Paul Fernando Morillo
Estados Unidos
Esta tarde cuando morí, tuve la urgencia de salir a la calle mayor del pueblo y tomar un taxi con rumbo desconocido. El taxista no me preguntó hacia dónde me dirigía, me dijo, hacia allá vamos, conocía muy bien el camino y después de pasar por delante del cementerio viró hacia la derecha en la calle de las ánimas. Espero que viaje ligero, acotó, con una sonrisa de bienvenida. Le dije que sólo llevo lo que traigo encima y es mi alma nada más. En broma añadí que no llevo sobrepeso. El me miró comprensivamente, total se muere una sola vez, así que no hay forma de repetirlo y aprender sobre la experiencia. Había en el asiento del taxi un manual de física y en la primera página la célebre ecuación de Albert Einstein E=mc^2 con una breve explicación sobre la misma. Cuando un objeto se acerca a la velocidad de la luz su masa se incrementa, y la energía incrementa. A la velocidad de la luz la masa se vuelve infinita. Cuando acabé de leer la última frase miré como el velocímetro aumentaba la velocidad hasta llegar a los 299792458 metros sobre segundo, miré la masa de mi alma tornarse blanca azulada, una música de campanas nos zambullía en una frenética velocidad hacia el infinito, la masa de cuerpo espectral de mi alma se tornó infinita igual al sitio infinito donde llegamos, después no supe más ni me importó.

Nos asomamos a esta ventana desde diferentes regiones de habla hispana para compartir nuestros microrrrelatos y cuentos. A nuestro universo de letras impacientes, en rompecabezas de historias creadas en geografías y culturas distintas, los une la misma emoción, el mismo deseo de llegar a los lectores de este cosmos que traspone todas las vallas de tiempo y espacio. Los invitamos a seguirnos y a expresar sus sugerencias ¡Bienvenidos!
viernes, 24 de abril de 2015
sábado, 11 de abril de 2015
EL PINTOR DE PAREDES.
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Elvirita Hoyos Campillo
Colombia
Llegó, con su escalera,
antes de la hora normal de trabajo, esto es, mucho antes de la nueve de la
mañana.
— ¿Tan temprano por aquí?
— Para mí, respondió, es casi medio día.
— ¿le provoca un desayuno?
— Gracias, yo ya vengo listo. Si quiere deme solo un tinto con bastante
azúcar, para endulzar la vida.
Cambio sus ropas y
enseguida arremetió con el trabajo de una pared larga y alta, lijándola, para luego
estucar aquellas partes que lo necesitaba, subido en una escalera rustica, que
llegaba al techo, de la cual bajaba y subía constantemente con la agilidad y
vigor de un joven, sin embargo tenía algo más de cincuenta años.
— Aquí tiene su café —le dije.
— Póngamelo allí niña — me indicó, señalándome el sitio.
Enseguida comenzó a silbar una tonada. Mientras yo jugaba con mi mascota.
Al rato, cuando sospeché que su café había pasado de caliente a frio, le
pregunté:
— Su café se enfrió, le gusta asi o ¿Quiere que se lo caliente?
— Bueno. Gracias.
— ¿Le gusta silbar?
— Sólo cuando me baño y cuando trabajo. Silbar me da ánimos.
— El café va a enfriársele de nuevo.
Se bajó de la escalera, tomó la taza, y dándome la espalda, se asomó por
el ventanal a mirar la calle. Luego se dio vueltas y me miró directamente a la
cara.
— Lindo perrito. A mí también me gustan los animales.
— ¿Si?, pensando que tenía perros pregunte — ¿Que raza tienes?
— Yo crio cerdos. —Expresó, mientras me extendía la taza. —Gracias.
— No sabía, —dije— que se podía criar cerdos en la ciudad. ¿En qué
barrio vives?
— En Arjona.
— Pero, Arjona es un pueblo, lejos. Quizás duermes en la ciudad cuando
trabajas, y te vas al pueblo, los fines de semana.
— No, me voy y vengo todos los días.
— Ah, y ¿Cuánto tiempo te gastas de viaje?
— Tres horas y a veces
más, porque de aquí, cojo un bus hasta la terminal de trasportes, allí cojo el
bus para Arjona, cuando llego al pueblo, camino pa ya, uuuhhhh bastante, mi
rancho está fuera del pueblo. Eso, por allá es muy bonito y tranquilo.
— ¿Siete horas entre venida
y regreso diario, no es aburrido?— ¿En qué momento, atiendes a tus cerdos?
— Apenas me levanto, es lo
primero que hago, les hablo y les doy su comida, luego me baño, desayuno y me
vengo a trabajar.
—Bueno,— le dije —siete
horas sentado en el bus, y ocho durmiendo, pasas la vida chévere. ¿Ves Tv?
—No, niña. Dónde vivo, no
llega la energía eléctrica.
Lo dejé trabajar. Y fui a arreglarme y a poner en orden mi
habitación. Dos horas después, de nuevo vine a ver cómo iban las cosas.
— ¡Maravilloso! Exclame. —Vas
pintando con el mismo amor con que crias a tus cerdos. Cuéntame de ellos,
mientras preparo otro café, ¿Quieres?
—Sí, niña, me gusta hablar
de ellos.
Asi, entre sorbo y sorbo
de café, me fue contando que todos en su casa se acostaban temprano y se
levantaban a las dos y media de la mañana, su mujer preparaba de desayuno, lo
que en la ciudad seria la comida del medio día; que la cocina estaba fuera de
la casa en un bohío grande y rectangular, con techo de paja, donde tenían un
fogón hecho con piedras, la mesa dónde comían y en los postes que sostenían el
techo, colgaban las hamacas para descansar y a veces dormir.
— ¿no tienes casa de
bahareque?
— Si señora, en la casa
duermen mis hijos y mi mama, está la sala y hay un baño, como los suyos que yo
hice. Tengo mi cuarto con mi esposa, pero a veces duermo en el bohío de la
cocina.
— Y por allá, ¿no está
metida la guerrilla?
— No, —explicó— ellos
andan por otro lado. Eso por allí es tranquilo. En el pueblo, es dónde las
pandillas se están matando unas con otras.
Me siguió contando que
tenía tres cerdos grandes y a veces cinco o seis, que él compraba a buen
precio, los criaba, les sacaba crias y los llevaba a vender al matadero obteniendo asi, una ganancia tres veces mayor
que el precio que había pagado al comprarlos.
Mientras él me contaba de
sus cosas, yo pensaba que él vivía como muchos de la ciudad querríamos vivir,
sintiendo esa gran paz que trasmite la naturaleza, dentro de un silencio
extraño, donde abundan los sonidos de los pajaritos y las ranas, los grillos,
las luciérnagas. Tener una casita sencilla dentro de un hermoso paisaje con
grandes árboles que proyectan sobre uno, la más deliciosa sombra, refrescando
el ambiente, con gallinitas dispersas correteando el patio, comiendo maíz, con
muchísimos perritos y rodeada de flores multicolores. Entonces le pregunté, si
por allí era fácil conseguir para comprar media hectárea de tierra para mí. Y
respondió que no sabía.
Fue cuando me habló de los
cerdos, y el cariño que sentía por ellos…
—Los quiero,— expuso —asi
como usted, quiere a su perrito.
Entonces, yo acaricie mi
perrys, que se llama Tilin, lo cargué, lo apreté suavecito contra mi pecho y le
di un beso en su cabecita; brotaron mis lágrimas al pensar en su muerte, que a
Dios gracias, estaba lejos por sus expectativas de vida, que ojalá coincidiera
con la mía, para irnos juntos. Sin entender cómo se puede amar un animalito, al
tiempo que se le piensa llevar al matadero.
Nunca más comería cerdo.
AGGGGGG
Mirando a Tilin moviendo
su colita de alegría, sin sospechar la enorme contradicción de los humanos y su
eterna paradoja, le dije, ven vámonos de paseo, no temas que yo jamás te
llevaría al matadero, y dejé tranquilo al pintor continuar su trabajo.
sábado, 4 de abril de 2015
El Extranjero
-->JAIME ALDANAPERU
El hombre debía tener unos cuarenta
años. Era de contextura gruesa, aunque no se podría decir que era gordo. Sus
facciones eran bien definidas, y no era demasiado alto. Su cabello negro y
ensortijado caía sobre sus hombros. Vestía muy elegante, y pese a ser apuesto
siempre llegaba solo a un bar de la calle Maipú, en Buenos Aires.
Un viernes de mayo del 2005 ––el
último día que se le vio––, llegó como de costumbre a las diez de la noche y se
sentó a la mesa que tenían dispuesta para él en el mezzanine, como un acuerdo
tácito. Desde ese lugar podía observar casi todo el local, sobre todo la
entrada, a la que se enfocaba como si estuviera esperando a alguien que nunca
llegaba.
Pidió la usual botella de whiskey y
la pagó de inmediato y en efectivo.
Las chicas que se ocupaban de atender
a los clientes se disputaban su atención y compañía, debido a la jugosa propina
que dejaba. Como nunca les había dicho su nombre, se referían a él con el
apelativo de, el extranjero, porque
su dejo era de algún lugar del Caribe.
En el primer piso, un señor de unos
sesenta años que se encontraba solo también, tarareaba en voz alta las
canciones e intentaba cantar, pero había bebido demasiado para que se le
entendiera palabra alguna.
Cerca de las once de la noche el
hombre del primer piso comenzó a pedir a gritos que le sirvieran otra copa de
licor, pero por más que buscó en los bolsillos no encontró el dinero para
pagar. Como no lo atendían, palmoteó la mesa atrayendo la atención de dos
corpulentos agentes de seguridad del local quienes, sin mediar palabra, lo
agarraron de los brazos para sacarlo, y lo arrastraron mientras le propinaban
codazos y patadas. Cuando estaban por salir, uno de los agentes le dio un golpe
en la cara que lo hizo sangrar.
Terminaron por botarlo a la calle como si fuera un trapo viejo, y regresaron
sonriendo, satisfechos de haber hecho su trabajo.
Desde el mezzanine, eran observados
por el extranjero, cuya tez se había
tornado pálida, ante lo que consideraba un abuso.
Cuando los agentes de seguridad se
disponían a continuar con su labor de vigilancia, escucharon un grito que
provenía del mezzanine:
––¡Hey! ¡Muy valientes!, ¿no? ¡Par de
payasos abusivos! ––era el extranjero.
Los dos hombres se quedaron mirando al hombre que se atrevía a ofenderlos, pero
antes de que pudieran reaccionar escucharon algo que les encendió el orgullo:
––¡A ver si son capaces de sacarme a
mí también!
Sin pensarlo dos veces dieron grandes
zancadas y comenzaron a subir por las escaleras, en pos del individuo que se
había atrevido a retarlos.
Permanecía impasible ante
las miradas angustiosas de las mujeres que no querían que nadie saliera herido,
menos aquel hombre que se aparecía los viernes para tomar algunos vasos de
whiskey.
Apenas llegaron, fueron recibidos a
golpes por el extranjero, pero pronto
pudieron agarrarlo. Sin pensar en las consecuencias de sus actos lo tiraron
escaleras abajo y se dispusieron a darle una golpiza que recordaría toda su
vida.
Mientras rodaba, el hombre se llevó
instintivamente la mano a la cintura. Cayó de espaldas, pero para sorpresa de
todos en sus manos sostenía un revolver.
Los hombres de seguridad se quedaron
estáticos, y no pudieron escapar a las balas que destrozaron sus cuerpos.
El extranjero se levantó lentamente, caminó en dirección a
la salida, y desapareció sin dejar rastro.
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