
Nos asomamos a esta ventana desde diferentes regiones de habla hispana para compartir nuestros microrrrelatos y cuentos. A nuestro universo de letras impacientes, en rompecabezas de historias creadas en geografías y culturas distintas, los une la misma emoción, el mismo deseo de llegar a los lectores de este cosmos que traspone todas las vallas de tiempo y espacio. Los invitamos a seguirnos y a expresar sus sugerencias ¡Bienvenidos!
martes, 28 de diciembre de 2021
Un ramito de ojos azules
lunes, 15 de noviembre de 2021
Con Historia previa
Cide Gremiger
Rio Cuarto, Argentina
Tal vez sería mejor pensar de dónde le venía esa... esa... ¿capacidad?
"Tío Marcial... Me parece que él fue el primer brujo de la familia", pensó Clara, al menos hasta donde podía escarbar en el árbol genealógico de su familia materna. De la familia de su papá no sabía lo suficiente como para armarse de alguna sospecha en ese sentido.
Marcial era tío de Teresa. Un digno representante del mestizo argentino, pero con más rasgos indios que ningún otro integrante de la familia: retacón, piernas chuecas, nariz ancha y achatada, frente escasa, pelo abundante y piel muy oscura ¿Cuántos años tenía? A nadie le importaba porque para todos sus hermanos, era simplemente el mayor. Además, bien podía ser que entre la fecha de nacimiento y la que figuraba en el Registro Civil hubiera un par de años de tardanza.
Clara sólo lo podía recordar arrugado y con pelo corto, grueso y canoso; parecía un cepillo metido en la ceniza. Sus camisas también eran muy blancas. Todo él, como buen gaucho, lucía impecable. Nada de pilchas costosas porque no le daba el cuero para lujos, pero llegaba siempre de rigurosa bombacha negra, camisa blanca y pañuelo con guardas negras y blancas. Los años le habían arqueado las piernas pero no la espalda, así que caminaba bamboleándose como ganso en el barro, gastando las alpargatas por los bordes externos, pero con la cabeza bien erguida.
En la casa de Clara, todos esperaban su visita con mucha alegría porque siempre llegaba cargado de viejas historias de aparecidos y nuevos remedios caseros. Cualquier recomendación del tío, para Teresa era palabra sagrada. "Así fue que se me pasó la otitis con unas pitadas de chala en las orejas y desaparecieron unas verrugas de mis rodillas con el pis de cada mañana", pensó Clara, con el mismo convencimiento de su madre.
Apenas asomaba su nariz de indio en la puerta cancel, ella corría a sacar una silla al patio para que el tío descansara y se tomara unos mates, mientras repartía sus historias ante los ojos respetuosos de Teresa y los asombrados de Alba y Clara.
Pero una mañana llegó y Clara sólo lo miró desde la silla en la que había desparramado su desgarbada figura.
-¿A qué se debe la cara de mate lavao?, preguntó el tío.
-Me duele una muela, respondió la jovencita, en tono quejumbroso.
-Abra la boca, dijo él, con actitud de médico a punto de auscultar a su paciente.
Clara abrió su boca hasta donde se lo permitía el dolor.
-Vaya caminando despacito hasta el fondo del patio... pero despacito, fue la recomendación.
-No tío, no tengo ganas de caminar ¡Me duele la muela!
-¿Sabe rezar?
-Y claro, ya hice la comunión, ¿no se acuerda?
-No soy yo quien se tiene que acordar, sino usté, ironizó, y volvió a la recomendación: vaya hasta el fondo del patio... despacito y sin mirar para atrás. Cuando llegue al fondo, rece tres Padre Nuestro y dos Ave María. Rece sin mirar para atrás. Rece con el corazón. Vaya, chica, vaya.
Clara se levantó de la silla y empezó a transitar los casi treinta y cinco metros de terreno hasta el fondo del patio... muy despacio. Pasó frente a la fila de claveles, calas, rosas y violetas que su madre había regado muy temprano. El aroma de las flores se mezclaba con el de la tierra mojada "¡Nunca me había fijado tanto en el color de los claveles; en las terminaciones acampanadas de las calas; en la belleza de las violetas ni en el alcance del perfume de las rosas!", recordó, regocijada por la nitidez con la que podía rememorar colores y aromas de ese día. Y el recuerdo siguió: medio agachada había caminado entre los durazneros y perales que su padre curaba con los remedios de tío Marcial. Nuevos aromas inundaron sus sentidos. "Me acuerdo que me dieron ganas de gritarle a mi hermana: ¡vení, hay duraznos maduros! Pero resonó en mi cabeza la recomendación de no mirar para atrás y seguí hasta el tejido metálico que me avisaba que el terreno se terminaba. Del otro lado, la casa de mi abuela Ana", siguió escarbando Clara, en sus remembranzas.
Había entrelazado sus dedos y rezado sin abrir la boca, con ganas, pero para adentro, como para que las oraciones retumbaran en su interior. "¡Cómo me acuerdo! Di la vuelta y volví igual de despacio, aunque el tío nada había dicho de cómo tenía que volver. Cuando llegué junto a él, sentado en la silla que yo había dejado, me dijo: vaya chica y prepáreme el agua para unos mates. Cuando regresé con la pava caliente, me preguntó: ¿y la muela, cómo va? Llevé la mano a mi cara y exclamé ¡no me duele más! Él me respondió: bué... me merezco unos buenos verdes, ¿no? Así fue como pasó", dijo Clara en voz alta.
Teresa, ese día había preparado unos mates espumosos, mientras miraba con orgullo y admiración al tío de los mil recursos. Sin dudas él había sido el primer brujo de la familia.
Las historias de tío Marcial también estaban cargadas de premoniciones, presentimientos, como un libro-álbum de cuentos de misterios del más allá y el más acá. La ronda de sillas en torno a él para escuchar sus relatos era uno de los momentos más esperados de las reuniones familiares. Con una mano apoyada en una rodilla y el mate en la otra, de su boca brotaban, sin apuro, las historias, como aquella de don José, que Clara podía repetir con lujos de detalles porque también ella se la había contado a sus hijos:
Como todos los domingos, José García, cuando terminaba la hora de la siesta, ensillaba su caballo para ir a tomar unas copitas de grapa al almacén del gringo Caramuti. Como todos los domingos, Blanca Salcedo de García, se quedaba sola, esperando que su marido regresara del almacén que se transformaba en bar a esa hora de la tarde. Casi cuarenta años de los mismos domingos. Nunca le había pesado la partida, ni la espera, ni el regreso "entonado" de José; ni siquiera después de que los hijos emigraran a la ciudad y la soledad se hiciera más silenciosa. Ese domingo era distinto. En realidad ni doña Blanca ni don José intuyeron que fuera distinto. Fue lo que ella dijo:
-¿Y si no va?
Lo dijo bajito, sin reclamo, como una posibilidad más entre otras. Don José la miró y, sonriendo, le respondió sorprendido:
-¡Eh!, ¿qué pasa? ¿Acaso se siente mal?
-No, no. Vaya nomás. No me haga caso.
José rozó con su mano el pelo y con sus labios la frente de su mujer; montó su pingo amigo; caló el ala del sombrero y rumbeó para la tranquera. La tarde todavía conservaba el calor de la siesta veraniega, pero desde el pasto, mojado por la lluvia que había durado casi todo el sábado, se levantaba un fresquito agradable. Silbando una vieja tonada, don José fue llevando al lobuno hacia el camino de tierra que desembocaba justo en el almacén de Caramuti. "Tranquilo lobuno, que el tiempo sobra", le dijo a su caballo.
Como hacía siempre, intentó abrir la tranquera sin bajarse del caballo, desenganchando con el pie el alambre doble que la aseguraba y mantenía cerrada cuando no tenía candado. Sacó el pie derecho del estribo y lo estiró hasta que la punta de su alpargata se apoyó en el poste en el que se enganchaba el alambre y de un tirón para arriba trató de subir el alambre y desprenderlo del poste, pero lo único que logró fue que los dedos del pie le quedaran como callos recién raspados. El alambre ni se movió.
Acomodó mejor los dedos en la alpargata y se acercó más a la tranquera, esta vez repitió la operación con la mano derecha. El alambre ni se mosqueó y el animal reculó relinchando.
-¡Quieto, compañero!- gritó, mientras manoteaba las riendas.
Repitió la operación de desenganche, esta vez, con un insulto en tono grave, como si alguien debiera escucharlo: "¡vamos mierda, abrite de una vez!".
El insulto debió colaborar en la faena porque el gancho pegó un salto y la tranquera, solita fue abriendo su boca. El lobuno seguía intentado alejarse, inquieto. "¡Y a vo´ qué mierda te pasa! Hoy, todos andan raros, parece", masculló contrariado.
A los tirones logró que su caballo atravesara la tranquera, así que prefirió atarlo al alambrado. Cerró la tranquera y montó nuevamente al animal que seguía nervioso.
Como para darle una lección, lo taloneó varias veces. El potro finalmente supo quién manda y empezó a galopar por el callejón de tierra.
Mucho no duró la cabalgata porque sólo dos kilómetros separaban el campo de don José del Almacén de Caramuti, pero el caballo llegó sudado como después de una cuadrera. En realidad desde el mismo momento que lo talonearon, el lobuno había salido disparado como en carrera que hay que ganar o ganar. Don José trató de restarle importancia al extraño comportamiento del animal. Ya había tenido suficientes extrañezas para un domingo. "No es día para andar buscándose problemas", pensó. Ató las riendas del lobuno al árbol de siempre y entró al bar a grandes zancadas.
Se tomó un par de grapas, pero no quiso participar de la partida de truco. Era como que el malhumor se le había instalado en las entrañas. "Pucha digo, potro e´ mandinga, ya me arruinó el día", se dijo a sí mismo. Saludó a sus compinches de tragos domingueros y salió. El caballo, que seguía inquieto, sacudió la cabeza al presentir que regresaban.
Don José no había alcanzado casi a sujetar las riendas, que el lobuno emprendió una carrera desaforada. Cuando llegaron a la tranquera, ésta estaba abierta de par en par. El pobre viejo no quiso pensar qué había pasado con la tranquera, prefirió agradecer que no fuera un obstáculo para su lobuno, aparentemente sin intenciones de detenerse. El caballo recién frenó su alocado regreso a tres metros de la entrada de la casa.
Don José, agotado por los nervios, pero recordando las palabras de su mujer, dijo en voz alta:
-Se salió con la suya, vieja, el lobuno ta´ de su lao y fue de Dios que había que volver, nomá´.
Doña Blanca no respondió. Apoyada en el respaldo de la cama y con los ojos cerrados parecía dormida. Ninguna expresión de dolor daba cuenta de su muerte, pero don José supo que ya no lo esperaría ningún domingo más.
Como buen hombre de campo aceptó los designios divinos, pero no pudo evitar que se le escapara:
-Carajo, cómo no le hice caso al lobuno.
domingo, 29 de agosto de 2021
El traje
Gil Sanchez
Mexico
Siempre pensé que tendría que cumplir mi sueño. Al jubilarme, iría a comprar un traje a mi medida. Concedido me dije, lo guardé para la ocasión. Pasaron los años y ese día especial, nunca apareció. Bueno, se me escapó la oportunidad cuando falleció un compadre en pleno agosto y en canícula. Opté por irme fresco con camisa negra manga corta. Siguieron pasando los años y escasearon las fiestas especiales, en una edad donde solo vamos a funerales.
Una mañana, sentado en mi mecedora en el porche con mi taza de café, veía a gente pasear en short y otras en short pequeño y sandalias coquetas. Esta imagen regreso hasta el ayer, cuando de niño veías el pan en exhibición que no puedes comprar. Y retener la imagen, para qué, me contesté. Fue cuando me acorde del preciado traje azul oscuro con finas líneas delgadas rojas. Lo busqué entre pantalones y camisas abandonadas de años, fuera de moda; de esas camisas de las cuales me burlaba cuando veía a los ancianos. Lo saqué de la bolsa del porta trajes, después de diecisiete años. Cayeron unas lágrimas entre la felicidad de la compra y la nostalgia de la espera. Era un espacio vacío y demasiado profundo.
Como un jovenzuelo procedí a ducharme, restregué la esponja sobre mi piel, que parecía estar bañando a un shar pei. Limpie muy bien mi dentadura, afeite mi cara, utilice una loción guardada para días selectos, la esparcí por zonas altas y bajas, no por las dudas, sino por la costumbre de sentirme especial. Me vestí con mi traje y unos zapatos mocasín piel de cocodrilo negros, al primer doble del pie se quebró la piel de enfrente. Así que, me puse unos zapatos negros amplios más actuales y cómodos.
La edad al sumar resta estatura. Mi padre decía que le avisara cuando la baja era de sopetón, porque ya merito. Hoy me asuste cuando arrastraba el pantalón del dobladillo y lo pisaba con el talón. Busqué unos clips, de esos que guardan los viejos para algo y, ese algo llegó, ajusté el largo de mi pantalón sin importarme que se vieran. Aprecie el tipo de corbata y era la ideal, una roja brillante con lluvia fina azul. Me vi al espejo joven y elegante.
Por fortuna llegaron mis dos hijos con mis nietos y mi esposa asombrada, mandándole mis nueras e hijos señales de si estaba en mis cabales, ella encogía los hombros con un no dudoso. Disfrute como nunca el día, platique como realmente deseaba que me escucharan, hice reír a todos con mis anécdotas. Por la noche le dije a mi esposa que estaba bien que, solo quería probarme la ilusión que no había concretado. Me lo pondré en otro día especial.
––Pero cariño, los clips se ven mal, hasta uno esta oxidado qué van a decir.
––No lo verá nadie, así déjalo. Es el ideal, y es el que vas a ponerme en mi funeral. Está muy cómodo––la tomo de los hombros y le dio un tierno beso––. Es perfecto para que este James Bond se retire de sus películas.
viernes, 13 de agosto de 2021
Vacaciones
Buenos Aires, Argentina
Buscando documentos antiguos encontré una valija de madera que era de mi viejo. Adentro hay fotos. Me atrapó una de Córdoba del año 1958. Estoy con mis padres con el paisaje serrano atrás. Por un momento me remonto a ese escenario. ¿Cómo contaría hoy esa experiencia?
El tren ingresa lentamente en la estación terminal. El cansancio del largo viaje se diluye en el preciso instante en que mis ojos leen el cartel del andén: La Falda.
Estoy acostumbrado a viajar en tren. Vivimos en Capital, en el barrio de Constitución, pero como mi mamá es oriunda de Quilmes tenemos muchos familiares allí. Varias veces en el mes viajamos en el Roca a visitar unos primos de mi madre o en el colectivo El Halcón si vamos a lo de su hermana. Pero son viajes de cuarenta minutos, a lo sumo una hora.
Hoy es distinto. Llevamos un poco más de doce horas en el tren. Salimos de Retiro a las ocho de la mañana y está oscureciendo. Estoy muy emocionado. El mes próximo voy a cumplir catorce y es la primera vez que salimos de vacaciones. Creo que mis viejos también lo están. Soy hijo único y éste es el premio por haber terminado bien el primer año del Comercial. Algo que ninguno de los dos pudo hacer. De hecho mi papá no terminó ni el primario. Es un autodidacta. Él me enseñó a entender a José Ingenieros. No hace falta aclarar que no profesamos ninguna religión en casa, ni la judía de la que proviene mi mamá ni la católica de la familia de mi papá. Pero como mis abuelos ya no están no hay drama.
Salimos de la estación y mi padre dice:
—Vamos a tomar un taxi porque no tengo la menor idea de dónde queda el Hotel Español
—Sí, mejor. Porque ya está oscuro —acota mi mamá.
Comenzamos el viaje y no me alcanzan los ojos para ver los negocios iluminados y un montón de gente caminando por la calle a pesar de la hora. Quince minutos después bajamos frente al hotel. También es la primera vez que voy a dormir en un lugar que no es mi casa ni la de un familiar cercano. Sólo puedo afirmar que me gusta aunque no tenga con qué compararlo.
Los encargados o dueños, no lo sé, son muy amables. Como se enteraron que el tren venía con atraso dispusieron un turno adicional del comedor para servirnos la cena. Al parecer somos unos cuantos los que vinimos en el tren.
Hoy me desperté temprano, desayuné rápido y mientras mis padres planean la actividad del día, salgo al jardín. Como a treinta metros del hotel en un descampado veo unas piedras enormes que me invitan a trepar. Cuando llego a la más alta miro el paisaje y…del otro lado de la calle, a unos cien metros, está la estación del ferrocarril.
El taxista se aprovechó de los porteños.
Hoy en día la tecnología nos permite cosas increíbles. Para reafirmar mis recuerdos recurro al Google Map y efectivamente aparece el hotel, hoy renovado, a pocos metros de la estación de ferrocarril, ya convertida en museo.