miércoles, 11 de marzo de 2015

El vendedor de cuentos



Paul Fernando Morillo

Estados Unidos


“Libertad no es la ausencia de compromisos,
sino la capacidad de escoger y comprometerme
 con lo que es mejor para mí.”
Paulo Coelho


    Mientras Elvira espera al vendedor de cuentos ambulante en el café, recuenta su vida hasta ese instante. El joven ha trastocado la vida que ella eligió hace treinta y pico de años. En la mañana los destinos se cruzaron empujados por la insistencia de la conciencia de la mujer conejo. Desde que el vendedor de esperanzas asomó, la calle se ha convertido en una chacra llena de vegetales humanos agrupados frente al hortelano.

    Las pupilas de Elvira están fijas en aquel agricultor de palabras que arenga a los transeúntes y les invita a que oigan y compren el cuento del día. Elvira, la mujer vestida de conejo azul, mira hacia  la calle desde una vitrina. Ella, a manera de anuncio, trata de atraer clientes para un negocio sin importancia, siempre es buen pasatiempo, de eso está segura. Está atenta a la actividad de la esquina, le gusta observar el comportamiento de las masas humanas. De todos los disfraces, ella escogió el de un conejo ya que en eso se transforma en la vitrina. Las horas se escurren lentas detrás del disfraz, los lapsos del tiempo pasan sin volver sobre sus pasos; en el eje de los ojos de la mujer conejo está el vendedor de historias, el hortelano de las fantasías y los cuentos, tal como lo encontró una mañana hace treinta días  leyendo historias para los transeúntes.

    El vendedor de leyendas gesticula, grita, llora, ríe mientras lee sus cuentos –el día a día de Jaime-. La curiosidad y algo más tiene embobada a Elvira, quiere saber más del hombre de los cuentos. Cuando mira a Jaime, un olor a heno fresco llena su olfato. Los recuerdos le invitan a subir al tren de la vida de Elvira, y ella se deja llevar, la mujer acaricia imágenes del hombre que ella amó.  

     El joven vendedor de ilusiones escritas posee la misma juventud, la misma energía de la que ella se enamoró varias décadas atrás. Los gestos son los mismos,  pero en cuerpos diferentes. Así fue que un veintitrés   de Enero de 1997, lo recuerda   clarísimo, el fantasma de sus sueños,  asomó sus dientes de magia; la oportunidad mostró la punta de la nariz y la tentó. El enjambre de dudas se desmoronó y Elvira tomó la determinación de separarse del hombre amado para buscar una carrera   de pintora.
De lejos, Elvira puede ver que el joven vendedor de las ilusiones escritas, dibuja la misma sonrisa cautivadora que su pasado amor.   Está convencida de que ve fantasmas materializados del viejo cariño ahora ya amansado y puesto a descansar en el potrero de alfalfa de los amores clorofílicos, acabados e imposibles. Su antiguo novio murió hace una década en brazos de otra mujer, bañado en aires de otra patria, no allí en Quito, Ecuador, según un obituario leído sin prisas un domingo hace tantísimas lunas. La muerte también cargó el amor de Elvira, los vacíos abismales en su corazón son tan grandes que podrían abarcar varias extensas praderas llenas de familias de conejos.

La mujer no ha dejado su madriguera para oír al cuentero, la detiene la exigua posibilidad de que este joven esté relacionado con el viejo batir de su corazón.   Un cosquilleo interior  le avisa,   la tienta. Sin duda alguna le gustaría oír una de esas historias que los transeúntes parecen disfrutar de principio a fin.  –Quizá mañana– piensa Elvira. De súbito repara que el futuro no existe, que solo hay un presente y es este instante, este microsegundo que de forma continua ya es pasado. Decidida, baja de la vitrina y sale a la calle al encuentro del vendedor de los cuentos. Camina unos metros hasta la esquina. Si es que hay sol allá arriba no se siente. Al llegar a la esquina,   repara que el cuentero está ocupado leyendo el cuento del día. Ansía creer que sus ojos le engañan, pero este muchacho es la encarnación de su hombre, tal como lo recuerda en el estático pasado: la sonrisa embadurnada  de esos labios gruesos y eternos, la mirada tierna y poseedora. El  joven   de las palabras   alza su mirada y el albur inclina la balanza hacia el lado de la mujer conejo:

–He aquí el conejo azul de mi cuento, se acaba de materializar y ha venido para que Uds. le conozcan,  –dice el joven y sonríe  con una sonrisa universal que trae los campos de heno a la esquina de la ciudad. Elvira se queda lívida, el disfraz le comienza a molestar y suda copiosamente, los rayos del astro rey le mortifican los brazos y las piernas; en ese instante, siente que el sol le comienza a entibiar el alma. Ni remotamente pensó que algo así sucedería: ponerla en una posición endeble, ni siquiera conoce a este vendedor de cuentos. Y ahora que repara en ello, a juzgar por las palabras que alcanzó a oír, Jaime también la ha estado observando. ¿Ha escrito un cuento sobre ella? Estira su pata de conejo en forma de saludo, pata y mano se entrelazan, el encantador de las vocales y las consonantes le recibe con un tibio “mucho gusto”. Su sonrisa es como de cuento,   inverosímil, cálida y embriagadora. La imagen de la comisura de su boca desparramándose y uniéndose en éxtasis. Mientras el joven escritor enlaza sus manos con las patas azules del conejo  hace que las piernas del conejo gigante busquen afianzarse con más esmero al cemento de la cuadra.  –Te espero a las cinco en el café-net–le dice Elvira.

De regreso a su cuadriculo, ella mentaliza el cuento. Se  repite a sí misma: “el cuentero tiene que leer el cuento a ella, y solo a ella”.

Las horas caminan pesadas,   como si se entreveraran en el acordeón del tiempo, se agrandan y se encogen mientras la vida se desarrolla en la acera, Elvira mira el minutero, faltando de dos a tres minutos para coronar el tope de la hora cinco, decide finalizar el trabajo del día.   Se muda de ropa, el vestido de mujer conejo queda colgado a manera de piel en desuso, como   los animales  sacrificados en el camal.   Con el disfraz se queda guindada la pena del pasado inmutable. Ahora viste otro disfraz, como el de aquellos que ha   visto desfilar todo el día por la   y que la transforman en ciudadana común. Se enfunda en unos jeans salpicados de gotas de nostalgia y pintura   que raspa con la uña de su dedo índice tratando de limpiar el cariño y el olvido. Y espera. Se sirve un café, se sienta,  anhelando la aparición del mago de las letras y las palabras.


Jaime sigue afuera, retirándose de la batalla de los verbos, de las esdrújulas y las consonantes, seguro perdió el marcapasos de la vida moderna; porque cuando el medidor del tiempo golpea casi las seis de la tarde, el vendedor de cuentos entra al café net ignorando que su   parsimonia   ha apuñalado   la paciencia de Elvira sesenta veces.

--Dios Altísimo, ¿de dónde sacaría esa sonrisa? apura Elvira en su cabeza. Jaime va directo a la barra y pide uno de   esos vinos que los chilenos se jactan son de los mejores.  
Mira a los alrededores pero del conejo azul, ni las orejas. Elvira cae en cuenta de que Jaime nunca la ha visto de otra cosa que no sea de conejo azul    y le hace señas con la mano.
El vendedor de cuentos se acerca.   

–Mucho gusto, me llamo Jaime –el vendedor de sueños escritos deja correr una sonrisa que a Elvira le recuerda el enjambre de vibraciones en sus piernas por la mañana. El aire del potrero imaginario se materializa entre sus sienes blancas,  se torna intenso y pasa a ser un torbellino de añoranzas.    Esperanzas que reposan en las inciertas actitudes de las personas ajenas, del anhelo de que lo desconocido se fragüe en realidad.

–Hola yo soy la mujer conejo, sin orejas y sin bigote, responde ella, sintiendo en sus mejillas el ocre de la sangre invadiendo sin aviso, se siente avergonzada a sus sesenta años de edad.
–En que te puedo ayudar, indaga el muchacho de   veinticinco.

–He visto que   vendes tu arte y parece que lo haces bastante bien. Me recuerdas a un viejo amigo   que emigró a España tiempo atrás con un hijo pequeño. Estaba pensando en lo burda que es la vida y su destino, quizás, me pregunto, quizás, este vendedor de cuentos está relacionado con mi viejo y entrañable amigo.

Jaime mide las palabras, apura el vino con sorbos pequeños. El asalto a una de las tantísimas realidades le sorprende, y dicho así a quemarropa por aquella mujer, lo asalta igual como el vino le araña la garganta.

--Lo siento, se excusa Jaime, nunca he estado en España, nunca he salido del país, mi padre murió en Babahoyo, Ecuador.

Elvira ignora las palabras de Jaime, en su corazón se cierne la posibilidad casi cierta.
 
-- Yo también tengo mi arte, ¿sabes? Soy escritora y pintora tengo unos cuadros y unos cuentos que me gustaría que la gente los admire y los compre. Llevo pintando y escribiendo varios años, veintitrés para ser precisa, y por algunos comentarios no lo hago mal, por el contrario lo hago muy bien. No sé si te interesa la posibi...

Jaime corta a  la ex mujer conejo:
-– ¿Y por qué no te has acercado a una galería o a una librería? Quizá podrías alquilar    un carrito para ese fin. Sé que en el centro, los artistas desconocidos venden muy bien sus obras.

--¡Caramba!, exclama Elvira, y agrega, me gustaría que me leas el cuento de esta mañana acerca del conejo azul, al tiempo que extiende un billete de diez dólares.

 Jaime la mide con   sus ojos cafés. Está dispuesto a decirle que se vaya al demonio, pero recapacita. Por diez dólares y   tres minutos de lectura podría pagar su bebida. Alarga la mano a su mochila y extrae un papel, toma un poco de vino, mira al cielo como tomando inspiración y lee el cuento en voz baja, para que la mujer conejo lo oiga solo a él.

“Misión cumplida”, piensa Elvira.

El tiempo toma un respiro de su incesante carrera siempre hacia delante. La voz de Jaime chorrea palabras y su sonrisa las envuelve como papel de regalo:

Érase una vez un reino de los animales de orejas grandes. Allí habitaba una hermosa coneja blanca. Su sueño era teñirse de azul y vivir feliz por siempre jamás. Papá conejo, un precioso conejo English Lop de orejas caídas, le decía a mamá conejo que su sueño tendría que esperar porque ella tenía un bebé conejo en sus entrañas. Los días pasaban y mamá conejo se ponía más triste porque sus sueños azules se chorreaban en blancos insípidos. Pero llegó la hora en que el bebé conejo vino al mundo.   Apenas él   vio los prados de heno, mamá conejo abandonó la madriguera en busca de su sueño, su traje azul. Atrás quedaron papá y bebé, quienes solos, vivieron muchos años entre felices y olvidados. Colorín colorado.

Acabada la lectura, Jaime   mira a Elvira y le dice, si quieres te lo  autografío. Acto seguido escribe algo en el papel, apresura su copa, se siente incómodo, pero feliz. Por su lado, Elvira estaba decepcionada. “Qué cuento mas estúpido”, pensaba, mientras   miraba a Jaime directo a los ojos. Entonces, sacando fuerzas le dijo  :

-Si quieres yo te podría dar algunos de mis cuentos y mis cuadros para que los vendas.

-Gracias, Elvirita, eres muy generosa, pero no vendo nada que no sea mis cuentos, pero valoro tu ofrecimiento, le respondió él.

Ella se queda congelada porque nunca le había dicho su nombre.

Jaime se levanta y sale apresurado por la puerta del café. Elvira mira el papel donde se suponía estaba el cuento que Jaime había leído pero contenía estas palabras:
Papá siempre me dijo cuanto te quería, aún cuando nos dejaste. Él te esperó en Babahoyo hasta el último minuto de su vida. Ya no mires nunca la esquina, porque estará vacía.
Adiós, el cuentero.





lunes, 2 de marzo de 2015

La Casa de los Abuelos

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Adriana Diaz
Argentina




Se acomodó en el asiento del micro, como si treinta años no hubieran pasado. Después de tanto tiempo, regresaba a la casa de sus abuelos. Una mujer se sentó junto a él y lo rozó con su cuerpo, demasiado grueso. Le molestó pero no dijo nada y como si no lo hubiera percibido, siguió mirando por la ventanilla.

Hernán Mariano Ortega era delgado. Morocho, de ojos negros y de frente amplia. Todavía podía verse en su mirada, alguna huella pícara que lo había hecho años atrás, el preferido de su familia. Conservaba cierta agilidad y sus piernas aún lucían largas como cuando se desafiaba a correr con los otros primos.

El micro arrancó y el muchacho se deslizó buscando cierta comodidad en el asiento, pero tratando de mantener los ojos abiertos. No quería dormir pero si descansar. La mujer a su lado se movía y hablaba sin parar. A él, extraviado en la contemplación del afuera, la conversación le resultó lejana y aburrida. Ajena.

Deseó con todas sus fuerzas que la mujer se callase o descendiera en la primera parada que realizaran. Sus pensamientos parecieron ser oidos por alguna divinidad desconocida, ya que apenas el colectivo comenzó a disminuir su marcha unos kilómetros más adelante, ella se puso de pie, recogió el bolso que llevaba y se colocó junto al conductor.



Hernán Mariano Ortega se quedó mirando como ella iba desapareciendo por un camino lateral de tierra que se abría desde la ruta hacia el este. La mujer iba esquivando charcos de agua y colocando sus pies sobre unas huellas grandes que había demarcado seguro, la lluvia en la madrugada. Todo era barro pero ella no se amedrentaba.

Sin dudas, habrá llovido toda la noche- pensó. Con la frente apoyada en la ventanilla, cerró los ojos y pudo recordar el olor a la tierra mojada de su infancia. Se vio a sí mismo, corriendo semidesnudo por los campos floridos de su niñez. Con los brazos abiertos y la boca llena de voces que le brotaban desde dentro y se desbordaba en forma de sonidos y músicas.

A veces, el campo estaba vestido de trigo. Amarillo refulgente. Otras, lucía el esperanzado verde de los sembrados. Pero sus preferidos, eran los caminos. Allí podía correr y correr sin que nada pudiera detenerlo. Las calles sin límites, polvorientas o recién humedecidas, con el paso del camión del agua o de la lluvia.

Entonces, creía que todo aquello tan inmenso, era suyo.

Sintió una melancolía conocida, recordando los olores y los colores. Se le vino a la cabeza aquella canción que tantas veces había escuchado tras esas paredes vacías del penal de la calle Suipacha. Allí no había matices ni colores, había que imaginarse los verdes, los amarillos, los celestes. Todo era cemento sobre cemento. Gris y otra vez gris con algo de blanco.

En la soledad de un patio mezquino, enrejado y cubierto con un techo de hierro, había tarareado miles de veces, aquella canción: "Por qué cambiaste un mar de gente por donde gobierna la flor, mirá que el río nunca regaló el color." Una y otra vez, aún en silencio, repetía el fraseo de aquel cantor. Intentaba como el protagonista de la melodía, soltar la pena y volar como hacían los zorzales en primavera.



Había amado a una mujer. Y luego a otra, y a otra. Incontables. Alguna de ellas le había contagiado una peste pero no guardaba rencor. En lo secreto de su ser, se sentía pagando por los crímenes que había cometido. Un robo, otro y alguna muerte. Accidental pero muerte al fin. Circunstancias del oficio de un ladrón, se decía- pero sin vanagloriarse-.

Los años largos que se le habían quedado allí dentro pasaban ahora con rapidez a través de la ventanilla del micro, como si hubieran sido sólo un sueño. En todo caso, una pesadilla- se dijo. Campos, sembrados, tranqueras de madera. Pequeñas casas y pueblos. Escuelas, silos y parajes abandonados iban quedando detrás a medida que el viaje avanzaba.

Una bocanada de aire entró por una ventanilla entreabierta. Respiró como queriendo quedarse con aquella brisa.

Los ojos de su abuela, la leche fresca, el pan recién horneado. Las puertas abiertas de la casa, su bicicleta amarilla siempre apoyada junto a la ventana. El abuelo caminando monte arriba, llevando a pastar los animales. Sus cuentos, las historias junto al fuego de la noche o mientras esperaban cargar el agua, sentados los dos junto al pozo.

El arroyo, los carnavales. Las siestas. Las noches con estrellas. El canto de las ranas. Los días de pescar con los primos. Las caminatas al cementerio. Los desafíos a quien llegaba primero. La escuela, el comedor. Las charlas en la plaza con los amigos. Los sueños, la amistad, la inocencia. Y la libertad.

Y después un mal día, descubrir la aventura de conquistar una ciudad que desconocía pero que lo invitaba a hacerla suya.



Sintió ahora que el micro se detenía y doblaba hacia la derecha. Un muñeco gigante de lata le daba la bienvenida. El andar se hizo más lento y las casas se hicieron más conocidas. Se enderezó en el asiento, se acomodó la ropa que llevaba puesta y caminó hasta la puerta. Esperó allí, parado y en silencio, hasta que el colectivo frenó unos metros más adelante.

Descendió del estribo. Después caminó a lo largo de toda la calle principal. Todo estaba igual pero a la vez, diferente. Luchaba con su memoria para poder recordar los detalles. Algunas casas se habían desmoronado con el paso del tiempo y sólo quedaban ahora, unas paredes huecas en pie, techos caídos y un montón de escombros, ramas y cenizas.

Al final, a lo lejos, distinguió sin dificultad, su casa. La de sus abuelos. Las puertas permanecían abiertas. Una bicicleta junto a la ventana y una enredadera de flores rojas que la abuela amaba y cuidaba con devoción, se aferraba con elegancia y delicadeza a la pared principal. Parecía bañar el frente de la casa, como si fuese una cascada. Un aroma le inundó los sentidos. Sin dudas, por allí también había llovido.

Se sentó junto al borde la puerta. Miró hacia adelante. Pudo descubrir sin esfuerzo, un campo extenso lleno de verdes y amarillos. El cielo azul, limpio, ampliaba su mirada. Descansó como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Esta vez, no tuvo miedo de dormirse. Había pagado sus deudas, su condena, sus delitos. Se sentía en paz. Estaba seguro, confiado. Antes que llegara la mañana, sus abuelos lo vendrían a buscar.



martes, 24 de febrero de 2015

Sentada en la Banca de la plaza

Gil Sanchez
México


Aunque poseas un marido frío, introvertido, disciplinado, trabajador, con amor puedes pasar por alto las primeras dos características. Hasta te lo puedes imaginar abrazándote o riendo de cualquier cosa. Todo lo pasaba, menos, que nunca tuve un anillo de compromiso. Todas mis amigas mostraban frente a mi cara sus hermosos anillos. Pero, mi esposo a la menor indirecta, la evadía. Comencé a ahorrar de mi trabajo de costurera, cada día por dos años. Hasta que alcancé mí objetivo. Presurosa, salí a buscar en las joyerías del centro de la ciudad. Después de elegir el anillo, lo acaricié en mis manos, me lo coloqué en mi dedo anular derecho; confieso que me sentí hermosa, muy querida en mi sueño real. Me imaginé un beso de Gonzalo y, después de rosas, el anillo. Pero, no podía llegar así nomás con el anillo. Caminé varias cuadras, hasta que despertó la idea en mi cabeza. Lo enviaría por mensajería a un código postal. Le diría a mi esposo que una tía me lo dejó de herencia al morir. Tendría que saber fingir que no sabía nada. Cuando llegó, serví la cena. Él, con cara de enfado y yo de fastidio, le anuncié que me había llegado una notificación de paquetería para recoger el envío. Al endulzar el café, preguntó:

––Y… ¿Quién te lo manda?

––Una conocida de una tía lejana, falleció hace un mes, me dijo, que es un anillo. Quizá sea de poco valor.

––Si quieres yo voy por él, nomás me pasas el folio y tu identificación. Lo recojo cuando salga a comer.

Toda la tarde lo esperé en la puerta, con la alegría de una novia de cuarenta años. Llegó de mal humor y aventó sobre la mesa el anillo. Mira lo que te heredó, es una vil baratija, una sortija de plata añeja. No me desmayé porque el coraje interior elevó la fuerza de querer arrancarle la cara a pedazos, pero, no podía contarle la historia, me sentía culpable de ocultarle el hecho, mentirle, regalarme el anillo sería humillarlo. Así que, esa noche, con lágrimas en los ojos me fui a dormir pensando, quizás, lo empeñó el pobre, para pagar sus deudas.

A la semana, lo acompañé a la fiesta de aniversario de la empresa. Mi marido lucía impecable, encantador, a pesar de ser un simple oficinista. Al llegar a la mesa asignada, inmediatamente se levantó una mujer de buen porte que lucía un magnifico anillo en su dedo anular. Era precioso, y tristemente, era el mío. Después lo felicitó efusivamente por pasar de la subgerencia a la gerencia de la empresa, lo arrastró a cada mesa para que lo felicitaran. Es su secretaria personal, me comentaron.

Hoy, después de veinte años en prisión, salgo libre. Él, no sufrió lo que debería, tampoco su amante. Me encuentro feliz, sentada en la banca de la plaza Ramons, donde mi Gonzalo me dio mi primer beso. Aquí enterré el anillo, estoy feliz al poseer mi anillo que simboliza tanto para mí.

domingo, 8 de febrero de 2015

El artista


 Doris Irizarry

 Puerto Rico





Mientras hacía fila para pagar en una tienda exclusiva, el hombre observaba las piezas 

que  llevaba en la mano e imaginaba la escena… tomas de frente… de perfil… Y 

pensando en las tomas de cuerpo entero, viró, y también escogió un par de pantalones…

Llegado el momento, las cámaras lo captaron de todos los ángulos. Ocupó la primera plana

con una expresión un tanto irreverente.


El titular: Libre bajo fianza acusado de aberrante crimen.

martes, 3 de febrero de 2015

Un inédito de Cortazar

Rubén Fernández
Argentina
Con la energía de un depredador que husmea, buscándome, la depresión acecha. El encuentro parece impostergable, aunque desearía no abrirle la puerta.


En mi casa natal teníamos un gallinero y ninguna gallina, una pecera sin peces y una pajarera vacía. Sin embargo mi perro nunca tuvo una mísera cucha. Ahora siento que todo funcionó así en mi vida, a contramano. Una autopista por la que todos vienen, y a mí, puesto de revés, ni siquiera me arranca el auto.


No creo necesario revelar mi identidad. Les ruego acepten que por hoy, sea solo un escritor; es probable que una vez que les haya contado lo que sigue, decida confesar mi nombre. La cobardía debiera ser más benévola que la culpa, cabe preguntarse entonces ¿por qué el anonimato? Por vergüenza.

Hace tres semanas partí hacia México, con la esperanza de recuperar el sentido de mi vida. Iba a recibir una mención que me otorgó una institución de tercer orden por mi novela “La última noche del verdugo”. No era indispensable mi presencia, pero tenía la necesidad emocional de estar allí. El gasto del pasaje, casi lo recuperaba con tres conferencias que había acordado dar en distintas Universidades, sobre la obra de Julio Cortázar. Era una forma de volver a verle la cara al éxito, que desde hacía tiempo se mostraba esquivo. Tenía varios contactos en editoriales, y aspiraba a reflotarme como escritor, en momentos en que presentía hundirme sin remedio. Además, varios amigos esperaban mi visita. Tres en el Distrito Federal y uno en Cuernavaca. Como quien ha perdido el rumbo, tanteaba el camino que me acercara a aquellos anhelos desdibujados en el recuerdo. Intuía que aún tenía mucho para darle a la literatura, pero no hallaba la fórmula adecuada para sacar lo mejor de mí.


Al cabo de unos días, comprendí que la visita a mis amigos editores no resultaría provechosa. No era buen momento, me decían. Mi existencia se llenó de silencio, se colmó de frustración y desamparo. Los peores presagios se fueron cumpliendo para cerrar las puertas, una a una, y no pude dejar de pensar que años atrás, se disputaban la prioridad de publicarme y ahora me atendían por compromiso.


El último día, me sentía vacío, y el objetivo de mi viaje definitivamente incumplido; la esperanza de reeditar alguna de mis novelas resultaba imposible. No podía disimular el amargo gusto a fracaso que me invadía. Todavía era temprano para visitar a Roger Matienzo, el último de mi itinerario. Al otro día me marchaba. Decidí hacer un poco de tiempo en un local de dudosa reputación. Pedí un whisky. Enseguida reparé en las diferencias con mi época de escritor activo, cuando buscaba un bar para poner en papel lo que hervía en mi cabeza. Extrañaba esas tardes con olor a triunfo y el tenue crujir del bolígrafo deslizándose sobre el papel, siempre más lento que las ideas. Hacía tiempo que mi escritura no vivía, solo perduraba agonizante y marchita.


Había allí un largo mostrador sobre el que se acodaban algunos visitantes, dispersos y apagados. Detrás del barman, una luz opaca se derramaba desde una lámpara. Ni siquiera dos jóvenes mujeres que reían airosas, alegraban el lugar. Me senté en la barra e hice mi pedido a un personaje de lentes gruesos y densos bigotes que se movía en medio de un fulgurante caos de sombras. Enseguida me trajo un vaso con el elixir preferido de todos los penantes, y en el que nadaban dos trozos irregulares de hielo. Se quedó cerca, tal vez formaba parte del servicio de apoyo moral a los pobres tipos como yo.


––Cuando era joven creía que tomar whisky era una práctica de hombres fracasados ––dije suavemente, sin interesarme si me habría escuchado.


–– ¿Y hoy, qué cree?


––Que es una práctica de fracasados ––. Sacudió la cabeza, y con ella movió su matorral de pelo azabache.


––Nunca dejará de ser hombre.


––Un hombre toma las decisiones cuando debe tomarlas, pero... caemos continuamente en las trampas que nosotros mismos plantamos.


Salí de allí con el sol desplomándose entre los edificios. A la tristeza se había agregado una cefalea que me perturbaba.


Había acordado con Roger pasar por su casa a las dieciocho. De todos mis contactos, era el menos influyente en el mundo de las letras. Un industrial sólo aficionado a la lectura.


––Amigo mío ¡Qué placer tenerte aquí! ––mi anfitrión no perdía el entusiasmo, se notaba en su abrazo.


––Sólo estoy de pasada Roger, me marcho mañana.


––Es una lástima no habernos juntado antes, pero ahora quiero disfrutar cada momento de tu compañía, hermanito.


Envidiaba su euforia, siempre lo había visto así. Estuvimos casi dos horas intercambiando ideas, información de amigos en común, y entretenidos con nuestra pasión compartida: Cortázar. En un momento se levantó y dirigiéndose hacia la biblioteca me dijo:


––Tengo una sorpresita para ti ––y volvió con un libro ––. ¡A ver qué te parece!


Era uno del maestro, el muy conocido “Historias de Cronopios y Famas”. No entendí al principio cuál era la sorpresa, hasta que lo abrí. Contemplé fascinado el reverso de la tapa y la primera página, normalmente en blanco. Tenía un largo texto y estaba firmada de puño y letra por Cortázar.


–– ¡Dios!, ¿qué es esto?


––Lo que ves hermano ––dijo palmeándome la rodilla entusiasmado. Yo leí extasiado ¡Era un cuento inédito! ¡Unos pocos renglones con la inigualable magia de su pluma!:


“En el restaurante de los cronopios pasan estas cosas, a saber, que un fama pide con gran concentración un bife con papas fritas, y se queda deunapieza cuando el cronopio camarero le pregunta cuántas papas fritas quiere.


— ¿Cómo cuántas? — vocifera el fama—. ¡Usted me trae papas fritas y se acabó, qué joder!

—Es que aquí las servimos de a siete, treinta y dos, o noventa y ocho —explica el cronopio. El fama medita un momento, y el resultado de su meditación consiste en decirle al cronopio:


—Vea, mi amigo, váyase al carajo.


Para inmensa sorpresa del fama, el cronopio obedece instantáneamente, es decir que desaparece como si se lo hubiera bebido el viento. Por supuesto el fama no llegará a saber jamás donde queda el tal carajo, y el cronopio probablemente tampoco, pero en todo caso el almuerzo dista de ser un éxito.


Para Aldemar Nocasio, mi irrefutable amigo, cronopio y azteca. Con afecto:


Julio Cortázar, 23-03-75”






––Ahhh, cuéntame la historia de esta maravilla ––le pedí temblando de emoción.


––Es simple. Este Nocasio fue un escritor mexicano que llegó a publicar dos novelas y un libro de poesía. Fue profesor de literatura en un par de Universidades. Amigo personal de Don Julio. Cuando él estuvo en México en el 75 visitando Palenque, le dedicó su libro de esta forma tan novedosa. Un verdadero hallazgo. Este hombre murió en 2001 y su familia, frente a algunas dificultades económicas, decidió venderlo en subasta pública este año. Yo estuve allí y lo conseguí. Apenas lo tuve en mis manos pensé en ti, te lo juro. Sabía que te iba a gustar, pero no imaginé que te pusieras así. ¡Estás emocionadísimo!


––Más que eso. Estoy conmovido, shockeado. ¡Esto es muy fuerte!


––Sí, realmente es una maravilla.


––Diría que un milagro. No sabes lo que tienes en tus manos.


––No creas, no soy un experto como tú, pero me lo imagino, lo huelo. Me contó la viuda de Nocasio que lo escribió allí mismo en la mesa de su living, tal vez una improvisación o ya lo traía en la cabeza.


La charla continuó por otros senderos mucho menos interesantes. Mi mente no podía apartarse de aquel libro. En un momento mi amigo, bastante contrariado, me confesó que tenía una cita importante esa noche.


––No te preocupes chamaco, yo también debo irme ––le dije –– Tengo algunas cosas que ordenar y mañana viajo. Hemos aprovechado bien el tiempo. Sólo quiero pedirte un favor antes de marcharme. Tú sabes lo que significa esto para mí ––dije señalando el libro ––. Quiero sacarle una fotocopia, mostrársela a mis colegas. En realidad, hacer que me envidien un poco por tener amigos como tú. Y por esta dicha de haber sostenido en mis manos, un libro con un cuento de puño y letra del maestro.


–– ¡Pues claro, hombre!


Una tormenta de locura revoloteaba en mi mente, y no pude evitar que se instalara. Increíblemente, estaba haciendo planes para quedarme con ese tesoro. Mi cabeza se llenó de trucos en los que argumentaba tontamente: Roger para qué lo quiere, si yo tuviera una joya como ésa, de Juan Rulfo se la daría, es lo lógico. Un cuento de Cortázar tendría que estar en Buenos Aires, que fue su cuna literaria y donde se formó, y cosas por el estilo.


Pero enseguida arreciaba la culpa ¿cómo voy a hacer eso? Es demencial, me desconozco. E inmediatamente volvía la idea que quedarme con el libro, y entonces, trataba de justificar lo injustificable.


Roger me había entregado el libro en un sobre tipo manila, lo saqué y volvió a encandilarme, ¡aún no lo podía creer! Busqué en una librería de saldos, un libro que tuviera un formato parecido e hice el cambio. Puse la alhaja en mi portafolio y el falso en la bolsa. Dejé pasar el tiempo a propósito, especulando con que mi amigo se iría pronto y poder dejarle el sobre al mayordomo, que no haría ningún control. Inventé una excusa, para cuando me llamara a Buenos Aires. “Ah, que error. Compré un saldo cuando iba para tu casa y se nota que en un descuido, lo cambié ¡Qué grave equivocación!”. Luego inventaría alguna historia, que se perdió en el correo, que me lo robaron, ya vería. En ese momento mi prioridad era entregar el sobre sin contratiempos.


Las luces me hicieron salir del ensimismamiento y reaccionar, la gente en la ciudad aún continuaba su batalla diaria por la vida. Dilaté el momento un poco más, para asegurarme de que mi amigo no estuviera cuando yo regresara a su casa. El corazón me latía acelerado, jamás había robado nada. Ya era de noche, y como iluminado por un sol negro, veía lo que realmente hay en el mundo: una infinita fantasía, en la que proyectamos ciudades y rostros que tal vez no existan. La congoja y la excitación me poseían. Insensible, anestesiado, me absorbió la noche.


Por suerte cuando llegué, Roger se había marchado. ¿Le habría pedido a su mayordomo que controlara? Le entregué el libro ensobrado y me dio una carta, que mi amigo había dejado para mí, seguramente una nota de despedida. Mis ojos sólo observaban los movimientos del hombre, que tanteó el contenido. A la expectativa, tensé todos mis sentidos. Si me descubría se lo tendría que dar. Vergüenza y manos vacías: una fórmula desastrosa.


Todo salió bien, lo dejó sobre el escritorio. Precipitadamente salté a la calle, abordé un coche y fui a mi hotel. Vi la gente apurarse, extraños entre sí; gente que me mantenía cautelosamente atento, me sentía observado. Calles muertas, donde se acrecentaba el espanto de mi delito.


En mi habitación leí una y otra vez aquel manuscrito. Me sobresalté al pensar que tal vez, al regresar a su casa, Roger verificara el libro y saldría a buscarme, por eso decidí liquidar mi cuenta y marcharme de allí inmediatamente. Pasé la noche en otro hotel. A la mañana siguiente, me consumió la tensión en el aeropuerto. ¿Si llegaba para interceptarme? Todo era una locura, un vertiginoso pasaje de imágenes por mi mente. Recién al despegar me tranquilicé. Todo estaba consumado, para bien o para mal, ya estaba hecho.


Antes de que conozcan la última parte de esta historia, quiero decir que me pregunté cómo tomaría mi amigo tanta deshonestidad ¿Comprendería por qué lo traicioné?, ¿Entendería como siempre lo ha hecho, esta pasión ilógica, desmesurada, a contramano de todo sentido? No parece un hecho terminal, si no se entiende que es una mancha más que tiñe mi alma y la desdibuja tanto, que casi no se distingue otra cosa más que podredumbre. Les cuento lo que aún falta de esta historia, y que ocurrió hace apenas unos minutos. Todavía estoy en vuelo, y pasado el escabroso momento, me acordé del sobre que mi amigo había dejado para mí. Estaba tan nervioso cuando le dejé el libro falso, que había quedado durmiendo en el bolsillo interno del saco. Dice así:


“Querido y admirado amigo:


¡Que gran velada hemos pasado! Para la próxima te pido, regálame un día más de tu tiempo. Tal vez en abril esté pasando por Buenos Aires. Nos daremos otra panzada de literatura y otro baño de amistad fraterna.


No me pasó desapercibida tu cara, tu expresión al abrir el libro. Nunca había visto tan patente, tan pintada la emoción. La vida me dio la posibilidad de ganar mucho dinero, por eso pude comprarlo. Tú tienes el don y la pasión por las letras, mucho más grandes y refinadas que yo.


Me hiciste pensar que tal vez fuera algo egoísta quedándomelo. Permíteme que te lo obsequie en honor a nuestra amistad. Solo quiero conservarlo hasta la semana próxima, un amigo me pidió exhibirlo en un evento que tendrá lugar en su Librería. Te lo llevaré en abril cuando viaje.


Un abrazo de amigo y hasta pronto.


Roger”.

martes, 27 de enero de 2015

Wanted - Manuel Teyper


 La calle es un mundo donde se cruzan  historias y lectores. Cuentos atrapantes,  

relatos brillantes, estilo misterioso,  se reunen en el primer libro de Jaime Didier 

Aldana, joven, aventurero, poeta, de  pluma incansable e imaginación sorprendente. 

 La vida de la calle es recogida con sutileza por este escritor,  con  historias muy 

bien desarrolladas,  imágenes  visuales prodigiosas, hacen de sus cuentos una 

lectura amena,  disfrutable, con diálogos fluidos con un estilo  propio que ya lo 

identifica.

La tragicomedia de la calle  para unos pasan desapercibidas,  pero no para  el ojo de 

Jaime, quien posee  una narración  ágil y evolutiva.

Puede contar historias utilizando el diálogo en una forma fácil que captura al lector 

desde el  comienzo, manteniendo el  suspenso e interés durante toda la lectura.


Estamos seguros que esté libro será BUSCADO, muy pronto en todas las librerias.

 

 

 

 

jueves, 22 de enero de 2015

Nueva era

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Clide Gremiger

(Argentina)
 

 
Aquel día los cuises cavaron cada vez más adentro, las liebres huyeron despavoridas, las martinetas se chocaron entre ellas, los ratones chillaron como sirenas, las aves de rapiña sobrevolaron desconcertadas. Los únicos que miraban al cielo eran los humanos, regocijados por el espectáculo de colores que se lanzaba desde unas avionetas en vuelo rasante.
Cuando los envenenamientos azulados, verdosos y amarillentos no dejaron nada en pie, las cucarachas, estratégicamente escondidas durante todo el proceso, reanudaron su fiesta, en medio de la desolación y la mugre.
Ése fue el día que empezó la era del insecto. Lo cuenta mi abuela. A ella se lo contaron sus tías, en rueda de hormigas, las que tuvieron que resistir por mucho tiempo con sus reservas, hasta que todo volvió a reverdecer... simple y naturalmente.