sábado, 18 de julio de 2020

Dolor de una vana ilusión


Silvia Alicia Balbuena

Rosario  - Argentina

-Cuento histórico-

27 de febrero de 2012.

El despertador sonó a las 8, pero Claudio Santilli hacía rato que estaba despierto. La costumbre de despertarse con las claridades o el quiquiriquí del gallo cercano no la cambiaba ni los días feriados. Había pasado una noche entre insomnios, desvelos, ansiedades. Repasaba si toda su ropa estaba lista. A pesar del calor que seguro haría, se iba a poner su chaleco de gamuza, el pañuelo al cuello, el sombrero, sus botas con espuelas. Las alpargatas tal vez se adecuarían más a la temperatura, pero deseaba lucir impecable con su traje completo de gaucho. Usaría también su cinturón reluciente de monedas, herencia de cuatro generaciones, desde el bisabuelo Giovanni Santilli, inmigrante italiano, primer dueño de la chacra.

Desde niño su padre le había enseñado a montar y juntos participaban en festivales, desfiles, jineteadas con el centro tradicionalista del pequeño pueblo en las tierras de Areco. Ahora, que su padre anciano y gastado por duras faenas rurales ya se había alejado de estos eventos, Claudio seguía participando con tres amigos de chacras cercanas.

¡Pero esta era una ocasión especial! Hacía 200 años que Belgrano, con convicción y audacia, había creado la Bandera en las orillas del Paraná en la villa que hoy es la populosa ciudad de Rosario. Y, a pesar de los casi 300 kilómetros que debían recorrer, habían decidido unirse a varios centros tradicionalistas de la zona y asistir a los grandes festejos de este Bicentenario tan especial.

El tiempo pasaba a cuentagotas, ya quería estar en Rosario. Pensaba en su caballo portando los mismos colores que imaginó Belgrano y vibraba.

Con el calor pegajoso de las tres de la tarde, llegaron. Los ubicaron en una pequeña calle empedrada rodeada de añosos y altos árboles, cuya sombra era acogedora. ¡Pero qué desazón! El Monumento Nacional a la Bandera, ícono de Argentina, fastuoso en su arquitectura, con grandes esculturas, era apenas una torre que cortaba el cielo allá a lo lejos.

Junto a ellos, se desplegaba la bandera más larga del mundo. ¡Cuánto había deseado verla, tocarla! En los noticieros, durante diez años, comentaban que damas de todas las edades, en máquinas de coser instaladas en el patio del Monumento, unían los trozos celestes y blancos que llegaban de todo el país para rendirle tributo a la enseña, en el mismo lugar en que se creó. El proyecto pensado por ese loco lindo Julio Vacaflor, conductor de programas infantiles, superó todas las expectativas y hoy culminaba. Metros y metros de paño celeste y blanco amalgamando tantas voluntades de todos los rincones de Argentina, hoy era esa realidad portada por miles de personas. Estaba ahí, a su alcance, esperando junto a los Centros, desfilar frente al palco oficial.

Veía niños, adultos, ancianos, que la sostenían y se iban turnando a descansar sentados en los cordones de las aceras.

El entusiasmo no decaía. Unos deseaban caminar portando los colores patrios, otros cabalgar junto a ellos como guardianes de la argentinidad.

El acto comenzó a las 17, tal como estaba anunciado. Las voces de los altoparlantes no se escuchaban, pero a través de celulares, de radios, de rumores que se deslizaban como un oleaje impetuoso, llegaban las noticias. En el palco oficial, las autoridades. Rodeándolo, banderas de muchas agrupaciones. Con diferentes colores y cargadas de inscripciones. ¿Por qué no había banderas celestes y blancas? ¿Por qué otras las habían reemplazado? Miró la que tenía en su pingo y el estómago se le estrujó. No todo era celeste y blanco en esta celebración.

Los minutos pasaban lentos e inexorables. Los organizadores les traían botellitas de agua. Hasta que les llegó la noticia: el acto oficial había terminado y el desfile quedaba suspendido. La bandera, ese paño tan inmenso símbolo de la unión de un país en sus telas celestes y blancas cosidas, no iba a desfilar, sino que se movería en un abrazo simbólico al Monumento y los Centros Tradicionalistas la acompañarían un trayecto.

Un escalofrío recorrió las fibras de Claudio Santilli, un argentino de la pampa gringa que quería rendir homenaje a su bandera bicentenaria, mientras se decía: Podría haber desfilado frente al palco. Podría haber escoltado a la bandera más larga del mundo. Podría haber conocido a la presidente. Podría haber visto el caudaloso río Paraná llevando su corriente en paralelo a la costanera. Podría ver de cerca el Monumento. Podría… Podría…

Los amigos se miraron, era inútil quedarse, encogieron sus hombros con desazón y con una seña resolvieron irse. ¿Para qué permanecer, para ver las cenizas de un acto que iba muriendo?

Echó el sombrero hacia atrás, espoleó su caballo y a trotecito lento regresó a los vehículos.

Mientras lo acomodaba, hombre y animal se miraron con una mirada profunda, los dos tenían el mismo sabor amargo. Claudio lo acarició y el caballo lo hociqueó, eran compañeros, se entendían.

Se sentó en la chata. Se sacó el sombrero y lo acomodó en las rodillas, estiró las piernas, los pies hinchados en las botas le dolían. Tenía hambre, la espera había sido tan larga… ¡y para casi nada! Aspiró hondo tragándose una lágrima, los gauchos no deben llorar.

El camino era una cinta asfáltica tragada por la oscuridad de la noche. Una sensación rara estrujó su vientre, lo estaba devorando el dolor de una vana ilusión.

 


domingo, 12 de julio de 2020

El Botón

Clide Gremiger
Rio Cuarto, Argentina
 

La cobardía es la madre de la crueldad. 

Michel de Motaigne


Ahí está, mirándote desde hace dos semanas. Esto ya te está quitando no solo el sueño, ¿o no? ¿Cuánto hace que no dormís de un solo tirón? ¿Y esa maldita acidez que te sube a la garganta como un chorro de lavandina? Viene de ahí, y lo sabés. Tenés que terminar de una vez con esa culpa. Culpa, sí, culpa. No me mires con cara de "por qué voy a sentir culpa". Es que lo viste todo y no lo denunciaste. ¿Que por qué se te ocurrió espiar por la ventana esa noche? Claro, nada sabrías y nada significaría ese botón medio escondido debajo del yuyo que empezó a crecer junto al cordón de la vereda. Nada de esto te pasaría si no supieras que la mujer que arrancó el botón ya no existe. Qué no haya muerto frente a tu ventana no te hace menos responsable.

Cada vez que abrís el postigo, el botón está ahí, haciendo brillar su insultante dorado. No hay viento ni lluvia que se lo lleve, ¡Maldición!, es tu grito de cada mañana. Llamá, llamá, si querés volver a dormir y sacarte esa migraña de tres días que te punza hasta hacerte desear la muerte, te repetí hasta el cansancio. El recuerdo de esa noche no va a desaparecer porque quieras ignorar la realidad. La voz de la mujer suplicando te lastima tanto como la migraña, ¿verdad? La panzota del oso que zamarreaba a la mujer, agarrado a su pelo como si fuera una gallina a desplumar, tampoco la podrás olvidar. En el centro de esa panzota estaba el botón que saltó en el forcejeo, cuando la gallina se agitó desesperada. Tampoco podrás olvidar la cara enfurecida del oso, porque te subiste al sillón para espiar entre las tablas del postigo. La luz de la calle le iluminaba el sudor que, en el fragor del encontronazo, le chorreó desde la frente hasta los pliegues de la papada, en caída libre hasta el cuello de la camisa celeste. ¡Si hasta del color te acordás!

Pretendés que sea sólo un mal recuerdo chismoso, pero después de ver al oso en el noticiero, todo se te hizo más real. La pobre gallina tal vez no hubiera sido apuñalada si en vez de solo espiar, hubieras avisado a la policía. ¿Por qué no llamaste en ese momento? ¡Mirá toda la culpa que te hubieras ahorrado!

No busqués excusas, no hiciste lo que debías. Que no hay que meterse en lo que a uno no le incumbe; que es muy riesgoso ser testigo en medio de una cuarentena; que nada te asegura que los policías no tengan el virus; que haber visto la pelea no implica que ése sea el asesino... excusas. El botón sigue ahí, como prueba irrefutable de la pelea frente a tu ventana. Ese botón tiene un abrigo y el abrigo tiene dueño. No es un botón cualquiera: dorado, con una corona en medio de dos sables atravesados. Hasta buscaste los prismáticos para verlo mejor. Pero preferiste dejar de ver y leer las noticias locales. Lo que no ves no existe, ¿no? Pero claro, con meter la basura debajo de la alfombra no alcanza: siempre sale por los bordes para recordarte que la mugre sigue ahí y empieza a agriarse entre los dientes. La migraña ya te punza hasta en las orejas, te hace llorar. Anoche, lo poco que dormiste fue entre sábanas enroscadas y almohadas patas arriba. ¿Cuántas pastillas tomaste? Mezclaste las de la migraña con las de dormir. Terminaste vomitando.

¿Sabés que dicen las noticias hoy? Los vecinos culparon y lincharon al oso. Justicia sin juicio: lo molieron a palos y le quemaron la casa. Ya podés salir y pegarle una patada al botón.

viernes, 22 de mayo de 2020

Amores Ocultos


Gil Sanchez


México


Tres días con lluvia no bastaron para enfriar mi torcido entorno que me llevó a la persona equivocada. Los escasos días de felicidad, se esfuman junto a la ventisca fría de la noche. Resisto a desvanecer mi rencor por tal visión. Poseo un aciago fervor de borrarla de mi memoria, pero hoy, quizá, sea demasiado tarde. Puedo decir con autoridad que se instaló una serpiente bajo edredones, un gigante bicéfalo confundido, un murciélago enorme que con desfachatez muestra su sonrisa. Pero lo que vi en ese cuarto, no es comparable a nada. Un dolor punzante estalló en mi pecho con saña inmisericorde y, ¿cuál amor?, si el recuerdo de sus besos aún queman mis labios como si hubieran besado al mismo demonio.
Maldito tiempo que corre lento por la tarde, tengo que entrar a un bar para humedecer mi dolor. El pensamiento aturde, pero después de tres copas, ya qué importa. Tomo camino por la avenida Reforma donde se instalan los lugares propios del deseo. Los oídos requieren de una música brava, y por fin, ingreso a uno de ellos en espera que la noche sea eterna.
¡Oh! Cuánta oscuridad, proporciona una invisibilidad perfecta. Acuden a mi mente imágenes que bailan al compás de la melodía y le van dando forma al cómo asesinar a mi amor. Sí, así disfrutaré de sus gemidos de dolor hoy mismo, ya los disfruto aquí cerca de la barra, envuelto en olores enrarecidos que disfrazan mágicamente a sus mujeres, hechizas a fuerza de ganas. Aprecio entre el humo a una cara con el pesar por ser invisible, escondida debajo del polvo piel en capas, siento su testosterona encarcelada con cuidado, dentro de sus ojos enmarcados con líneas negras definidas en un fondo azul. Sus labios rematados de un rojo envejecido. Un amor oculto, durmiendo a ratos dentro de un cincelado pecho, bajo sombras eternas reposa serenamente, y aparece sutilmente, avivado, como un premio para el ciego que le habla. En ése momento lo amé. Tal vez, aluciné en mis recuerdos.
Así como también, alucinante, será la noche gélida entre la lluvia y el lodo con su hedor recalcitrante. El protagonista de mis sueños, terminará sin sus labios. Su cara desfigurada apaciguará el ruido de la noche, y mi plan consumado conseguirá un sentido liberador.
¡Ah qué mi madre! Por la madrugada se interesó por mi amigo, si apenas voy llegando de enterrarlo y me dice:
–– ¿Dónde dejaste a Rodolfo? ¿No va a estudiar contigo esta noche?

viernes, 1 de mayo de 2020

Condición de Nobleza


Alejandro Franco

Mexico






Hace ya un tiempo que un perro llamado Bruno, que vivió aquí en la hacienda de santa María, se negó de pronto a hacer cualquier actividad; solo yacía inerme en el suelo sin comer, beber agua o mover la cola. Los gatos, ratas, pájaros, moscas y mariposas que antes lo enloquecían de rabia, pasaban frente a sus narices sin que él se diera por entendido. Aletargado a la sombra de un viejo roble, su mirada lánguida denotaba abandono. Con el hocico hundido entre sus dos patas, pasaba hora tras hora. ¿Inmerso en sus pensamientos? ¿Soportando estoicamente un dolor físico sin quejarse?―. La cazuela de comida a su lado permanecía, cuando no llena de hormigas, plagada de moscas. ¿Y él? Inmutable como esfinge. Sus ojos de un profundo misterio, tal vez contemplaban el ir y volver de hormigas arreadas sin látigo, empeñadas por el mandato natural del acarreo incesante de alimento. El Pastor alemán, antes todo vigor y alegría, se convertía poco a poco en sepulto en vida.
Aún recuerdo cuando en una cajita de cartón en manos de su abuelo, portaba un puñito de pelos con dos lindos ojitos. La madre fue atropellada, nos dijo. Ha de haber salido en busca de alimento para crearles su lechita; quizás por ello, las pobres crías quedaron en la orfandad. Este que traigo aquí era el último que quedaba de seis, según me hizo notar el guardia del granero antes de ofrecérmelo ―aclaró muy ufano.
 Lléveselo, don Ángel ―me insistía el hombre. Véalo usted bien. No luce tan corriente, sino más bien fino; lo digo por el pelo, las patas y el hocico nada chato.  Hágale un huequito allá en su hacienda, no sea malito. Si no fuera por los dos perrazos que tengo aquí, palabrita que yo me lo quedaba. Dese usted cuenta, don Ángel, cómo es que está de desvalido el pobrecito ―le dijo el buen hombre a mi papá para infundirle piedad.
Pero, Pancho, ¿qué voy a hacer yo tan viejo con tantísimo animal en la hacienda? Nomás dime. Ya Dios dirá, don Ángel, ya Dios dirá ―contestó el interpelado.
Está tan chulo el condenado… que de verdad se antoja agarrarlo ―dijo el viejo―. Pues me lo llevo, qué caray, decidió entusiasmado su abuelo. Donde come uno, comen dos, y donde dos, tres… ―agregó benevolente. ¿Tendrías por ahí una cajita de cartón pa’ meterlo, mi buen Pancho? Capaz que con el jodido frío que está haciendo y la lluvia que se avecina, váyase a juir pal otro barrio, antes de dar sus primeros pasos. Que san Roque te proteja siempre, chiquito ―le habló con ternura.                            
Nunca imaginó su abuelo la fortuna que traía en sus manos. Él mismo fue y se lo enjaretó a la perra recién parida del rancho, que sin remilgo alguno lo aceptó entre los propios. Con el tiempo el cachorrito creció y se convirtió en su sombra. Caminaba a su lado de aquí para allá, pues mi padre era incansable. Echado a un lado de la hamaca, velaba sus siestas de la tarde. Y por la noche, el muy conchudo dormía tan atravesado en su cama, que casi lo botaba al pobre. Siempre celoso, vigilante y atento a cualquier ruido. Por la mañana, a pura punta de ladridos insistentes levantaba a su abuelo a querer o no. Era como si le dijera: ¡Despierta flojo, despierta, que ya amaneció y es la hora de mi desayuno! Hasta daba la impresión que se lo exigiera a gritos.
Está bien, está bien, ten calma, le decía mi abuelo con imperante ternura. Ya te oí, Bruno, ya te oí. Nunca se le vio disgustado por sus travesuras. Cuando no lo llamaba mi’jo, lo llamaba Bruno precioso. Recuerdo que nunca, a nosotros, que éramos sus nietos, alguna vez nos llegara a llamar hijos. Solo: ¡escuincles del demonio!, lárguense a jugar a  otro lado, que no me dejan estar tranquilo ni un minuto ―juraba molesto.
 Bruno era todo para él. Era su vida y quizá hasta algo más; si se pudiese saber.
El fiel perro no solo cuidaba de él, también lo hacía de todos nosotros en la hacienda: el gallinero y los borregos; a las vacas y caballos del establo también los tenía bajo su suspicaz custodia. Ahora mismo recuerdo la punta de ladridos con los que ahuyentaba a cualquier extraño que osara acercarse de improviso; ya fuesen personas o perros; y hasta los pájaros y mariposas lo ponían en alerta. Todo el día ladraba sin cesar; aclaro que durante las siestas del amo, él mismo se proponía no hacerlo.
Solo que en una ocasión, tal como antes les contaba, Bruno amaneció muy triste. Tan triste, que dejó de ladrar de la noche a la mañana; y ni quien pudiese animarlo a jugar o a comer. Ya no dormía en la cama del abuelo y se guardaba en cualquier rincón o lugar. El abuelo entristeció por igual o más. De inmediato hizo traer al veterinario del pueblo. Después de auscultarlo y hacerlo gemir de dolor con sus palpeos, el tal doctor profirió su funesto diagnóstico: “Es posible que sea cáncer de vísceras”, dijo con la inhumana entonación que acostumbran. Habrá que tomarle unas biopsias y… claro, hacer otros estudios para asegurarse, le soltó sin compasión alguna a mi padre. Si es lo que creo, no lo tome a mal, don Ángel, ―expresó con falso tono tranquilizador―; si ello fuese, vaya usted tomando sus providencias… En tal caso, dijo: lo mejor sería ponerlo a dormir para evitarle el sufrimiento de una larga agonía con fortísimos dolores. Siento decírselo de esta manera, don Ángel, pero es preferible que lo sepa usted a tiempo. Y por ahora, don Ángel, me retiro. Que sean nada más trescientos pesos por la visita a domicilio, manifestó el insensible medicastro.
Su abuelo quedó hecho un mar de lágrimas cuando se largó el mentado gurú de la medicina. ¡Sáquense de aquí chamacos!, nos ordenó a media voz, en tanto con paternal ternura y mano temblorosa le acariciaba la panza, el lomo y su cabecita al paciente. ¡No quiero que me vean chillar como un jodido marica! ―decía sollozando el afligido anciano. ¡Váyanse de aquí, déjenos solos!
Una tarde en que el Bruno ya no respondía, el caporal se acercó con tiento a su abuelo y le dijo: “Si usted quiere, patroncito, le merco unas hierbas que son requete güenas pal dolor de tripas; o mejor de plano me voy al monte y me traigo al brujo pa’que le haga una limpia y le saque los demonios del cuerpo… Ese hechicero prepara mejores pócimas que ni las de Julián el boticario del pueblo.  Usté nomás dígame qué quiere que haga, patroncito. ¿Qué va a saber ese viejo brujo de estos males, Odilón?, le contestó mi abuelo. Pero en fin, exclamó conforme: “No hay peor lucha que la que no se hace. Corre y tráetelo pa’ que lo mire”. Quién quita y me lo alivie con sus limpias.
Muy apercibido del mal carácter de su abuelo, el brujo se presentó con hartos menjunjes  y hierbas en una bolsa de yute; y desde que vio al animalito, exclamó: “Este animalito de seguro está empachado o envenenado. Algo que le dieron o se tragó por ahí, le está haciendo harto daño. Pero ahorita mismo se lo medicino, patroncito; no me comprometo a mucho, pero la batalla se dará… en el nombre de María santísima”. Hurgó entre sus cosas y sacó una botella con un líquido verdoso que entregó al abuelo. “Una cucharada tres veces al día, Don; y con estas hierbas, que le preparen un tecito pa’ su agua del día. Y sepa usté, patroncito, que dejo de llamarme Nemesio, si con esto que le estoy dando al enfermito, no se mejora”. De mí se acuerda si no, va usté a ver.
El brujo se santiguó, recibió su paga, y pa’ luego es tarde, se dio comienzo al tratamiento.
Ora sí con esto te me vas a aliviar mi’jito, le decía su abuelo lleno de fe, entre sobada y sobada. Al tercer día de las primeras cucharadas, el Bruno comenzó a tragar su té aún sin poderse incorporar. Al quinto día lo halló su abuelo caminando por los corrales todo arqueado  a vómito y vómito, zúrrese y zúrrese. Ora sí que se nos muere, papá, le dijimos. ¡Cállense condenados, ¿qué no ven que está por echar al Diablo pa’ juera? Miren lo rete prieto que está eso que zurra; y lo verde de las vomitadas. Les digo que pa’ mí, es el meritito chamuco que se le escapa. No que yo lo sepa, pero de veritas creo que así es como ha de oler el maldito infierno.
Ya para el séptimo día, el Bruno caminaba y corría como si nada; y nos movía la cola a todos; y a su abuelo se le paraba de patas y le lamía la cara. Uno que otro ladrido a cada uno y se largaba a sus deberes; o a cazar ratas, pájaros y mariposas.
Pero el tiempo, ese enemigo de todo cuanto existe y que no perdona a nadie, devino en canas y calambres en los cuartos traseros del buen perro. Dejó de ladrar y correr. Tan solo les gruñía a sus acérrimos enemigos los pájaros, cuando osaban posarse a trinar en el barandal del balcón. Se le iba todo el día echado a los pies de su abuelo, quien para ese mismo tiempo ya tampoco salía de casa. Durante la cena, sentado a la mesa, convidaba al Bruno pan remojado en su chocolate con leche; y ajeno a nosotros, le murmuraba ternuras:
“¿Te gustó chiquito? ¿No está muy caliente? ¿Quieres más? ¿Quién te quiere más que nadie en todo el mundo? ¿Ya tienes sueño? Vamos, te llevo a dormir. Siempre y cuando mis reumas me lo permitan. Si supieras cómo me duelen las piernas… por eso mismo te comprendo, mi viejo… No fuera yo a darme bien cuenta que a ti también te duelen tus patitas… y que ya casi no ves. Y que se te han ido cayendo tus dientitos... igual que a mí. Has perdido mucho pelo, mi amigo. Hasta das la pala de borrego trasquilado. Ya estamos viejos mi Bruno; pero yo aún más. Con un solo bastón no me basta. A lo mejor te gano en el viaje pa’ rendir cuentas. ¡Que ni lo mande Diosito! No quisiera dejarte solo y tu alma al ahí te ves.”
Y el Bruno le contestaba: Guau, guau, guau… yo también te quiero, y más aún que tú. Soy, y siempre he sido feliz a tu lado; y velaré por ti hasta el día en que yo muera.  
―Pero papá, si los perros no hablan, solo ladran y mueven la cola. No nos cuentes mentiras.
―De acuerdo, hijitos, todos sabemos que no hablan; pero el Bruno se lo decía todo con los ojos y moviendo la cola. Bueno, ya no la movía como antes; tan solo la azotaba muy quedo contra el suelo; siempre ahí, echado a sus pies. Créanlo o no, el Bruno y su abuelo se entendían requeté bien: Él le musitaba palabras cariñosas, y el otro movía su cola de puro consentido.  Y al revés, uno ladraba, y al otro se le iluminaba la cara de felicidad; y nunca su abuelo hizo por callarlo, aún con todo y sus dolores. Si los hubieran visto, me lo creerían sin chistar.   
Un desventurado día, su abuelo ya no despertó. Se nos fue tranquilito y sin dolor durante la noche. Nos dimos cuenta cuando a lo lejos escuchamos al Bruno gemir y gemir; lo encontramos con las dos patas sobre su pecho y le ladraba sin parar. ¡Respóndeme, amito, respóndeme! ―pensamos que eso era lo que quería decir con sus desesperados ladridos―. Tal era su sufrimiento, que logró conmovernos y nos hizo llorar.
Después del sepelio, el Bruno no regresó a casa con nosotros y los demás deudos. Se quedó ahí mismo, echado sobre la tumba a gime y gime; luego se levantaba y rascaba desesperado en la tierra. Nunca más volvió a casa; y si íbamos por él, más tardaba en llegar, que en huir hacia donde su amo.
Más adelante, el fiel perro murió al pie de su tumba. Parecía formar parte de un venidero mausoleo: Ahí, como inamovible materia etérea, quedó su cuerpo y alma con el hocico hundido entre sus patas delanteras, prendado de amor filial.

sábado, 18 de abril de 2020

El Grito


Paola  Pamapre 

Concepción del Uruguay, Argentina


(…) esa mujer ¿por qué grita?
andá a saber
mirá que flores bonitas
¿por qué grita?
jacintos margaritas
¿por qué?
¿por qué qué?

Susana Thénon 
(BsAs 1935-1991)


El barrio está al tanto, pero es complicado tomar cartas en el asunto.  La casa de mitad de cuadra, esa tan distinguida, la que tiene  un hermoso jardín en el frente, una pileta y  un parque extenso diseñado por un famoso arquitecto, sí esa que la observa todo el mundo,  hace mucho que la construyeron. No hay quien conozca un poco de  la historia de la zona, que no la admire.  Es de gente “bien”. 
Todos los  del edificio lo saben pero afrontarlo es difícil.  Como ojos verticales  que se elevan por veinte pisos, tienen el privilegio de butacas reservadas. Desde los balcones que dan al centro de la manzana pueden observar, con disimulo a veces y otras descaradamente, lo que sucede en el patio.  La casa en cambio, con sus ventanas cerradas, esconde  con piedad  la situación.
La señora de López  saluda a todos, conversa a veces con los vecinos desde adentro de la reja y riega y riega sus canteros.  A menudo corta los pimpollos de sus rosales sin cuidarse de las espinas… ¿Será por eso que ella  tiene los ojos salpicados y sangre en los dedos?... ¿La viste, mamá?
Los ojos de la señora son raros, miran sin verte, a veces  parece que hablaran…ojos que gritan diría. Vení a ver que te corro un poco la cortina.  Dejá de acomodar las calas en el jarrón y vení.   Vení  te digo y fíjate que en la calle hay una ambulancia, vaya a saber que está pasando en la vereda que hay una ambulancia, una ambulancia te digo, fijáte.  No podemos salir a preguntar con esto de estar en cuarentena. Vos conocés a la señora de López porque trabajaste en su casa ¿nunca te comentó nada? ¿Por qué estas llorando? Ahora llega un patrullero y bajan algunos agentes ¿Qué estará pasando? Los vecinos están asomados a las ventanas pero nadie puede salir a la calle por culpa del coronavirus, es una desgracia. Hace días que ni hasta al kiosco podemos ir. ¡Es una cagada! Todos encerrados.  Hoy estaba tan callada la casa de los López que pensé que no había nadie, salvo ese grito a la hora del almuerzo. ¿Por qué grita esa mujer? Yo no estaba muy segura de dónde provenía el grito, alguien subió el volumen de la televisión, era la hora del noticiero y había olor a comida quemada. ¿No escuchaste nada mamá? Estás cada vez más sorda, vieja, aunque no hay más sordo que el que no quiere oír, y dejá de llorar porque me viene a la memoria lo que llorábamos juntas hace mucho tiempo atrás.  Si habré llorado sin gritar aunque me dolía la garganta de aguantar. Me tiemblan las manos de solo acordarme. ¿Por qué no gritábamos, má? ¿Por qué ahora tu llanto es silencioso? Ya sé. Tengo que dejar en el fondo de un pozo los recuerdos que duelen. Esas cosas pasaban en la villa miserable donde vivíamos y yo era muy  chica y los pocos pesos que vos  juntabas fregando te los quitaba esa bestia alcohólica que fue mi papá. A veces tengo sueños muy feos mami…aunque ahora nuestro dolor está atenuado  y nuestras cicatrices escondidas.  ¿Por qué no gritaste, mujer?  Mamá, vos no gritaste ni cuando papá me agarraba de los pelos, cuando me mandaba a la cama sin cenar. Estaba oscuro y yo tenía tanto miedo. Escuchaba ruidos y golpes y lloraba tapándome con la almohada.  Pasamos años con esa tortura, el  espanto  me amordazaba.  Y aunque lloré cuando ese bruto se murió de cirrosis como para disimular, por dentro vos y yo no parábamos de bailar y cantar, por fin nuestras voces acalladas eran festivas. ¿Te tomás un cafecito? Voy a la cocina y  lo  preparo.
No tengo que ir  a trabajar a la oficina. Tuve suerte de conseguir el empleo así ella puede  quedarse  en casa. No se puede viajar por esta semana por lo del virus ése, así que me tengo que poner en la compu a trabajar por internet. Hay que conformarse.  Por suerte tenemos celulares ahora y nos entretenemos con la tele. Vení, má que el café se enfría ¿Qué te pasa viejita? ¿Y ese grito?  Ya voy ya voy ya voy…
¡Mirá como se llevan esposado al doctor López!






jueves, 19 de marzo de 2020

La Entrevista


Silvia Alicia Balbuena

Argentina 




Ismael, de rostro enjuto y piel oscura, hundía sus manos ajadas por vientos secos y tierra infértil, en los bolsillos de su chaqueta.
Había abandonado la pobreza de su casa de chapas en la ladera del cerro santiagueño y bajaba curioso y asustado en el andén de Retiro.
Deseaba dejar rápido el tren en el que viajó en un trayecto agobiante de olores; olvidar los chirridos monótonos de las ruedas contra las vías y el incómodo asiento de roto tapizado verde. Apenas verde oscuro como el que en su tierra aparecía en pinceladas sobre el suelo marrón ennegrecido.
El aire le golpeó la cara. Se sintió libre. Si las lágrimas que lo amenazaban lograban escapársele, el aire se las secaría rápidamente y no se sentiría humillado por su fragilidad.
Dejó atrás las arcadas del hall. La plaza con el viejo reloj inglés agrandó sus pupilas. Eran las ocho, aún tenía dos horas para la entrevista.
Su padrino había insistido que viajara a La Capital, que él le conseguía un trabajo de peón estibador portuario en una importante compañía naviera. Los sueños ante esta promesa volaron hacia mares, vestido de marinero. El padrino le decía que en la gran ciudad los sueños eran posibles. Estrujando su corazón, dejó su querencia y allí estaba. Un manojo de casi nada, unos huesitos débiles queriendo surfear tempestades.
Con paso lento recorrió el camino rodeado de suntuosos edificios, fina arquitectura y bellísimas plazas hasta el comienzo de la Peatonal Florida. El Monumento a San Martín, con sus sólidas piedras y sus estatuas y bajorrelieves enormes de bronce, escoltado por Granaderos, lo hizo sentir más insignificante.
¿Quién era? Con su ropa gris que apenas lograba disimular el gris de su ser, se confundió con el cemento de ese camino entre canteros con flores.
No se animaba a mirar ni hacia adelante ni a lo alto. Esa tierra sin horizontes amenazaba deglutirlo. Los rascacielos podían agujerear el cielo transformándolo en un globo sin aire que lo aplastaría.
Se sentó en un banco. Hormigas en fila con hojitas hacia un destino que él no conocía y palomas en bandadas de vuelos bajos buscando semillas, eran signos de algo de vida natural en esa mole de urbe sin naturaleza. Las palomas en medio de la ciudad le parecieron toscas, las imaginó ratas y no aves. Gente apurada yendo y viniendo eran robots sin aliento en busca de la nada.
Se sintió solo. Solo, pequeño, casi inexistente. Autómata, siguió un rayo de sol y vio que llenaba de blancura a las nubes más altas. Parecían vivas. Pensó: ¡Cómo las iría arreando a silbiditos hasta Santiago! Viéndolas, tomó algo de fuerzas y se silbó a sí mismo para arrearse hasta la compañía. Ensayaba su voz para que le salga segura en la presentación:
–Soy Ismael Acuña. Vengo por el puesto en el puerto.
Encerrado en sus pensamientos, casi no advirtió a los muchachotes que pasaron corriendo y escuchó sin darse cuenta el sonido de balazos. ¿Eran tres? ¿Cuatro? Un fuego helado se le metió en las entrañas y mientras caía suavemente, casi como si flotara, vio que el cielo se le caía encima, seguro un balazo también lo había perforado y ya no se sostenía. En un instante él fue suelo y el suelo cielo. Volátiles, difusos, espumosos. Se sintió importante, muchas caras lo estaban mirando. Por primera vez ¡fue importante!, estaba en el centro de una escena.
Mientras los últimos suspiros se difundían en el smog de la ciudad enorme que se lo estaba devorando, flotó entre dos pensamientos: la espera vana de su padrino en la compañía naviera y la familia también esperándolo en la tierra oscura santiagueña. Y él sólo podía ver un cielo ávido de vida que se le desplomaba lentamente, asfixiándolo, transformándolo en moléculas dispersas del ensayo de un final.

Cuento seleccionado   por:
 Editorial Dunken,       en el libro "Entredichos" , Buenos Aires, 2020

jueves, 13 de febrero de 2020

Vuelvo a tocar la puerta

Gil Sanchez

Mexico



Estoy tan solo que puedo descargar mis añoranzas con llanto. El tiempo quedó estancado cuando salí corriendo por mi ilusión bajo una lluvia tenaz. El recuerdo sin tiempo en el ahora qué importa. Fui un fantasma atrapado en la penumbra intimidante. Incéndiame mi Lupe, incinera con tus labios lo que queda de mí, o simplemente, quema con gasolina mi sueño para que no quede nada que lo avive. Hoy, soy un hombre solitario que camina libre sin claustrofobia. Una nube gris baja, avisa, quizás, que la puerta de mi infierno está cerca, siento un viento frío que sacude mis huesos. La casa sigue con el mismo color de pintura envejecido. “¿Qué habrá sido de mi Lupe sin los besos de su inoportuno Pepe?¨