Gil Sanchez
México
Aunque poseas un marido frío, introvertido, disciplinado, trabajador, con amor puedes pasar por alto las primeras dos características. Hasta te lo puedes imaginar abrazándote o riendo de cualquier cosa. Todo lo pasaba, menos, que nunca tuve un anillo de compromiso. Todas mis amigas mostraban frente a mi cara sus hermosos anillos. Pero, mi esposo a la menor indirecta, la evadía. Comencé a ahorrar de mi trabajo de costurera, cada día por dos años. Hasta que alcancé mí objetivo. Presurosa, salí a buscar en las joyerías del centro de la ciudad. Después de elegir el anillo, lo acaricié en mis manos, me lo coloqué en mi dedo anular derecho; confieso que me sentí hermosa, muy querida en mi sueño real. Me imaginé un beso de Gonzalo y, después de rosas, el anillo. Pero, no podía llegar así nomás con el anillo. Caminé varias cuadras, hasta que despertó la idea en mi cabeza. Lo enviaría por mensajería a un código postal. Le diría a mi esposo que una tía me lo dejó de herencia al morir. Tendría que saber fingir que no sabía nada. Cuando llegó, serví la cena. Él, con cara de enfado y yo de fastidio, le anuncié que me había llegado una notificación de paquetería para recoger el envío. Al endulzar el café, preguntó:
––Y… ¿Quién te lo manda?
––Una conocida de una tía lejana, falleció hace un mes, me dijo, que es un anillo. Quizá sea de poco valor.
––Si quieres yo voy por él, nomás me pasas el folio y tu identificación. Lo recojo cuando salga a comer.
Toda la tarde lo esperé en la puerta, con la alegría de una novia de cuarenta años. Llegó de mal humor y aventó sobre la mesa el anillo. Mira lo que te heredó, es una vil baratija, una sortija de plata añeja. No me desmayé porque el coraje interior elevó la fuerza de querer arrancarle la cara a pedazos, pero, no podía contarle la historia, me sentía culpable de ocultarle el hecho, mentirle, regalarme el anillo sería humillarlo. Así que, esa noche, con lágrimas en los ojos me fui a dormir pensando, quizás, lo empeñó el pobre, para pagar sus deudas.
A la semana, lo acompañé a la fiesta de aniversario de la empresa. Mi marido lucía impecable, encantador, a pesar de ser un simple oficinista. Al llegar a la mesa asignada, inmediatamente se levantó una mujer de buen porte que lucía un magnifico anillo en su dedo anular. Era precioso, y tristemente, era el mío. Después lo felicitó efusivamente por pasar de la subgerencia a la gerencia de la empresa, lo arrastró a cada mesa para que lo felicitaran. Es su secretaria personal, me comentaron.
Hoy, después de veinte años en prisión, salgo libre. Él, no sufrió lo que debería, tampoco su amante. Me encuentro feliz, sentada en la banca de la plaza Ramons, donde mi Gonzalo me dio mi primer beso. Aquí enterré el anillo, estoy feliz al poseer mi anillo que simboliza tanto para mí.
Nos asomamos a esta ventana desde diferentes regiones de habla hispana para compartir nuestros microrrrelatos y cuentos. A nuestro universo de letras impacientes, en rompecabezas de historias creadas en geografías y culturas distintas, los une la misma emoción, el mismo deseo de llegar a los lectores de este cosmos que traspone todas las vallas de tiempo y espacio. Los invitamos a seguirnos y a expresar sus sugerencias ¡Bienvenidos!
martes, 24 de febrero de 2015
domingo, 8 de febrero de 2015
El artista
Doris Irizarry
Puerto Rico
Mientras hacía fila para pagar en una tienda exclusiva, el hombre observaba las piezas
que llevaba en la mano e imaginaba la escena… tomas de frente… de perfil… Y
pensando en las tomas de cuerpo entero, viró, y también escogió un par de pantalones…
Llegado el momento, las cámaras lo captaron de todos los ángulos. Ocupó la primera plana
con una expresión un tanto irreverente.
El titular: Libre bajo fianza acusado de aberrante crimen.
martes, 3 de febrero de 2015
Un inédito de Cortazar
Argentina
Con la energía de un depredador que husmea, buscándome, la depresión acecha. El encuentro parece impostergable, aunque desearía no abrirle la puerta.En mi casa natal teníamos un gallinero y ninguna gallina, una pecera sin peces y una pajarera vacía. Sin embargo mi perro nunca tuvo una mísera cucha. Ahora siento que todo funcionó así en mi vida, a contramano. Una autopista por la que todos vienen, y a mí, puesto de revés, ni siquiera me arranca el auto.
No creo necesario revelar mi identidad. Les ruego acepten que por hoy, sea solo un escritor; es probable que una vez que les haya contado lo que sigue, decida confesar mi nombre. La cobardía debiera ser más benévola que la culpa, cabe preguntarse entonces ¿por qué el anonimato? Por vergüenza.
Hace tres semanas partí hacia México, con la esperanza de recuperar el sentido de mi vida. Iba a recibir una mención que me otorgó una institución de tercer orden por mi novela “La última noche del verdugo”. No era indispensable mi presencia, pero tenía la necesidad emocional de estar allí. El gasto del pasaje, casi lo recuperaba con tres conferencias que había acordado dar en distintas Universidades, sobre la obra de Julio Cortázar. Era una forma de volver a verle la cara al éxito, que desde hacía tiempo se mostraba esquivo. Tenía varios contactos en editoriales, y aspiraba a reflotarme como escritor, en momentos en que presentía hundirme sin remedio. Además, varios amigos esperaban mi visita. Tres en el Distrito Federal y uno en Cuernavaca. Como quien ha perdido el rumbo, tanteaba el camino que me acercara a aquellos anhelos desdibujados en el recuerdo. Intuía que aún tenía mucho para darle a la literatura, pero no hallaba la fórmula adecuada para sacar lo mejor de mí.
Al cabo de unos días, comprendí que la visita a mis amigos editores no resultaría provechosa. No era buen momento, me decían. Mi existencia se llenó de silencio, se colmó de frustración y desamparo. Los peores presagios se fueron cumpliendo para cerrar las puertas, una a una, y no pude dejar de pensar que años atrás, se disputaban la prioridad de publicarme y ahora me atendían por compromiso.
El último día, me sentía vacío, y el objetivo de mi viaje definitivamente incumplido; la esperanza de reeditar alguna de mis novelas resultaba imposible. No podía disimular el amargo gusto a fracaso que me invadía. Todavía era temprano para visitar a Roger Matienzo, el último de mi itinerario. Al otro día me marchaba. Decidí hacer un poco de tiempo en un local de dudosa reputación. Pedí un whisky. Enseguida reparé en las diferencias con mi época de escritor activo, cuando buscaba un bar para poner en papel lo que hervía en mi cabeza. Extrañaba esas tardes con olor a triunfo y el tenue crujir del bolígrafo deslizándose sobre el papel, siempre más lento que las ideas. Hacía tiempo que mi escritura no vivía, solo perduraba agonizante y marchita.
Había allí un largo mostrador sobre el que se acodaban algunos visitantes, dispersos y apagados. Detrás del barman, una luz opaca se derramaba desde una lámpara. Ni siquiera dos jóvenes mujeres que reían airosas, alegraban el lugar. Me senté en la barra e hice mi pedido a un personaje de lentes gruesos y densos bigotes que se movía en medio de un fulgurante caos de sombras. Enseguida me trajo un vaso con el elixir preferido de todos los penantes, y en el que nadaban dos trozos irregulares de hielo. Se quedó cerca, tal vez formaba parte del servicio de apoyo moral a los pobres tipos como yo.
––Cuando era joven creía que tomar whisky era una práctica de hombres fracasados ––dije suavemente, sin interesarme si me habría escuchado.
–– ¿Y hoy, qué cree?
––Que es una práctica de fracasados ––. Sacudió la cabeza, y con ella movió su matorral de pelo azabache.
––Nunca dejará de ser hombre.
––Un hombre toma las decisiones cuando debe tomarlas, pero... caemos continuamente en las trampas que nosotros mismos plantamos.
Salí de allí con el sol desplomándose entre los edificios. A la tristeza se había agregado una cefalea que me perturbaba.
Había acordado con Roger pasar por su casa a las dieciocho. De todos mis contactos, era el menos influyente en el mundo de las letras. Un industrial sólo aficionado a la lectura.
––Amigo mío ¡Qué placer tenerte aquí! ––mi anfitrión no perdía el entusiasmo, se notaba en su abrazo.
––Sólo estoy de pasada Roger, me marcho mañana.
––Es una lástima no habernos juntado antes, pero ahora quiero disfrutar cada momento de tu compañía, hermanito.
Envidiaba su euforia, siempre lo había visto así. Estuvimos casi dos horas intercambiando ideas, información de amigos en común, y entretenidos con nuestra pasión compartida: Cortázar. En un momento se levantó y dirigiéndose hacia la biblioteca me dijo:
––Tengo una sorpresita para ti ––y volvió con un libro ––. ¡A ver qué te parece!
Era uno del maestro, el muy conocido “Historias de Cronopios y Famas”. No entendí al principio cuál era la sorpresa, hasta que lo abrí. Contemplé fascinado el reverso de la tapa y la primera página, normalmente en blanco. Tenía un largo texto y estaba firmada de puño y letra por Cortázar.
–– ¡Dios!, ¿qué es esto?
––Lo que ves hermano ––dijo palmeándome la rodilla entusiasmado. Yo leí extasiado ¡Era un cuento inédito! ¡Unos pocos renglones con la inigualable magia de su pluma!:
“En el restaurante de los cronopios pasan estas cosas, a saber, que un fama pide con gran concentración un bife con papas fritas, y se queda deunapieza cuando el cronopio camarero le pregunta cuántas papas fritas quiere.
— ¿Cómo cuántas? — vocifera el fama—. ¡Usted me trae papas fritas y se acabó, qué joder!
—Es que aquí las servimos de a siete, treinta y dos, o noventa y ocho —explica el cronopio. El fama medita un momento, y el resultado de su meditación consiste en decirle al cronopio:
—Vea, mi amigo, váyase al carajo.
Para inmensa sorpresa del fama, el cronopio obedece instantáneamente, es decir que desaparece como si se lo hubiera bebido el viento. Por supuesto el fama no llegará a saber jamás donde queda el tal carajo, y el cronopio probablemente tampoco, pero en todo caso el almuerzo dista de ser un éxito.
Para Aldemar Nocasio, mi irrefutable amigo, cronopio y azteca. Con afecto:
Julio Cortázar, 23-03-75”
––Ahhh, cuéntame la historia de esta maravilla ––le pedí temblando de emoción.
––Es simple. Este Nocasio fue un escritor mexicano que llegó a publicar dos novelas y un libro de poesía. Fue profesor de literatura en un par de Universidades. Amigo personal de Don Julio. Cuando él estuvo en México en el 75 visitando Palenque, le dedicó su libro de esta forma tan novedosa. Un verdadero hallazgo. Este hombre murió en 2001 y su familia, frente a algunas dificultades económicas, decidió venderlo en subasta pública este año. Yo estuve allí y lo conseguí. Apenas lo tuve en mis manos pensé en ti, te lo juro. Sabía que te iba a gustar, pero no imaginé que te pusieras así. ¡Estás emocionadísimo!
––Más que eso. Estoy conmovido, shockeado. ¡Esto es muy fuerte!
––Sí, realmente es una maravilla.
––Diría que un milagro. No sabes lo que tienes en tus manos.
––No creas, no soy un experto como tú, pero me lo imagino, lo huelo. Me contó la viuda de Nocasio que lo escribió allí mismo en la mesa de su living, tal vez una improvisación o ya lo traía en la cabeza.
La charla continuó por otros senderos mucho menos interesantes. Mi mente no podía apartarse de aquel libro. En un momento mi amigo, bastante contrariado, me confesó que tenía una cita importante esa noche.
––No te preocupes chamaco, yo también debo irme ––le dije –– Tengo algunas cosas que ordenar y mañana viajo. Hemos aprovechado bien el tiempo. Sólo quiero pedirte un favor antes de marcharme. Tú sabes lo que significa esto para mí ––dije señalando el libro ––. Quiero sacarle una fotocopia, mostrársela a mis colegas. En realidad, hacer que me envidien un poco por tener amigos como tú. Y por esta dicha de haber sostenido en mis manos, un libro con un cuento de puño y letra del maestro.
–– ¡Pues claro, hombre!
Una tormenta de locura revoloteaba en mi mente, y no pude evitar que se instalara. Increíblemente, estaba haciendo planes para quedarme con ese tesoro. Mi cabeza se llenó de trucos en los que argumentaba tontamente: Roger para qué lo quiere, si yo tuviera una joya como ésa, de Juan Rulfo se la daría, es lo lógico. Un cuento de Cortázar tendría que estar en Buenos Aires, que fue su cuna literaria y donde se formó, y cosas por el estilo.
Pero enseguida arreciaba la culpa ¿cómo voy a hacer eso? Es demencial, me desconozco. E inmediatamente volvía la idea que quedarme con el libro, y entonces, trataba de justificar lo injustificable.
Roger me había entregado el libro en un sobre tipo manila, lo saqué y volvió a encandilarme, ¡aún no lo podía creer! Busqué en una librería de saldos, un libro que tuviera un formato parecido e hice el cambio. Puse la alhaja en mi portafolio y el falso en la bolsa. Dejé pasar el tiempo a propósito, especulando con que mi amigo se iría pronto y poder dejarle el sobre al mayordomo, que no haría ningún control. Inventé una excusa, para cuando me llamara a Buenos Aires. “Ah, que error. Compré un saldo cuando iba para tu casa y se nota que en un descuido, lo cambié ¡Qué grave equivocación!”. Luego inventaría alguna historia, que se perdió en el correo, que me lo robaron, ya vería. En ese momento mi prioridad era entregar el sobre sin contratiempos.
Las luces me hicieron salir del ensimismamiento y reaccionar, la gente en la ciudad aún continuaba su batalla diaria por la vida. Dilaté el momento un poco más, para asegurarme de que mi amigo no estuviera cuando yo regresara a su casa. El corazón me latía acelerado, jamás había robado nada. Ya era de noche, y como iluminado por un sol negro, veía lo que realmente hay en el mundo: una infinita fantasía, en la que proyectamos ciudades y rostros que tal vez no existan. La congoja y la excitación me poseían. Insensible, anestesiado, me absorbió la noche.
Por suerte cuando llegué, Roger se había marchado. ¿Le habría pedido a su mayordomo que controlara? Le entregué el libro ensobrado y me dio una carta, que mi amigo había dejado para mí, seguramente una nota de despedida. Mis ojos sólo observaban los movimientos del hombre, que tanteó el contenido. A la expectativa, tensé todos mis sentidos. Si me descubría se lo tendría que dar. Vergüenza y manos vacías: una fórmula desastrosa.
Todo salió bien, lo dejó sobre el escritorio. Precipitadamente salté a la calle, abordé un coche y fui a mi hotel. Vi la gente apurarse, extraños entre sí; gente que me mantenía cautelosamente atento, me sentía observado. Calles muertas, donde se acrecentaba el espanto de mi delito.
En mi habitación leí una y otra vez aquel manuscrito. Me sobresalté al pensar que tal vez, al regresar a su casa, Roger verificara el libro y saldría a buscarme, por eso decidí liquidar mi cuenta y marcharme de allí inmediatamente. Pasé la noche en otro hotel. A la mañana siguiente, me consumió la tensión en el aeropuerto. ¿Si llegaba para interceptarme? Todo era una locura, un vertiginoso pasaje de imágenes por mi mente. Recién al despegar me tranquilicé. Todo estaba consumado, para bien o para mal, ya estaba hecho.
Antes de que conozcan la última parte de esta historia, quiero decir que me pregunté cómo tomaría mi amigo tanta deshonestidad ¿Comprendería por qué lo traicioné?, ¿Entendería como siempre lo ha hecho, esta pasión ilógica, desmesurada, a contramano de todo sentido? No parece un hecho terminal, si no se entiende que es una mancha más que tiñe mi alma y la desdibuja tanto, que casi no se distingue otra cosa más que podredumbre. Les cuento lo que aún falta de esta historia, y que ocurrió hace apenas unos minutos. Todavía estoy en vuelo, y pasado el escabroso momento, me acordé del sobre que mi amigo había dejado para mí. Estaba tan nervioso cuando le dejé el libro falso, que había quedado durmiendo en el bolsillo interno del saco. Dice así:
“Querido y admirado amigo:
¡Que gran velada hemos pasado! Para la próxima te pido, regálame un día más de tu tiempo. Tal vez en abril esté pasando por Buenos Aires. Nos daremos otra panzada de literatura y otro baño de amistad fraterna.
No me pasó desapercibida tu cara, tu expresión al abrir el libro. Nunca había visto tan patente, tan pintada la emoción. La vida me dio la posibilidad de ganar mucho dinero, por eso pude comprarlo. Tú tienes el don y la pasión por las letras, mucho más grandes y refinadas que yo.
Me hiciste pensar que tal vez fuera algo egoísta quedándomelo. Permíteme que te lo obsequie en honor a nuestra amistad. Solo quiero conservarlo hasta la semana próxima, un amigo me pidió exhibirlo en un evento que tendrá lugar en su Librería. Te lo llevaré en abril cuando viaje.
Un abrazo de amigo y hasta pronto.
Roger”.
martes, 27 de enero de 2015
Wanted - Manuel Teyper
La calle es un mundo donde se cruzan historias y lectores. Cuentos atrapantes,
relatos brillantes, estilo misterioso, se reunen en el primer libro de Jaime Didier
Aldana, joven, aventurero, poeta, de pluma incansable e imaginación sorprendente.
La vida de la calle es recogida con sutileza por este escritor, con historias muy
bien desarrolladas, imágenes visuales prodigiosas, hacen de sus cuentos una
lectura amena, disfrutable, con diálogos fluidos con un estilo propio que ya lo
identifica.
La tragicomedia de la calle para unos pasan desapercibidas, pero no para el ojo de
Jaime, quien posee una narración ágil y evolutiva.
Puede contar historias utilizando el diálogo en una forma fácil que captura al lector
desde el comienzo, manteniendo el suspenso e interés durante toda la lectura.
Estamos seguros que esté libro será BUSCADO, muy pronto en todas las librerias.
jueves, 22 de enero de 2015
Nueva era
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Clide Gremiger
(Argentina)
Aquel día los cuises cavaron cada vez
más adentro, las liebres huyeron despavoridas, las martinetas se chocaron entre
ellas, los ratones chillaron como sirenas, las aves de rapiña sobrevolaron desconcertadas.
Los únicos que miraban al cielo eran los humanos, regocijados por el
espectáculo de colores que se lanzaba desde unas avionetas en vuelo rasante.
Cuando los envenenamientos azulados,
verdosos y amarillentos no dejaron nada en pie, las cucarachas, estratégicamente
escondidas durante todo el proceso, reanudaron su fiesta, en medio de la
desolación y la mugre.
Ése fue el día que empezó la era del
insecto. Lo cuenta mi abuela. A ella se lo contaron sus tías, en rueda de
hormigas, las que tuvieron que resistir por mucho tiempo con sus reservas,
hasta que todo volvió a reverdecer... simple y naturalmente.
domingo, 21 de diciembre de 2014
Circunstancias
Alejandro Franco
Mexico
Tan solo de pensar en acicalarme mediando un duchazo, el obligado cepillado de dientes, afeitar la pelona que tanto odiaba por la amenazante calvicie, seleccionar de entre el único traje, viejas camisas y corbatas, algo digno de ser vestido sin levantar las críticas de las chicas asistentes, porque a los varones les da lo mismo si llega uno trajeado o encuerado; pues de que yo sepa y se sepa, a nosotros lo único que verdaderamente nos hace pelar el ojo es: un abultado trasero y unas medias tetas que pugnen por librarse del ajustado corpiño; ¡ah!, y un buen trago, el infaltable cigarrillo, y párenle de contar. Con solo ello, la velada deberá de estar más que completa.
Finalmente me cacheteé con algo de la loción obsequio amoroso de mi último flirt (por lo que a ella correspondía), porque de mi parte cero compromisos, que no fueran los de una paseadita, una buena cena (dependiendo de quién se tratara), y de no merecerla por sus pobres atributos: una rebanada de pastel, un café americano, y a cohabitar se ha dicho; de correr con suerte.
Pero no había escapatoria ni posible disculpa. Esa amenaza de muerte que me había antepuesto Adelita de llegarle a faltar al festejo de su veinticuatroavo onomástico, no era como para dejarla pasar por alto.
Después de hacerme presente con un nada modesto arreglo floral subrepticiamente extraído de un sanatorio que me quedó al paso, que al cabo de todo, ―me dije―, ni quien se llegue a dar cuenta al día siguiente del faltante entre todos los arreglos que sacan de las habitaciones a fin de no privar del buen aire a las recién paridas.
Una vez transcurrido el besuqueo, salutaciones y abrazos, y para no pasar por una simple plasta en la fiesta, copa en mano me dio por circular evitando a los ya conocidos y tediosos zoquetes, acabando por irme a sentar al lado de una bella y solitaria madeimoselle, misma que me pareció algo esquiva al principio, pero no así cuando la abordé con un zalamero saludo realzando su hermosura a más de ofrecerle una bebida, a lo que la dulce moza respondió afirmativamente y de buen grado sin voltear a verme.
―Ya te vi Maiqui… cortejando a mi lindura de amiga. Seguro que ese ponche de granada que llevas es para ella, ¿verdad?
―Así es, Adelita. La verdad es que me ha cautivado de lo lindo y a primera vista.
―Pues a ella no creo que le haya sucedido lo mismo siendo invidente.
―¿Queeé? ¿Cuac? Para haberlo sabido, ni me le planto enfrente. Y yo sin saberlo, ¡elogiando sus ojos, su pelo y toda ella! Pero mira que no haberme dado cuenta… ¡Por querer hacerme el vivales, me pasé de pendejo!
―No te preocupes tanto, amiguito, que Lilí es toda ternura y comprensión. Mientras tú apenas vas, ella ya viene de regreso. Tú sabes bien que a falta de la vista, a los cieguitos se les desarrollan muchas otras virtudes.
“Pero, mira, Maiqui, otro día te cuento lo que quieras sobre las numerosas cualidades de Lilí. Anda, ve y atiéndela antes de que alguno la saque a bailar, pues quienes la conocen saben que es una excelente bailadora. Con eso de que para ellos la música les es tan vital como el aire... Te la encargo extremadamente. No te aproveches de su inocencia… es tan niña y tan mujer a la vez… Te lo advierto, Maiqui, ¡no te atrevas!
Fue tan fácil y ameno conversar con Lilí, que llegué a olvidar su discapacidad. Supe más de esa preciosura en unas horas que lo que Adela pudiese haberme contado posteriormente. Eso sí, al estar bailando con ella, no faltó quien a señas me felicitara por mi afortunado hallazgo; entretanto, yo conducía entre las demás parejas a tan frágil y dulce criatura en esos momentos amparada por mí.
Unas dos o tres piezas, no más, y Lilí me dijo sentir algo de fatiga, rogándome que si no me incomodaba, mejor la llevara a sentarse.
En su larga y amena plática, me dejó saber de sus estudios en universidades especializadas donde había logrado culminar con un doctorado en filosofía y letras. Que la buena música le fascinaba, y que le encantaba tocar el piano; que pasear por el campo y sentir el viento acariciándole, escuchar todos los sonidos y husmear las fragancias de las flores, la hierba… y tantas y tantas otras cosas de las que yo me hallaba más que asombrado por tan claras descripciones; tal y como si en verdad ella las pudiese haber contemplado algún día; pero no podía ser así, porque a decir de ella, había nacido invidente y jamás la luz podría haberse asomado ni por casualidad en sus ojos, que para esos momentos me parecieron hasta vivaces y llenos de vida. Qué triste ―me dije― mientras percibía su calor en el último baile que me concedió esa noche; ceñidos ambos en el encuentro posiblemente el más dulce y grato de mi vida.
Al despedirnos, prolongó su caricia en mi mejilla examinando al tacto mi rostro para acabar diciendo:
―Tal cual y como te había imaginado, Miguel… ansiaba conocerte… que tengas buena noche. ¿Qué digo? ¡Tonta de mí! Que tengas buen día... ya casi amanece.
―¿Despidiéndose los tórtolos? ¿Te vas a quedar a dormir aquí en el departamento, Lilí? Es tan tarde que flojera me da llevarte hasta tu casa. Te prometo que te deposito en lo tuyo hoy mismo. Pero ya tardecito, ¿eh?, una vez que estemos recuperadas de la fandanga.
―Ay, sí Adelita, te lo agradezco y me quedo. Estoy que me muero de tan cansada. Un poco más y me caigo de sueño.
―Pues entonces vete para la otra recámara que ya conoces el caminito. Yo mientras echo a la calle a este gandul, no vaya a querer quedarse también a dormir; es tan conchudo, que no te lo puedes imaginar.
Adela no me permitió articular una sola palabra más antes de cerrar la puerta tras de sí. “Tan atenta como siempre conmigo”, a sabiendas de que de cualquier manera contaría con mi amistad incondicional y un total aprecio hacia su persona.
La gélida mañana del domingo me atrapó en plena calle a la espera de un auto de alquiler, que dado lo corto de centavos en el bolsillo, deseé que nunca apareciera. Más me apetecía hallar un cafetín abierto, agenciarme un desayuno barato y reparador, que cualquier otra cosa. Así que eché a caminar con rumbo a mi modesto cuarto de azotea, seguro de que el sanatorio a mi paso contaría con cafetería abierta día y noche; o quizás de pura casualidad pudiese por ahí encontrar una cocina económica para madrugadores.
Metabolizando mi frugal desayuno y arropado con un par de cobijas, sin dejar de pensar en Lilí, todavía con su aroma en la mejilla rezumando en mi almohada, me abracé a esta imaginándome también ciego y viviendo a su lado.
Y si ello ocurriese… ¿cómo podría proseguir mis estudios de medicina y encontrar un trabajo en el que los ojos no fueran necesarios. Si estando sano y completito apenas y podía cubrir mis gastos personales y escolares con el empleo de supervisor y horario “especial” que en ese entonces me facilitaba el buenazo del tío Crispín; sin dejar de mencionar el cuartucho prestado en la azotea de su casa a cambio de darle de comer al perro y recoger los despojos.
Cuando que ella, Lilí, ya contaba con todo un doctorado en esas doctrinas del pensamiento y la reflexión.
Pensé que lo mejor era olvidarla. ¡Ay, Dios, pero cómo olvidar esa ternurita de mujer, habiéndome quedado tan prendado de su buen cuerpo y finas maneras.
Eran ya casi las tres de la tarde cuando mi móvil repiqueteó una llamada:
―¿Maiqui? Por acá Adelita y Lilí para invitarte a comer con nosotras en mi piso; si es que no te encuentras aún echado en cama soñando con ella… ―se escucharon unas risillas cómplices y hasta pude imaginar los jaloneos de ropa y regaños de Lilí a su amiga.
―No mujer, qué va, si ya hasta duchado estoy. Perfumado y listo para la batalla.
―Pues qué esperas para venir a hacernos compañía. No hagas esperar a Lilí, que se muere por verte ―nuevas risas y seguros jaloneos―. Y sábete que no me da por aquello de servir dos veces la mesa. Así que apura, chico, apura.
Nunca me había acicalado tan rápido como aquel día. Era tal la urgencia de encontrarme con Lilí que manos me faltaban. Y claro, a caminar a paso veloz una vez que en el desayuno había gastado mis últimas monedas; al fin que mañana es día de raya ―pensé con optimismo.
Me encontré a las dos amigas ataviadas de lo más sport con playeras y shorts. Bien que se apreciaba que bajo la playera no portaban nada, y que postradas en el sofá mostraban sendas y torneadas piernas.
Lilí me había recibido llena de contento con gran abrazo y un par de besos en las mejillas. Adelita con un simple “hola” se metió a la cocineta a preparar las viandas, para luego volver con tres cervezas heladas y unos aperitivos muy a la mexicana.
La comilona compuesta tan solo por recalentados transcurrió dentro de la más cordial y amena plática. Lilí volteaba hacía mí en cuanto me oía hablar. Juro que su carita era todo júbilo al escucharme, y no perdía oportunidad para rogarme que le hablara de mis planes, mi trabajo y mis estudios. Adela terminó por aburrirse de lo lindo, optando por irse a echar la siesta a fin de estar fuerte y lista a otro día por la mañana.
¡Ah!, cómo disfruté esa tarde. Arremolinados en el sofá escuchando buena música, dejamos transcurrir las horas volviendo a la realidad con la aparición de Adela en el umbral de la puerta de su recámara.
―Ha llegado la hora de despedirse tortolitos, que mañana hay que trabajar y estudiar. Así que desfilando, Miguelito, desfilando. No es que te corra, pero por hoy ya estuvo bien.
Lilí se puso de pie al instante, y asida a mi brazo me acompañó hasta la puerta mientras Adela volvía a su recámara.
Estando en el quicio, Lilí me dio sus últimas recomendaciones, y buscando mi boca con su manita, se acercó para besarme largamente.
Ya antes habíamos hecho planes de cómo, cuándo y dónde nos veríamos acorde a nuestros compromisos y actividades.
El caso fue que yo salí feliz y ufano de poder contar con ella de ahí en adelante. No cabía la menor duda de que cuando el amor hace su aparición, si no es que el deseo, es por demás aclarar, cualquiera enloquece. Y me refiero no solamente a mí, sino a ambos.
Lilí vivía en ese entonces en un departamento que se ubicaba en un barrio elegantísimo en compañía de la nana que la vio nacer y que había cuidado y cuidaba de ella hasta la fecha. Las dos se adoraban; y Lilí le guardaba un gran cariño. No en pocas ocasiones me dejó saber lo agradecida y comprometida que para con su nana se sentía. Y cuando yo le expresaba mi deseo por conocerla, siempre mediaba un pretexto, porque en las tantas veces que la llevé hasta su departamento, Lilí me despedía como siempre de cariñosa, y en algunas ocasiones hasta febril y agitada; sí, pero antes de cerrar tras ella la puerta.
Nuestros paseos se fueron espaciando a causa de los privativos compromisos: mis estudios por una parte, y según Lilí, por el hecho de tener que asistir a congresos, dar conferencias, la preparación de sus trabajos, y en fin, nunca faltaban las excusas; más las de ella, que las mías.
Y había otra cosa…, y esta era, que según Lilí, con sus presentaciones y demás obtenía pingües ganancias, a decir de ella, pero al mismo tiempo me enteré de que recibía una generosa ayuda de su padre, quien prácticamente cubría todos sus gastos. Su madre, fallecida hacía ya algunos años, muy joven por cierto, siempre la había mantenido encargada con la nana ―sin dejarme saber el motivo de tal decisión―. También me enteré de que el departamento que Lilí habitaba era de su propiedad, regalo de sus padres antes de su dolorosa orfandad; toda vez que ella había decidido independizarse.
Y yo, mientras tanto, comiéndome las uñas ansiando terminar mi carrera. Unos meses más y tendría que hacer el internado; y de ahí al examen profesional para finalmente ejercer. Así que la diferencia de estatus entre los dos me parecía abismal por esos días. Y como buen pobre estudiante que lo era, tuve que admitir no pocas veces que ella cubriera sus caprichos ―no los míos―: conciertos, presentaciones, consumos en restaurantes, y a veces hasta las entradas al cine tan solo para darme gusto a mí ―según ella―. Y me decía: con que yo la escuche, cariñito mío, me imaginaré todita la película.
Una ocasión de tantas en que a instancias de ella nos hallábamos dentro de un bar escuchando música de jazz en vivo, repentinamente me dijo:
―Hoy, tesorito mío, me hallaré sola en el departamento. Ofelia (nombre de la nana) se tomó su día de descanso, más bien un par de días, pero por orden mía. Tanto tiempo sin ver a tu viejecita ―le dije―, merece que la vayas a apapachar. Vas, te quedas un par de días, y te regresas volando a nuestro refugio. ¡Y aceptó encantada! Bueno, esto viene al caso porque…, no sé que me picó ahora mismo, pero la ocurrencia es que deseo y quiero que esta noche la pases a mi lado. Y no me preguntes la razón porque no la sabrás. ¿Qué me contestas? ¿Cuento con que veré cumplido mi capricho? O quieres que aquí mismo te arme una pataleta.
―Pues por mí encantado, a condición de dejarte muy temprano para irme al hospital de volada. Capaz que no llego a tiempo y mi profesor me borra de su lista.
―Por mi aceptado, pero si tú pones una condición, yo pondré la mía. A ver qué te parece:
Sé muy bien, porque lo intuyo, que a pesar del corto tiempo que nos hemos tratado, la duda, o mejor dicho la curiosidad de saber cómo es que quienes carecemos del sentido de la vista percibimos las cosas que nos rodean, y cómo también es que nos valemos por nosotros mismos, y aún más cuando nos hallamos completamente a solas, curiosidad esa que te viene carcomiendo el seso hace ya tiempo. O, ¿no es cierto?
―Dices…
―Bueno, cariño, siendo así como quieres concebirlo, a mí me da lo mismo; y no obstante tu respuesta al aire, de todos modos te voy a dar la oportunidad de que vivas una experiencia muy parecida, aunque solo sea por una noche. Al llegar a mi departamento, encenderé las luces. Te daré la oportunidad de que pasees dentro del mismo a tus anchas. Podrás abrir todas las puertas y cajones, meterte a la cocina, a los dos baños, localizar el estéreo, la estufa eléctrica, el fregadero, el congelador y toditito sin que te falte absolutamente nada por conocer y registrar en tu linda cabecita. Habrás de memorizar todo cuanto puedas. Cuando te sientas listo, y en el supuesto de que no habremos de usar ningún artefacto, le pediré al conserje que baje el interruptor general de mi departamento y, ¡adiós la luz, quedaremos totalmente a oscuras!; porque además, tendré la precaución de correr todas las cortinas. A partir de ese momento habrás de valerte por ti mismo. A tientas y como Dios te dé a entender, tendrás que hallar todo aquello que necesites. Incluyendo llegar hasta mí, pues no pienso hablarte ni hacer ruido alguno. El premio a tu esfuerzo será esta mujer que arde porque la poseas.
Diciendo y haciendo, Lílí comenzó a correr cortinas mientras yo de prisa hacía mi paseíllo por el amplio departamento. Visualmente y acostumbrado a memorizar, me tracé en mente un croquis de localización; todo ello antes de que Lilí a través del interfono, terminara de dar sus instrucciones al conserje:
―…y no suba el interruptor hasta que yo se lo indique, don Jesús. Gracias y buenas noches.
Al momento, el departamento se convirtió en un oscuro socavón; me sentí como dentro de una catacumba y sin vela. Lo último que escuché decir a Lilí, fue:
―Ahora sí tesorito mío, estamos en igualdad de circunstancias. ¡A buscar se ha dicho! Ah, y es menester que te desnudes en el mismo lugar donde estás parado. Ordenas tu ropa y la guardas en el closet de visitas. Luego, vas al baño de huéspedes y te das un duchazo. Una vez que termines, iniciarás la búsqueda de quien te estará aguardando conteniendo sus ansias.
Yo bien sabía que en aquello de que: “…estamos en igualdad de circunstancias…”, no había nada de cierto; pues a saber, un ciego tiene quintuplicados los sentidos que le restan; incluyendo el sexto, el séptimo y el etcétera.
El silencio era total, pues ni los pasos podían oírse dada la gruesa alfombra. Comencé a caminar trastabillando y no fueron pocos los tropiezos, golpes en los muebles y encontronazos en mi afanosa búsqueda a tientas; entretanto, el silencio absoluto reinaba. Después de vanos intentos tras una exhaustiva exploración, algo desalentado y no menos molesto, inicié ―no con mucho aliento― un último recorrido a gatas; pensaba que solo con tesón y paciencia se gana el cielo. De esa manera, no se me podría escapar rincón alguno.
A la postre, y en el supuesto de que me hallaba en la mismísima puerta de la entrada, pude palpar los pies fríos y diminutos de un cuerpo semidesnudo. Lilí, arrellanada y abrazando sus rodillas, al sentirse descubierta, le sobrevino una alegre algazara.
Mediando unos segundos, nos pusimos de pie. Quise estrecharla, pero ella me lo impidió diciendo:
―Ven cariño, te has ganado tu premio. No me sueltes, déjame que te guíe hacia la recámara. Esta ayudita no la tendrías de encontrarte tú solo… ¿me entiendes?
De lo que me es permitido detallar fue que por fin pude percibir a plenitud su aroma de mujer (sin perfume alguno, aclaro), escuchar su jadeante respiración, gustar de sus labios, su saliva y toda ella; al acariciarla y tomarla, no obstante su rendida y extraña pasividad, mis sentidos se acrecentaron de tal modo, que creí que cada vez que la palpaba la percibía al mil; y todo sin dejar a un lado lo mental, medio por el que pude imaginármela de cabo a rabo; tiento a tiento. ¡Ah!, cuán dulce experiencia durante toda esa noche hasta que nos sorprendió la mañana. Al abrir los ojos, pude ver a Lilí muy embatada corriendo las cortinas:
―¡Arriba flojito! A bañarse, vestirse y a correr en busca de un merecido desayuno, que la enseñanza ha terminado. ¿Aprendió algo el alumno? ¿Fue de su completo agrado la experiencia como invidente? ―una cristalina risita complementó sus preguntas.
Al escuchar la palabra “alumno” salté de la cama, pero ya demasiado muy tarde.
Durante el desayuno, Lilí se descosió narrándome acerca de sus últimos logros dentro de su profesión: los temas y fechas de los congresos en puerta, las conferencias que habría de impartir como colaboradora en la universidad, y otras más a las que tendría que asistir para ampliar sus conocimientos; unas próximas vacaciones en el extranjero ―quizás Europa, según la proveyera su padre para el viaje―, y en fin, una agenda totalmente llena de compromisos. ¡Pero sin incluirme!
Cuando terminó su monólogo, encendí un cigarrillo (que harto le molestaba), y casi involuntariamente le dije después de que me preguntara por mi parecer:
―Lo que claramente me parece, Lilí, es que yo no ocupo ningún lugar dentro de tus planes de trabajo y esparcimiento. Eso es lo que me parece.
―Mira Miguel, cariñito mío. Porque te lo mereces, y no tan solo por el hecho de cómo has sido conmigo; antes que nada, debo ser muy sincera y honesta con vos. Estos días a tu lado han sido para mí maravillosos; todas tus atenciones, mimos, cortesías tan de caballero. Y para colmo de los colmos, por haberme regalado la mejor de las noches hasta ahora.
―¿Hasta ahora? No te entiendo…
―Te explico: la meritita verdad, Miguel, es que tú no has sido el primero, ni serás el último en mi vida. Y no es que yo sea la cieguita de la torre de Nestlé, pero pudiera serlo ―una risilla entre cínica y alegre se le escapó dentro del recinto en el que nos encontrábamos.
Yo estupefacto, no podía dar crédito a lo que me estaba diciendo. Y no es que me hubiera forjado muchas ilusiones respecto a Lilí, pues tampoco ella estaba muy contemplada dentro de mis futuros planes, en los que mi carrera era tan fundamental; aún si mediara adquirir un compromiso o intentara entablar una relación sólida.
―¿Entonces…?
―Entonces… que mientras uno no se harte del otro y cada quien se ajuste… ya me entiendes, ¿verdad? De ese modo podríamos seguir la fiesta en paz, gozar y aprovecharse uno del otro en los pocos o muchos momentos en que se nos esté permitido vernos juntos.
“Pero cuánta desenvoltura, me dije”.
¿Con tal propuesta y confesión podría considerarme liberado? Ni siquiera me lo planteé durante las semanas siguientes en que Lilí se ausentó de mi vida, a no ser por una que otra fría postal desde lugares lejanos. Y entre postal y postal, apariciones repentinas en las que se dejaba ver ―dijera yo―, ya que los encuentros estaban condicionados a pasarla en la penumbra de su departamento, eludiendo los paseos al aire libre.
Comencé a notar en ella cierta lasitud y abandono, al tiempo que me suplicaba que la dejara descansar. Recuerdo que en no pocas ocasiones la vi dar traspiés y manifiestos movimientos torpes al comer o en su arreglo personal, que yo primeramente atribuí a un simple nerviosismo, y que más adelante se tornaron habituales y notorios; tanto como sus continuos despertares durante la noche. El piano guardó un permanente silencio a partir de esos entonces.
En una de sus tantas despedidas, ligeramente me dejó saber que estaba siendo atendida de su estrés ―como dio por considerarlo― por especialistas en el extranjero, y que a ello se debían sus frecuentes alejamientos.
Ya para esos tiempos en los que esporádicamente formaba yo parte tanto de su vida como la de Ofelia, su nana, de quien me daba yo bien cuenta de la gran preocupación que por su adorada hija adoptiva la embargaba:
―¡Mientras más la cuido y le procuro sus alimentos, más se adelgaza mi niña! ― me decía lloriqueando la pobre.
Sin embargo y dada la gran alegría que Lilí manifestaba al encontrarnos en cada nueva vez, yo no podía más que dejarme llevar por el arrebato de volver a pasarla a su lado; ya fuera efímera o pesarosamente.
Luego vinieron las evasivas y excusas para no vernos, mismas que se fueron multiplicando con el tiempo, hasta no saber más de ella.
Mientras tanto y con más afán que nunca, me dediqué de lleno a mis estudios, logrando como practicante destacar entre mis compañeros, por lo que me hice digno a la propuesta de mi profesor del internado médico de integrarme a su clínica particular. Al inicio como médico general, que ya después lo haría con mi proyectada especialización: la neurología.
Hubieron de transcurrir un par de años al menos, cuando hallándome en un congreso, tuve la
¡Cielos!, la luz se asomó flamígera y fulminante en mis ojos más que ciegos al recordar las ya lejanas palabras de mi amiga la ponente:
―Algún día te enterarás, pero tardíamente, Maiqui querido, la razón del alejamiento de Lilí.
Después de mis calurosas felicitaciones por el logro de llegar a ver publicado su artículo, la pregunta no se hizo esperar:
―Adelita, ¿era esa la razón a la que te referías aquella última vez que nos vimos?
―Razón que juré no dejarte saber nunca; aún pareciéndome una injusticia para ambos. Maiqui querido, Lilí recién ha fallecido víctima de esa insufrible enfermedad. ¿Puedes creerlo?
“Estas humanidades que nos deshumanizan” ―pensé y expresé a la vez a Adelita sumamente consternado, antes de abrazarla y despedirme.
Nota: La esclerosis lateral amiotrófica (abreviadamente, ELA) es una enfermedad de tipo neuromuscular. Se origina cuando unas células del sistema nervioso llamadas moto neuronas disminuyen gradualmente su funcionamiento y mueren, provocando una parálisis muscular progresiva de pronóstico mortal: en sus etapas avanzadas los pacientes sufren una parálisis total que se acompaña de una exaltación de los reflejos tendinosos (resultado de la pérdida de los controles musculares inhibitorios).
ELA familiar: se trata de una variante hereditaria con un perfil típicamente autosómico dominante; hay evidencias para un grupo de pacientes que constituyen entre el 5% y el 10% de los casos.
sábado, 13 de diciembre de 2014
MUDEZ
Gil Sánchez
México
Temerosos de ser tragados en un mundo cibernético, Rudolf y Tania se aislaron en su amor. Sin
conexión virtual vivían felices. Juraron comunicarse con la vista, su tacto, su humor y así dialogaban
interminablemente. A su lado, veían autodestruirse a sus amigos, tragados y vomitados por un
ciberespacio interminable, cada vez más voraz. La extinción estaba a punto de suceder, la salvación
estaba en la mano de dos personas. Ellos eran héroes al resistirse entrar en la red virtual. Mientras,
otros se reían en sus páginas cibernéticas con caritas felices o mandaban twitts señalándolos como:
¡perdedores!, ¡locos!, ¡cavernícolas!, o una imagen con un pulgar hacia abajo. Su anonimato brilló
como una estrella, y obtuvo millones de retwitts. Mientras ellos, cada vez más aturdidos sin darse
cuenta de lo que ocurría, ante un sigilo total, cayeron en tedio para distanciarse, y ser distraídos por
miles de lucecitas de celulares espectaculares. Cada uno por su lado sin esperanzas, decidió llamarse
para despedirse, y el planeta quedó en absoluto silencio.
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