Nos asomamos a esta ventana desde diferentes regiones de habla hispana para compartir nuestros microrrrelatos y cuentos. A nuestro universo de letras impacientes, en rompecabezas de historias creadas en geografías y culturas distintas, los une la misma emoción, el mismo deseo de llegar a los lectores de este cosmos que traspone todas las vallas de tiempo y espacio. Los invitamos a seguirnos y a expresar sus sugerencias ¡Bienvenidos!
viernes, 9 de julio de 2021
Llegaste tarde
miércoles, 21 de abril de 2021
La otra Cara Otra publicación de Layda Melián
miércoles, 17 de febrero de 2021
De más a solo dos
viernes, 4 de diciembre de 2020
Los Capas Rojas
Elvirita Hoyos
Cartagena, Colombia
En mi barrio la situación se había vuelto apremiante. Había “toque de queda” Quiéranlo o no, el gobierno local había resuelto vacunarnos a todos. Esta mañana le correspondía a mi calle. Entrarían a cada una de nuestras casas, y yo no quería. No se trataba de miedo, más bien era una cuestión de pálpito. Tantos mensajes sobre el tema, todos contradictorios, me tenían confusa. Incluso Jaime me escribió un whatsaap alarmado: imaginate vos, la vacuna ¡modificará a quien se la ponga!
El comité sanitario se acercaba mientras yo pensaba qué hacer. En esas me hallaba, cuando sonó el timbre de la puerta, una voz de tenor ordenó, dentro de mi cabeza, ¡Huye! Como un resorte me levanté del sillón y mientras les abrían la puerta, corrí hacia el fondo del patio y brinqué la reja, seguí corriendo desesperada a la casa de Paula, pero, ya ella y Alejandro venían a mí encuentro en el jeep descapotable. Subí y, en silencio, Paula retrocedió hasta la esquina para coger otra vía a la máxima velocidad posible. Atrás quedaban mis padres, hermanos, mascota, vecinos, mis seres y objetos más preciados. El dolor de abandonar mi hogar traspasaba mi pecho. Apenas había tenido tiempo para coger el celular y el cargador. En el bolsillo llevaba un poco de dinero. No fue hasta que un rayo de sol hirió mis ojos que me di cuenta que había dejado las gafas sobre el nochero.
Los tres guardábamos silencio mientras Paula conducía a toda velocidad para alejarnos más y más de la ciudad. De pronto dio un giro inesperado y sin amainar celeridad siguió, dando tumbos por un camino de tierra.
— Hacia dónde vamos, grité.
— A la escuela…
—Pero estamos de vacaciones, gritó Alejandro.
—Por eso mismo, respondió a gritos Paula —porque está cerrada, a nadie se le ocurrirá buscarnos allí para clavarnos esa maldita cosa.
Entonces vimos caminando hacia nosotros unas personas vestidas de color rojo.
—Miren, allí están nuestros cuasi hermanos, dijo disminuyendo la velocidad.
— ¿Quiénes? Pregunté sorprendida.
— Silvia y Jaime.
— ¿Qué es eso de cuasi? O son, o no son. A nadie puedes partirlo por la mitad, gritó Alejandro.
—Recuerden compañeros, que somos un grupo latinoamericano, aclaró, de diferentes países pero nos une un mismo ideal: escribir cuentos para leernos. En ello encontramos la felicidad y el ser uno, agregué.
—Bajemos para vestir nuestro distintivo: la capa roja. Toma, yo te traje la tuya, dijo Silvia.
—Hola. ¿Oyeron las últimas noticias mundiales?, preguntó Jaime
—Cuéntanos, le dije.
—No sé si creerla o no, respondió Jaime. —de todas formas, ya nada de lo que ocurra en este mundo me toma por sorpresa—. Dijeron que en Australia, los que se pusieron la vacuna, a los tres días empezaron a caminar con saltitos, igual que los canguros. Y que en los cielos de China, se ha visto volar gente con apariencia de dragones.
—Bueno en estos tiempos la verdad se mezcla con la mentira y viceversa, dijo Paula a Jaime. Mejor no oigas ni veas más noticias.
—¿Pueden decirme cuál es el animal emblema de nuestro terruño? Inquirí tímidamente.
— ¿Para qué quieres saberlo?, preguntó Alejandro.
—Bueno quiero saber en qué me convertiría si…
—Vamos tontita, no creas esas necedades. Más bien ten cuidado con lo que piensas, no sea que se te realice enseguida. Además, nos vamos a esconder en la escuela mientras pasa esta jarana, dijo Silvia.
Abandonamos el jeep detrás de unos arbustos y seguimos a pie un kilómetro bordeando el rio. Sentada sobre una piedra estaba la Maestra, observando el salto de los pececillos que nadaban contra la corriente de esas aguas cristalinas. Al vernos, se levantó y nos abrió sus brazos en un gesto típico de abrazos. Sus brazos abiertos se extendían más y más, hasta abarcarnos a todos.
—Sabía que mis rojitos vendrían, dijo, y me adelanté a esperarlos.
El sendero era escarpado, así que tomados de la mano la subimos en fila de a uno detrás del otro. En un claro del bosque se hallaba el templo del saber: nuestra escuela. Una magnifica edificación alabastrina, construida en los tiempos Atlantes, para guardar en ella los tesoros de su historia envuelta en la niebla misteriosa y enigmática de sus orígenes. Una reliquia, que fue espoleada desde allá hasta Sudamérica a punta del coletazo de las ballenas.
Una edificación que resistió la inundación del diluvio, la mordedura de las serpientes, el excremento de las palomas, el vuelo de las luciérnagas, los tejidos de las arañas, el aleteo de los colibríes y los cañonazos del Coronel, en su intento fallido de tomarse la fortaleza marmórea para resguardarse junto con su escuadrón, después de haber desertado de la odiosa guerra que les tocó en suerte.
El paso del tiempo y los grandes aguaceros, habían limpiado las columnas del templo; al que sus constructores resolvieron no hacerle techo para no limitar los sueños de la ulterior humanidad; de la ruina y de la mugre; dejándolo resplandeciente como cuando fue, en el esplendor de sus inicios, unos casi cinco mil años hacia atrás.
Al llegar nosotros, el grupo rojo, el edificio lucia impecable. La Maestra Clide, dijo que nos acostáramos sobre el piso frio del mármol, haciendo un círculo y nos tomáramos de las manos, con los pies hacia el centro y miráramos al cielo para percibir…Enseguida agregó: no vayan a dormirse, escuchen los sonidos del planeta: el susurro de las hojas, el ulular del viento, el murmullo de la lluvia, el canto de la naturaleza; sientan la dulzura de la brisa, la alegría de la risa, la pulsación en sus venas; respiren profundo la fragancia de las flores, el olor de la tierra… Manténganse despiertos…para que recuerden todo al escribir sus sueños.
Como de costumbre la obedecimos, al fin y al cabo ella es Clide, la Maestra… Y a nosotros, nos gusta imaginar y escribir.
martes, 24 de noviembre de 2020
Micros y Macros Todos Relatos: Diario de un mochilero
Diario de un mochilero
Ser mochilero es antes que nada ser libre
Manuel Teyper
Jaime Aldana nos trae sus segundo libro Diario de un mochilero en el cual cuenta sus primeras experiencias en Colombia, así como sus incidencias por América del Sur.
Además anexa sus mejores cuentos de misterio, con su estilo tan personal y su narración fluida nos trae otros cuentos de su autoría. Sus cuentos generan tensión, despiertan interés con sorpresivos finales.
Jaime Didier Aldana es colombiano, vive en Perú y utiliza el pseudonimo de Manuel Teyper.
Sus relatos son de fácil lectura, sorprendentes, con una narrativa que fluye y atrapa.
El primer libro de Jaime, El escritor desconocido ha tenido mucho éxito.
Ambos libros están disponibles en Amazon
https://www.amazon.com/s?k=Manuel+Teyper&i=stripbooks-intl-ship&ref=nb_sb_noss_2
sábado, 10 de octubre de 2020
Aceitunas
Jaime Aldana
Lima Peru
ACEITUNAS
Aquella tarde de sábado en que tuve el infortunio de morder una aceituna, me encontraba en la carrera séptima de Bogotá.
Ni siquiera sabía que existían y menos que se llamaran así.
Mi primera experiencia con las aceitunas fue amarga y llegó vestida de mujer.
Una chica como de mi edad llegó al lugar donde solía ubicarme -en medio de artesanos-, me abrazó como si fuéramos viejos amigos, y me dio un beso en la mejilla.
"Muero de hambre, te invito a almorzar", me dijo mirándome a los ojos. Yo, que nunca he rechazado una invitación a comer y menos con el estómago vacío, guardé mis cosas y me fui con ella.
No es verdad que fuera totalmente desconocida para mí. Varias veces había pagado por leer lo que yo hacía llamar poemas, e incluso nos habíamos quedado a charlar alrededor de una taza de café.
Mientras calculaba si lo que tenía en el bolsillo me alcanzaba para llevarla a comer al sitio donde yo solía ir -por si me tocaba pagar a mí- ella me iba contando cosas de la universidad que no entendía muy bien porque mi mente estaba embolatada haciendo cuentas.
Pronto nos encontramos frente a un restaurante de aquellos que ni en sueños pensaría entrar. Ella se adelantó y yo la seguí.
El portero, de frac, se quedó mirando mis ropas sin decidirse si impedir mi entrada a empellones o decirme que estaba prohibido mendigar en el lugar, pero yo fui más rápido; entré y me senté a la mesa que le ofrecieron a mi acompañante.
Volteé a mirar, y me encontré con la dura mirada del portero que seguramente se estaría preguntando qué carajos hacía un tipo como yo en su restaurante. Su rostro decía a las claras que yo no tenía derecho de estar ahí.
Escondí mi rostro en la carta del menú para evitar levantarme e ir a decirle lo que pensaba de él.
"¿Qué quieres comer?", me preguntó ella, al ver que no me decidía por ningún platillo con nombres que en mi vida había escuchado. "Lo mismo que tú", le respondí colocando la carta a un lado.
"¿Para qué tantos cubiertos?", le pregunté. Se sonrió. Fue una sonrisa dulce, comprensiva, para nada burlona. "Es fácil. Fíjate cómo lo hago yo", me dijo tomando un pan diminuto y untándole una deliciosa bolita de mantequilla.
Cuando estaba saboreando mi pancito con mantequilla, se acercó el portero y le preguntó algo a mi amiga que no alcancé a escuchar, pero que deduje por el rubor de sus mejillas, y porque ella dijo: "yo".
No quise preguntarle nada y me limité a imitarla lo mejor que pude hasta que llegó el plato de fondo. Fue ahí que todo se echó a perder; pinché con el tenedor una bolita que atrajo mi atención, me la llevé a la boca, le di una mordida... Y mi cara se transformó; nunca antes había probado algo tan horrible. No pude tragar y tuve que ir corriendo al baño a quitarle ese sabor a mi boca.
Regresé del baño más repuesto y mejor peinado a seguir comiendo, ante las miradas reprobatorias de los comensales.
Aparté los restos de aquello que me produjo tanta repulsión, y le pregunté a mi compañera: "¿Qué es esta vaina tan fea?". Se rió de nuevo y me respondió: "es una aceituna. Por lo visto nunca la habías probado... ". "Ni quiero volver a probarla", le dije.
Seguí comiendo pero a mi manera; quería disfrutar de la comida sin tener que seguir reglas que me parecían ridículas.
Terminamos de comer, y nos trajeron la cuenta. Mejor dicho se la trajeron a ella.
Luego de pagar nos invitaron dos copas de vino que bebimos con la extrañeza de ella, debido a que no estaba en el menú. Al terminar, nos dispusimos a salir.
Tal vez lo tenía premeditado en mi subconsciente, o sucedió porque así estaba escrito en el libro del destino, pero cuando estábamos por salir el portero pasó cerca y tropezó con mi pie. Se cayó estrepitosamente y no tuve tiempo de disculparme.
"¿Qué pasó?", me preguntó ella, que se había adelantado y no pudo ver nada -la llamo "ella" porque no recuerdo su nombre, y no me parece justo endilgarle otro cualquiera-. "Después te cuento", le dije tomándola del brazo. "Bueno, como quieras. Te invito a mi casa, ¿qué dices?". "¿Qué iba a decir yo, que amo las invitaciones?
Tomamos un taxi y pronto estuvimos en su casa. Una casa hermosa del norte de la ciudad. Su madre resultó ser una mujer sencilla y amable. Elogió mis poemas y me hizo sentir como uno de los suyos. Escuchamos música toda la tarde, mientras les relataba mis aventuras mochileras. Fue una tarde memorable. Lamentablemente hasta allí llegó nuestra amistad porque no volví a verla.
Años después degustaba en Lima uno de esos deliciosos tamales que hace mi esposa. Como llevan aceitunas, las separaba a un lado junto con la masa que se había "contaminado" con su color y sabor.
Mientras que en los barrios de Bogotá donde viví no se acostumbraba comer aceitunas, en Perú su consumo es masivo.
Hasta que un día decidí que mi enemistad con la aceituna tenía que terminar. Me obligué a comerlas aunque mi rostro se distorsionara, pero poco a poco les fui tomando gusto.
Ahora soy feliz comiendo aceitunas. Me gustan negras y verdes. Las que llevan relleno o zarza de cebolla. Las como ahora, mientras escribo estas líneas. Las comeré una tarde de sol, o el día que tenga que abandonar este lugar en el que me han dado cobijo por un tiempo, porque de antemano sabía que esto no iba a durar para siempre.
MANUEL TEYPER.


