miércoles, 30 de noviembre de 2016

Samhain

-->
Paul Fernando Morillo
Lewisville. NC. USA

            Ocurrió al fin del verano, cuando después de tanto tiempo, la vi de nuevo. La noche apenas comenzaba, el aire se estiraba de tibio a frio y el ambiente estaba un poco más helado. Las hojas multicolores, secas, ingrávidas y trémulas asoladas por el viento golpeaban las tumbas del campo santo.     Fue por la algarabía de las hojas, que imitando a un puño chiquito y golpeando las lapidas mudas, que desperté. Este día, en la obscuridad, según los druidas y otros entendidos, se tensa el limite donde descansamos los viajeros, esta frontera pasa a ser más finita, o mejor diría yo, en ese instante el velo se pone más delgado y se rompe, y los vivos de los muertos ya nunca se separan.
            Así fue que, el ritmo de las hojas bailadoras y la oportunidad de la única noche fantástica del año, pulsó mi alma que estaba guindada en la nada, abrí los ojos, me incorporé y caminé. Las casas, las calles habían cambiado, pero mi instinto sabía adónde llevarme. Después de varias cuadras, por cierto fueron treinta y cinco, el mismo número de años que no la había visto, entonces la encontré, y la vi. Más hermosa que nunca, ella fue la última visión que tuve aquella vez.
            Caminaba enjuta apoyándose en una vara de madera más alta que ella, en la parte superior del palo brillaba afilada una pieza metálica, con la forma de un triángulo isósceles pero con la punta mirando hacia el piso. Las manos eran delgadas y groseramente huesudas. Una mano estaba aferrada a la vara de madera y parecía una extensión de la misma, la otra, descansaba en la parte baja de la espalda y la sobaba suave, aliviando un dolor viejo y enconado por el paso de los siglos.
            La seguí a distancia prudente, ella estaba consciente de mi presencia, pero también sabía que todos los negocios pendientes fueron sellados tiempo atrás, yo ya no le debía nada, así que me dejó seguirla.
            Ella buscaba algo o alguien con encendida ansiedad, los ojos oscuros y huecos iban de izquierda a derecha en frenético vaivén, a veces la cabeza acompañaba los trazos de los ojos, incluso, a ella la paciencia eterna de deambular por la tierra cargando muertos, se le estaba acabando, pero, ¿quién por Dios, ha encomendado semejante tarea a tan bella señora?
            La hora marcada en los pies del destino de un joven muchacho asomaba sus pesados segundos por la esquina. A los lejos los faros de un coche se asomaban espectrales. Entonces la mujer actuó, dejó caer un billete disimuladamente en la mitad de la calle, el joven se adelantó a recogerlo y el coche lo golpeó en toda la cabeza, dejándole acostado y sangrante. El auto desapareció con la misma rapidez que asomó segundos antes. La señora, seria, se acercó al cuerpo yacente, lo vio sin mirarlo, acercó el bastón guadaña, lo insertó por debajo de un cordón azul platino, cuya contextura se asemejaba a la plata pura y estaba pegado a la altura de la frente, la pieza a manera de cordón bailaba libre al compás de las hojas y el viento, lo cortó de un tajo. El mozo expiró en ese instante. La bella mujer estiró la mano que frotaba la espalda, nunca aflojaba la guadaña ni por un instante, metió el dedo índice en forma de gancho por donde estuvo el cordón azul plateado, hurgaba con afán hasta que de un tirón  saco el alma del muchacho, la puso sobre su espalda, y desapareció entre el frio viento y las hojas secas del otoño que se instalaba. Yo recordé mi propia muerte hace treinta y cinco años cuando la hermosa muerte me cargó con ella y no sé por qué me despertó de mi descansado sueño. 

sábado, 26 de noviembre de 2016

El pajaro que grita

-->

Adri Diaz

Argentina


 
Hay un pájaro. Extraño, sí señor. Yo creo que es pájara pero no sé cómo probarlo. No importa. No hace a la esencia de este relato. Lo que interesa es que hay un pájaro o pájara que se ha instalado en nuestra vecindad. En nuestro barrio, en nuestra calle. Sobre nuestras cabezas. Vive allí desde hace un tiempo. Todos nos hemos dado cuenta. Incluso aquellos que no socializan demasiado pero habitan este mismo lugar que nosotros.
El pájaro, la pájara grita toda la noche. Así como se los cuento. Grita y no es un arrullo normal o un gorgojeo no, es un grito. Un alarido constante. Ruidoso, fuerte. Interminable. A veces, en las horas de la madrugada, parece que estuviera poseído. Grita como si tuviese un demonio dentro. No es normal, decimos todos los que habitamos la calle y nos hemos reunido más de una vez a mirar hacia arriba y a conversar sobre el tema. Es un grito ensordecedor y permanente. Comienza como a las ocho de la noche cuando baja el sol, sin falta. Es como un grito de guerra. No sé qué pretende, qué busca. No sé si tiene un plan de destruirnos la cabeza o dejarnos sordos. No lo sé. Sólo puedo asegurar lo que veo. Y eso es, un pájaro o una pájara. Provista de toda rareza.
Anoche ha venido una patrulla. Y luego, tres móviles más. Han bajado de sus coches. Linterna en mano. Han recorrido el lugar buscando al sospechoso. Han mirado por los jardines, entre las ramas y en el follaje espeso. Han apuntado las luces altas hacia arriba y he visto a un par de los uniformados treparse con agilidad a unos pilotes de cemento para poder localizarlo. Se han escuchado sus voces y la del oficial a cargo. El handy, la frecuencia. La radio del comando.  Al final, después de un fuerte operativo, lo han capturado. Lo han bajado del árbol apuntándolo con la metralla y le han puesto las esposas. Lo han metido en uno de los autos policiales y se lo han llevado detenido.
Esta mañana nos hemos juntado los vecinos de la cuadra y hemos comentado sorprendidos: Vaya, pues si que funciona y con qué excelencia, el 911.

#ElPájaroQueGrita


 

viernes, 11 de noviembre de 2016

Morir en el Pescante

 Osvaldo Villalba

Argentina


Muchos no creen en nada, pero temen a todo.

La madrugada del lunes 13 de febrero de 1950 se presentó con una feroz tormenta de verano. De esas que se descargan luego de un día sofocante y pesado. Sin embargo, en la localidad de Ezpeleta, al sur del conurbano bonaerense, la actividad laboral se cumplía con normalidad. En un par de horas, algunos operarios marcharían hacia la localidad de Quilmes a trabajar en la cervecería homónima. Pero también las pequeñas actividades locales se ponían en marcha.

Así, José Echea, más conocido como El Vasco, ataba su yegua Mora, al carro de lechero, que era su fuente de trabajo, sin presentir que ese día moriría en el pescante del vehículo.

A pocas cuadras de allí, Arnoldo Cardozo, alias El Negro, se despertaba alarmado por la tormenta a las cuatro de la mañana.

El Vasco iba, de lunes a viernes, con su carro cargado de tachos lecheros hasta la ruta donde un camión, que venía desde Ranchos, traía la leche recién ordeñada de los tambos de la zona. Luego hacía el reparto, casa por casa, en su barrio y alrededores. Las vecinas salían con su jarra en la que él vertía el líquido con un envase de aluminio que, se suponía, era la medida de un litro. Los sábados no trabajaba porque a la mañana jugaba pelota vasca con sus amigos y a la tarde sufría en la tribuna del Club Atlético Argentino de Quilmes. Trabajador como el que más, su única debilidad era el cigarrillo. O por lo menos a eso le atribuía su agitación y falta de aire cuando jugaba pelota, lo que le provocó desvanecimientos en más de una oportunidad. Su familia no sabía nada porque le había prohibido a sus amigos que lo mencionaran. A los cincuenta años, el Vasco era un tipo respetado, en el barrio por su trabajo y en la tribuna, por su coraje.

El Negro había nacido en Ezpeleta y siempre había vivido en su casa natal. A los veinte años, trabajaba, con su padre y su hermano mayor, en el cementerio de la localidad que, en realidad, era conocido como el “cementerio de Quilmes”, por ser cabeza de Partido. Desde chico había acompañado a ambos en su tarea de cuidar y mantener las tumbas, nichos y bóvedas. Renovaban los jardines, lustraban las placas de bronce, colocaban los mármoles y monumentos, cobrando una mensualidad a los deudos. Su casa estaba ubicada frente al paredón trasero del predio. Su padre había clavado en los ladrillos unos fierros escalonados que ellos usaban, en ocasiones, para entrar al cementerio sin necesidad de dar toda la vuelta hasta la entrada principal o cuando ésta estaba cerrada.

Sus amigos bromeaban cuando lo veían llegar al bar, donde se juntaban a jugar al billar:
−¡Che! ¿No sienten olor a velorio? −preguntaba uno.
−¿Sabés que sí? −decía otro.
−¡Gallego! ¡Tirá un poco de acaroina! –gritaba un tercero dirigiéndose al dueño del bar.

Sin embargo, realmente, lo admiraban.
−¿No te da miedo entrar o quedarte solo después que cierran? –le preguntan.
−¡No! ¡Para nada! ¡A los vivos les tengo más miedo! –respondía riendo.

¿Qué circunstancias se concatenan de tal manera para que, en un momento,  dos actividades rutinarias terminen en una tragedia? ¿Existe una mano invisible que mueve los hilos de cada persona, como si fueran marionetas, y los coloca en el momento preciso y en el lugar indicado para que las cosas ocurran? Los creyentes seguramente se lo atribuyen a Dios, los otros al destino o simplemente a la casualidad.

El Vasco terminó de atar la yegua en medio del aguacero, los truenos y relámpagos. Se apuró a revisar los tarros para comprobar que estuvieran limpios, subió al pescante y azuzó al animal. Tenía que llegar a la ruta antes que las calles de tierra del barrio se hicieran intransitables. Para cortar camino enfiló por la calle de atrás del cementerio.

Arnoldo saltó en la cama con el estampido de un rayo. Todavía somnoliento, se sentó escuchando el silbido del viento y el golpeteo de la lluvia sobre el techo de chapa. Recordó que la tarde anterior su padre le había pedido que dejara las puertas de las bóvedas abiertas para que se ventilaran después del calor sofocante del día. “Si las puertas se golpean se van a romper los cristales, además de mojarse los cajones”, pensó, “Mejor me voy a cerrarlas”

Buscó una linterna y, para no perder tiempo, salió con la ropa que tenía puesta: una camiseta musculosa y un calzoncillo tipo pantaloncito, ambos blancos. “Quién va a andar por la calle a esta hora”, pensó. Saltó el muro, tomó el camino que bordea el sector de tumbas más antiguas que sale justo a la calle de las bóvedas. El viento doblaba las copas de los árboles y producía un silbido que, a cualquiera que no estuviera acostumbrado, lo hubiera paralizado. La lluvia arreció de tal manera que su linterna se mojó y dejó de funcionar. Como no se veía nada siguió caminando de memoria. Cada tanto los relámpagos lo iluminaban como para estar seguro que iba bien. Cuando iba llegando a las bóvedas escuchó cómo se golpeaba una puerta con el viento. Corrió y se dio cuenta que el camino había comenzado a inundarse. Fue primero a la de los Losada que tiene subsuelo, rogando que el agua no hubiera rebalsado el escalón. Sacar el agua de allí sería un trabajo de hormigas. Se alegró que no hubiera pasado. Cerró todas las bóvedas sin que se dañara nada. Estaba mojado como si le hubieran volcado encima el tambor donde se junta el agua de lluvia.

El carro avanzaba trabajosamente entre las huellas barrosas de la calle. El Vasco cubriendo, con la palma de la mano para que no se moje, el segundo cigarrillo encendido desde que salió de su casa, estaba parado en el pescante, para ver mejor.

El Negro, feliz porque, pese a la mojadura, todo había quedado en orden, llegó al paredón y empezó a trepar desde adentro. Pasó un pie por arriba del paredón y había empezado a descolgarse, cuando un rayo cayó muy cerca iluminando toda la escena.

Llegando casi a la mitad del trayecto, el Vasco, empapado ya, encendió su tercer cigarrillo, para lo que tuvo que usar varios fósforos, cuando se iluminó la calle y vio, con espanto, una figura blanca que saltaba el paredón del cementerio y se descolgaba hacia la calle.
−¡Dios mío! ¡Dios mío! −gritó tironeando de las riendas.

Arnoldo escuchó los gritos y vio un caballo patinando en el barro. Se dirigió hacia el carro.

El alarido del Vasco llenó la calle. La yegua, al sentir las riendas flojas, se lanzó al galope y el carro se perdió en la noche.

Arnoldo se quedó parado en la vereda sin saber cómo reaccionar. ¿Contaría lo sucedido? Por mucho tiempo le costó conciliar el sueño, sobre todo después de enterarse que habían encontrado el carro, parado junto a la barrera, con el Vasco muerto en el pescante, producto de un ataque al corazón, como se decía en aquella época.






viernes, 4 de noviembre de 2016

Otro pueblo

 

Clide Gremiger

Argentina


 “…cuando uno despierta todo está cambiado
y es como si el pueblo entero se hubiera ido a otro lugar.”
Abelardo Castillo

¿Por qué esperé quince años para volver?
Quince años con las tripas en revoltijo, la garganta agriada por el recuerdo que nunca se hacía pasado. “Allí está él”, me dije mil veces como escudo. “¿Y qué?, para otras cosas sí tuviste agallas”, me picaba la conciencia, siempre tan directa, la muy puerca. Del pueblo me fui con la vergüenza adherida hasta en la valija. Por años me sentí sucia, con el olor de la culpa hasta en el pelo. Nunca más me pude enamorar. “¿A lo que tuviste con él, le llamás amor?”, me vuelve a picotear la muy perversa, que no me deja en paz ni en sueño. No sé cómo le llamo. Nunca lo llamé de ningún modo. Ni su nombre me atreví a pronunciar en todos estos años.
En la ciudad, donde nadie sabe nada de nadie, me hice una vida… “¿Una vida?”, me silba, la chillona. Bueno, hice lo que pude. Estudié, trabajé, me compré un departamento en pleno centro… tampoco es que me quedé quieta. “Ajá… Y cuántas personas te visitaron en ese departamento en pleno centro”, me replica. No tengo ganas de responder, pero debo reconocer que tiene razón: nadie me visitó porque no invité a nadie. Fue una vida de estudio y trabajo. Los hombres que intentaron seducirme me parecían estúpidos, insulsos, escasos de neuronas. Si no fuera que ponía siempre la música para no oírla, podría escucharla diciéndome: “¡Ja, no me digas que él tenías las neuronas de un genio!”.
Y los años se fueron escurriendo hasta ayer, cuando me llamaron para avisarme que mi madre había muerto y que después de quince años ignorándome hasta  por teléfono, pidió por mí. Y decidí venir a su velatorio, a enfrentar las miradas de todos los búhos del pueblo. Y al primero que vi fue a él. “Señorita Lidia, ¿cómo está?”, me dijo. ¡Eso me dijo!
“Y qué esperabas. Él tenía dieciséis y vos cuarenta”, me dice la conciencia siempre tan perfecta.



domingo, 23 de octubre de 2016

La Despedida


Paul Fernando Morillo

Lewisville, NC. USA


            Los días más bellos muchas veces traen las noticias más tristes. Este jueves se convertía en un doloroso rosario de eternos segundos y minutos. El cielo vestía su abrigo celeste y el sol calentaba despacito, las nubes espiaban de lejos la algarabía y la tristeza de los seres que habitan la tierra. Marcos salió de su casa sin rumbo, nada le atraía, nada le provocaba una expresión de cariño. Sus preocupaciones eran otras, su despedida estaba cerca, muy cerca.

            Aurora había perdido la batalla en este espacio físico. “Su afección modificó su condición ontológica”, dijo el médico. Estaba en coma alimentada solo por el equipo de sobrevivencia artificial. De su cuerpo, como sierpes extendidas, salían cordones plásticos enchufados a válvulas, y estas a su vez conectadas a unos instrumentos que indicaban las lecturas de los signos vitales de su cuerpo casi inerte. Toda la vida se había estancado en aquel coro de aparatos médicos que vomitaban sus cortas notas musicales indicando los órganos orquestados gracias a la electricidad. Tiempo atrás un Arquitecto, amigo íntimo de Marcos, resumió la verdad de la existencia humana en un párrafo chiquito, real, fatídico y tenebroso: “Toda la lucha de la vida, los impuestos, los títulos, las enfermedades, los hijos, los nietos, las licitaciones, el gobierno, la vecina, en fin todo, todo, llega hasta aquí nomas…” y señalaba una procesión funeraria. Marcos recordaba aquella conversación y le dolía el pecho,

            Marcos, sorbía su impotencia en la búsqueda de lo que no tiene respuesta. ¿Era acaso la hora de enfadarse con Dios? Marcos le había pedido, le había rogado, le había suplicado, que la salve, que le lleve a él en vez de ella. Que ella no se merecía eso ni nada por el estilo, que ella era una Santa, que no había hecho mal a nadie, que ella se preocupaba por el resto, que era buena madre, buena esposa, buena amiga. Pero Dios está altísimo y no oye, o no quiere oír, para el caso era lo mismo. Y él quería imponer su voluntad y no la voluntad divina. Los médicos habían coincidido, ya nada había que hacer y tenerla viva de aquella manera, era para Marcos, inhumano y ruin. Pero tampoco quería “desenchufarla” y verle morir, mejor dicho verla partir, porque muerta ya estaba hacía dos semanas. Rehusaba verse solo, enfrentarse a todo, le fastidiaba la soledad sin su pareja, la ausencia de sus palabras, de sus mimos. 

            El atontado hombre se aventuró por las calles del “down town”, lejos de todo y de todos, caminaba para despejar sus ideas, tomó la calle cuarta, a la altura de Spruce Street entró al primer restaurante que encontró y pidió un café.  El aroma del lugar le recordó a los indígenas de su país natal y su descripción cuando el agua hierve: el agüita deja escapar el almita. Este pensamiento le provoco nostalgia y le ensimismo aún más en sus ideas. Sacó el cuaderno de sus notas y escribió el título de su carta: La despedida. Quería que todo su sentimiento quedara escrito y quizás depositar en las manos de su esposa cuando estuviera en el féretro, aunque esas imágenes le amargaban aún más.

            El título le crispó la piel, pero el solo acto de haberlo escrito le liberó de la carga que estaba llevando en las dos últimas semanas, ahora Marcos sabía exactamente lo que tenía que hacer. Conteniéndose las lágrimas que empujaban por correr, pagó por su café y salió camino al hospital.

            Enfiló calle arriba por la Cuarta hacia Broad Street; de allí hacia la derecha hasta West End Blvd, hasta llegar a Reynolda Road. Cruzó como en sueños una escuela (igual no la reconocía ni le importaba)  donde niños alborotados no le sacaban de sus pensamientos.  Esas mismas calles donde los pies de su Aurora marcaron huellas frágiles en el asfalto gris e impenetrable. Ella había estado fuerte y bella en aquel tiempo, apenas meses atrás. Esas calles donde los planes de un futuro resultaban prometedores. Esas vías tan faltas de algarabía y color en los ojos Marcos, se colocó las gafas de la desazón.  Tomó un taxi y fue a dar el hospital Forsyth. Subió hasta el cuarto donde yacía Aurora, ahí estaba ella y los aparatos en su lucha de llevar oxígeno a los pulmones colapsados, nadie estaba en su cuarto, las piernas de Marcos temblaban, sus labios estaban secos y partidos. Nada había cambiado, no esperaba ningún milagro así que no lo hubo, ella seguía perdida en su viaje de solo ida.

            La tomó de la mano, la sintió fría al tacto, beso sus dedos largos, hermosos. Retiro la única sábana que cubría su cuerpo, beep, beep rugían los aparatos. Acarició sus pies redonditos como empanadas de viento, los besó y un par de lágrimas mojaron los empeines, beep, beep, admiró una vez más el gracioso y elegante cuerpo de Aurora ¡Dios mío como la amaba! Beep, beep, sintió los codos suaves y trémulos; beep, beep, tomó del bolsillo de su pantalón una botellita de “Eagle Brand”, el olor de mentol y eucaliptos inundó el cuarto; beep, beep, bañó el cuerpo y el pecho de Aurora con la loción; beep, beep, acarició las manos juntas en un último rito de despedida, sacó del otro bolsillo el papel del restaurante, rompió en un llanto largo y quedito, beep, beep, beep, beep le acompañaban los artilugios electrónicos de monitoreo.

Aurora,

            Sé que me escuchas, sé que me miras desde algún lado del universo. Siento mucho no haberte dicho todos los días que te amo, pero profundamente te amo. Aquí estoy ante ti para desnudar mi alma, como lo hice hace veinte años cuando te acepté hasta que la muerte nos separe, y ahora mismo nos está separando. Este sentimiento de asesino por conveniencia me lastima, pero ya no sé qué más hacer. Aunque siempre hablamos sobre lo que haríamos el uno con el otro en un momento así. Ahora que el momento llegó, me pesa mucho el tener que llevar a cabo aquel deseo. ¿Era tu deseo o era mi deseo? Ya no lo sabré, no te puedo preguntar, y no me quiero preguntármelo. Dios no tiene nada que ver con esta situación. No lo culpo, ni estoy enfadado con él. Quizás nos libró de algo mucho peor, pero ¿qué puede existir peor que la separación de la muerte?

            Este papel lo traigo limpio porque no sé cuánto me tome decirte adiós. Saber que nunca más te volveré a ver, verte reír, comer, enfadarte, y todo, todo eso que hacían mis días felices me enloquece. Los niños estarán bien, espero. Cómo lidiar con ellos no tengo ni idea, pero trataré de pensar qué harías tú si los papeles estuvieran invertidos. De ahí partiré. No quiero terminar esta carta, quiero seguir hablando hasta dentro de cien años, porque sé que en el momento que me quede callado, ese acto marcara nuestro adiós. Esta despedida es durísima porque me doy cuenta que ya no te volveré a ver ni viva ni enchufada. Si nos hubiéramos separado, todavía quedaría la certeza de que estuvieras caminando libre por el mundo. Quien sabé y eso me atormenta. Esta no es la imagen que me quiero llevar por el resto de mis días, tú como un pulpo medio muerto luchando por su vida.  Las palabras rebotan cuando es un monólogo, siento que esto es más para mí que para ti Aurora. Te amo.  Esta despedida es... ¡Así no! No, por Dios.



-->

miércoles, 5 de octubre de 2016

Nueva Presentación de Demonios Humanos de Clide Gremiger

El próximo sábado 8 de Octubre tendrá lugar en Rio Cuarto, Cordoba, Argentina, una nueva presentación del exitoso libro de  nuestra coordinadora Clide Gremiger.  
Clide Gremiger, argentina, Profesora e investigadora en Didáctica de la Lengua y la Literatura,   co-moderadora del Taller de Cuento Básico de Ciudad Seva, coordinadora del Taller MicrosyMacros Todos relatos.


Demonios humanos, desde la ficción exhibe al ser humano con sus dolores, mezquindades y alegrías, a través de un conjunto de relatos y cuentos breves. Invitación al deleite y la reflexión.
Alegría de lectora, al leer estos ‘cuentos breves’, cuidadosas condensaciones de relatos que pocos logran plasmar. Clide encuentra palabras, que parecen halladas en bolsillos rotos, en veredas, en caminos de polvo, en vientos calientes, en pueblos silenciosos, en tierras congeladas; y esas palabras logran atrapar a los demonios sin pretensiones de exorcismos.
                                                                                                                                         Gisela Vélez

sábado, 1 de octubre de 2016

El Regreso del Quijote de Alejandro Franco

ALEJANDRO FRANCO MEXICO
La suerte de la fea… a la que es bonita y rica poco o nada le interesa… axioma un tanto modificado, que para el caso resulta algo incongruente. Porque habiendo nacido lleno de gracia, no con ello compensaba su carencia de medios, en el supuesto, de que el dinero lo es todo. Por ahí se dice, y con verdad, que ningún dinero compra donaires o amores; o apostura y nobles sentimientos. Naturaleza y virtudes que a Octavio no le faltaban; siendo que de lo primero, era por demás agraciado; y lo segundo, le manaba del corazón; pero solo para ella, su exquisita “Dulcinea” ―modo en que él la citaba por resultarle inalcanzable―: moza doble o triplemente agraciada, que a más de su noble ascendencia y no pocos recursos, en entendimiento y maña lo superaba con sobrada ventaja. Y erase que, no obstante las marcadas diferencias económicas, también gravitaban entre ambos, Bárbara y Octavio, algunas que otras desigualdades. Quiero decir: que a falta de unas, se cumplimentaban otras; dicho de otra manera: entre estas y aquellas, había un cierto contrapeso: intelecto, virtuosismo, talento, etc., contra ineptitudes, ignorancia, tonterías y demás, como presuntos deméritos; sin dejar a un lado la devoción, dulzura y plena entrega con las que Octavio se le rendía, intentando con ello ganar, sino su amor, al menos su afecto. ―No es cosa de que me agrades o no, Octavio ―le precisaba la moza―. Es tan solo que… ¿cómo podría explicarme sin lastimarte? Bueno, lo mejor será que te sea totalmente franca, pese a que me duela más a mí que a ti al decirlo: ¿Me gustas? Sí. ¿Me atraes, simpatizas, deseo estar a tu lado, abrazarte y besarte mucho? Sí. Pero…, este maldito pero que nunca falla… No eres más que un jodido holgazán de marca. Y no es porque no trabajes, sino porque no produces. Mira que se trabaja para producir dinero, y no solamente para medio comer o medio vestir. ¿Sí me entiendes? O sea, que mi nivel de vida se halla muy por encima de cuanto puedas ofrecerme por ahora. A ti te vendría mejor la hija de un tendero o labriego, antes que yo… porque para esos tus alcances o posibilidades... ―Pero, Barby… tesoro, tú bien sabes cuánto te quiero. ― ¡Ningúna Barby o trilladas zalamerías que para mí algo cuenten! Déjate ya de pamplinas que no te llevarán a nada de lo que pretendes; que para mí en lo particular, ni siquiera la sombra de algo favorable me parecen. Quise decir… interesante. Por lo tanto… más te valdría irle pensando en cómo resolver tu situación cuanto antes, pues pretendientes los tengo y a montones… bien lo sabes. Así que buenas noches y dulces sueños... sin que por favor me metas en ellos; que sean solo tus sueños, Octavio; pues los míos son otros… ― ¿Ni un besito? ―Ni un besito más. ¡Adiós! Las gotas de lluvia se confundían con las lágrimas de los lloros de Octavio, un joven esmirriado que oculto por las solapas de una desgastada gabardina, se dirigía en total desconsuelo hacia su casa. Algo tenía que hacer para lograr la compra de su Barby, ya que al parecer se trataba de una mera mercancía y no de una esposa. Requería de inmediato de un confidente con quien desahogarse; tanto, como un buen trago; así que optó por dirigir sus pasos hacia la casa de Alberto, su mejor amigo; gran calavera, perfecto haragán y un sin par de libertino; pero más que nada, todo un émulo de Casanova. Después de haber escuchado copa en mano los desconsolados gimoteos de su amigo, Alberto abandonó el sofá para alcanzar la botella y rellenar las copas; y entre pasos, con un dejo de profundo conocimiento en la materia, le preguntó: ― ¿Y qué es lo que piensas hacer Octavio, querido amigo? ¿Acaso suicidarte? ― ¡Ja! Vengo a ti en busca de sostén para mis problemas y tú te burlas. ¡Bonita la cosa! Necesito buenos y efectivos consejos de tu parte, Alberto, pero sin sarcasmos, que ya bastante tengo y me basta con los de Bárbara. Aparte de sus crueldades... ―Bueno… es que viéndote así…, das mucho en qué pensar. Ahora mismo recuerdo que hace algún tiempo, me habías contado que ya te estabas haciendo de un pequeño capital con la sana intención de pedir la mano de tu tal Dulcinea del Toboso. Estoy más que seguro, que de aquí a que reúnas el monto requerido, con esa falta de oficio para hacer dinero que te puntea ella, no dudo que tu quimérica noviecita te tirará al olvido muy pronto. No todo es dinero para ellas en esta cuestión de los amores, Octavio. Será mejor que logres que la moza se ponga en sintonía emocional contigo. ― ¿Y eso a qué viene? ―Escúchame con atención, Octavio. A las mujeres les agrada, y mucho, que las ames, pero no cuánto, sino cómo. Debes crear un vínculo mutuo. La mujer es una flor, un jardín, un huerto… y hay que regarlo y cuidarlo. Lo que pasa es que tú amas a lo bruto… sin gracia. Debes ser creativo, mi querido Octavio. Solicítale su auxilio, despiértale su instinto maternal. Necesitas conectarte emocionalmente con ella. Para amarla, desearla y poseerla, cualquiera le va bien. Ahora que, si después de emplear argucia y media insiste en vendérsete, pues… “Los caprichitos cuestan, mi viejo… y hay que pagarlos” ― ¿Qué quieres decir con ello, grandísimo pícaro? ―Nada, hombre… bueno, sí… que te decidas a jugarte el todo por el todo. ¿Qué otra cosa podría ser…? ― ¿Y cuál sería ese juego mágico, Alberto? ―Pues, que podrías visitar uno de esos tantos casinos de tragamonedas y loterías; o bingo, como quieras llamarle. De pegarle a uno, te podrías comprar cuando menos dos Dulcineas... iguales o mejores; y aún así, te quedaría un buen resto. ― ¿Tú crees? ―Lo creo y te lo garantizo, Octavio. Si quieres ahorrarte la tediosa cortejada… cosa que a mí en lo particular me aburre sobremanera… yo a lo que voy, voy: ¡Hola, soy Alberto! ¿Y tú? Fulana. ¿Conoces África? ¿No? Entonces vamos a la cama. Mira que no pocas veces me ha dado buenos resultados; y por igual he recibido sendos bofetones; aunque después del bofetón también han llegado a dárseme enteritas. ―Quizás y tus sabios consejos sean para ti muy efectivos; quizás y también para mí. Ahora que pensándolo bien, y al no desear pasármela cortejando eternamente a Bárbara, recibiendo desdén tras desdén de su parte, porque, créemelo o no, Alberto, y aunque no te lo parezca, bien que me doy cuenta, que de perico perro no voy a pasar siendo un miserable empleado de oficina de gobierno. Así que mejor te hago caso en lo de ir a los juegos y encomendarme a Fortuna. ― ¡Así se habla, Octavio! Entonces… “a lo dicho, hecho; y al hecho, pecho”, dijo aquel. Vamos a tu casa por unos pesos y corramos hacia el casino que está en la avenida Reforma. Dicen que ahí no falla el tiro. Ahora que, si no le pegas al bingo, ya podrás ponerte a buscar por ahí una que no esté tan pior, y que no le tenga miedo al sacrificio doméstico con toda clase de carencias y desgracias… ¿me entiendes? Después de todo, hermano, si casarse viene a ser lo mismo que suicidarse, con cualquiera da lo mismo. ¿O no lo ves tú así? Tiempo después se supo que la tal Dulcinea, ni la molestia se tomó en esperar resultados de cuantas batallas con molinos de viento hubo de librar su fiel y loco enamorado a fin de ganársela; de entre ellas, la más notable fue aquella de la triste noche en que botó todos sus ahorros en el casino. Más nunca se supo del caballero del triste semblante. Quienes lo recuerdan, dicen que una que otra vez se le vio pasar elegantemente vestido y conduciendo un auto de lujo… si acaso como chofer de casa rica, decían los envidiosos; otros, discurrían que a lo mejor y de repente le había brotado el talento para volverse millonario. De cualquier manera que esto haya sido, hay que aceptar por un lado, que no existe Dulcinea alguna que sea imprescindible; y por el otro, que nunca habrá de faltar el generoso caballero andante, que desarmado, pero eso sí, con un gran corazón, salte al ruedo para jugársela a ciegas. Y es tan solo que, no en pocas ocasiones, la necedad está disfrazada de enamoramiento, no viniendo a ser otra cosa que una simple y llana locura; de la cual y sin remedio alguno, se aprovecha una del otro; o viceversa; y tonto aquel o aquella que se deja atrapar en el garlito, porque habrá de pasar y sufrir las de Caín.