domingo, 23 de octubre de 2016

La Despedida


Paul Fernando Morillo

Lewisville, NC. USA


            Los días más bellos muchas veces traen las noticias más tristes. Este jueves se convertía en un doloroso rosario de eternos segundos y minutos. El cielo vestía su abrigo celeste y el sol calentaba despacito, las nubes espiaban de lejos la algarabía y la tristeza de los seres que habitan la tierra. Marcos salió de su casa sin rumbo, nada le atraía, nada le provocaba una expresión de cariño. Sus preocupaciones eran otras, su despedida estaba cerca, muy cerca.

            Aurora había perdido la batalla en este espacio físico. “Su afección modificó su condición ontológica”, dijo el médico. Estaba en coma alimentada solo por el equipo de sobrevivencia artificial. De su cuerpo, como sierpes extendidas, salían cordones plásticos enchufados a válvulas, y estas a su vez conectadas a unos instrumentos que indicaban las lecturas de los signos vitales de su cuerpo casi inerte. Toda la vida se había estancado en aquel coro de aparatos médicos que vomitaban sus cortas notas musicales indicando los órganos orquestados gracias a la electricidad. Tiempo atrás un Arquitecto, amigo íntimo de Marcos, resumió la verdad de la existencia humana en un párrafo chiquito, real, fatídico y tenebroso: “Toda la lucha de la vida, los impuestos, los títulos, las enfermedades, los hijos, los nietos, las licitaciones, el gobierno, la vecina, en fin todo, todo, llega hasta aquí nomas…” y señalaba una procesión funeraria. Marcos recordaba aquella conversación y le dolía el pecho,

            Marcos, sorbía su impotencia en la búsqueda de lo que no tiene respuesta. ¿Era acaso la hora de enfadarse con Dios? Marcos le había pedido, le había rogado, le había suplicado, que la salve, que le lleve a él en vez de ella. Que ella no se merecía eso ni nada por el estilo, que ella era una Santa, que no había hecho mal a nadie, que ella se preocupaba por el resto, que era buena madre, buena esposa, buena amiga. Pero Dios está altísimo y no oye, o no quiere oír, para el caso era lo mismo. Y él quería imponer su voluntad y no la voluntad divina. Los médicos habían coincidido, ya nada había que hacer y tenerla viva de aquella manera, era para Marcos, inhumano y ruin. Pero tampoco quería “desenchufarla” y verle morir, mejor dicho verla partir, porque muerta ya estaba hacía dos semanas. Rehusaba verse solo, enfrentarse a todo, le fastidiaba la soledad sin su pareja, la ausencia de sus palabras, de sus mimos. 

            El atontado hombre se aventuró por las calles del “down town”, lejos de todo y de todos, caminaba para despejar sus ideas, tomó la calle cuarta, a la altura de Spruce Street entró al primer restaurante que encontró y pidió un café.  El aroma del lugar le recordó a los indígenas de su país natal y su descripción cuando el agua hierve: el agüita deja escapar el almita. Este pensamiento le provoco nostalgia y le ensimismo aún más en sus ideas. Sacó el cuaderno de sus notas y escribió el título de su carta: La despedida. Quería que todo su sentimiento quedara escrito y quizás depositar en las manos de su esposa cuando estuviera en el féretro, aunque esas imágenes le amargaban aún más.

            El título le crispó la piel, pero el solo acto de haberlo escrito le liberó de la carga que estaba llevando en las dos últimas semanas, ahora Marcos sabía exactamente lo que tenía que hacer. Conteniéndose las lágrimas que empujaban por correr, pagó por su café y salió camino al hospital.

            Enfiló calle arriba por la Cuarta hacia Broad Street; de allí hacia la derecha hasta West End Blvd, hasta llegar a Reynolda Road. Cruzó como en sueños una escuela (igual no la reconocía ni le importaba)  donde niños alborotados no le sacaban de sus pensamientos.  Esas mismas calles donde los pies de su Aurora marcaron huellas frágiles en el asfalto gris e impenetrable. Ella había estado fuerte y bella en aquel tiempo, apenas meses atrás. Esas calles donde los planes de un futuro resultaban prometedores. Esas vías tan faltas de algarabía y color en los ojos Marcos, se colocó las gafas de la desazón.  Tomó un taxi y fue a dar el hospital Forsyth. Subió hasta el cuarto donde yacía Aurora, ahí estaba ella y los aparatos en su lucha de llevar oxígeno a los pulmones colapsados, nadie estaba en su cuarto, las piernas de Marcos temblaban, sus labios estaban secos y partidos. Nada había cambiado, no esperaba ningún milagro así que no lo hubo, ella seguía perdida en su viaje de solo ida.

            La tomó de la mano, la sintió fría al tacto, beso sus dedos largos, hermosos. Retiro la única sábana que cubría su cuerpo, beep, beep rugían los aparatos. Acarició sus pies redonditos como empanadas de viento, los besó y un par de lágrimas mojaron los empeines, beep, beep, admiró una vez más el gracioso y elegante cuerpo de Aurora ¡Dios mío como la amaba! Beep, beep, sintió los codos suaves y trémulos; beep, beep, tomó del bolsillo de su pantalón una botellita de “Eagle Brand”, el olor de mentol y eucaliptos inundó el cuarto; beep, beep, bañó el cuerpo y el pecho de Aurora con la loción; beep, beep, acarició las manos juntas en un último rito de despedida, sacó del otro bolsillo el papel del restaurante, rompió en un llanto largo y quedito, beep, beep, beep, beep le acompañaban los artilugios electrónicos de monitoreo.

Aurora,

            Sé que me escuchas, sé que me miras desde algún lado del universo. Siento mucho no haberte dicho todos los días que te amo, pero profundamente te amo. Aquí estoy ante ti para desnudar mi alma, como lo hice hace veinte años cuando te acepté hasta que la muerte nos separe, y ahora mismo nos está separando. Este sentimiento de asesino por conveniencia me lastima, pero ya no sé qué más hacer. Aunque siempre hablamos sobre lo que haríamos el uno con el otro en un momento así. Ahora que el momento llegó, me pesa mucho el tener que llevar a cabo aquel deseo. ¿Era tu deseo o era mi deseo? Ya no lo sabré, no te puedo preguntar, y no me quiero preguntármelo. Dios no tiene nada que ver con esta situación. No lo culpo, ni estoy enfadado con él. Quizás nos libró de algo mucho peor, pero ¿qué puede existir peor que la separación de la muerte?

            Este papel lo traigo limpio porque no sé cuánto me tome decirte adiós. Saber que nunca más te volveré a ver, verte reír, comer, enfadarte, y todo, todo eso que hacían mis días felices me enloquece. Los niños estarán bien, espero. Cómo lidiar con ellos no tengo ni idea, pero trataré de pensar qué harías tú si los papeles estuvieran invertidos. De ahí partiré. No quiero terminar esta carta, quiero seguir hablando hasta dentro de cien años, porque sé que en el momento que me quede callado, ese acto marcara nuestro adiós. Esta despedida es durísima porque me doy cuenta que ya no te volveré a ver ni viva ni enchufada. Si nos hubiéramos separado, todavía quedaría la certeza de que estuvieras caminando libre por el mundo. Quien sabé y eso me atormenta. Esta no es la imagen que me quiero llevar por el resto de mis días, tú como un pulpo medio muerto luchando por su vida.  Las palabras rebotan cuando es un monólogo, siento que esto es más para mí que para ti Aurora. Te amo.  Esta despedida es... ¡Así no! No, por Dios.



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miércoles, 5 de octubre de 2016

Nueva Presentación de Demonios Humanos de Clide Gremiger

El próximo sábado 8 de Octubre tendrá lugar en Rio Cuarto, Cordoba, Argentina, una nueva presentación del exitoso libro de  nuestra coordinadora Clide Gremiger.  
Clide Gremiger, argentina, Profesora e investigadora en Didáctica de la Lengua y la Literatura,   co-moderadora del Taller de Cuento Básico de Ciudad Seva, coordinadora del Taller MicrosyMacros Todos relatos.


Demonios humanos, desde la ficción exhibe al ser humano con sus dolores, mezquindades y alegrías, a través de un conjunto de relatos y cuentos breves. Invitación al deleite y la reflexión.
Alegría de lectora, al leer estos ‘cuentos breves’, cuidadosas condensaciones de relatos que pocos logran plasmar. Clide encuentra palabras, que parecen halladas en bolsillos rotos, en veredas, en caminos de polvo, en vientos calientes, en pueblos silenciosos, en tierras congeladas; y esas palabras logran atrapar a los demonios sin pretensiones de exorcismos.
                                                                                                                                         Gisela Vélez

sábado, 1 de octubre de 2016

El Regreso del Quijote de Alejandro Franco

ALEJANDRO FRANCO MEXICO
La suerte de la fea… a la que es bonita y rica poco o nada le interesa… axioma un tanto modificado, que para el caso resulta algo incongruente. Porque habiendo nacido lleno de gracia, no con ello compensaba su carencia de medios, en el supuesto, de que el dinero lo es todo. Por ahí se dice, y con verdad, que ningún dinero compra donaires o amores; o apostura y nobles sentimientos. Naturaleza y virtudes que a Octavio no le faltaban; siendo que de lo primero, era por demás agraciado; y lo segundo, le manaba del corazón; pero solo para ella, su exquisita “Dulcinea” ―modo en que él la citaba por resultarle inalcanzable―: moza doble o triplemente agraciada, que a más de su noble ascendencia y no pocos recursos, en entendimiento y maña lo superaba con sobrada ventaja. Y erase que, no obstante las marcadas diferencias económicas, también gravitaban entre ambos, Bárbara y Octavio, algunas que otras desigualdades. Quiero decir: que a falta de unas, se cumplimentaban otras; dicho de otra manera: entre estas y aquellas, había un cierto contrapeso: intelecto, virtuosismo, talento, etc., contra ineptitudes, ignorancia, tonterías y demás, como presuntos deméritos; sin dejar a un lado la devoción, dulzura y plena entrega con las que Octavio se le rendía, intentando con ello ganar, sino su amor, al menos su afecto. ―No es cosa de que me agrades o no, Octavio ―le precisaba la moza―. Es tan solo que… ¿cómo podría explicarme sin lastimarte? Bueno, lo mejor será que te sea totalmente franca, pese a que me duela más a mí que a ti al decirlo: ¿Me gustas? Sí. ¿Me atraes, simpatizas, deseo estar a tu lado, abrazarte y besarte mucho? Sí. Pero…, este maldito pero que nunca falla… No eres más que un jodido holgazán de marca. Y no es porque no trabajes, sino porque no produces. Mira que se trabaja para producir dinero, y no solamente para medio comer o medio vestir. ¿Sí me entiendes? O sea, que mi nivel de vida se halla muy por encima de cuanto puedas ofrecerme por ahora. A ti te vendría mejor la hija de un tendero o labriego, antes que yo… porque para esos tus alcances o posibilidades... ―Pero, Barby… tesoro, tú bien sabes cuánto te quiero. ― ¡Ningúna Barby o trilladas zalamerías que para mí algo cuenten! Déjate ya de pamplinas que no te llevarán a nada de lo que pretendes; que para mí en lo particular, ni siquiera la sombra de algo favorable me parecen. Quise decir… interesante. Por lo tanto… más te valdría irle pensando en cómo resolver tu situación cuanto antes, pues pretendientes los tengo y a montones… bien lo sabes. Así que buenas noches y dulces sueños... sin que por favor me metas en ellos; que sean solo tus sueños, Octavio; pues los míos son otros… ― ¿Ni un besito? ―Ni un besito más. ¡Adiós! Las gotas de lluvia se confundían con las lágrimas de los lloros de Octavio, un joven esmirriado que oculto por las solapas de una desgastada gabardina, se dirigía en total desconsuelo hacia su casa. Algo tenía que hacer para lograr la compra de su Barby, ya que al parecer se trataba de una mera mercancía y no de una esposa. Requería de inmediato de un confidente con quien desahogarse; tanto, como un buen trago; así que optó por dirigir sus pasos hacia la casa de Alberto, su mejor amigo; gran calavera, perfecto haragán y un sin par de libertino; pero más que nada, todo un émulo de Casanova. Después de haber escuchado copa en mano los desconsolados gimoteos de su amigo, Alberto abandonó el sofá para alcanzar la botella y rellenar las copas; y entre pasos, con un dejo de profundo conocimiento en la materia, le preguntó: ― ¿Y qué es lo que piensas hacer Octavio, querido amigo? ¿Acaso suicidarte? ― ¡Ja! Vengo a ti en busca de sostén para mis problemas y tú te burlas. ¡Bonita la cosa! Necesito buenos y efectivos consejos de tu parte, Alberto, pero sin sarcasmos, que ya bastante tengo y me basta con los de Bárbara. Aparte de sus crueldades... ―Bueno… es que viéndote así…, das mucho en qué pensar. Ahora mismo recuerdo que hace algún tiempo, me habías contado que ya te estabas haciendo de un pequeño capital con la sana intención de pedir la mano de tu tal Dulcinea del Toboso. Estoy más que seguro, que de aquí a que reúnas el monto requerido, con esa falta de oficio para hacer dinero que te puntea ella, no dudo que tu quimérica noviecita te tirará al olvido muy pronto. No todo es dinero para ellas en esta cuestión de los amores, Octavio. Será mejor que logres que la moza se ponga en sintonía emocional contigo. ― ¿Y eso a qué viene? ―Escúchame con atención, Octavio. A las mujeres les agrada, y mucho, que las ames, pero no cuánto, sino cómo. Debes crear un vínculo mutuo. La mujer es una flor, un jardín, un huerto… y hay que regarlo y cuidarlo. Lo que pasa es que tú amas a lo bruto… sin gracia. Debes ser creativo, mi querido Octavio. Solicítale su auxilio, despiértale su instinto maternal. Necesitas conectarte emocionalmente con ella. Para amarla, desearla y poseerla, cualquiera le va bien. Ahora que, si después de emplear argucia y media insiste en vendérsete, pues… “Los caprichitos cuestan, mi viejo… y hay que pagarlos” ― ¿Qué quieres decir con ello, grandísimo pícaro? ―Nada, hombre… bueno, sí… que te decidas a jugarte el todo por el todo. ¿Qué otra cosa podría ser…? ― ¿Y cuál sería ese juego mágico, Alberto? ―Pues, que podrías visitar uno de esos tantos casinos de tragamonedas y loterías; o bingo, como quieras llamarle. De pegarle a uno, te podrías comprar cuando menos dos Dulcineas... iguales o mejores; y aún así, te quedaría un buen resto. ― ¿Tú crees? ―Lo creo y te lo garantizo, Octavio. Si quieres ahorrarte la tediosa cortejada… cosa que a mí en lo particular me aburre sobremanera… yo a lo que voy, voy: ¡Hola, soy Alberto! ¿Y tú? Fulana. ¿Conoces África? ¿No? Entonces vamos a la cama. Mira que no pocas veces me ha dado buenos resultados; y por igual he recibido sendos bofetones; aunque después del bofetón también han llegado a dárseme enteritas. ―Quizás y tus sabios consejos sean para ti muy efectivos; quizás y también para mí. Ahora que pensándolo bien, y al no desear pasármela cortejando eternamente a Bárbara, recibiendo desdén tras desdén de su parte, porque, créemelo o no, Alberto, y aunque no te lo parezca, bien que me doy cuenta, que de perico perro no voy a pasar siendo un miserable empleado de oficina de gobierno. Así que mejor te hago caso en lo de ir a los juegos y encomendarme a Fortuna. ― ¡Así se habla, Octavio! Entonces… “a lo dicho, hecho; y al hecho, pecho”, dijo aquel. Vamos a tu casa por unos pesos y corramos hacia el casino que está en la avenida Reforma. Dicen que ahí no falla el tiro. Ahora que, si no le pegas al bingo, ya podrás ponerte a buscar por ahí una que no esté tan pior, y que no le tenga miedo al sacrificio doméstico con toda clase de carencias y desgracias… ¿me entiendes? Después de todo, hermano, si casarse viene a ser lo mismo que suicidarse, con cualquiera da lo mismo. ¿O no lo ves tú así? Tiempo después se supo que la tal Dulcinea, ni la molestia se tomó en esperar resultados de cuantas batallas con molinos de viento hubo de librar su fiel y loco enamorado a fin de ganársela; de entre ellas, la más notable fue aquella de la triste noche en que botó todos sus ahorros en el casino. Más nunca se supo del caballero del triste semblante. Quienes lo recuerdan, dicen que una que otra vez se le vio pasar elegantemente vestido y conduciendo un auto de lujo… si acaso como chofer de casa rica, decían los envidiosos; otros, discurrían que a lo mejor y de repente le había brotado el talento para volverse millonario. De cualquier manera que esto haya sido, hay que aceptar por un lado, que no existe Dulcinea alguna que sea imprescindible; y por el otro, que nunca habrá de faltar el generoso caballero andante, que desarmado, pero eso sí, con un gran corazón, salte al ruedo para jugársela a ciegas. Y es tan solo que, no en pocas ocasiones, la necedad está disfrazada de enamoramiento, no viniendo a ser otra cosa que una simple y llana locura; de la cual y sin remedio alguno, se aprovecha una del otro; o viceversa; y tonto aquel o aquella que se deja atrapar en el garlito, porque habrá de pasar y sufrir las de Caín.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Mala situación

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Carlos E. Arias Villegas

Cordoba, Colombia 


El sobre con visos de colores me confundió y eso me alegró por un momento, pero la emoción me duró un segundo ¡Era la factura de la luz! Mira Lucho, examiné el recibo y sentí un dolor en el colmillo cuando contemplé la imagen del alicate, impresa. No, no lo pagué ¡Con que aliento!  No hay para la comida, mucho menos para pagarles a esos tramposos que cobran el mismo valor mensual y no descuentan los racionamientos hechos,  ni los electrodomésticos que nos han dañado. Hace una semana que vivo a oscuras. El crédito en la tienda del Cachaco también me lo cortaron. A veces tengo el pálpito de ser perseguida por la mala situación. Mi esperanza de trabajo está en el “puesto” que me vas a dar en la administración si sales elegido al Concejo, Luis Coreli.

 Sí, yo oro y leo la Biblia. Ay Lucho, tiempos aquellos cuando el maná caía del cielo. Solo había que agacharse con el plato y la cuchara. Los beneficiarios debían solamente seguir a Moisés ¡Esa felicidad parece que solo se dio en el mundo antiguo! Hoy día seguimos a cientos de fulanos: artistas unos, religiosos o politiqueros otros, y el arroz se nos pierde por meses. No mijito, en estos tiempos ni seguir al marido da resultado. Fueron veinte años de pobreza y mal aliento al lado del petardo de mi marido. ¿y qué me quedó? Nada bueno, solo mi hija Guadalupe ¿Qué cómo está? Ella está bien. Está molesta conmigo porque la echaron del colegio. Debo el pago de dos mensualidades. ―“que oso mami”― me reclamó, como si fuera una niña riquilla y yo la cachifa que está para servirle. No, el pae no está por aquí cerca. Ese man se metió a predicador evangélico. Por un tiempo lo acompañamos a los cultos. Fíjate, toda la familia siguiendo a Dios a ver si las cosas mejoraban, pero nada. Y has de ver, lo pusieron a dirigir un grupo dentro de la iglesia, pero con ese genio que se gasta, espantó a más de medio rebaño. ¡Ay del que lo contradijera! La gente lo llamaba a sus espaldas, “Biblia guapa”. La última pelotera que tuvo en la iglesia fue con un comandante paramilitar, recién convertido al evangelio.  Te puedes imaginar: se armó un rifirrafe donde volaban sillas, biblias y bolsas de agua. Trompadas iban y venían. Aquello era una desbarajuste de gritos de niños y mujeres en medio de reprensiones de viejas y hasta ladridos de perros ¡Muchacho, eso era el apocalipsis! Desde aquella enmanojada no lo volvimos a ver. Hace poco Guadalupe supo de él. Lo vio en la televisión: estaba en una marcha en Venezuela al lado de los opositores, con la Biblia bajo el brazo. Hizo lo mejor que podía hacer por nosotras: irse.  Ojalá lo nacionalicen y se olvide que es colombiano.

De acuerdo, ya sé que debo estar agradecida con Dios porque todavía estamos vivas. Aunque en realidad, sobrevivimos. Reconozco que he sido bendecida por los programas gratuitos de la Casa de la Mujer, donde aprendí todo sobre corte y cuidados del cabello, arreglo de uñas y cejas. Con eso me rebusco. Pero lo que gano no me alcanza. Lo que me joroba del negocio, es que últimamente los clientes que llegan no son mujeres que valoren mi trabajo, sino hombres morbosos. Y tengo que atenderlos, con eso compro la comida.

Ay amigo, la vida es cada vez más peliaguda para las madres cabeza de familia. Si los hijos supieran los cara y sello a los que una se ve enfrentada por ellos. Ja, que una no sabe si llorar o reír. Oye, te voy a comentar algo. Tú sabes por lo que estoy pasando. Ajá, y sabes que soy incapaz de hacer algo indebido y que no soy una vagamunda. Te cae la madre como te rías o comentes algo.

Ayer un tipo se me acercó. El desgraciado conocía mi situación, porque me habló con pelos y señales de todo lo que pasaba en mi vida. Me propuso que me ayudaría con doscientos mil pesos si me acostaba con él. Lo insulté y hasta le di una cachetada. Y te juro Lucho, no sé cómo en medio de las disculpas ese man terminó convenciéndome ¡Me ganó de carreta el infeliz!

Ay por favor Luchito, no me vengas con esa psicología barata de que “debes sobreponerte”. Que “no le pares bolas a eso”. Que “Sigues siendo una excelente mujer y una buena madre”. ¡Basta con eso! Me siento tumbada y escaldada por una suma que no me alcanza siquiera para pagar la factura de la luz.  

¿Puedes creer? En medio de ese ludibrio, hasta me puse a sacar cuentas de si pagarle al Cachaco de la tienda o abonar una cuota del colegio de Guadalupe. Pero ese no es lo más triste. La piedra que tengo es que el man ese, después de todo lo que me hizo, no me dio el dinero ¡Que le diera un plazo para pagarme, porque él también estaba sin trabajo!

jueves, 15 de septiembre de 2016

Presentación del libro de Clide Gremiger



Clide Gremiger presentó su libro "Demonios humanos". Fue en la Biblioteca "Juan Bautista Alberdi" donde la escritora riocuartense dio a conocer su obra de cuentos cortos. Previo a la presentación visitó en "Conexión Abierta" por LV20 donde se conversó  con la autora y con la gestora de dicha actividad cultural, profesora María Elena Ceberio.


https://www.ivoox.com/clide-gremiger-presentacion-demonios-humanos-conexion-audios-mp3_rf_12686623_1.html


Clide Gremiger, argentina, Profesora e investigadora en Didáctica de la Lengua y la Literatura,   co-moderadora del Taller de Cuento Básico de Ciudad Seva, coordinadora del Taller  virtual MicrosyMacros Todos Relatos.

Los participantes del Taller virtual Micros y MacrosTodos Relatos, nos sentimos muy orgullosos de nuestra coordinadora por la publicación de este su primer libro individual que ha recibido elogiosos comentarios.


La Profesora Clide Gremiger también   ha coordinado la primera ediciòn del Volumen No 1,  Micros y Macros Todos relatos, Año 2015

 además  ha publicado cuentos y microrrelatos en libros: 

Los Cuentos del Taller, Editorial Paulus, Comp.  Paul Antoine Fabiano.  Buenos Aires, 2013

El libro de Los Talleres, Editorial Dunken,   VOLUMEN XXIV, Buenos Aires, 2014  (Coordinadora Clide Gremiger)

 Lenguarazzi

Igualmente  ha publicado en los blogs:

martes, 6 de septiembre de 2016

Mil Grullas de Elsa Borenam






Cortesía de Osvaldo Villalba al cumplirse 70 años de la Bomba  atómica de Hiroshima,  uno de los hechos más graves y tristes de la historia mundial

 Requiem por Hiroshima


Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos.
Porque ellos eran nuevos en el mundo. Tambíen, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando.
Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a la noticia de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes.
Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.
¡Ah… y también se estaban descubriendo uno al otro!
Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos.
Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio…
Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa.
-No tengo hambre —le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía—. Te dejo mi vianda —y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.
Naomi… Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún…
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares.
Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que tendrían que dejar de verse durante un mes y medio inacabable.
A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.
Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque…
Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque…
Y aunque no lo supieran: ¡Por fin llegó agosto! —pensaron los dos al mismo tiempo.
Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto a sus padres, hacia la aldea de Miyashima. Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local.
Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas, -Para cuando termine la guerra… —decía el abuelo—. Todo acaba algún día… —comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a él se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi.
¿Y Naomi?
El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella atravesándolo.
Abandonó el tatami, se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.
El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus (1):

Lento se apaga
El verano
Enciendo
Lámpara y sonrisas.
Pronto
Florecerán los crisantemos.
Espera,
Corazón.

Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesorosde la curiosidad de sus hermanos.
El cuatro y el cinco de agosto se lo pasó ayudando a su madre y a las tías ¡Era tanta la ropa para remendar!
Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese.
La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de su papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca…
Y los dos deseos se cumplieron.
Pero el mundo tenía sus propios planes…
Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima.
Naomi se ajusta el obi de su kimono y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo ahora?
“Ahora”, Toshiro Pesca en la isla mientras se pregunta: -¿Qué estará haciendo Naomi?
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima.
En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo. El cielo de Hiroshima.
Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad.
En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez.
Dos viejos trenzan bambúes por última vez.
Una docena de chicos canturrea: “Donguri-Koro Koro- Donguri Ko…” por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.
Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Naomi sale para hacer unos recados.
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.
Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el pasado de Hiroshima.
Ya ninguno de los sobrevivientes podrán volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido.
Nadie será ya quien era.
Hiroshima arrasada por un hongo atómico.
Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando.
Recién en diciembre logró Toshiro averiguar donde estaba Naomi. ¡Y que aún estaba viva, Dios!
Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima, como tantos otros cientos de miles que también habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en su misma sangre.
Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.
El invierno se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar.
Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura.
Sobre su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.
-Voy a morirme, Toshiro… —susurró. No bien su amigo se paró, en silencio, al lado de su cama—. Nunca llegaré a plegar las mil grullas que me hacen falta…
Mil grullas… o “Semba-Tsuru”, como se dice en japonés.
Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita. Sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta.
-Te vas a curar, Naomi —le dijo entonces, pero su amiga no le oía ya: se había quedado dormida.
El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas.
Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporariamente alojados) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí.
Hojas de diario, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos.
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas.
Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.
La tijera la llevaba oculta entre sus ropas.
Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía, el muchacho se encontraba pasando hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban
de un leve hilo de coser, una encima de la otra.
Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de su furoshiki y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de sus primos.
No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.
-Prohibidas las visitas a esta hora —le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.
Toshiro insistió: -Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho, Por favor…
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma aparentemente impasililidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara: -Pero cinco minutos, ¿eh?
Naomi dormía.
Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se subió.
Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres.
Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que Naomi lo estaba observando. Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.
-Son hermosas, Toshi-kun… Gracias…
-Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas —y el muchacho abandonó la sala sin darse vuelta.
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por unos instantes la ventana.
Los ojos de Naomi seguían sonriendo.
La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre?
Febrero de 1976.

Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un bancoestablecido en Londres.

Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar.

Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo.

Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de las máquina de calcular.

Grullas surgidas de servilletas con impresos de los más sofisticados restaurantes…

Grullas y más grullas. Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe de creer en aquella superstición japonesa.

-Algún día completará las mil… —cuchicheaban entre risas— ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio?

Ninguno sospechaba, siquiera, la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero.


(1) Haiku: tipo de poesía japonesa.
Elsa Isabel Bornemann (Buenos Aires, 20 de febrero de 1952 – íbidem, 24 de mayo de 2013) fue una escritoraargentina para niños, jóvenes y adultos. Fue Profesora en Letras, egresada de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Ejerció la docencia en todos los niveles, dictó numerosos cursos y conferencias e integró variedad de mesas redondas y jurados.

viernes, 26 de agosto de 2016

Dormir profundo



Maritza Sevilla

Valencia, Venezuela

En la mañana, mientras picaba una zanahoria, me corté un dedo con el cuchillo de filo aserrado que me gustaba tanto, ¿sería un aviso o el efecto de los antihistamínicos? Es un cuchillo pequeño, cómodo. Lo que siempre me produjo un poco de zozobra es que su hoja era delgada y terminaba en una punta afiladísima. Con él podíamos picar de todo y el filo no se amellaba nunca. Por eso, mi esposo lo prefería cuando perforaba el pernil, al rellenarlo para la cena de Navidad.
Aunque Enrique llegaba tarde del trabajo todas las noches, yo solo podía dormirme profundo cuando le sentía entrar por la puerta de la habitación. Me preocupaba que trabajara tanto y durmiera tan poco. Llegaba tan cansado que roncaba toda la noche. Y, a veces, también tenía episodios de sonambulismo.
Yo me despertaba al sentir que se levantaba de la cama. Podía hablarle y él me respondía con coherencia; pero me daba cuenta que estaba sonámbulo porque le escuchaba roncar, mientras caminaba.  Entonces me le iba detrás para ver qué hacía y evitar que se hiciera daño.
A veces llegaba hasta la nevera, se servía agua, regresaba al cuarto y se acostaba, de lo más natural. A mí me causaba gracia que él no notara que yo lo estuviera siguiendo, y también me acostaba dispuesta a seguir durmiendo.
Otras veces él tomaba ese cuchillo, el de la punta afilada, y lo empuñaba como cuando perforaba el pernil. Yo lo veía, desde la puerta de la cocina, hacer los mismos movimientos contra una pernera invisible. Me acercaba en silencio, le tomaba la mano y se lo quitaba, con suavidad. Entonces él se daba la vuelta, abría la puerta del horno,  la cerraba y volvía a la cama. Siempre me aseguró que, al despertar, no recordaba nada.
Por temor a que intentara encender el horno, yo tenía la precaución de cerrar la llave del gas cada noche. Este ritual se repetía, por lo menos, tres veces durante la semana y era tema de conversación en el desayuno. Eso y lo lenta que iba la construcción de la cancha deportiva, en el terreno de enfrente. Se nos metía tanto polvo para la casa, que me tenía con rinitis todo el día.
Así que me tomé un antihistamínico que me trajo mi vecina. Su sobrino, el médico, se lo recomendó para aliviar la alergia que tenía alborotada. "Una en la mañana y otra en la noche", me dijo, "y con precaución porque causa mucho sueño". La pastilla me hizo sentir mejor y también me provocó muchas ganas de dormir; por eso decidí esperar a que llegara  Enrique, antes de tomar la dosis de la noche.
En la noche sentí cuando Enrique se levantó, sonámbulo, pero yo tenía tanto sueño que volví a quedarme dormida.
Y ahora, ¡no comprendo nada! Veo mi cuerpo, ¡allí sobre la cama!, ensangrentado, con pequeñas heridas en el cuello y la espalda.  Salgo detrás de Enrique, que regresa a la cocina con el pequeño cuchillo en la mano. Trato de alcanzarlo y lo logro, cuando le veo abrir la puerta del horno.