lunes, 2 de julio de 2018

La Camiseta

Paola Pamapre
Concepción del Uruguay, Argentina 

Se sentía terriblemente culpable, ella más que nadie.  Subía y bajaba jadeando las escaleras de los cuatro pisos del edificio a toda velocidad. Antes ya lo había repetido con el ascensor, interfiriendo el transitar de los vecinos.
Ya había recorrido los pasillos golpeando en cada puerta.  Por su voz alterada, varias puertas se abrieron con curiosidad. Acá no.  Había alterado la vida cotidiana del condominio. Su vida estaba convulsionada  y no le importaba la incomodidad del resto.
Sacudiendo a su marido para que deje de mirar la tele, lo obligó a salir por la puerta principal y recorrer toda la manzana.  Mientras, bajo amenaza de no cenar si no se quedaban tranquilos,  puso llave a la puerta del departamento dejando encerrados a Claudio y Matías, sus hijos adolescentes.
Le dolían las piernas y la respiración se le entrecortaba.  En su cabeza rondaban los más negros pensamientos y trataba de ahuyentarlos pasándose los dedos entre los cabellos, lo que le aportaba una imagen de desquiciada.  Las lágrimas enrojecieron sus ojos y el maquillaje se convirtió en surcos negros.  Le dolía el pecho…se ahogaba. No sabía cuándo ni cómo pudo ocurrir, se culpaba. ¡Idiota!.
Perdió la  noción del tiempo en el instante mismo que se sentó, junto a toda la familia, frente al televisor.  Cantaron el himno de pie, los varones, vociferando. Hoy nadie se quejaría por los ruidos molestos.  En algún momento se dio cuenta que la gata tenía los pelos erizados y pugnaba por entrar desde el balcón. La habían encerrado afuera, para que no moleste, porque se trepaba a las sillas y corría el riesgo de ser aplastada.  Ya de esto habían pasado tres horas. ¿Tres horas?...cómo pudieron, ella y el estúpido de su marido, no darse cuenta de que la tragedia estaba a punto de caerles encima. ¡Por favor, Virgencita, por favor!...
Volvió apurada a su departamento. En el pasillo se encontraron con el marido que regresaba de la calle. ¿Nada?... ¡nadie la vio!...No me acuerdo cómo estaba vestida, mujer, no presto atención a esas cosas.  Se enojó mucho,  con alguien se debía desquitar. Nunca te fijás… ¡nunca! A que su marido ni la mirara ya estaba acostumbrada.  Ni siquiera se interesaba por llevar a los chicos a la peluquería de vez en cuando, ni qué hablar de acompañarla a comprarles ropa.  Era un buen hombre, lo reconocía, pero bastante distraído.
Empezaron a discutir frente a la puerta, intentando ambos, meter la llave por la cerradura.  Los desconcertó el silencio.  Claudio y Matías, con cierto sentimiento de culpa, habían ordenado la mesa y ahora estaban haciendo la tarea. ¡Imposible de creer! Eso le produjo más angustia… ¿qué estaba pasando en la casa?...alguna infame amenaza se estaba apoderando de su familia.  La estremeció ese pensamiento que compartió en la mirada de su compañero.  Ambos se dirigieron silenciosos a la cocina para ocultar la turbación.
–– ¿Te fijaste en el hall de abajo?
–– ¿Le preguntaste al portero?
–– Estuve con Carmen, la del quinto, que siempre está chusmeando por la ventana.
–– ¿Tampoco el quiosquero?
–– La gata sigue en el balcón, la pobre.
–– Cuando terminó el primer tiempo estaba con ese librito… ¡me acuerdo!

Se abrazaron.  Lloraba silenciosamente ella, él trataba de mantener la calma.  Hay que poner a cargar el celular, pensó al escuchar un pitido. Lo buscó en los bolsillos y por encima de la mesada, debajo del repasador, detrás de la cafetera, sin verlo.
–– ¡Chicos!... ¿Vieron el celular de papá?... –– se calló  para no  recriminarle que siempre andaba perdiendo las cosas.
Volvió a hacerse oír la musiquita del teléfono.  No era la batería baja, era el sonido de una de las aplicaciones. Nerviosa, revolvió los libros y cuadernos de los chicos que estaban estudiando.  Nada.  ¡Todo se pierde en esta casa! …Al unísono respondieron: yo no fui, como siempre.
El ringtone se escuchó nuevamente, muy apagado. El pobre hombre, con cara de perro apaleado, se dirigió al balcón para liberar a la gata que estaba rasguñando el cristal.  Al abrir, el rumor de la calle se metió como una bofetada.  Afuera todo eran gritos de alegría, bocinazos y cánticos.
La cronológica sucesión de los acontecimientos fue un relámpago en sus mentes.  ¡Mónica!. Se miraron paralizados.



Esa mañana, su marido le había pedido que les comprara una nueva camiseta de la selección argentina.  La que Claudio y Matías habían usado en el anterior mundial, ya hacía cuatro años, le habían quedado chicas.  Quizás se la podrían poner a Mony…si ella quería…aunque no le daba mucha importancia a eso, más bien la asustaban los gritos desaforados ante cada jugada peligrosa de los varones de la casa. Ver un partido de finales de campeonato merecía un gasto extra.  Para ella había comprado una bufanda celeste y blanca y para Mony un gorro con puntas.  Almorzaron apresurados para sentarse frente a la pantalla a las dos de la tarde, en punto, disfrutando de las primeras imágenes de la cancha que se llenaba de a poco.  El inmenso estadio se atiborraba de colores, de voces y de emoción apenas contenida. 
Las cábalas de la familia se cumplieron a rajatabla: la bandera colgando del balcón,  serpentinas enrolladas a la lámpara, las caras pintadas de blanco y celeste, mate amargo para los grandes y jugo para el resto. Las masitas compradas esa mañana en la misma panadería del barrio donde siempre regalaban banderines…en fin…todo estaba dispuesto.  Se daban ánimo con  esperanza y fe en el equipo, aunque  el  mundial anterior, cuando no se logró la copa, tuvo un gusto  amargo.   
Esa vez fue inolvidable pero por otro motivo. Desde  hacía  ya cuatro años, por primera vez, Mony dormía en brazos de papá que caminaba de un lado a otro,  a pesar del bochinche…con su chupete rosado.  Calladita.
Ahora habían cambiado las cosas.  Mony era una charlatana insuperable. Todos los porqué y cómo y dónde eran lanzados al aire sin parar.
–– ¡Ya te explico, Mony!... ¡Vamos carajo!...Metéle… ¡metéleeeee!...
–– ¿Adónde tiene que patear Messi, papá?... ¿Quién es ese con camiseta negra?
–– Calláte, Mony…me desconcentrás…–– le  recrimina Claudio.
–– ¿Vamos ganando?... ¿Porque decís esas palabras feas, papi?
–– ¡Mamá!...esta chica no se aguanta –– Matías grita desde arriba de una silla.
–– Mirá el librito de cuentos y quédate calladita ­­–– le acaricia la cabeza su mamá mientras le acomoda la camiseta albiceleste que le llega casi hasta los pies.  Esa camiseta que no se puede lavar porque tiene las lágrimas del mundial anterior.
Ya no la escuchan  porque acaban de decretar el penal. ¡Dios!...vida o muerte.
–– Mamiiiiii…. ¿puedo jugar con el celu?



Mamá y papá se lanzan una mirada que es como flechazo.  Ambos corren por el pasillo desde donde llega  el ringtone del jueguito que le gusta a la chiquita. En el dormitorio no hay nadie, pero la musiquita está más cerca…como en el juego…frío…frío…
Dentro del armario, perdida entre peluches y libritos de cuentos, está Mony, callada, envuelta en la camiseta sucia, con el gorro de puntas. Está dormida con el celular en la mano que alumbra con destellos azules el interior del mueble y las caras desencajadas de esos dos desesperados.

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2 comentarios:

  1. Muy bien!!! Me dejé llevar por esa tensión que genera la previa al partido. Me gustó mucho!

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  2. ¡Excelente Paola! ¡Muy bien contado! Nos pinta de maravilla a los argentinos futboleros.¡Felicitaciones!

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