viernes, 9 de noviembre de 2018

¿Un hospital es sinónimo de malas noticias?


Jordi Suñé Cortés 

España


Un hospital es sinónimo de malas noticias, siempre que no trabajes en él y con ello le vaya a uno el sustento; que ya son ganas en eso de andar todo el día inmerso en penalidades. Dicen, y lo creo así, que ser médico o enfermero, es vocacional. Y es que no podría ser de otra manera, ellos, ellas – vamos a ser políticamente correctos – son nuestros ángeles de la guarda. Los médicos son como más fríos, más distantes, suelen estar barnizados por una coraza protectora que les da un aire de estar por encima del mal y el bien, como un juego del ratón que te pilla el gato; el ratón es la vida, el gato la muerte. Como si el sufrimiento no fuera con ellos, debe de ser la primera lección en primero de medicina y - como en un curso de escritura creativa que cada dos por tres te recuerdan de buscar, encontrar y poner en su sitio el conflicto - cada tres meses se lo van recordando hasta que se les queda grabado en la mollera; al final, funcionan como una secta, amparados en un léxico incomprensible les sueltan a los pacientes, o familiares, lo que hay, y este no suele ser un plato muy suculento, más bien al contrario, difícil de tragar; como una afilada espina de besugo atravesándote el corazón. Pero hay que ser agradecidos, sin ellos no llegarían tantísimos ancianos - hoy en día - a los noventa, a pesar de que muchos, la mayoría, no se enteran de nada y vivan como cipreses alicaídos en un cementerio. Dicho esto, si se les pregunta, los que están en sus cabales, si desean traspasar – a mejor vida -, te contestan:- a mí que me esperen, y los herederos a esperar también, que en el mejor de los casos acaban recibiéndola cuando están cerca de estirar la pata. ¿Y quiénes se acaban beneficiando?: los nietos, esos egoístas engreídos sabe lo todo que acaban dilapidando la fortuna familiar sin pensar en sus –si los tienen, porque esta es otra – hijos, o mejor dicho, en sus nietos.
Los, las – seamos correctos – enfermeras, enfermeros, esas cándidas criaturas – algunas cándidas matronas - que pululan todo el día entre pasillos y habitaciones, son las que les toca lidiar con la más fea, y no hablo en el sentido literal de la palabra fea, que de feos y feas hay en todas partes, sino que son los que, aparte de atender a los enfermos en todas sus necesidades, te dan toda clase de explicaciones entendibles, te animan cuando estás de bajón, te escuchan, te dan cariño, en definitiva, aunque en sus vidas privadas puedan estar viviendo un infierno, no suelen transmitirlo. Aún recuerdo cuando ingresaron a mi abuelo, tenía setenta y seis años, lo recuerdo bien pues se murió, y eso marca, una enfermera alta y gruesa pero con una sonrisa en sus labios angelical, supo darle confort y amor hasta el final; mi abuelo me decía, el muy cachondo, que si me había fijado en sus peras, lo que haría él con tanta carne, y es que los de esa época les gustaban las pechugonas, y cada día, cuando cambiaban el turno las enfermeras, ella iba a despedirse de él, y el abuelo le pedía un besito, al estar tumbado en la cama, ella se agachaba para dárselo, y él, sin pudor alguno, aprovechaba a sobarle las tetas y ella decía:
- Pobrecito, es tan dulce.
Si supiera la pobre la historia del abuelo, igual le escupiría en la boca. Y no solo a él, sino a nosotros también, y eso que, cerca del final del abuelo me enteré por otra compañera suya, que su marido, un hombre joven y fuerte, bombero, para más señas, y todos tenemos la idea estereotipada de un bombero - verdad señoras, gays o bisex, seamos correctos de nuevo - era un enfermo terminal de cáncer de páncreas. Jamás notamos su aflicción.  Su humanidad era más grandota que su estampa.
Hace un tiempo que me ingresaron en ese hospital. Esta vez, me ha tocado a mí. Pregunté por ella, pero no supe dar los datos suficientes para que intuyeran de quién se trataba. Es normal, han pasado muchos años. Yo, por entonces era un pipiolo de veinte y seis años, han pasado treinta, en el mejor de los casos estará jubilada.
Pues bien, mi esposa se empeñó que fuera a urgencias. Ya ven, me cansaba, como si uno a los cincuenta y seis no le empezaran a pesar los años. Que no, Pepe, que no es normal que por subir dos pisos resoples como un hipopótamo embarazado. Y digo yo, ¿acaso sabe ella cómo resoplan los hipopótamos embarazados?, y si eso fuera posible, serán hipopótamas, digo yo. Y es que es tan cariñosa la pobre. Aunque, a decir verdad, yo también estaba preocupado, pero uno, con tal que no le digan que tiene algo malo, esconde lo que sea, y más si uno es autónomo, porque yo me temía, algo de pulmón - o así -; tantos años de tabaquismo tiene sus cosas. Así que, para demostrarle que estaba como un toro, me apunté a un campeonato de ping pong en el hotel en el que estábamos disfrutando de las vacaciones estivales. Gané con facilidad a mi primer rival, era una lagartija adolescente con patas. La segunda me costó más, la chica con la que jugué sabía lo que se hacía. Noté que cada vez que me agachaba a recoger la pelota me faltaba el aire, sin casi poder respirar acabé ganando la partida como pude. Mi esposa, y mis suegros ahí presentes, me dijeron que estaba muy blanco, que si me encontraba bien. Les dije que era cosa de la digestión, que no se preocuparan. Pero a la tercera ronda, en las semis, ante un tipo de origen asiático, vaya a saber de dónde, todos se parecen, me estaba dando caña, y yo eso no podía permitírmelo. De modo que puse todos mis buenos oficios de juventud en ganarle. Pero cada vez me faltaba más el aire, prácticamente no podía respirar, me asfixiaba, hasta que me desmayé. Sí, perdí el conocimiento, y claro, me atendió un médico del hotel y dijo que no lo tenía claro, que él veía humo pero no el fuego, de modo que me enviaron a un hospital. Y como vivimos cerca de un hospital de referencia, me trasladaron a ese, o sea, al del abuelo, en ambulancia.
Y se suicidó.
En urgencias me atendieron rápido, solo estuve tumbado en una camilla en medio de un pasillo, con corrientes de aire, dos horas junto a otros ancianos – parece ser que en agosto solo quedan viejos en la ciudad; pero podía haber sido peor de no ser agosto. Bueno, también había un delincuente que soltaba un sinfín de improperios, se había auto lesionado. Pasado ese tiempo me hicieron todo tipo de pruebas. Y a esperar en un box separado por unas cortinas de nailon de otros pacientes. El del lado derecho era un cachondo: alcohólico, porrista, pendenciero, y a saber, pero al menos tenía su gracia al contar sus cincuenta años de vida. Se empeñaba en hacerles creer a los que lo atendían que estaba limpio, que hacía una semana que no había probado el alcohol ni que se metía nada. Al parecer, era un viejo conocido ahí y en su barrio, no obstante, no daba la impresión de ser peligroso. Me pidió un cigarrillo, le dije si iba a fumar, me dijo que no, era para hacerse un porro así que saliera. Según me comentó, lo encontraron tirado en medio de la calle, y añadió, no me extraña, cogí un pedo con la Dolores; a saber quién era esa, pero me hablaba de ella como si hubiera de conocerla de toda la vida. Luego se meó encima y ya fue la leche. Lo que tienen que aguantar las enfermeras jóvenes, porque en agosto son las únicas que hacen turnos, según parece. Y he dicho enfermeras, si, enfermeras, porque todo eran chicas, ningún varón, y dicho sea de paso, a cual más guapa. El abuelo tenía razón, no se estaba tan mal en un hospital.
Al fin pasó por mi cortinaje una médico y la muy jodida me dio un susto de muerte: tenemos que hacerle un TAC de contraste en los pulmones, según las radiologías hay una manchas que no nos hacen ninguna gracia. ¡Menuda gracia me hizo!, cáncer, ya está, pues no hagan nada, déjenme morir en casa con los míos, pensé; total, para los que se salvan. Pero no, lo que me aquejaba era un TEC, o TEP, o PEC, no sé, algo así. Vaya, un coágulo, o varios, en el pulmón que obstruía el flujo sanguíneo. ¡Coño, me hubiera podido morir!, a Bod Dylan le dio uno en una gira y casi la palma, me dijeron. ¡Qué alegría! Pero tranquilo, con anticoagulantes me iba a reponer, suerte que no dijeron reparar como un cacharro viejo. Me pincharon la tripa como un colador amoratado, pero me curé, ya ven, las jodidas farmacéuticas y los avances tecnológicos me salvaron la vida. Aunque eso fue después.
Y se suicidó.
Me llevaron a cuidados intensivos. Era de noche ya. Vino una andaluza de negruzcos ojos penetrantes a ponerme un par de vías. Le acompañaba un tipo que nunca había estado en una UCI y no sabía dónde estaba nada.  La andaluza, joven y hermosa, inició una torpe introducción de agujas por los brazos que hubo de durar casi dos horas. El suelo daba la impresión de  que hubieran matado a un cerdo. La masacre fue de escándalo. Pero su belleza se lo perdonaba todo, hubiera aguantado estoicamente dos horas más. Cuando acabó, me dijo que haría pasar a mi esposa un momento y, así, se pudiera ir a descansar tranquila. La pobre entró desencajada. Lloró por mí, supongo, yo, la verdad, estaba tranquilo, después de todo y el susto, ya nada me importaba. Somos de fácil contentar algunos, no todos. A todo esto, no había meado.
Y se suicidó.
Serían las cuatro de la madrugada, cuando acaba de coger el sueño – mira que se duerme mal el primer día en cama ajena - entró una tipa, más o menos de mi misma edad, con unas planchas metálicas, y el tipo que no se enteraba. Vengo a hacerle una radiografía para ver si la vía ha quedado bien puesta, me dijo mecánicamente la señora. El tipo me preguntó si había orinado, y me dio una pera y que lo hiciera cuando la radióloga acabara conmigo; tampoco pensaba hacerlo estando ella presente. Pronto, me dejaron solo, bueno, es un decir, en una UCI nunca te sientes solo.  Nunca pensé que mear tumbado fuera tan costoso. Tenía muchas ganas, pero no me salía ni una gota, hasta que el cansancio pudo conmigo y me dormí de nuevo. En pleno babeo, volvió a entrar el tipo. Si no mea, tendremos que sondarle. ¡Qué me dice!, lo que me faltaba. Así que me apliqué en ello, sin resultado satisfactorio. Al poco tiempo, ¿cómo va eso? Nada, pues tendremos que sondarle. Al cabo de un rato, la enfermera andaluza, vengo a tomarle la presión, por cierto ha meado. ¡No, y sé que debería si algo queda de mi dignidad, debería! Pero nada. Abrumado, vi pasar al tipo y lo llamé para que me encendiera el grifo del agua; a ver si con el ruidito me salía. Pero ni esas. Y en esas estaba, cuando de repente me dije, la radióloga la conozco de algo, no sé de qué, pero seguro que la conozco. Era bella, a pesar de la bata blanca y su pelo canoso. Su cara resultaba ser agradable, a pesar de la edad. Y es que uno no se mira con los mismos ojos que hacia los demás. Y no lograba mear ahí tumbado, por no decir la falta de intimidad. Tras un tiempo indeterminado, se acercó la radióloga para hacerle una placa al anciano de mi lado, el pobre parecía muerto, pero no, se despertó – lo despertaron – y se removió en su cama. La radióloga lo llamó por su nombre y lo trató con mucho cariño, como si de su abuelo se tratara. Será por esto, cuando finalizó su tarea, la llamé y le expliqué mi acuciante problema. Tenía la tripa hinchada y mucho dolor en la vejiga, ¡necesitaba mear a toda costa!, y me preocupaba la amenaza de la sonda.  La radióloga hizo una mueca graciosa, no sabría decir si de mofa o de comprensión. Ahora vengo, me dijo. Me temí lo peor, vendrá con el enterado y me sondará, ¡y hará un estropicio!, no quería ni pensarlo, de modo que seguí intentándolo. Al momento volvió ella sola, ¡uf!, con un vaso de plástico. Lo llenó de agua, me desenchufó de las máquinas, cerró las cortinas, de no ser por la situación, la cosa pintaba bien. Póngase de pie e inténtelo de nuevo, si no puede, mójese la punta con el agua, a ver si con el frío…, en diez minutos vuelvo. ¡Qué sean quince!, le imploré, o al menos lo pensé. Rápido y veloz me incorporé, mojé mi cosa en el agua fría e introduje la cosita - porque en situaciones así es una pena de cosa - en la pera. Hube de repetir la operación tres veces, pero al fin meé, ¡al fin meé! No habrían de pasar ni cinco minutos entró el tipo con una sonda - que parecía una serpiente albina - amenazándome, y yo, con total satisfacción le di la pera llena a rebosar, amarillo subido y calentita, vaya, en su punto. Y me dejaron tranquilo un rato más.
Y se suicidó.
Cerca de las ocho de la mañana, pasó de retirada por el pasillo, delante de mí, la radióloga, me miró y sonrió, qué sonrisa tan bella la jodida. ¿De qué la conozco? Empecé hacer un esfuerzo mental, tampoco tenía más que hacer, y justo cuando vino a visitarme mi esposa localicé en mi memoria a la radióloga muchos años más joven. ¡Las pecas, las pecas la han delatado! Mi esposa me dijo que me notaba distante, yo le dije que estaba cansado. Nos hicimos preguntas de rigor hasta que hubo de abandonar la sala, la hora de visita había terminado. Un besito y hasta luego Lucas. Me quedé pensando en la radióloga, si era ella, si se tiñera el pelo, se pintara y vestida de calle, aún resultaba estar buena. Por lo escaso que pude apreciar, seguía guardando su figura y sus labios y su sonrisa era igual de hermosa.

Tenía quince años, mis congéneres tenían una parada de fruta en el marcado. Los sábados no dábamos a basto. Así que me hacían trabajar los sábados por la mañana - muy a pesar del fútbol, conmigo se perdió al Messi de los ochenta -  reponiendo fruta, o lo que se terciara. Y ahí aparece la radióloga, entonces no, claro. Era la nieta de una buena clienta, de esas de toda la vida, estará muerta, supongo, por edad, debería. Parecía mayor que yo, como dos o tres años, al menos tal como se arreglaba. Llevaba los labios pintados de rojo y rímel en los ojos.  La nariz y las mejillas estaban salpicadas por unas graciosas pecas que le daban un aire seductor. Creo que fue - y la única - pelirroja que se había cruzado en mi camino hasta entonces. Vestía, pues va ser que no, de eso no me acuerdo, imagino que como una adolescente de mediados de los años setenta. Al llegar, se mostraba recatada y vergonzosa, solía mirar al suelo o hacer la despistada mientras se mordía el labio inferior. Sin embargo, como si de un juego estudiado se tratara, con el beneplácito de la abuela, esta le comentaba, como el que no quiere la cosa:
- Mira Elenita, hoy está Lucas – ese soy yo - dile algo, y entonces Elenita levantaba la cabeza del suelo, fijaba sus potentes y, a mi entender, hermosos ojos sobre los míos y a mí me subía un sudor frío, que pa qué. Me sonrojaba y acababa apartando la vista de ella. He de decir, que sus ojos siguen siendo preciosos, a pesar de que no soy capaz de recordar su color. Y luego la abuela: - ¡Qué guapo es tú hijo, Flor!, y yo sin saber dónde meterme, y Flor - mi madre -, toda orgullosa:- ¡Guapo y buen nene!, y yo deseando que se fueran. Me gustaba, y mucho, Elena, pero me ponía muy nervioso, algo inaudito hasta entonces. Me temblaban las manos, se me caían las cosas, y ella, por lo bajini se reía de mí. Daba la impresión de ser una chica de esas que solo le iba el bailoteo y los pañuelitos, sin embargo, deseaba entablar una conversación con ella, pero cómo si éramos el centro de todas las miradas. Y así, sábado tras sábado. Nunca nos cruzamos ni una palabra pero sus miradas cada vez eran más pícaras y descaradas, así como los comentarios en voz alta de la abuela. Yo, antes de ir al mercado, buscaba en mi ajuar lo que creía que me sentaba mejor. Me engominaba el tupé, típico de la época, y me afeitaba los cuatro pelos de la varaba con sumo esmero. Sin embargo, seguía sin suceder nada. Hasta que un día fui a escuchar música a casa de un amigo tras ir al centro a comprarnos un LP. Mi amigo tenía una hermana dos años menor, cuando, de repente, apareció en la habitación de mi amigo y me suelta a bocajarro:
- Recuerdos de Elena.
- Elena, ¿qué Elena?, le pregunté.
- La que cada sábado va a comprar a tu parada del mercado.
Entonces caí de qué Elena se trataba. Me ruboricé una cosa mala, y con una sonrisa socarrona se fue tal como había entrado. Cómo entenderán, hube de indagar, ¿de qué conoce tu hermana a esa Elena?, del cole, van a la misma clase, pero si  Anna – la hermana – es más pequeña, le dije, son compañeras de clase y se llevan muy bien, a veces viene por aquí, me dijo, y la verdad que es una caña, añadió, y si no fuera amiga de la estúpida de mi hermana me la intentaría ligar, prosiguió. ¿Te gusta?, me preguntó. Muchísimo, pero cada vez que viene  al mercado lo paso fatal, le dije, me mira concupiscencia, lo hace adrede para ponerme nervioso, pero creo que le gusto, añadí.
Pasaron unas semanas, no podía sacarme a Elena de la cabeza, y más, viéndola cada semana.  Mis notas, que ya de por sí malas, empeoraron. Un día, un profe me tiró una tiza a la cabeza diciéndome algo así:- Casadesús, ¿está dormido o enamorado? Si supiera él, ¿o realmente lo sabía?, ¿tanto se notaba el efecto hechizador de Elena sobre mí? No podía continuar así, debía inventarme algo para poder charlar con Elena a solas. Pasé por su colegio a la salida varios días, pero siempre solía ir acompañada de otras chicas, por vergüenza nunca me acerqué a ella. Y aún peor, cuando la veía con esa falda tableada tipo escocesa y esa blusa negra ajustada, me ponía enfermo. Fantaseé en que me casaba - y otras cosas - con ella, y que teníamos hijos, incluso de cómo se llamarían. Tres, esa era la cifra ideal, dos niños y una niña. Elena la niña y Juan y Carlos los niños, e íbamos a la playa en verano y éramos la envidia todos. También, le enseñaría a esquiar, si no sabía, y la llevaría al Barça, por qué sería del Barça, ¿verdad?, menudo palo si no lo fuera. Sin embargo, pasaba el tiempo y mis sueños no se hacían realidad, hasta que un día a mi amigo se le ocurrió una estrategia: preguntarle a su hermana la dirección y mandarle una carta, y así lo hicimos, mi amigo me ayudó redactarla. Decía más o menos así:
Querida, o amada, no recuerdo bien, Elena:
Supongo que estarás sorprendida de recibir esta carta.
Me gustas mucho y estoy profundamente enamorado de ti. Me gusta tu sonrisa, me gustan tus ojos, me encanta tu exótico pelo rojo, eres preciosa y no puedo vivir sin ti. Cada segundo de mi vida estás en mis pensamientos. Sueño contigo. Creo que haríamos una buena pareja.
Así que, ante mi desespero por hablar contigo y no poderlo hacer, quiero que podamos quedar un día a merendar. No sé, un viernes o un sábado sería lo ideal, por la tarde, eso sí. Aunque si no puedes esos días no tendría ningún inconveniente en quedar el día que a ti te vaya bien. Si quieres me contestas con otra carta o me llamas a casa al mediodía que no hay nadie hasta las tres. Mi teléfono es 224 60 80.
Esperando con ansiedad tu respuesta,
Juan Carlos Casadesús                             I love you!!!           
                                                                    Kiss you!!!
PD: ¡Ah!, y no digas nada de esto a tu abuela ni a Anna. Besos
Y su madre se suicidó y jamás me contestó. Su padre y ella se cambiaron de ciudad.

La noche siguiente volvió Elena con su hermosa sonrisa en los labios  para hacerle otra radiografía al anciano. La miré de soslayo, ella apenas reparó en mí, pero me gustó cómo trataba al anciano y tal cómo le hablaba; con cariño y paciencia y, en especial, con bondad, mucha bondad y ternura. Me vino a la memoria mi abuelo, y le entendí. Durante el transcurso de la vida a uno le gusta que lo traten bien, que la gente le respete, que sean cariñosos con nosotros – aunque, a veces, nosotros no lo seamos tanto como lo desearíamos, las barreras, los prejuicios -, pero en nuestro último suspiro, todo esto se debe valorar mucho más. Es probable que sea injusto en pensar que el abuelo solo valoraba el hecho de tocarle las tetas, posiblemente haya sido afecto lo que sentía y lo transmitía en esa manera tan suya. Elena se mostraba de esa clase de facultativas que, a pesar de la adversidad, te hace sentirte bien. Sin quererlo, los observé, la miré, esta vez sin reparos. Sus dedos eran largos y gráciles, como si flotaran a través de la espalda del anciano, y su melodiosa y suave voz transmitía esperanza, cuando menos, tranquilidad. Por un momento, pensé en esa niña – un poco tonta de trece años – que tanto me había embelesado, y pensé: quizás hubiera sido mi gran amor. Una vez oí que el amor solo se presenta una vez, lo demás son sucedáneos en pos de ese amor perdido. Y, ¿por qué no ha de surgir cuando uno ya está cercano a la tercera fase? Yo estoy bien con mi esposa, es una gran mujer, nos hemos dado grandes momentos de felicidad, pero al ver de nuevo - mira que han pasado años - a Elena algo se me ha removido por dentro. De repente, pensé de en cómo le había ido, qué fueron de ellos tras la trágica muerte de su madre. ¿Dónde estudió?, ¿se habrá casado? ¿Seguirá casada? ¿Tendrá hijos? Y lo que más me importaba en esos momentos: ¿se acordará de mí? Es curioso, con los años uno solo recuerda imágenes difusas, ni tan siquiera la voz, era tan joven entonces que la habrá cambiado, como yo. Sin embargo, esas pecas, esos ojos, esa sonrisa a medio camino entre dulce y maliciosa, mejor dicho: picarona. ¡Uf!, no sabría decir si estaba delirando, debía ser el lugar que impone.
Mientras estaba a lo suyo, me armé de valor y le agradecí lo de esa mañana. Me contestó que no tenía la menor importancia, que cada vez que ingresaba a su padre le pasaba lo mismo, así que…Y se calló para seguir atendiendo al anciano.
Tras darle mil vueltas por la cabeza, nunca he sido muy lanzado, me atreví a preguntarle:
- ¿Por cierto, no te llamarás Elena, por casualidad? Y mi corazón se aceleró por la emoción del reencuentro. El deseo de un sí me hizo esbozar una sonrisa cómplice. Pero pareció no haberme oído, así que le volví a formular la pregunta con un tono más alto pero a la vez con más énfasis, con más entusiasmo.
-¿Perdona, no te llamarás Elena, por casualidad?
Me miró un poco contrariada. Luego, se sonrió.
-Buen intento, aunque mi nombre empiece por e, no es Elena, me llamo Eva.
Y se acabó la fiesta.

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3 comentarios:

  1. ¡Excelente Jordi! Con la cuota de humor tan típica española, —e infiero catalana por lo de Messi y el Barça—, y un gran conocimiento de los detalles de la vida en un hospital. ¡Mis felicitaciones!
    (Un connacional de Messi)

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  2. Eres extraordinario en elmanejo del humor Jordi! Además el ritmo que no decae en ningún momento! Felicitaciones. Abrazo

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  3. Jordi
    Ameno, muy ameno tu relato. Nada de final feliz. Inesperado, que es lo importante. Aunque algo incómodo, terminé conformándome. Hubiera querido que fuese Elena. Pero entiendo que tenías que darle término y escogiste uno amargo; al menos para mí.
    Me pasé un rato de lo más agradable leyéndote.
    Abrazo
    Alejandro

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