miércoles, 11 de abril de 2018

Un Pibe del Barrio

  Patricia Gorla

   Argentina 

Era la hora en que las calles duermen bajo el manto reposado de la noche. El murmullo de los grillos anunciaba un verano caluroso.  Era  el espacio de tiempo en que las almas buscan la serenidad del agobiante día. El sueño era profundo. Los árboles se mecían con el suave compás de una leve brisa.
Sin embargo,  no todo era silencio. No todo estaba en reposo. El sonido sordo de pasos furtivos rompió el caluroso sosiego. Un  rostro se ocultó en las sombras de la noche. Era el rostro de “Chirola”,  que se movía sigiloso.
 Súbitamente, unos disparos me despertaron asustada. Mis padres no me permitieron mover de mi cama hasta no saber qué pasaba. Con los latidos del corazón en mi garganta, desobedecí la  orden y caminé en puntas de pie, casi sin poder respirar por el miedo. Me acerqué al ventanal y corrí la pesada cortina de terciopelo verde. Vi espantada la sangre desparramarse en el asfalto y el cuerpo allí, boca abajo, rodeado por personal policial.
Chirola que transitó esas calles jugando a la pelota. Quien corría riendo después de tocar el timbre de una casa y se escondía junto a la complicidad infantil de su pandilla. Y lastimaba sus rodillas, cubiertas por un sucio pantalón remendado, transformándose en el  campeón, jugando a las bolitas.  El que también fue vencedor con su barrilete de caña y papel de diario, en el campeonato parroquial.
- ¿Quién rompió ese vidrio?- gritaba una comadrona. 
– El Chirola, fue el Chirola- gritaban los pibes, compañeros de travesuras.
- ¿Quién saltó y pisó mi césped para buscar esta sucia  pelota de trapo? Chillaba otra vieja vecina.
– El Chirola, fue el Chirola- coreaban  los chiquilines.
Y Chirola se hacía cargo aunque no fuera culpable y se “comía” el castigo por otro. “Es un groso este Chirola”,  repetían a coro los chicos. Y Chirola se sentía como un héroe que estaba salvando a la humanidad. Y fue creciendo Chirola junto a sus amigos. Pero empezó a juntarse con chicos más grandes y su vida cambió. Los que lo admiraban en sus correrías infantiles y festejaban sus travesuras o sus actos heroicos, se fueron apartando. Aunque siempre había lugar para él cuando jugaban un picadito en la placita.  Hasta que un día le descubrieron un arma. Y a los pibes les entró el miedo de no saber en qué se estaba transformando el “groso Chirola”. Y alguno habló y los padres entre sí, casi sin mediar palabras se pusieron de acuerdo en que sus hijos no se reunieran con el muchacho. Así que, lo esquivaban con disimulo y ya no iban tanto  a jugar a la pelota.
Aquella noche, sigilosamente, el muchacho se escondía entre los árboles compinches que le brindaban su sombra, ocultándolo de las luces de las calles que tantas veces fueron escenario de juegos  y muchachadas. No sabía cómo. No entendía qué lo había llevado hasta allí. A ese lugar en donde ya sentía que no había retorno. Ya estaba mezclado en el asunto, metido hasta el tuétano. Fue todo muy vertiginoso. El robo a la farmacia y el disparo que lo aturdió y sorprendió a un tiempo, el hilo de sangre proveniente del cuerpo inerte. En su mano el arma asesina. Y después la huida, cada cual corrió hacia dónde pudo para esconderse. La policía los buscaba desde hacía un tiempo. Aquella noche,  buscando refugio en su territorio conocido de tantas andanzas, tal vez queriendo volver a la inocencia de antaño, encontró refugio entre sus calles y árboles que lo vieron jugar. Finalmente fue descubierto, rodeado por las autoridades policiales. Y el tiroteo que me despertó. El final fue irremediable.

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viernes, 30 de marzo de 2018

El Jardinero del Cementerio



Alejandro Franco                                                                                  


México

El padre Damián, hasta antes de cumplir los noventa años, infatigablemente procuró y cuidó de su rebaño. Es todo un santo, cuchicheaban las beatas al verlo tomar el sol, sentado en la banca que se halla en la parroquia, a tan solo unos pasos del atrio. Eso lo acostumbraba hacer día con día; pero siempre a la buena hora en que el follaje del sauce llorón le convidaba de su sombra.
Aún se recuerda a los niños corriendo a su encuentro para besar su mano; a cambio, claro, de recibir las golosinas que nunca faltaban en las bolsas de su vieja americana; prenda que por su apariencia, daba la impresión de haberse ido avejentando al compás de la vida del clérigo; tal cual si nunca la hubiese colgado en el perchero.
Cuando el joven padre llegó al pueblo, que más bien se trataba de un caserío, al no existir templo alguno, oficiaba la misa en un galpón propiedad de don Fidencio, quien generosamente cedió una parte del lugar despejándolo de herramientas, sacos de semilla y enseres propios del campo.
Dentro de la improvisada capilla, por demás decir que rústica e iluminada por tragaluces en la techumbre, los días domingo, a la hora de la misa, los olores de la semilla, fertilizantes, lubricantes y combustibles y de la misma congregación, se mezclaban con el aroma dulce del incienso.
El altar ―por llamarlo de ese modo― fue acondicionado con un tablón alabeado, cubierto con un lienzo algo raído. El ajuar sagrado se envolvía con un paño donado por un feligrés, y terminada la eucaristía, era puesto con mucho celo dentro de un cajón de madera, habilidosamente serruchado por el “hazla de todo” del pueblo. En suma, un curato que gracias al Señor, o más bien a don Fidencio, no funcionaba a cielo abierto.
Al padre Damián, le llevó toda una vida lograr su soñada parroquia. El día del feliz término de la misma, todas las campanas se echaron al vuelo: la Gorda, la María y las dos esquilas repicaron a intervalos sin cesar.  Hubo una gran fiesta general en la población; y no podía fallar una apetitosa comilona dispuesta por no pocas matronas del vecindario; con la música de la feria y sus múltiples suertes, el carrusel de caballitos, y el constante estallido de cohetones, amenizaron la algarabía.

Y así como la terminación del templo llenó de júbilo a todo el poblado, la muerte anunciada del padre Damián colmó a todos de un profundísimo dolor.
Fue un sacerdote muy, muy querido; continuamente se le veía visitando enfermos o caminando por las calles saludando a su rebaño, pues era un probado pastor de almas. Hasta sus últimos días se preocupó por cumplir con sus “obligaciones”, como él las llamaba, repartiendo despensas y dinero a los más necesitados; no obstante que hacía más de veinte años de haber sido jubilado.
Aquel suceso de infausta memoria en el que aquel buen hombre entregó su alma al Creador, fue sentido por todos cuantos lo conocían. El féretro fue colocado al pie del altar mayor, para que sus entristecidas ovejas le rindieran tributo y depositaran sus cumplidos.
Al cortejo acudió toda la población para acompañarlo hasta su última morada. Muchísima gente a pie, automóviles y autobuses integraban el doliente séquito. Una lápida provisional con letras grabadas versaba: ¨ Padre Damián Iñiguez Diego. Mantenemos sus restos entre nosotros, su alma ya con Dios está¨
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Pasado algún tiempo, los sepultureros principiaron a darse cuenta ―narrado por ellos mismos― de una actividad extraña en los linderos de la tumba del Padre Damián, dado que a pesar del empeño por conservarla siempre pulcra, por las mañanas en el prado, aparecían ciertas huellas, semejantes a pisadas o pasos; e invariablemente también, un par de ahuecamientos al pie del sepulcro.
Una de esas mañanas en la que el jardinero, cuyo nombre era Pablo, recomponía y anivelaba el césped prensado, molesto por el fastidioso y vano esfuerzo, se impuso a sí mismo la encomienda de vigilar la tumba durante el día, a fin sorprender in fraganti al culpable socarrón causante de las travesuras.
Tal vigilancia resultó inútil, pues ni quien se acercara a la tumba. Pensó entonces en pasarse la noche en vela cerca del sepulcro, para de ese modo, poder estar a la mira de cualquier movimiento sospechoso; y así lo hizo. Muy abrigado abandonó  su casa a las once de la noche y, agazapado tras un ciprés, se dispuso a acechar al granuja o bromista que lo hacía trabajar en balde. En eso se hallaba, cuando de pronto percibió una presencia que pasaba muy cerca de él, exhalando un frío tan intenso y penetrante, que le erizó toda su envoltura; intentó correr, pero el infeliz se  sintió patitieso; igual a como si se hallase enterrado hasta la mitad de su cintura.
La silueta del aparecido se llegó hasta el pie de la tumba del Padre Damián, y allí mismo se dejó caer de hinojos. Por su complexión y vestimenta parecía tratarse de una mujer. La horripilación hacía sudar frío a Pablo, que no osaba hacerse notar ante la presencia. Pasados algunos minutos, la o el aparecido, dio la impresión de santiguarse; acto seguido, se fue desvaneciendo en el vacío de la noche.
Después de haberse recuperado del sobresalto, Pablo se encaminó hacia el fondo del cementerio donde se hallaba su vivienda. Entró y se acostó envolviéndose con la cobija. Estaba helado y empapado a la vez ―no era para menos―; sin poder conciliar el sueño, lo sorprendió la luz del amanecer. Era hora de levantarse para ir a trabajar. Bebió un pocillo de café, cogió sus pocas herramientas, y sin más, salió de la pocilga y se fue directo a la tumba del padre Damián.
No le causó ningún asombro ver las dos depresiones en el césped. Es más, comenzó a asaltarle la idea de repetir la sesión con las ánimas esa misma noche. Muchas veces había escuchado que solo alguno que otro individuo, tiene el privilegio o el halo, o bien es escogido o atraído por los espíritus. Ensimismado como se hallaba en su labor, llegó a convencerse a sí mismo de que él era uno de esos seres privilegiados.
Al filo de la media noche, Pablo se internó en el seno del cementerio. Llegó hasta uno de los mausoleos cercano a la tumba del padre Damián y se sentó a esperar. Una luna llena iluminaba el sendero opuesto. De repente, al final del mismo, de una de las tumbas con brillante verdor, asomó la cabeza de un caballo ―que acabó de surgir por completo― montado por un jinete. El acicateo en sus ijares y la fuetiza en la grupa, hizo que la bestia arrancara a toda velocidad; pero, al llegar al sepulcro del padre Damián, el espectro del jinete rayó al caballo allí mismo; parado en sus cuartos traseros, la bestia relinchaba y resoplaba como si quisiera librarse de su nefasto yugo.
El jinete vestía un gabán y cubría su cabeza con un sombrero de ala ancha. Por un momento, la luz de la luna iluminó parcialmente su rostro descarnado ―parecía sonreír por la falta de parte de sus labios―, en tanto que sus manos huesudas tironeaban la rienda.
Antes de que el jinete desmontara, Pablo tuvo la impresión de que el espectro lo miraba fijamente a través de las cuencas de sus ojos. El espectro descendió del caballo y lo fustigó con el fuete. El animal se alejó a gran velocidad como si huyera del espíritu que lo retenía cautivo, hasta desaparecer al final del sendero. Cuando Pablo volteó a ver a la enigmática silueta, esta se hallaba ya hincada al pie del sepulcro.
Aún no sobrepuesto del terror que todo aquello le infundía y con el temple a punto de flaquearle, concibió la absurda idea de acercarse un poco más al espíritu con la intención de hablarle y mediar con él; pero en contra de sus intenciones como recién iniciado en el esoterismo, pudiendo ya alcanzar a escuchar las murmuraciones que del espíritu se revelaban como gemidos surgidos del purgatorio ―algunas de esas palabras que Pablo logró captar entre siniestros balbuceos― hirieron de tal manera sus oídos de intruso, que cubriéndoselos con sus manos, echó a correr como el maldito que se atrevió a profanar semejante coloquio de ultratumba.
Al final del sendero y a punto de desfallecer por el terror, Pablo volteó a ver para cerciorarse de no ser perseguido, pero ya la sombra se había esfumado en la oquedad de la ausencia y el tiempo.
Aún se sigue creyendo que la bondad y el ánimo de servidumbre tan propios del padre Damián, siguen siendo la causa de que las almas en pena acudan a él en su afán de desahogarse y declarar sus faltas en confesión. Si ello fuese cierto, entonces nos podríamos preguntar: ¿Hasta qué día, el padre Damián podrá al fin descansar y gozar de la paz eterna?
La banca cerca del atrio de la parroquia, fue circundada por una hermosa barandilla metálica y diversas flores alrededor. El césped se mantiene muy esmerado con un letrero que dice:
¨Favor de no pisar el césped¨. No obstante, una que otra mañana, aparecen sobre la carpeta algunas huellas de pasos y oquedades con aires de hinojos humanos.
Curiosamente el jardinero actual, un buen hombre de avanzada edad, a quien ―por alguien de desconocida identidad y oculto impulso―, se le dio por bautizarlo con el nombre ancestral de Pablo; hay que verle para creerlo, vistiendo una americana toda deshilachada y siempre ensimismado en sus labores; mismas que no duran más queg lo necesario. Nadie le ha visto, ni cuando llega, ni cuándo se va; y no suele hablar con nadie…


sábado, 17 de marzo de 2018

La Tía Cachada

Clide Gemiger

Argentina


A tía Vilma le decíamos la tía Cachada. Era tía de mi madre, lo que resultaba sorprendente por la diferencia de estatura: la tía le pasaba como dos cabezas en altura y una cadera en anchura. La falda, tan larga como acampanada, le nacía justo debajo del corpiño, por encima de blusas siempre iguales: blancas y abotonadas hasta la garganta. Invierno y verano se bañaba todos los días; se esparcía una colonia de rosas que cortaba la respiración y ajustaba su cabellera en un rodete liso como los fideos que amasaba todos los domingos.
Le decíamos Cachada (a escondidas y entre los primos) porque toda su vajilla estaba averiada en algún rincón: tazas azules, verdes y marrones; platos con dibujos de flores, frutas o bailarinas en un jardín; bandeja de lata y jarra con forma de pato picudo... todo, todo con alguna saltadura o abollón. Las señoras ricas compensaban la blancura extra en las sábanas con vajilla averiada. Tía Vilma había recibido los premios con sonrisa de medialuna y un sinnúmero de bendiciones para sus "patrones". Orgullosa le mostraba a mi madre un tenedor al que le faltaba un diente o una cuchilla sin mango; le contaba sobre el viaje que le había tocado en barco, desde Inglaterra, a las tacitas de bordes dorados. "¡Estuvieron en la mesa de un duque!", exclamaba con orgullo. También relataba que el plato de las bailarinas había sido hecho especialmente para la boda de la bisabuela de "la Madame", a la que le había lavado y almidonado sábanas y manteles por años. Todo tenía historia previa en su mesa multicolor.
Mi hermana y yo nos peleábamos por el plato de las bailarinas con vestidos transparentes. ¿Quién lo tuvo el último domingo?, preguntaba la tía y cuando como en un dueto con mi hermana gritábamos ¡ella!, en medio de una carcajada de dientes amarillos, colocaba arbitrariamente el plato delante de la que a su juicio se lo merecía.
Con mi hermana convertíamos los fideos en largos cabellos para las bailarinas o nubes sobre sus cabezas o cortinados ondulantes. ¡Coman antes de que se enfríe!, decía mi madre, indiferente a nuestra creatividad. Pero la tía se nos quedaba mirando, risueña, con cara de asombro ante nuestras ocurrencias. Era una niña más, que no se atrevía a seguirnos el juego por temor a la crítica de mi madre, pero ¡cómo disfrutaba al vernos inventando todos los domingos un nuevo escenario de fideos!
Cuando yo me vaya de este mundo prométanme que van a sortear entre ustedes esta vajilla que tanto amo, repetía la tía. Y nosotras asentíamos, cruzando los dedos para tener la suerte de heredar las bailarinas. Felizmente nuestros primos, todos varones, no entraban en el reparto y tampoco estaban interesados.
La vida de la tía hubiera transcurrido en total paz y cuidado de la vajilla cachada, pero ocurrió algo que cambió todo.
Una mañana en la que la tía regresaba de cobrar la jubilación, unos muchachos la empujaron hacía el interior de su casa, la golpearon y le robaron el dinero que traía y el que fueron descubriendo en distintos rincones de la casa.
A ella parecía no importarle la plata ni los magullones. Lloraba la destrucción de su vajilla, como si se tratara de la muerte de un hijo. El pato descabezado y las bailarinas descuartizadas temblaban entre sus manos. Tanto lloró que le bajó la presión y hubo que llevarla al médico. Regresó achicada, arrastrando los pies, envejecida, mustia. Mi madre ya había limpiado el desastre que habían dejado los ladrones. Los trozos de la vajilla de la tía fueron a parar al cesto de la basura. Nadie se lo mencionó a la tía y ella no preguntó.
Tía Vilma murió poco tiempo después, en silencio. Ni mi madre, ni ella se enteraron de que mi hermana y yo recuperamos los restos de su vajilla y ahora, el plato de las bailarinas, recauchutado con torpeza pero mucho amor, luce en un estante del living, como si se tratara de una pieza de museo. Un mes en casa de mi hermana y otro en la mía... A tía le gustaría.

martes, 6 de febrero de 2018

Una crónica de colección

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 Osvaldo Villalba

  Argentina 

 

 

Para ser cronista hay que salir…
…para practicar la crónica el  genio
está en los zapatos.
Héctor Abad Faciolince

     Seis meses habían pasado desde que el director de la revista de actualidad donde trabajaba le dijo que dejarían de publicar la sección “Noticias Insólitas” que lo había tenido como cronista los últimos diez años. Le explicó que ya la gente había perdido interés en las notas escritas, que ahora la televisión por cable y las publicaciones en internet lideraban esa franja. Julio entendió que, tal vez por compasión, o por la amistad que los unía en tantos años de trabajo compartido, no había podido decirle que ya estaba viejo y que sus crónicas no despertaban el más mínimo interés. De todos modos, pensó, ya estaba en edad de jubilarse, por lo que, ahora que los trámites salen rápido, aún desocupado, podría seguir pagando el alquiler del monoambiente de la calle Guardia Vieja.
–Igual, si alguna vez tenés una nota que considerás válida, llamame –le había dicho cuando se despidieron con un abrazo.
     Su vida, ahora, transcurría entre los partidos de ajedrez con otros jubilados en la plaza Almagro y las recorridas por las mesas de saldos de las librerías de la calle Corrientes.
     Fue en una de esos reñidos encuentros ajedrecísticos que, como al pasar, alguien mencionó algo sobre el coleccionista de calaveras.
–Carabelas –le corrigió Julio– prototipos de barcos antiguos, habrás querido decir.
–¡No! –dijo el otro marcando las sílabas– ca–la–ve–ras, cráneos humanos.
     La alarma de su instinto periodístico se disparó al instante.
–¡Contame más! –le insistió
–¡Eso nada más! Mi hermana me dijo que lo escuchó en la peluquería.
–¡Por favor! ¡Preguntale! Conseguime la dirección.
     Una semana después el hombre le trajo la dirección. Ahora se encontraba frente a la casa, corroborando el número que tenía en el papelito. Era una casa antigua, con mármoles de color bordó, y puerta de hierro forjado de dos hojas. La ventana, a la derecha de la puerta, tenía una reja labrada simulando ramas con hojas pequeñas y flores.
     Tocó el timbre y esperó. Por el portero eléctrico, una voz de hombre dijo:
–¿Quién es?
–Buenas tardes señor. Soy Julio Figueredo. Soy periodista y quisiera que me diera unos minutos de su tiempo.
–¿Periodista? ¿Y para qué quiere verme?
–Quiero hacerle un reportaje sobre su colección.
–¿Colección? ¿De dónde saca que yo tengo una colección?
–Mire, usted sabe, los periodistas no podemos revelar nuestras fuentes, pero yo le garantizo la mayor seriedad en el reportaje.
.–Aguarde –fue su lacónica respuesta.
     Unos minutos después, abría una las hojas de la puerta un hombrecito delgado, bajo, calvo, de tez muy pálida y ojos hundidos.
Julio le tendió su mano.
–Mucho gusto, ¿señor…?
–Llámeme Ciro.
–Señor Ciro. Como le dije me llamo Julio Figueredo, y trabajo para la revista Porteña –mintió Julio– y queríamos hacerle una nota referente a su colección de cráneos. Por supuesto que publicaremos sólo lo que usted nos autorice –agregó tratando de ganarse su confianza.
     El hombrecito pensó un momento y luego, apartándose de la puerta, le hizo seña para que pase. Pasaron a un hall pequeño, transpusieron una puerta cancel de dos hojas y vidrios protegidos por cortinas con angelitos. Ingresaron a un ancho living, en el que resaltaba un juego de sillones de pana, sobre una mullida alfombra, por sobre el resto del mobiliario. Una araña con caireles de cristal y escudos de armas sobre las paredes, daban al ambiente un aire colonial. 
     Ciro le señaló el sillón grande y él se sentó en uno de los sillones de un cuerpo.
–Bueno –le dijo usando un tono amable por primera vez– Veo que usted, Julio, ¿no?, sabe de mi muchas cosas. Déjeme a mí, ahora, saber algo de usted. ¿Dónde queda la revista que mencionó? ¿Con que frecuencia sale?
–La redacción funciona en un departamento en el barrio de Once –inventó Julio rápidamente– y contratamos la imprenta de un amigo del director. La publicación es mensual. Esta nota, seguramente, se publicará el mes que viene, o el próximo.
–¿Y por qué le interesa esta colección? –volvió a preguntar Ciro.
–Porque es bastante insólita. Tengo curiosidad por saber cuál es el hilo conductor entre las diferentes piezas. Cómo las obtiene. Qué busca con cada una. ¿Puedo sacar fotos?
–¡No! ¡Nada de fotos! –respondió el hombre enfáticamente– No quiero arriesgarme a que su mujer o sus hijos las suban a la web. ¿Tiene hijos, no?
–No, no tengo hijos. Soy viudo hace muchos años. Sólo las usaría como ayuda memoria cuando escriba la crónica.
–Igual, alguien que comparta su casa podría acceder a ellas.
–¡Tranquilo Ciro! Vivo solo. Igual, está bien, no voy a sacar fotos.
–Le creo. –dijo Ciro con una sonrisa mientras se incorporaba– Pero, por favor... ¡Deje el celular aquí! Pasemos.
     Julio se paró y lo siguió. Salieron por una puerta lateral a un patio grande, lleno de grandes macetones con helechos, jazmines y otras plantas que no pudo identificar. Sobre la derecha se veían varias puertas con grandes postigos metálicos, también de dos hojas, todos cerrados. Al final del patio, de frente, estaban la cocina y el baño, que Julio identificó porque sus puertas estaban abiertas. A la derecha del baño, se veía una placa de madera en el suelo, con una manija de hierro. Ciro tiró de ella y levantó la tapa sobre la pared, dejando al descubierto una escalera de madera. Ciro bajó unos escalones y encendió la luz. Julio bajó detrás de él. Una vez abajo pudo ver que el sótano era amplio. La bombita daba una luz tenue, dándole al escenario un aspecto sobrecogedor. Desde las estanterías, dentro de cajas de vidrio o de acrílico, montones de órbitas vacías parecía que “lo miraban”. Un frío le corrió por la espalda. Se sobrepuso y se acercó a la primera estantería.
–Cada caja tiene una etiqueta, con la descripción de su antiguo poseedor y el año del deceso –explicó Ciro–. Por respeto, la identidad no está revelada. Sólo su profesión o actividad más saliente. ¡Ah! Y hay sólo una pieza por característica. No se repiten.
     Julio comenzó a leer algunas y comprendió lo que el hombre le había dicho: “Médico de Villa Crespo–1975; Abogado de Balvanera–1987; Jerarca Nazi de Bariloche–1968; Asesino serial de Mar del Plata–1981; Cacique Mapuche de Neuquen–1996”. Sobre este último, Ciro le hizo notar que conservaba todas sus piezas dentarias.
–¿Cómo consiguió cada una? –le preguntó al hombrecito
–Los periodistas no revelan sus fuentes. Los coleccionistas no revelamos nuestros proveedores –le respondió sonriendo– Tengo amigos en algunos cementerios y en hospitales también.
     Siguió recorriendo las estanterías. Una sensación que no lograba plasmar en palabras daba vueltas por su cabeza. Cuando llegó a la última vio, sobre la pared del fondo, una puertita de no más de 70 cm, cerrada con pasador y candado.
–¿Qué hay detrás de esta puerta? –preguntó Julio.
–¡Ah! ¡Ahí no se puede pasar! ¡Esa es mi colección exclusiva! No la comparto.
–¡Vamos Don Ciro! ¡Por favor! ¡Ya llegué hasta acá! ¡No me va a dejar rengo! –Insistió Julio.
     El hombre pensó un momento y sacudiendo su cabeza de un lado al otro, con resignación, sacó una llave de su bolsillo, abrió el candado, corrió el pasador, encendió una llave de luz que se encontraba a la derecha de la puerta, la abrió y, con un ademán, le hizo seña que ingresara. Julio se agachó, pasó por la puerta y, cuando se estaba incorporando del lado de adentro, junto con el golpe de la puerta al cerrarse, el pasador deslizándose y el clic del candado, el flash relampagueó en su cerebro: ¡no había un periodista en la colección!

Osvaldo Villalba
19/04/2015

lunes, 15 de enero de 2018

Las tardes de Juan y Medio

Brigida Rivas Ordoñez 

Alicante, España

Tengo mucho tiempo, me pongo a limpiar.
Esto está que brilla, vaya aburrimiento.
Entro a la cocina, cojo el delantal,
voy a la terraza y riego los tiestos.
Sale el alguacil del Ayuntamiento,
la Paca, la Trini, la Julia, el Anselmo,
se encuentran, se ríen, ¡qué arreglados van!
me he vuelto cotilla por la soledad.
Abro la nevera y cojo un pastel.
Me siento muy sola, me quedo pensando.
Me comería otro, me estoy engordando.
Los hijos marcharon, dejaron el nido.
Él me abandonó?, se ha muerto?, SE HA IDO?
Lo examino todo, lo vuelvo a mirar,
llorando día y noche  en mi soldad.
Una buena amiga, un día me contó:
-"Chica, no te apures, tienes solución
mañana, en mi casa, después de almorzar,
con CANAL-SUR-TELE, vas a conectar"
Poco me esperaba lo que presencié:
Fulano, Mengana, Paquita y Daniel,
cuentan sus historias, que vienen a ser,
igual que la mía, derecho y revés.
Cojo el aparato, mi amiga me indica.
-"todo está arreglado, ya tengo mi cita".
¡Mujer atrevida! ¡Vaya sofocón!
 Me tiemblan las piernas, late el corazón.
¿Qué diré a mis hijos, a mi madre, al pueblo?
y vaya usté  a ver qué dice mi yerno.
Todos lo sabrán, mañana no salgo ni a comprar el pan.
¡Peor el remedio que la enfermedad!
Corriendo los días, se me va pasando.
Entre broma y veras, me voy conformando.
¿Limpieza de cutis, me cortaré el pelo?,
ensayo posturas, me miro al espejo.
Tengo que cuidar que tuerzo la boca.
Todos me aconsejan , yo me vuelvo loca.
Y llegado el día, el pueblo se vuelca.
Estoy aturdida, ¡Señor, que vergüenza!
Ya salto a las ondas, y el presentador,
¡Ay, qué hombre tan grande, válgame el Señor!
me vio reflejada en el monitor:
¡Cómo me ha dejado el maquillador!
me han hecho un peinado favorecedor
y sobre la frente me cae un mechón.
Los ojos, la boca, todo muy realzado,
y apenas se nota que la tuerzo a un lado.
También en la imagen se nota muy claro,
el cordón de oro, a plazos comprado.
  pendientes, pulsera, la sortija a juego,
y el reloj moderno de diseño nuevo.
me presenta al público: -"se llama  Leonor",
y  está con nosotros, por si algún señor,
entre los cincuenta y sesenta y dos,
que sea cariñoso y conversador,
que le guste el campo, el viajar, el baile,
que no tenga cargas, ni sea bebedor,
quisiera aceptar su proposición.
Ahora, Juan y Medio, el presentador,
habla de mi infancia, y mi adolescencia.
me pregunta cosas, se mete en materia.
Llegado al casorio, hay mucho que hablar.
-"Cuando conocí  al que fue mi esposo,
la misa, el rosario, hija de María,
ese era mi mundo, lo que conocía.
Yo era una chiquilla, y él casi un mocoso.
Y no lo encontraba nada sospechoso.
Siempre le gustaba la luz apagá.
"Ven por la vereda, que está más cerquita,
quítate el abrigo, te vas a asfixiar
si te doy un beso, no va a pasar ná.
Y dame las manos, las tienes helás,
déjame meterlas en este bolsillo,
y verás que gusto te da el calorcillo.
Y tenía razón, mis manos estaban en congelación.
"Ay, Pepe, ¿qué es esto tan largo que tienes aquí?
Pa que te calientes. Apriétalo así"
Juan se vuelve al público, que ríe gozoso.
pero no es pa tanto, porque en aquel tiempo,
le ha pasao a muchas, lo tengo por cierto.
Después del permiso, que pidió a mi padre,
ya podía mi novio, venir por las tardes
Estaba la abuela, sin pestañear,
sentá en la camilla, no podías ni hablar.
Y me amonestaba antes que viniera:
Cuidao con la enagua, y las manos fuera.
A pesar de eso, el mú aprovechao,
o me daba un beso, o me hacía un morao.
Como era mi abuela la que nos cuidaba,
y se levantaba a la madrugá,
muchísimas veces, daba cabezás.
Un día, que la vimos adormilailla,
corriendo nos fuimos tras de las casillas.
Pepe me arrastraba, yo retrocedía.
Juan y Medio dice, con su picardía:
-"¿Tú no disfrutabas, es que no querías?"
-"Yo estaba asustada, aquello dolía"
Ahora Juan y Medio, consulta a la sala,
lo hace sin palabras, solo con miradas.
En la sala suenan murmullos sin cuento,
que no dejan claro, si blanco, si negro.
-"A los cuatro meses, aquello abultaba,
hubo casamiento, la gente ya hablaba.
Como fue de prisa, no teníamos nada,
gracias que mi suegra nos prestó una cama,
y un cuarto, que hizo, juntando las tablas.
Pero si en la noche te extralimitabas...."
El público, ahora, ríe a carcajadas.
-"Lo que yo soñaba de color de rosa,
se puso muy negro, después de la boda.
Vivir con la suegra y con dos cuñaos,
que aunque yo limpiaba, no tenían cuidao.
porque ya en la puerta, había un empedrao,
por el que a la cuadra, entraba el ganao.
Allí, embarazada, mi paz añoraba.
¡Esto no es aquello con que yo soñaba!.
Pepe era muy bueno. Todavía sumiso.
Con una hipoteca, compramos un piso.
cuando nació el niño, nos fuimos de allí.
Durante algún tiempo me sentí feliz:
mi casa, mi Pepe, solitos al fin.
Y si hay condiciones, el amor florece.
cinco hijos nacieron de Leonor y Pepe.
Papillas. Pañales. Se está resfriando.
Se le cayó un diente. Otro ya está andando.
Por amor a ellos, me fui descuidando,
y cuando acordé, Pepe me engañaba con otra mujer.
Siempre disgustado, se le vio cambiando.
Ya no respetaba que estaba criando.
saliendo y entrando si estaba fregando,
volviendo a acostarse ya de madrugá.
Yo quería dejarlo, me tenía cansá.
mandando, exigiendo, no quería que hablara con la vecindad.
Él no tenía amigos, ni fútbol, ni na,
y con las vecinas, la tenía tomá:
Qué vieja, qué fea, esa está chalá.
Le pega a los niños, que no han hecho ná.
Tendría que dejarlo, pero a estas alturas,
la gente, mi madre, la vecina, el cura.
Y no es eso solo, que está la hipoteca,
que a nadie  le deja levantar cabeza.
Le temía al escándalo, tenía que aguantar.
Y pensé dejarlo para más allá.
Hace quince años, Pepe se me fue
No era buen marido, pero pienso en él,
me siento muy sola al atardecer
Lo que estoy buscando, bien pudiera ser,
de sesenta años, nada de beber,
que no tenga hijos, fumar, un poquito,
mejor que esté sano y tenga buen tipo.
Y no dice más, porque ya el teléfono, empieza a sonar.
Juan y Medio coge el auricular.
-"déjate de nervios, la suerte está echá .
Una voz potente lanza el altavoz:
-"Me llamo Agapito, me gusta Leonor,
esta es la razón porque llamo yo.
Juan y Medio dice: -"pregunta, Leonor".
-"¡Buen día, Agapito" y pienso en silencio:
-"¡Hijo de mi arma, qué nombre te han puesto!"
quisiera saber, tus años, tus gustos y cual es tu pueblo,
tus hijos, tu casa, detalles sin cuento.
Mi casa la tengo junto al mar azul,
ya tengo sesenta, y me gustas tú.
Yo sigo soltero, estoy pa estrenar.
Vivo en mi cortijo, tengo un buen pasar,
dos perros, tres gatos y mucho terreno para cosechar.
Si algo no te gusta, no pases cuidao,
que eso lo cambiamos como está mandao.
Y del asuntillo, del baile y viajar,
pecata minuta, que bailar ya sé.
Y nada de INSERSO, que en Mercedes Benz,
nos desplazaremos si te viene bien.
No bebo, no fumo, mido uno noventa,
y aún con la chaqueta, no llego ni a ochenta.
Leonor le contesta con sonrisa abierta:
-"Pues al parecer, vas que ni pintao.
-¡"Caramba, Agapito, ¡cuánto me has gustao!
Cuando nos veamos, podemos tratar
algún detallillo, cosita de na".
Y es que está pensando, que con ese nombre,
difícil lo tiene para enamorar.
y quizá por eso,  estas alturas está pa estrenar.
Leonor se levanta, y muy natural,
se dirige al público, le hace callar.
-"¡Gracias Juan y Medio, porque eres genial,
dando a los mayores la felicidad!"

Brígida Rivas Ordóñez



sábado, 6 de enero de 2018

La Srta. Chichí

Clide Gremiger

Argentina




−¡Señorita Chichí! ¿Se acuerda de mí?
La anciana miró al almacenero y tuvo deseos de decirle que no, pero el hombre le sonreía con una mirada tan tierna que sólo se atrevió a responder con un gesto amistoso.
−¿Se acuerda lo mal que me portaba? Todavía tengo la marca del punterazo que me dio cuando metí un ratón en el armario. ¿Se acuerda? Mire si ahora hiciera eso. Sabe el lío que se le arma. Las cosas están al revés, ¿vio? Antes a las maestras las respetaban; ahora las tratan como a trapo de piso. Menos mal que usted ya está jubilada... ¿Cuánto le doy de mortadela?
Mientras el hombre, sin dejar de hablar, acomodaba la bocha de fiambre sobre la máquina, la mujer tanteó los billetes en el bolsillo derecho de su abrigo y sintió vergüenza de la miseria representada en esos escasos veinte pesos doblados en cuatro, pero supuso que debía mantener el orgullo de maestra y respondió:
−No pensaba comprar nada, así que salí casi sin dinero.
−¡Por favor, mire si le voy a cobrar a mi querida Señorita Chichí! Porque usted fue la maestra que yo más quise... Con punterazo y todo.
El hombre hablaba y reía, todo junto, con mirada franca y amplia sonrisa. La felicidad del reencuentro con su maestra de segundo grado de la primaria, le brillaba hasta en las mejillas, rosadas como el rostro de un bebé. La barriga se le agitaba debajo del delantal, atado casi a la altura de las axilas. Muchos años habían pasado, pero él recordaba la prolijidad del rodete de la Señorita Chichí. Lejos de ese rodete estaban los cuatro pelos blancos que se notaban lavados y peinados muy de vez en cuando. Pensó en la miseria que cobraban los jubilados y exclamó:
−¡Pero qué tonto! Usted se merece un buen jamón crudo con queso parmesano.
−No, por favor, la mortadela está bien. Me gusta.
−De ninguna manera, acépteme este regalo aunque más no sea por el año que me tuvo que aguantar.
Sin demoras, las manos del almacenero cambiaron la mortadela por el jamón, que cortado en fetas se fue apilando sobre papel transparente. Luego el queso y finalmente una tira de baguette. Ella extendió su billete, pero él se lo volvió a introducir en el raído abrigo gris y la apretó en un prolongado abrazo, mientras colgaba la bolsa en el brazo de la anciana.
La mujer caminó por la calle sin mirar atrás. Si giraba la cabeza por un instante, la culpa la haría volver para decirle que él estaba confundido. Pero cómo explicarle que su vida había transcurrido muy lejos de los libros, simplemente porque ella apenas si sabía leer silabeando... Tal vez podría haber desarmado la confusión, pero en el fondo le hacía mucha ilusión ser la Señorita Chichí de ese buen hombre.
Publicado en
www.clidegremiger.com