lunes, 15 de enero de 2018

Las tardes de Juan y Medio

Brigida Rivas Ordoñez 

Alicante, España

Tengo mucho tiempo, me pongo a limpiar.
Esto está que brilla, vaya aburrimiento.
Entro a la cocina, cojo el delantal,
voy a la terraza y riego los tiestos.
Sale el alguacil del Ayuntamiento,
la Paca, la Trini, la Julia, el Anselmo,
se encuentran, se ríen, ¡qué arreglados van!
me he vuelto cotilla por la soledad.
Abro la nevera y cojo un pastel.
Me siento muy sola, me quedo pensando.
Me comería otro, me estoy engordando.
Los hijos marcharon, dejaron el nido.
Él me abandonó?, se ha muerto?, SE HA IDO?
Lo examino todo, lo vuelvo a mirar,
llorando día y noche  en mi soldad.
Una buena amiga, un día me contó:
-"Chica, no te apures, tienes solución
mañana, en mi casa, después de almorzar,
con CANAL-SUR-TELE, vas a conectar"
Poco me esperaba lo que presencié:
Fulano, Mengana, Paquita y Daniel,
cuentan sus historias, que vienen a ser,
igual que la mía, derecho y revés.
Cojo el aparato, mi amiga me indica.
-"todo está arreglado, ya tengo mi cita".
¡Mujer atrevida! ¡Vaya sofocón!
 Me tiemblan las piernas, late el corazón.
¿Qué diré a mis hijos, a mi madre, al pueblo?
y vaya usté  a ver qué dice mi yerno.
Todos lo sabrán, mañana no salgo ni a comprar el pan.
¡Peor el remedio que la enfermedad!
Corriendo los días, se me va pasando.
Entre broma y veras, me voy conformando.
¿Limpieza de cutis, me cortaré el pelo?,
ensayo posturas, me miro al espejo.
Tengo que cuidar que tuerzo la boca.
Todos me aconsejan , yo me vuelvo loca.
Y llegado el día, el pueblo se vuelca.
Estoy aturdida, ¡Señor, que vergüenza!
Ya salto a las ondas, y el presentador,
¡Ay, qué hombre tan grande, válgame el Señor!
me vio reflejada en el monitor:
¡Cómo me ha dejado el maquillador!
me han hecho un peinado favorecedor
y sobre la frente me cae un mechón.
Los ojos, la boca, todo muy realzado,
y apenas se nota que la tuerzo a un lado.
También en la imagen se nota muy claro,
el cordón de oro, a plazos comprado.
  pendientes, pulsera, la sortija a juego,
y el reloj moderno de diseño nuevo.
me presenta al público: -"se llama  Leonor",
y  está con nosotros, por si algún señor,
entre los cincuenta y sesenta y dos,
que sea cariñoso y conversador,
que le guste el campo, el viajar, el baile,
que no tenga cargas, ni sea bebedor,
quisiera aceptar su proposición.
Ahora, Juan y Medio, el presentador,
habla de mi infancia, y mi adolescencia.
me pregunta cosas, se mete en materia.
Llegado al casorio, hay mucho que hablar.
-"Cuando conocí  al que fue mi esposo,
la misa, el rosario, hija de María,
ese era mi mundo, lo que conocía.
Yo era una chiquilla, y él casi un mocoso.
Y no lo encontraba nada sospechoso.
Siempre le gustaba la luz apagá.
"Ven por la vereda, que está más cerquita,
quítate el abrigo, te vas a asfixiar
si te doy un beso, no va a pasar ná.
Y dame las manos, las tienes helás,
déjame meterlas en este bolsillo,
y verás que gusto te da el calorcillo.
Y tenía razón, mis manos estaban en congelación.
"Ay, Pepe, ¿qué es esto tan largo que tienes aquí?
Pa que te calientes. Apriétalo así"
Juan se vuelve al público, que ríe gozoso.
pero no es pa tanto, porque en aquel tiempo,
le ha pasao a muchas, lo tengo por cierto.
Después del permiso, que pidió a mi padre,
ya podía mi novio, venir por las tardes
Estaba la abuela, sin pestañear,
sentá en la camilla, no podías ni hablar.
Y me amonestaba antes que viniera:
Cuidao con la enagua, y las manos fuera.
A pesar de eso, el mú aprovechao,
o me daba un beso, o me hacía un morao.
Como era mi abuela la que nos cuidaba,
y se levantaba a la madrugá,
muchísimas veces, daba cabezás.
Un día, que la vimos adormilailla,
corriendo nos fuimos tras de las casillas.
Pepe me arrastraba, yo retrocedía.
Juan y Medio dice, con su picardía:
-"¿Tú no disfrutabas, es que no querías?"
-"Yo estaba asustada, aquello dolía"
Ahora Juan y Medio, consulta a la sala,
lo hace sin palabras, solo con miradas.
En la sala suenan murmullos sin cuento,
que no dejan claro, si blanco, si negro.
-"A los cuatro meses, aquello abultaba,
hubo casamiento, la gente ya hablaba.
Como fue de prisa, no teníamos nada,
gracias que mi suegra nos prestó una cama,
y un cuarto, que hizo, juntando las tablas.
Pero si en la noche te extralimitabas...."
El público, ahora, ríe a carcajadas.
-"Lo que yo soñaba de color de rosa,
se puso muy negro, después de la boda.
Vivir con la suegra y con dos cuñaos,
que aunque yo limpiaba, no tenían cuidao.
porque ya en la puerta, había un empedrao,
por el que a la cuadra, entraba el ganao.
Allí, embarazada, mi paz añoraba.
¡Esto no es aquello con que yo soñaba!.
Pepe era muy bueno. Todavía sumiso.
Con una hipoteca, compramos un piso.
cuando nació el niño, nos fuimos de allí.
Durante algún tiempo me sentí feliz:
mi casa, mi Pepe, solitos al fin.
Y si hay condiciones, el amor florece.
cinco hijos nacieron de Leonor y Pepe.
Papillas. Pañales. Se está resfriando.
Se le cayó un diente. Otro ya está andando.
Por amor a ellos, me fui descuidando,
y cuando acordé, Pepe me engañaba con otra mujer.
Siempre disgustado, se le vio cambiando.
Ya no respetaba que estaba criando.
saliendo y entrando si estaba fregando,
volviendo a acostarse ya de madrugá.
Yo quería dejarlo, me tenía cansá.
mandando, exigiendo, no quería que hablara con la vecindad.
Él no tenía amigos, ni fútbol, ni na,
y con las vecinas, la tenía tomá:
Qué vieja, qué fea, esa está chalá.
Le pega a los niños, que no han hecho ná.
Tendría que dejarlo, pero a estas alturas,
la gente, mi madre, la vecina, el cura.
Y no es eso solo, que está la hipoteca,
que a nadie  le deja levantar cabeza.
Le temía al escándalo, tenía que aguantar.
Y pensé dejarlo para más allá.
Hace quince años, Pepe se me fue
No era buen marido, pero pienso en él,
me siento muy sola al atardecer
Lo que estoy buscando, bien pudiera ser,
de sesenta años, nada de beber,
que no tenga hijos, fumar, un poquito,
mejor que esté sano y tenga buen tipo.
Y no dice más, porque ya el teléfono, empieza a sonar.
Juan y Medio coge el auricular.
-"déjate de nervios, la suerte está echá .
Una voz potente lanza el altavoz:
-"Me llamo Agapito, me gusta Leonor,
esta es la razón porque llamo yo.
Juan y Medio dice: -"pregunta, Leonor".
-"¡Buen día, Agapito" y pienso en silencio:
-"¡Hijo de mi arma, qué nombre te han puesto!"
quisiera saber, tus años, tus gustos y cual es tu pueblo,
tus hijos, tu casa, detalles sin cuento.
Mi casa la tengo junto al mar azul,
ya tengo sesenta, y me gustas tú.
Yo sigo soltero, estoy pa estrenar.
Vivo en mi cortijo, tengo un buen pasar,
dos perros, tres gatos y mucho terreno para cosechar.
Si algo no te gusta, no pases cuidao,
que eso lo cambiamos como está mandao.
Y del asuntillo, del baile y viajar,
pecata minuta, que bailar ya sé.
Y nada de INSERSO, que en Mercedes Benz,
nos desplazaremos si te viene bien.
No bebo, no fumo, mido uno noventa,
y aún con la chaqueta, no llego ni a ochenta.
Leonor le contesta con sonrisa abierta:
-"Pues al parecer, vas que ni pintao.
-¡"Caramba, Agapito, ¡cuánto me has gustao!
Cuando nos veamos, podemos tratar
algún detallillo, cosita de na".
Y es que está pensando, que con ese nombre,
difícil lo tiene para enamorar.
y quizá por eso,  estas alturas está pa estrenar.
Leonor se levanta, y muy natural,
se dirige al público, le hace callar.
-"¡Gracias Juan y Medio, porque eres genial,
dando a los mayores la felicidad!"

Brígida Rivas Ordóñez



sábado, 6 de enero de 2018

La Srta. Chichí

Clide Gremiger

Argentina




−¡Señorita Chichí! ¿Se acuerda de mí?
La anciana miró al almacenero y tuvo deseos de decirle que no, pero el hombre le sonreía con una mirada tan tierna que sólo se atrevió a responder con un gesto amistoso.
−¿Se acuerda lo mal que me portaba? Todavía tengo la marca del punterazo que me dio cuando metí un ratón en el armario. ¿Se acuerda? Mire si ahora hiciera eso. Sabe el lío que se le arma. Las cosas están al revés, ¿vio? Antes a las maestras las respetaban; ahora las tratan como a trapo de piso. Menos mal que usted ya está jubilada... ¿Cuánto le doy de mortadela?
Mientras el hombre, sin dejar de hablar, acomodaba la bocha de fiambre sobre la máquina, la mujer tanteó los billetes en el bolsillo derecho de su abrigo y sintió vergüenza de la miseria representada en esos escasos veinte pesos doblados en cuatro, pero supuso que debía mantener el orgullo de maestra y respondió:
−No pensaba comprar nada, así que salí casi sin dinero.
−¡Por favor, mire si le voy a cobrar a mi querida Señorita Chichí! Porque usted fue la maestra que yo más quise... Con punterazo y todo.
El hombre hablaba y reía, todo junto, con mirada franca y amplia sonrisa. La felicidad del reencuentro con su maestra de segundo grado de la primaria, le brillaba hasta en las mejillas, rosadas como el rostro de un bebé. La barriga se le agitaba debajo del delantal, atado casi a la altura de las axilas. Muchos años habían pasado, pero él recordaba la prolijidad del rodete de la Señorita Chichí. Lejos de ese rodete estaban los cuatro pelos blancos que se notaban lavados y peinados muy de vez en cuando. Pensó en la miseria que cobraban los jubilados y exclamó:
−¡Pero qué tonto! Usted se merece un buen jamón crudo con queso parmesano.
−No, por favor, la mortadela está bien. Me gusta.
−De ninguna manera, acépteme este regalo aunque más no sea por el año que me tuvo que aguantar.
Sin demoras, las manos del almacenero cambiaron la mortadela por el jamón, que cortado en fetas se fue apilando sobre papel transparente. Luego el queso y finalmente una tira de baguette. Ella extendió su billete, pero él se lo volvió a introducir en el raído abrigo gris y la apretó en un prolongado abrazo, mientras colgaba la bolsa en el brazo de la anciana.
La mujer caminó por la calle sin mirar atrás. Si giraba la cabeza por un instante, la culpa la haría volver para decirle que él estaba confundido. Pero cómo explicarle que su vida había transcurrido muy lejos de los libros, simplemente porque ella apenas si sabía leer silabeando... Tal vez podría haber desarmado la confusión, pero en el fondo le hacía mucha ilusión ser la Señorita Chichí de ese buen hombre.
Publicado en
www.clidegremiger.com 

sábado, 30 de diciembre de 2017

Paula

Deanna Albano

Caracas, Venezuela

 

 
Paula miró a través de la ventana. Un sol resplandeciente, le dio la bienvenida. Preparó su pequeño morral, sin olvidar poner dentro la lámina de metal. Nunca imaginó que le fuera a ser tan útil ese día; tampoco imaginó, que iba a ser largo y lleno de vicisitudes. Había venido desde Valencia a la capital, para estudiar derecho en la Universidad. Al salir, cerró la puerta; pero recordó la bandera y regresó por ella. Sus compañeros la esperaban para ir a una protesta.  
                 Ya en la calle, se cubrió la cara con la bandera y, junto con sus compañeros comenzaron a gritar consignas; incitando a las personas a protestar. Casi al terminar la andanza, se agitó el caos. Todos huyeron, pero ella quedó rezagada; fue cuando oyó la explosión de la bomba  que impactó en su mochila. La lámina la protegió, pero cayó  sobre su brazo. Al tratar de levantarse, sintió que un peso le impedía cualquier movimiento, era un guardia nacional que tenía la bota en su espalda.
                 Giró su cabeza. Se dio cuenta entonces que se hallaba rodeada de funcionarios policiales.  Dos de ellos la levantaron y la subieron a una moto. La llevaban aprisionada entre ellos. En su mente, las imágenes pasaban vertiginosamente: su papá se pondría iracundo: Ella había venido a la capital a estudiar. Les había prometido ser una excelente alumna y a tomarse muy en serio sus estudios, sin involucrarse en manifestaciones. También recordaba las historias de los que habían estado presos, hacinados, sin agua, sin comida, con amenazas de violación, y de torturas con electricidad.  El hecho de estar sola la aterraba. No sabía si sus compañeros se habían dado cuenta de su detención. El trayecto se le hizo interminable.
                    Los guardias le mascullaban amenazas e insinuaciones. Ella en silencio rezaba: ¨Padre Nuestro, que estás en los cielos…por favor que no me hagan nada “. Se lo repetía, una y otra vez...   Al llegar a la comandancia, la bajaron del vehículo, el dolor de la muñeca era insoportable y estaba bañada de sangre.
                     La recibió un capitán de mediana edad, quien se le acercó lentamente; contemplando su rostro, cubierto aún con la bandera, las lágrimas, el sudor, la sangre. Su pelo negro, brillante, largo hasta casi los hombros, le daba un aspecto casi salvaje. Paula temblaba. Un escalofrió le recorría la espina dorsal, mientras fijaba sus ojos en el capitán. Rezaba el Padre Nuestro, mientras se decía: ¨Por favor, que no me hagan nada”. 
                     Su mirada no se despegaba de la cara del soldado que la llevó delicadamente a una habitación con baño y con voz suave le dijo:
                     — Arréglese un poco.
                     En el baño, Paula respiró y, con gestos nerviosos abrió su morral y se dio cuenta que había sido la lámina de metal la que la había salvado de esa bomba lacrimógena; la observó agradecida, aunque todavía dolida por las quemaduras.
                    Al salir del baño, se encontró con seis pares de ojos abiertos de par en par, que contemplaban su rostro limpio y terso, lleno de lágrimas, con la boca fruncida para no llorar.  El capitán y los otros dos soldados pensaron: “Es una niña”.  Paula tenía 16 años, pero, con el pelo recogido y el rostro limpio, aparentaba tener doce o trece.
                   Uno de los soldados le agarra la mano ensangrentada y se la limpia, con mucho cuidado, con agua oxigenada. Otro de los soldados le ofrece un vaso de agua, que Paula toma y bebe de un solo sorbo. El dolor es insoportable. La llevan a enfermería. La atiende un doctor que le hace una sutura de siete puntos, con todos los cuidados necesarios.
                  Sin pronunciar una sola palabra, Paula se agarra del pelo, de las manos; ha perdido la noción del tiempo. No deja de rezar el Padre Nuestro “Por favor, padrecito, que no me hagan daño. Te lo ruego. Papito ¿dónde estás? Te necesito, por favor sacame de aquí”.
                 El capitán le habla con amabilidad:
                 —  Señorita, Ud. es demasiado joven, no debiera estar en las guarimbas.
                 El militar se aleja para hablar por teléfono. Los minutos se alargan; entran y salen soldados, que la miran con curiosidad. Finalmente aparece el padre de la joven, quien fue avisado por el fotógrafo de una reconocida agencia, el mismo que había tomado las fotos que evidenciaban que por lo menos veinte guardias rodeaban a la chica. Esas imágenes dieron la vuelta al mundo   y causaron estupor. 
                 El capitán regresa y se  acerca a los detenidos y dice:
                 Por esta vez, pueden irse.
                 Enseguida mira al padre de Paula y le explica:
                 — La orden que tenemos es pasar los casos a tribunales militares, pero en esta oportunidad haré una excepción por tratarse de una niña.  No quiero volver a verlos por aquí. Sr. Cañizales le sugiero que no permita que su hija participe en manifestaciones.
                Padre e hija salieron de la comandancia tomados de la mano. El padre se dirigió a su hija:
                — Paula, estoy muy orgulloso de ti, mantuviste tu dignidad en todo momento, solo tus ojos hablaron.  Te apoyaré en lo que decidas hacer.                                  
                Afuera, ambos observaron el cielo estrellado de la noche y les pareció que la luna llena sonreía.








                 
                 

miércoles, 20 de diciembre de 2017

El Abuelo Cuento de Navidad

  Jaime Aldana

           Lima, Perú

 

       Mis abuelos me influenciaron de muchas maneras diferentes, y sus gustos se convirtieron, con el paso del tiempo, en mis propios gustos. 

       Como mi cama se encontraba en la habitación de ellos, yo participaba como un espía silencioso de sus riñas, sus recuerdos o sus chistes que celebraban a carcajadas. Me encantaba cuando llegaba el momento de acostarnos, porque mi abuelo prendía la radio para escuchar, en medio de la oscuridad, Melodías del Recuerdo. Luego jugaban a adivinar quién era el cantante y cómo se llamaba la canción. Casi siempre me quedaba dormido escuchando un vals o un tango de Gardel, del que me aprendí varios temas que cantaba a viva voz... al día siguiente.

       Fue en esa época en que terminaba mi educación secundaria en un colegio Parroquial, en que vine a descubrir hasta qué punto me sirvió haber aprendido a cantar tangos.

       Un día llegó a nuestro salón el rector del colegio, un Padre Marianista de nombre Horacio Lapetra, para invitarnos a unirnos al coro del colegio. Nos apuntamos varios compañeros que vimos en esa convocatoria la oportunidad de divertirnos un rato y escapar de las aburridísimas clases de religión.

       Casi al finalizar el año lectivo, el Padre Lapetra    ––no sobra decir lo mucho que nos divertimos cambiándole el apellido al curita–– nos llamó para decirnos que debíamos prepararnos para una actividad importante que deseaba realizar. Estábamos intrigados pero a la vez disconformes con el anuncio, porque veíamos que nuestras vacaciones de fin de año se iban a pique. 

       El sábado siguiente estábamos todos reunidos en el salón de actos, cuando llegó más entusiasmado que de costumbre, a decirnos que estábamos comprometidos a cantar en el asilo de ancianos de la localidad. 

       ––Tenemos que comenzar de nuevo. No vamos a llegar donde los abuelos con Noche de Paz o villancicos, porque nos sacan corriendo. Hay que cantarles canciones que a ellos les guste. ¿Alguno de ustedes sabe música vieja? ––nos preguntó.

       ––Yo, Padre ––dije levantando la mano. 

       ––Bien, a ver. ¿Qué te sabes? ––me dijo de frente. Comencé a cantar Esta noche me emborracho, de Gardel. Me miró un poco desilusionado por mi voz, pero al final dijo:

       ––Bueno, por ahora está bien. Voy a ver qué instrumentos tenemos para ponernos a ensayar de inmediato. 

       Los ensayos nos quitaron buenos fines de semana, pero al final pudimos hacer algo decente. Mi voz aguda ––''opaca'', decía el Padre Lapetra para no hacerme sentir mal–– fue potenciada gracias a los esfuerzos de mis compañeros, quienes se destacaron con la guitarra, el violín, el piano y el coro. Por suerte en el asilo tenían un viejo piano de cola, así que no tuvimos problema.

       El día tan esperado llegó. Fue justo antes de navidad. Todos estábamos muy nerviosos pero alegres de poder compartir nuestra música. El Padre nos llevó en su vieja furgoneta, en donde también empacamos un sinnúmero de regalos. Se nos informó que cada uno de nosotros tenía que hablar con alguno de los abuelos, a quién entregaríamos aquellos regalos.

       Llegamos a la enorme casa rodeada de jardines, en donde nos esperaban los ancianos. Luego del recibimiento, pasamos al comedor y de ahí a un salón de sillones mullidos en donde nos presentamos con mayor familiaridad. 

       A mí me tocó saludar a un señor de unos ochenta años, muy delgado, que no paraba de reír. Cuando estaba por presentarme, se levantó de su lugar y vino a mi encuentro alborozado:

       ––¡Hijo mío, qué bueno que me hayas visitado! ¡Hacía tiempo que quería verte! ¿Por qué no habías venido antes? ––me preguntó estrechándome entre sus delicados brazos. No supe qué hacer, estaba aturdido por la inesperada reacción del señor que no paraba de preguntarme por qué no había ido antes. Pensé que tal vez su edad hacía que me confundiera con su hijo. Miré a mi alrededor esperando a ver qué me decían mis compañeros, pero todos estaban hablando con sus respectivos ancianos. No tuve el ánimo para desmentirlo y decirle que yo no era su hijo. Acepté su abrazo y respondí:

       ––Papá, perdóneme. Estuve de viaje. Pero voy a venir cada semana. Se lo prometo.

       ––No te preocupes, hijo mío, lo importante es que ya estás aquí ––me dijo apretujándome con sus escasas fuerzas. 

       ––Mire, le he traído un regalo por navidad. ¿Se acuerda de las navidades, papá?

        ––¡Claro, hijo! ¡Cómo voy a olvidarlo! Te llevaba a ti y a tu hermana a ver a papá Noel. Tú te asustabas con el viejo vestido de rojo ––me dijo sonriendo––. A propósito, ¿Sabes algo de tu hermana? Vino a verme hace como dos años pero tampoco volvió ––sus ojos se llenaron de lágrimas al decirme esto, pero se secó con el dorso de la mano y siguió mirándome con una ternura difícil de olvidar.

       ––No es momento de llorar, papá, hemos venido a traerles una serenata ––le dije, estaba a punto de ponerme de llorar yo también. Voltee a mirar a mis compañeros y los vi tristes. Sus sonrisas no eran las de siempre. 

     ––Bueno, amigos, creo que llegó la hora de cantar ––les dije, a pesar de que el Padre nos había dicho que era él el que daría la orden. Nos acomodamos para comenzar, pero el señor Anselmo, como me dijeron que se llamaba, no quería despegarse de mí. Lo separé suavemente y le dije al oído que le iba a cantar una de sus canciones favoritas. Me miró sin parar de sonreír. Parecía orgulloso de mi.

       Comencé a cantar Arrabal amargo, y seguí con La cumparsita. Los ancianos cantaban con nosotros haciendo la mímica de tener un micrófono en la mano; se los veía felices. Luego vinieron otros temas hasta que llegó la hora de despedirnos:

       ––No te vayas, hijo, por favor ––me pidió don Anselmo. Su ruego desesperado me conmovió. Nunca había visitado un asilo de ancianos y esto que pasaba era completamente ajeno a mis posibilidades de entendimiento.

         ––Voy a venir apenas pueda, papá, se lo prometo ––le dije. Me abrazó una vez más y asintió con la cabeza. Sus ojos lucían apagados, como si supiera que yo no volvería jamás. 

       Rato después, y ya dentro de la vieja furgoneta, dimos rienda suelta al llanto; parecíamos unos chiquillos de cuna que no encontraban consuelo. El Padre no nos dijo nada. También sus ojos se veían vidriosos. El resto del viaje lo hicimos en silencio.

       Llegamos al colegio y nos despedimos como si algo de aquella senectud se nos hubiera pegado. Antes de salir me acerqué al Padre para contarle lo que me había pasado.

       ––Sí, te entiendo. Lo que pasa es que las familias siguen pagando sus mensualidades, pero ya nunca más regresan a visitarlos ––me explicó.

       Apenas llegué a la casa, corrí donde mis abuelos y los abrace con fuerza.

       A partir de esa fecha, y cada vez que podía, fui a visitar a don Anselmo. Fueron cerca de dos años de visitas y conversas en las que me contó infinidad de historias que sus compañeros estaban cansados de escuchar, pero que para mí representó todo un descubrimiento.

       Un día fui a verlo, pero ya no estaba. Mi corazón dio un brinco al comprobar lo que había sucedido. Hacia tan solo dos días había fallecido de muerte natural. Los encargados del asilo me informaron que sus últimas palabras fueron para mí. Me pedía que no fuera a vender la casa que tanto le costó comprar y refaccionar. También me dijeron que ese mismo día lo enterraban en el cementerio Presbítero Maestro.

       Llegué justo antes de que depositaran el féretro en su lugar. Miré los rostros de los familiares y no vi vestigio de tristeza. Era como si hubiesen venido a una cita cualquiera.

       Antes de salir de allí, me acerqué a uno de ellos y le pregunté:

       ––Disculpe, ¿el señor Anselmo era algo suyo?

       ––Sí, era mi padre, ¿por qué la pregunta?

       ––Por nada. Lo hubiera hecho feliz que lo visitara de vez en cuando en el asilo. Me dijo que en la casa guardaba un tesoro, pero no me dijo exactamente dónde ––me atreví a decirle. 

       ––¿Cómo? ¿Dónde lo conociste? ¿Quién eres tú? ¿Por qué...?

       No quise escucharlo más y me retiré del lugar. Intentó seguirme pero corrí hasta que llegué a la casa de mis abuelos, que me esperaban para almorzar.

MANUEL TEYPER  ESCRITOR COLOMBIANO mteyper@hotmail.com

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Mutación

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Elvira Hoyos Campillo

Cartagena, Colombia

 

                 Goyo arribó a la costa de Cartagena de Indias para conocer sus orígenes. Guardaba las esperanzas de hallar con vida algún miembro de su familia o al menos un amigo que lo reconociera y le contara lo sucedido aquella tarde de holgorio en la playa. Desconsolado recordaba imágenes coloridas y nítidas de muchas personas que se movían en ambientes concéntricos, allí, en la playa; sosteniendo en sus manos velas, o quizás antorchas encendidas.
                Hombres y mujeres bailando con cadencias mientras se oía el golpeo de tambores. De repente un viento fuerte apagó las mechas y se llevó los sombreros voltiaos de los músicos, la reunión se disgregó, la gente corrió en todas direcciones gritando: “el mar… el mar se está metiendo en la playa, se nos viene encima” y él sin entender nada, se quedó paralizado buscando con la mirada a sus padres o tal vez esperando que estos vinieran por él.
               Sus padres formaban parte de la cumbiamba.  Una palabra que jamás olvidaría, había crecido escuchándoselas a ellos constanmente cuando hablaban entre ellos y sus amigos y a él, a él le habían dicho “obsérvanos bailaa que cuando tú seaa grande, también serás cumbiambero, aprende ahora, oye el tambó, que ese sonido es el que te dice cómo movee los pies”.
              Ese día, antes de finalizar la tarde, se fueron todos a la playa. Su padre le había dicho, “ven pa´ que veas como es la cosa”  La abuela les grito: “no, al niño me lo dejan aquí, que todavía está chiquito”  y su padre le había respondido, “ Que chiquito ni que naaa, él es ya un hombrecito, yo, a su edaa sabía un montón de vainas” y dirigiéndose al niño lo cargó en brazos mientras le hablaba y caminaba con él cargado: — ¿no es así capitán, que tú, ya estaa grande? Tú estaa en edaa hasta paa enamoraaa mujeres. Su madre había respondido por él: “deja de decirle esas cosas al pelao, que lo vaa a dañaaa antes de tiempo “
              Llegaron a la playa. Allí estaban los demás, con cámaras fotográficas algunos, que arribaban a ver la Cumbiamba. Podría decirse que de todo el mundo habían venido. El cielo muy claro, a lo lejos se veía venir nubes blancas. El sol comenzaba a bajar. Lo dejaron sobre uno de los enormes pedruscos del espolón. Su padre le dijo “pase lo que pase de aquí no te vaa a movee, nos esperaa a que vengamos pooj ti” Desde allí él podía ver todo muy bien. Además no estaba solo, a su lado unas niñas con algún familiar mayor y otras personas.
               La Cumbiamba empezó, el golpeo de tambores se sintieron como latidos del planeta, la gente se acercaba, los músicos se dispusieron en un amplio círculo, dejando despejado el centro del redondel para los bailarines con sus trajes de cumbia: ellas con polleras y candongas y fragancias de la tierra y ellos con pañuelos rojos amarrados al cuello y velas encendidas en su mano. La cantaora inició con un estribillo que los demás coreaban. El sol brilló como nunca y las nubes avanzaron hacia nosotros. Las gaitas soplaron tornando fresca la brisa. La cumbiamba enganchaba sensual, seductora, cuando el viento se agitó de repente.
              Gritos desordenados interrumpieron aquel hechizo refulgente por relámpagos de luna que encresparon la mar. La concurrencia gritaba: “el mar se nos viene encima”. De improviso se desató el aguacero.
               Ante la visión de la aquella extensión solitaria, Goyo apreció ahora la calidez de la playa; recordando el frio que aquella vez le puso la piel de gallina mientras esperaba parado sobre el espolón. Entonces revivió el recuerdo en que… unos brazos me cogieron, me cargaron y no era mi papá, ni mi mamá, no lo conocía y empecé a llorar, sentí miedo. El hombre corrió conmigo en sus brazos y así corrimos y corrimos, deteniéndonos donde creímos que nos habíamos salvado; pero no, no fue así, debíamos seguir corriendo. Y seguimos corriendo tierra adentro; “ el mar se metió”  “el mar se nos vino encima” “corramos, no paremos” “no se detengan” Mientras yo sentía las aguas alcanzándome, empapándome, arrastrándome, tragándome y no vi más, no volví a ver a nadie, quedé solo. Solo.
              Estoy recordando, imaginando y sintiendo como cuando me quedo dormido y sueño con mis padres, mis amigos, la cumbiamba y escuchó los tambores y las palabras y los gritos y las voces de mi abuela, de mi madre y de la gente. Por eso he vuelto a la orilla del mar, a ver si encuentro algún conocido en la playa qué me dé información; pero nada. Yo no puedo demorarme mucho tiempo aquí afuera, porque no respiro muy bien. Siento que me asfixio. Los pescadores pueden tirarme el trasmallo y pescarme y entonces ya no podría volver a buscar a los míos.

martes, 21 de noviembre de 2017

Justina

Adriana Diaz

Argentina



Cuando el tío Fernán murió, fuimos muchos los que creímos que iba a volver. A resucitar, a revivir, no sé. Nos parecía increíble que estuviera muerto. Imaginábamos que era una broma. De mal gusto sí, pero una broma al fin.

Con el correr de las horas y los días, nos fuimos dando cuenta que todo era una fatal e irreversible verdad. Lo que esperábamos fuese una humorada, era sólo una  decisión inentendible de quién sabe, Dios, el azar o el destino.

El tío Fernán, de verdad se había muerto. Los más grandes, nos acostumbramos a no tenerlo ni a contar con él para todo, como hacíamos siempre y los más chicos aprendieron que no debían llorar sino recordarlo con alegría.

De a poco, todos nos fuimos acomodando y finalmente nos adaptamos y  resignamos.

Menos su preferida, Justina.

La niña era su hija, la menor. Su pelo era negro, brilloso. Largo y lacio. Le crecía en gran volumen y ritmo. Por ese entonces, rebasaba sus rodillas. Era delgada, esbelta. Le gustaba danzar. Bailar entre los campos sembrados y los trigos altos. Dar vueltas por entre los árboles con frutas.

Sus ojos eran grises y pequeña. Titilaban sin cesar cuando te miraba sin decir nada porque la chica, debo añadir, era muda. Los más viejos del pueblo decían que estaba maldita de adentro y eso le impedía emitir palabras.

En vano intenté saber porqué. Nadie me dijo el motivo ni las razones. De eso no se habla, decía mi madre y muy seria, cambiaba de tema o me enviaba a hacer mandados para que no siguiera preguntando.

Después de los primeros días y las semanas posteriores a la gran explosión de la fábrica en la cual el tío trabajaba custodiando las calderas y en la que perdió la vida, la pequeña se extravió.

Su madre, la señora Rosa, pareció partirse del dolor y algunos, los más supersticiosos, encendieron velas y se persignaron. Todo el pueblo y algunos baqueanos de los alrededores se sumaron a la búsqueda. Incluso a los chicos se nos permitió ir y tratar de colaborar.

Luego de muchas horas, la encontramos perdida, desorientada y sin rumbo, merodeando por el monte. Llevaba el pelo enmarañado y los ojos hinchados de llanto. El cuerpo casi desnudo, sucio y la ropa maltrecha.


Quiénes pudieron acercarse a ella, cuentan que emitía gruñidos y sonidos extraños. La arroparon con unas mantas y le calentaron las manos antes de subirla a una ambulancia. Después la llevaron al centro médico de la zona.

No volvió a ser la que era y si tenía una maldición, no pudo romperla. Jamás la escuchamos hablar o emitir palabras como cualquiera de nosotros.



Sólo cada día, como a las seis o siete de la tarde, cuando baja el sol y la tierra se oscurece, sale siempre a buscarlo. Se mete entre los campos sembrados de trigo y corre a través de ellos, con los brazos en alto. Los que conocemos su historia, sabemos que busca a su padre muerto.

Dicen que aunque el cuerpo del tío Fernán nunca fue encontrado, lo pudieron identificar por las prendas y objetos que llevaba puesto. Algunos aseguran que la niña busca entre los sembrados, esas partes no halladas que como esquirlas quedaron esparcidas por el impacto de la explosión.


Si uno hace silencio, en las noches más frías y aunque se esté a kilómetros de distancia- agudizado el sentido- se puede escuchar su lamento aún infantil, seguido de algo semejante a un grito que te espanta, te conmueve y estremece.

Cuentan que las almitas que quedan sueltas, como suspendidas en ese límite estrecho y difuso, entre la tierra y el cielo, se reconocen en lo secreto, cuando nadie puede verlas. A veces, un silbido diferente y profundo es respondido por otro del mismo tenor. En ese caso, no hay dudas. Ambas almas se han encontrado.

Entonces sucede.

Una tira de la otra y logra ese paso. Cruza ese límite. Uno puede ver ese espectáculo no demasiado común, si está justo y atento, en el lugar exacto. Es como ver una estrella fugaz cayendo del firmamento a la tierra pero al revés.

Fue lo que anoche sucedió en el cielo de mi casa. Pude distinguir a la niña, que desde lo profundo del sembradío, parecía ofrecer su cuerpo delgado y breve hacia arriba. Sin emitir ningún sonido, cubierto de espigas, su vestido blanco de bordes azules envolviendo su figura pequeña, se levantó en un vuelo sin retorno.

Me quedé en silencio por un rato largo. En señal de respeto, como dice mi madre, por los fieles difuntos y las santas ánimas.