lunes, 29 de septiembre de 2014

Mi jazmín



 Clide Gremiger
Argentina

Este año no hice podar el jazmín paraguayo que admiro en cada primavera. Parece que aprovechó para crecer a su antojo. Hace como quince días que le veo un largo cuello y en el extremo una cabeza enrulada, asomando como un metro por encima del paredón. Vaya cabeza la del jazmín, pensé. Vaya imaginación la mía, me dije, hasta que tuve un largo rato sentada a su sombra y entonces escuché que me decía: “desde aquí puedo ver todo, ¿querés que te cuente?”. Le seguí la corriente con un “dale”.
¡Válgame Dios, todo lo que cuenta mi jazmín!: que se las pasa mirando las vías del tren, pero no ha pasado ni siquiera una zorrita; que el perro que siempre escuchaba ladrar del otro lado del paredón es enorme y guardián, pero que cuando juega parece un peluche; que en la placita ha visto niños jugar, adolescentes enamorarse y adultos discutiendo.
Esta tarde superó mi paciencia. Me susurró que anoche vio llegar a un jovencito a la casa de la viejita de los perros y que luego de una larga discusión que no alcanzó a escuchar, él le propinó una terrible paliza. Hasta me preguntó por qué no me llego hasta su casa para saber un poco más… ¡Basta!, que sea un jazmín chismoso es lo último que puedo soportar.

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