pelota va girando en el aire; sigue a la segunda, la pelota aminora velocidad; alcanza la tercera: la pelota va a caer lejos; Ronaldo las pisa y no frena, sigue a lograr la cuarta base en el cajón del bateador.
                 El corredor pasará veloz a un poco más tres metros de la mochila. Cuando se viene acercando a ese punto, sin detenerse, aprovecha para darle un vistazo de reojo a su hermanito, lo ve gatear hacia algo, se da cuenta que hacia dónde va el bebe, hay al acecho una culebra cascabel enroscada, dispuesta a hincar sus colmillos... Aún le faltan siete metros para alcanzar la cuarta base. El público, en la distancia sólo ve al corredor que veloz se dirige a la cuadrangular; siente que ¡lo va a lograr! se levanta enardecido con los brazos en alto, ondean desde ya las banderas de su equipo, los fans gritan saboreando el posible triunfo, la banda del colegio está lista para tocar el himno de la escuela. Si Ronaldo hace jonrón será la estrella del año.
                    Faltan breves momentos para que Rolando llegue al cajón del bateador; la pelota ha reducido velocidad, pierde impulso, se viene cayendo en curva. La defensa la sigue con el ojo, si atrapa la bola con su guante de reglamento, lanzándola enseguida al compañero posicionado en la entrada antes que Ronaldo toque cuarta base, ganarían el partido; la defensa se mueve para atraparla en el aire, el golpe será duro, no deja de mirarla, si la coge enseguida la lanzará al hombre de la defensa ubicado en la caja de bateo, para eliminar la carrera. Si la suerte le es adversa a Ronaldo, le decretan out.
                    Los espectadores están nerviosos, alguno se muerde las uñas; el silencio se siente de muerte lenta, el sol crepita, la tierra arde. El mundo está tenso. Los segundos son eternos. La cascabel sigue allí, enroscada, con la cabeza erecta, esperando su momento para entrar en escena y atacar al bebe, con su aguijonazo mortal…
                   Ronaldo suda, con un sudor espeso, no hay un lugar seco en su cuerpo, su respiración es pesada, su corazón late con la fuerza de un volcán próximo a eructar su lava; el coraje da fuerza a sus piernas, sus pies aceleran, sus pasos se hacen largos; las lágrimas brotan involuntarias, su visión no pertenece a sus ojos; una idea se ha incrustado en su mente, lo fustiga, lo instiga, lo impele. Anula su juicio. La conciencia no le responde, su atención va fija en un punto… 
                  El bebé mira venir al corredor de bases. Lo reconoce: ¡Es su hermano! El viento sopla fuerte, estremece las ramas bailando minué, las hojas del níspero caen igual que en un otoño. La fruta verde se sostiene en el árbol. Bebé se detiene, cambia su rumbo, se aleja del peligro que lo acecha; esta vez gatea hacia la franja de advertencia que delimita el campo; justo allí, para su marcha, para sentarse y aplaudirlo con palmitas y con una sonrisa que vaticina el triunfo.
                 El corredor pasa veloz, como una ráfaga o como un ciclón que arrasa cortando la atmósfera; más parece un atleta de gallardo porte, lleva su pecho fuera y la barbilla alta. Logra la cuarta base. ¡Jonnnnnrón… grita el locutor, Jonróooon… expande el aire, joonrooonnnn… repite el eco humano!  La pizarra sube los números. Ronaldo, es tomado en hombros por sus compañeros, planean pasearlo por el diamante, pero él les grita: “esperen, esperen, bájenme,” y entre varias contorsiones, a gritos se hace oír; los compañeros lo bajan al suelo, pensando que tiene algún descalabramiento; se zafa de ellos y de nuevo corre veloz, sólo él sabe que la culebra está al acecho, y corre como ya aprendió a correr; cruza el campo interno; mientras, en la pizarra registran desempate a favor. Los espectadores vocean su alegría, saltan, bailan, otros lloran, todo sucede, la banda toca el himno de la escuela vencedora.
                    Ronaldo llega hasta su hermanito, lo coge, lo alza en brazos, lo palpa, lo pone a salvo, lo aprieta suavecito contra su pecho, un sentimiento los une, nunca antes había sentido el alma llenar su cuerpo, no puede remediarlo; con el bebe cargado sobre la nuca comienza a caminar la pista con paso de triunfador, el brazo extendido en alto, para responder saludos, para agradecer los vitores.
Caé la tarde, la atmósfera oscurece y amenaza lluvia, la culebra sigue el olor olfateado, sonando los cascabelitos de su cola, lo busca y rebusca, hasta que reptando se mete en la mochila…
¡Ha comenzado a llover!