lunes, 6 de agosto de 2018

En la Ruta


Osvaldo Villalba

Argentina

Caminante no hay camino
se hace camino al andar
Antonio Machado

El sol se pone lentamente al otro lado de la ruta. Hace varias horas que camina a un costado. El calor empieza a ceder y un viento fresco le trae un poco de alivio. La sed es lo que más le molesta. Siente la boca pastosa.
A la vera de la ruta los yuyos están amarillos y las zanjas secas. Los camiones pasan a gran velocidad y lo sacuden en medio de una nube de polvo.
No tiene idea hacia dónde va. Tampoco sabe si le interesa. Camina hacia el lado donde vio alejarse a Claudia. Cada vez que ve venir un auto de frente por la mano contraria le parece que vuelve a buscarlo. Pero como una ilusión óptica se desvanece su esperanza cuando siguen de largo.
Sube al asfalto para cruzar un puente sobre el cauce de un río que ya no está y el bocinazo de un camión lo hace correr. En su carrera una bandada de saltamontes levanta vuelo y cruza la ruta sin conciencia del peligro.
El camión sale de la ruta y se detiene sobre la banquina unos metros más adelante. El chofer baja y se queda mirándolo. Él se detiene y también lo observa.  Ve cómo hace gestos con sus brazos animándolo a acercarse. Camina lentamente, desconfiado. Llega hasta la cola del camión y el hombre comienza a acercarse.
—¿Qué hacés por acá sólo? ¿Te perdiste? —le dice cuando lo alcanza mientras le acaricia la cabeza.
—Vení. Hace calor —dice el hombre al tiempo que vuelve hacia la cabina. Pegado atrás sobre el acoplado hay un tanque pequeño. El camionero abre una canilla. Cae un hilo de agua.
Eso le quita las dudas, corre hacia el tanque y bebe. Cuando termina el chofer cierra la canilla y abre la puerta del camión.
—¿Vamos? ¿Te llevo? —le dice.
Sube de un salto y se sienta en el lugar del acompañante. El camionero sonríe y enciende el motor.
—A media hora hay un parador. Ahí compraremos algo para comer. ¿Dale?
Por primera vez, con la garganta más recompuesta, le contesta.
—¡Guau, guau!

Osvaldo Villalba
30/04/18

martes, 17 de julio de 2018

La sombra en la casa

Jorge N. Marquez

San Martin de Los Andes, Argentina


La casona del barrio de Floresta estaba desocupada desde ese fatal accidente que diezmó a la familia Wals. Solo quedó el hijo menor con vida.
La casona, como la llamaban los vecinos, encerraba sus misterios. Durante el día era una hermosa casa de estilo victoriano que llamaba la atención a quién pasara por frente a su jardín. Por la noche, en cambio los vecinos evitaban pasar por su vereda. Decían que se escuchaban ruidos y se veían movimientos a través de sus ventanas.
La casa se había vendido después del accidente, pero por poco tiempo. Hasta que al final quedó en el abandono.
Después de mucho tiempo la casona volvió a la familia Wals cuando, el único sobreviviente la compró en una subasta sin pensarlo demasiado.
El misma tarde que firmó la escritura, fue a visitarla. Trató de encender la luz, pero la humedad había afectado los cables. Fue a su automóvil a buscar una linterna. Con ella iluminó el living, la chimenea. Cuantas noches de cuentos y juegos en familia le recordaba esa vieja chimenea.
«Uno de estos días te enciendo y contamos historias como cuando era niño —pensó como si fueran íntimos amigos»
—¡Holaaa…! —gritó, y su eco le contestó en diversos tonos.
«Esto va a ser más divertido de lo que me imaginé»
«Mañana vendré preparado para quedarme más tiempo» pensó mientras cerraba la puerta.
Al día siguiente volvió más temprano con un manojo de velas y una caja de fósforos.
Al entrar lo volvió a invadir el silencio. Por más cuidado que puso al caminar sobre el piso de madera, un sonoro crepitar lo acompañó a cada paso.
«Por suerte mañana viene la mucama a limpiar esta mugre»
Recorrió el living y la cocina en silencio. Recuerdos de niño llegaron rápidamente. Se sentó en el piso del living mirando la chimenea  ensimismado.
La vela se consumía con el paso de las horas.
Un ruido fugaz e imperceptible lo puso alerta. Escuchó el rechinar de una puerta en la planta alta. Tomó la vela y caminó hacia a la escalera de madera. Prestó atención; a los minutos de no oír nada continuó su exploración por  la cocina. Puso otra vela sobre la mesada de mármol.
Miró los cajones, los bajo mesadas, los rincones donde solo habitaba la tierra y alguna suciedad de rata.
«¿Qué raro?» —pensó—, cuando era chico no se podía caminar descalzo por miedo a pisar una cucaracha. ¿Dónde están ahora?»
Volvió a escuchar un chirrido en la planta alta. Se le erizaron los vellos. Se quedó inmóvil en la cocina esperando un nuevo sonido. Nada ocurrió. Volvió al living tratando de no hacer ruido, la vela estaba consumida.
«¿Cómo se puede pasar tan rápido el tiempo?»
Subió la escalera como un cazador y el recuerdo de los juegos de chico,  volvió a instalarse en su memoria.
Pisaba los escalones en los costados, donde eran más firmes para que no hicieran ruido. El tercer escalón crujió.
«Éste siempre hizo ruido».
Al llegar a la primer planta, el pasillo lo sorprendió, no lo recordaba tan amplio. Dejó un plato con la vela en el centro y se quedó mirando las cinco puertas cerradas. Abrió  la de Dorotea, la mayor de sus hermanas. La luz de la calle entraba tenue, como bailando a través de los árboles del jardín. Abrió cada una de las puertas del placard. Desde la ventana miró al viejo roble que jugaba con la luz de la farola. Se quedó pensando en su hermana mayor.
Un nuevo rechinar lo sacó de sus pensamientos. Salió de la habitación, miró el pasillo, la puerta de sus padres, la del final, estaba apenas abierta. Dio unos pasos hasta el segundo cuarto. Ese era el que compartía con su hermano Teodoro dos años mayor que él.
«Si éste cuarto hablara». Una sonrisa pícara se dibujó en su cara. Dentro de la habitación se sentó en un rincón y todas las travesuras de chico junto a su hermano cayeron como lluvia. Las lágrimas afloraron en sus ojos. «¡Que años felices!¿Porqué tuvieron que morir?» 
El sonido de otra puerta al abrirse cortó el silencio de la noche. Lo tomó de sorpresa mientras jugaba con sus recuerdos. Se levantó de un salto y alcanzó el pasillo, se escuchó un estrepitoso golpe. Una puerta se cerró. No pudo identificar bien cual.
Fue a la habitación de Jazmín y Carol. Al mirar por la ventana vio el jardín posterior y la pileta; vacía, gris. Percibió un sutil movimiento en la ventana de sus padres. Se asomó para mirar mejor. Sintió el rechinar, esta vez no tuvo dudas. Salió al pasillo y vio que la puerta de sus padres seguía cerrada, igual que las otros. El golpe sordo lo hizo estremecer, su corazón galopó con fuerza, un sudor frío le corrió por el cuerpo mientras se tensionaba, bajo corriendo. En la planta baja todo era tranquilidad. La puerta que daba a la calle estaba abierta de par en par. La cerró y volvió a subir.
En el baño todo era extremadamente blanco, relucía a la luz de la luna que entraba por la amplia ventana con vidrios esmerilados. El botiquín le devolvió su mirada ansiosa, expectante.
«¿Que estoy haciendo?» —le preguntó a la imagen reflejada en el espejo—. «¿Que pretendo encontrar?»
Se sentó en la tabla del sanitario y recordó los años de niño. Cuando se bañaba con el agua hasta el cuello, mientras jugaba con los soldaditos de plomo y su lancha con motor fuera de borda.
Un nuevo ruido retumbó en la noche.
«¡El estudio de papá!»
Ese reino infranqueable, al cual no estaba permitido ir. Esperó en silencio. Necesitaba escucharlo claramente, reafirmar de donde venían.
El portazo lo volvió a sorprender. No había dudas, vino del estudio. Ahora estaba seguro.
«¡No entres sin llamar!» Le pareció escuchar la voz de su madre reprimiéndolo.
Subió las escaleras de dos en dos. La puerta crujió y se abrió una pestaña. La tenue luz de la farola del jardín se filtró. El silencio reinante llegaba a ser molesto. La puerta se abrió unos centímetros más sin hacer el menor ruido.
Se quedó tieso. Un dolor en su pecho y la falta de aire empezó a inquietarlo.
Una sombra se movió dentro del estudio.
La puerta se abrió. No hubo ruido. Un frío intenso inundó la segunda planta. Los vidrios se congelaron. Las lágrimas brotaron sin darse cuenta. Una figura se asomó.
Su propia imagen a la que le faltaba un brazo, lo miraba desde el estudio.
                                                                                              J.N.Márquez.
                                                                                       Junio 2018
 
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lunes, 2 de julio de 2018

La Camiseta

Paola Pamapre
Concepción del Uruguay, Argentina 

Se sentía terriblemente culpable, ella más que nadie.  Subía y bajaba jadeando las escaleras de los cuatro pisos del edificio a toda velocidad. Antes ya lo había repetido con el ascensor, interfiriendo el transitar de los vecinos.
Ya había recorrido los pasillos golpeando en cada puerta.  Por su voz alterada, varias puertas se abrieron con curiosidad. Acá no.  Había alterado la vida cotidiana del condominio. Su vida estaba convulsionada  y no le importaba la incomodidad del resto.
Sacudiendo a su marido para que deje de mirar la tele, lo obligó a salir por la puerta principal y recorrer toda la manzana.  Mientras, bajo amenaza de no cenar si no se quedaban tranquilos,  puso llave a la puerta del departamento dejando encerrados a Claudio y Matías, sus hijos adolescentes.
Le dolían las piernas y la respiración se le entrecortaba.  En su cabeza rondaban los más negros pensamientos y trataba de ahuyentarlos pasándose los dedos entre los cabellos, lo que le aportaba una imagen de desquiciada.  Las lágrimas enrojecieron sus ojos y el maquillaje se convirtió en surcos negros.  Le dolía el pecho…se ahogaba. No sabía cuándo ni cómo pudo ocurrir, se culpaba. ¡Idiota!.
Perdió la  noción del tiempo en el instante mismo que se sentó, junto a toda la familia, frente al televisor.  Cantaron el himno de pie, los varones, vociferando. Hoy nadie se quejaría por los ruidos molestos.  En algún momento se dio cuenta que la gata tenía los pelos erizados y pugnaba por entrar desde el balcón. La habían encerrado afuera, para que no moleste, porque se trepaba a las sillas y corría el riesgo de ser aplastada.  Ya de esto habían pasado tres horas. ¿Tres horas?...cómo pudieron, ella y el estúpido de su marido, no darse cuenta de que la tragedia estaba a punto de caerles encima. ¡Por favor, Virgencita, por favor!...
Volvió apurada a su departamento. En el pasillo se encontraron con el marido que regresaba de la calle. ¿Nada?... ¡nadie la vio!...No me acuerdo cómo estaba vestida, mujer, no presto atención a esas cosas.  Se enojó mucho,  con alguien se debía desquitar. Nunca te fijás… ¡nunca! A que su marido ni la mirara ya estaba acostumbrada.  Ni siquiera se interesaba por llevar a los chicos a la peluquería de vez en cuando, ni qué hablar de acompañarla a comprarles ropa.  Era un buen hombre, lo reconocía, pero bastante distraído.
Empezaron a discutir frente a la puerta, intentando ambos, meter la llave por la cerradura.  Los desconcertó el silencio.  Claudio y Matías, con cierto sentimiento de culpa, habían ordenado la mesa y ahora estaban haciendo la tarea. ¡Imposible de creer! Eso le produjo más angustia… ¿qué estaba pasando en la casa?...alguna infame amenaza se estaba apoderando de su familia.  La estremeció ese pensamiento que compartió en la mirada de su compañero.  Ambos se dirigieron silenciosos a la cocina para ocultar la turbación.
–– ¿Te fijaste en el hall de abajo?
–– ¿Le preguntaste al portero?
–– Estuve con Carmen, la del quinto, que siempre está chusmeando por la ventana.
–– ¿Tampoco el quiosquero?
–– La gata sigue en el balcón, la pobre.
–– Cuando terminó el primer tiempo estaba con ese librito… ¡me acuerdo!

Se abrazaron.  Lloraba silenciosamente ella, él trataba de mantener la calma.  Hay que poner a cargar el celular, pensó al escuchar un pitido. Lo buscó en los bolsillos y por encima de la mesada, debajo del repasador, detrás de la cafetera, sin verlo.
–– ¡Chicos!... ¿Vieron el celular de papá?... –– se calló  para no  recriminarle que siempre andaba perdiendo las cosas.
Volvió a hacerse oír la musiquita del teléfono.  No era la batería baja, era el sonido de una de las aplicaciones. Nerviosa, revolvió los libros y cuadernos de los chicos que estaban estudiando.  Nada.  ¡Todo se pierde en esta casa! …Al unísono respondieron: yo no fui, como siempre.
El ringtone se escuchó nuevamente, muy apagado. El pobre hombre, con cara de perro apaleado, se dirigió al balcón para liberar a la gata que estaba rasguñando el cristal.  Al abrir, el rumor de la calle se metió como una bofetada.  Afuera todo eran gritos de alegría, bocinazos y cánticos.
La cronológica sucesión de los acontecimientos fue un relámpago en sus mentes.  ¡Mónica!. Se miraron paralizados.



Esa mañana, su marido le había pedido que les comprara una nueva camiseta de la selección argentina.  La que Claudio y Matías habían usado en el anterior mundial, ya hacía cuatro años, le habían quedado chicas.  Quizás se la podrían poner a Mony…si ella quería…aunque no le daba mucha importancia a eso, más bien la asustaban los gritos desaforados ante cada jugada peligrosa de los varones de la casa. Ver un partido de finales de campeonato merecía un gasto extra.  Para ella había comprado una bufanda celeste y blanca y para Mony un gorro con puntas.  Almorzaron apresurados para sentarse frente a la pantalla a las dos de la tarde, en punto, disfrutando de las primeras imágenes de la cancha que se llenaba de a poco.  El inmenso estadio se atiborraba de colores, de voces y de emoción apenas contenida. 
Las cábalas de la familia se cumplieron a rajatabla: la bandera colgando del balcón,  serpentinas enrolladas a la lámpara, las caras pintadas de blanco y celeste, mate amargo para los grandes y jugo para el resto. Las masitas compradas esa mañana en la misma panadería del barrio donde siempre regalaban banderines…en fin…todo estaba dispuesto.  Se daban ánimo con  esperanza y fe en el equipo, aunque  el  mundial anterior, cuando no se logró la copa, tuvo un gusto  amargo.   
Esa vez fue inolvidable pero por otro motivo. Desde  hacía  ya cuatro años, por primera vez, Mony dormía en brazos de papá que caminaba de un lado a otro,  a pesar del bochinche…con su chupete rosado.  Calladita.
Ahora habían cambiado las cosas.  Mony era una charlatana insuperable. Todos los porqué y cómo y dónde eran lanzados al aire sin parar.
–– ¡Ya te explico, Mony!... ¡Vamos carajo!...Metéle… ¡metéleeeee!...
–– ¿Adónde tiene que patear Messi, papá?... ¿Quién es ese con camiseta negra?
–– Calláte, Mony…me desconcentrás…–– le  recrimina Claudio.
–– ¿Vamos ganando?... ¿Porque decís esas palabras feas, papi?
–– ¡Mamá!...esta chica no se aguanta –– Matías grita desde arriba de una silla.
–– Mirá el librito de cuentos y quédate calladita ­­–– le acaricia la cabeza su mamá mientras le acomoda la camiseta albiceleste que le llega casi hasta los pies.  Esa camiseta que no se puede lavar porque tiene las lágrimas del mundial anterior.
Ya no la escuchan  porque acaban de decretar el penal. ¡Dios!...vida o muerte.
–– Mamiiiiii…. ¿puedo jugar con el celu?



Mamá y papá se lanzan una mirada que es como flechazo.  Ambos corren por el pasillo desde donde llega  el ringtone del jueguito que le gusta a la chiquita. En el dormitorio no hay nadie, pero la musiquita está más cerca…como en el juego…frío…frío…
Dentro del armario, perdida entre peluches y libritos de cuentos, está Mony, callada, envuelta en la camiseta sucia, con el gorro de puntas. Está dormida con el celular en la mano que alumbra con destellos azules el interior del mueble y las caras desencajadas de esos dos desesperados.

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sábado, 9 de junio de 2018

La caja


Gil Sánchez

México

          Una relación desgastada por costumbre, se amontonó en las esquinas de su aposento, en medio de un mundo engrasado, y sin aire. Condenado a sobrevivir con un enorme esfuerzo, y sin deseos.
          En un día que no importa, como ensoñación, la esperanza pedía oxígeno. Un pequeño filtro de luz indiferente dejó su candor en el sillón donde dormía, lo sacó de su letargo. Lauro, movido por su sentido de olfato aún embotado, asistía al reclamo de sus pulmones, que le solicitaban con urgencia aspirar aromas nuevos. Las sombras de la rutina se resistían a su quebranto con desordenados aspavientos. Una caterva de pensamientos explotaron ávidos por fragancias florales del jardín de la plaza Ramons.
          Su esposa, en constante estado depresivo en una vida de fricciones y penurias, en una relación ingrata que vagaba entre un mundo de contemplaciones y de sombras cansadas. El simple acto de levantarse por la mañana, le producía fastidio. Sus hijos en su mayoría de edad, se fugaron por las ventanas para buscar vida, aire, sin volver a aparecer de nuevo. A sus treinta años, se vivía mejor allá, que acá.
          —Entonces, vas a la plaza conmigo o te quedas en casa,  dijo Lauro.
          Con su mano derecha Ramona, hizo una señal, que se fuera. Sin hablar, como muñeca adherida a su sillón, continuó viendo un programa repetido de televisión.
Lauro procedió a retirarse. En su regreso, pasó cerca de una buganvilia, sorprendido al ver depositada a un lado inerme y huérfana, una caja de madera. Su tamaño, no rebasaba las dimensiones de unos zapatos de un niño de seis años. Primero observó a su alrededor, nadie lo miraba, la tomó y siguió caminando. Ya cerca de su casa, intentó abrirla y ésta se resistió; al checarla bajo la luz, apreció una cerradura diminuta. Para dejarse abrir, ameritaba su llave. Bien podía forzarla, pensó, pero no era lo correcto, pertenecía a alguien. Así, un sentimiento martilló en su interior, “no abrirla” y mejor buscar a su dueño, se dijo. La depositó en su buró, a un lado de su lámpara.
          Al entrar su esposa a la recámara, se inquietó ante la presencia de algo extraño que no encajaba en su entorno, invadía su espacio. Se aproximó al objeto insolente, y gritó:
          — ¡Lauro! ¿De quién es la caja?
          —Me la encontré cerca del jardín de la plaza, replicó su esposo.
          — ¿Qué es lo que contiene?
          —No tengo la llave, creo que lo más correcto, es esperar, para ver quién la reclama.
           Y así, cada domingo, Lauro, aparecía con la cajita sentado en la banca cerca de la buganvilia, la sostenía sobre sus rodillas, en espera de la voz de su dueño.
Nadie la reclamó. Durante todos esos días, la pareja discutía. Al principio, por conocer el contenido, una. El otro, solicitaba paciencia. Ramona mostraba su fastidio y fatiga, ante su obsesión de conocer su contenido. Ante tal situación, pasaba noches enteras sin dormir, alegaba brujería de la caja. Por las mañanas, mostraba un desánimo ante las luchas inevitables. La alegría se le había resbalado hacía muchos años y su esposo no la mejoraba.
Cierta noche llegaron a manotearse como enajenados; Ramona, con un desarmador para abrirla y Lauro, a respetar la caja. La monotonía en la casa aletargada, desaparecía.
Un día sábado, Lauro despertó sobresaltado. Su esposa como estatua vestida frente a su cama, le comunicaba que lo dejaba, viviría con su hermana. Replicó, que ya no soportaba: la casa, la caja, el ambiente, su vida, a él, necesitaba un cambio urgente. Lauro se levantó presuroso, abrió el cajón del buró y sacó su navaja, con ella forzó la caja. Ésta, se mostró vacía. Roberta indiferente, con la misma mirada con desdén, abandonó la casa. Lauro la siguió con la caja abierta sujetada con su mano izquierda desfallecida, en espera de un beso, quizás, de despedida. Se quedó observándola, hasta que dobló la esquina de la cera, donde se toma el autobús. Lauro, cerró los ojos cobijando su indolencia y tiró la caja en el bote de la basura frente a su casa. Al retornar entró como si regresara de cepillarse los dientes, de la heladera tomó su última cerveza. Al poco rato, se quedó dormido escuchando su música de antaño.
          Al mismo tiempo, un pordiosero al husmear en la basura, se estremeció al descubrir su cajita extraviada. Sus lágrimas afloraron presurosas, la tomó y la aproximó a su pecho delicadamente y se encaminó hasta la plaza Ramons. Junto a su buganvilia se recostó. Esa noche, durmió cobijando amorosamente con sus manos, la caja de madera de su madre. Su único vínculo feliz, en su mísera y loca vida.
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jueves, 31 de mayo de 2018

Cuando les hablaba




Clide Gremiger

Argentina


Cuando les hablaba
"Miren la cara que tienen. Unos días que no las atiendo y ya están como enojadas, con aire de abandonadas. Y usted, ¿quién se cree para invadir espacio ajeno? Cuando la traje era discretita, respetuosa, y ahora parece gorda en butaca: desbordando por los cuatro costados. Y usted, todo lo contrario: se parece a la flaca de la esquina, que de tanto hacer dieta tiene aspecto de sombra más que de persona. ¡Caramba!, me ausenté por cuestiones de salud. ¡Aprendan de esta belleza que soporta todo erguida, rozagante. Algún día me van a cansar y las voy a regalar!... Sí, sí, al primero que pase, ya van a ver. No ven que ya estoy vieja para estar pendiente de ustedes todos los días". Estas palabras de mi abuela nadie las entendía como destrato porque así era ella cuando hablaba con sus plantas.










domingo, 13 de mayo de 2018

Ahora Puedo decirte que te quiero ' Doris Irizarry



Doris Irizarry  presentó su primer libro:

 Ahora puedo decirte que te quiero y otros relatos movedizos. 

 

en la Librería Norberto González en Plaza las Américas. Calíope Editoras 

San Juan de Puerto Rico

viernes, 27 de abril de 2018

Volé con las palomas

 Gil Sanchez

México


A mitad del puente admiraron el río. Un galope dentro de su pecho parecía buscar su fuga, se secó

las manos en su pantalón en forma discreta y, luego tomó sus manos. Por varios segundos que

parecieron interminables, se miraron. Preguntó:

–– ¿Me amas?

Su vista se dirigió al río y la detuvo en la vegetación de la orilla norte. Luego dijo:

––Sí.

Las aguas lamían la orilla con indolencia. La mirada desvaneció y dejó una huella como la mentira.

El puente con maderos añejos rechino a sus pasos y antes de acabar su recorrido las ilusiones como

palomas alzaron su vuelo.