Nos asomamos a esta ventana desde diferentes regiones de habla hispana para compartir nuestros microrrrelatos y cuentos. A nuestro universo de letras impacientes, en rompecabezas de historias creadas en geografías y culturas distintas, los une la misma emoción, el mismo deseo de llegar a los lectores de este cosmos que traspone todas las vallas de tiempo y espacio. Los invitamos a seguirnos y a expresar sus sugerencias ¡Bienvenidos!
miércoles, 17 de febrero de 2021
De más a solo dos
viernes, 4 de diciembre de 2020
Los Capas Rojas
Elvirita Hoyos
Cartagena, Colombia
En mi barrio la situación se había vuelto apremiante. Había “toque de queda” Quiéranlo o no, el gobierno local había resuelto vacunarnos a todos. Esta mañana le correspondía a mi calle. Entrarían a cada una de nuestras casas, y yo no quería. No se trataba de miedo, más bien era una cuestión de pálpito. Tantos mensajes sobre el tema, todos contradictorios, me tenían confusa. Incluso Jaime me escribió un whatsaap alarmado: imaginate vos, la vacuna ¡modificará a quien se la ponga!
El comité sanitario se acercaba mientras yo pensaba qué hacer. En esas me hallaba, cuando sonó el timbre de la puerta, una voz de tenor ordenó, dentro de mi cabeza, ¡Huye! Como un resorte me levanté del sillón y mientras les abrían la puerta, corrí hacia el fondo del patio y brinqué la reja, seguí corriendo desesperada a la casa de Paula, pero, ya ella y Alejandro venían a mí encuentro en el jeep descapotable. Subí y, en silencio, Paula retrocedió hasta la esquina para coger otra vía a la máxima velocidad posible. Atrás quedaban mis padres, hermanos, mascota, vecinos, mis seres y objetos más preciados. El dolor de abandonar mi hogar traspasaba mi pecho. Apenas había tenido tiempo para coger el celular y el cargador. En el bolsillo llevaba un poco de dinero. No fue hasta que un rayo de sol hirió mis ojos que me di cuenta que había dejado las gafas sobre el nochero.
Los tres guardábamos silencio mientras Paula conducía a toda velocidad para alejarnos más y más de la ciudad. De pronto dio un giro inesperado y sin amainar celeridad siguió, dando tumbos por un camino de tierra.
— Hacia dónde vamos, grité.
— A la escuela…
—Pero estamos de vacaciones, gritó Alejandro.
—Por eso mismo, respondió a gritos Paula —porque está cerrada, a nadie se le ocurrirá buscarnos allí para clavarnos esa maldita cosa.
Entonces vimos caminando hacia nosotros unas personas vestidas de color rojo.
—Miren, allí están nuestros cuasi hermanos, dijo disminuyendo la velocidad.
— ¿Quiénes? Pregunté sorprendida.
— Silvia y Jaime.
— ¿Qué es eso de cuasi? O son, o no son. A nadie puedes partirlo por la mitad, gritó Alejandro.
—Recuerden compañeros, que somos un grupo latinoamericano, aclaró, de diferentes países pero nos une un mismo ideal: escribir cuentos para leernos. En ello encontramos la felicidad y el ser uno, agregué.
—Bajemos para vestir nuestro distintivo: la capa roja. Toma, yo te traje la tuya, dijo Silvia.
—Hola. ¿Oyeron las últimas noticias mundiales?, preguntó Jaime
—Cuéntanos, le dije.
—No sé si creerla o no, respondió Jaime. —de todas formas, ya nada de lo que ocurra en este mundo me toma por sorpresa—. Dijeron que en Australia, los que se pusieron la vacuna, a los tres días empezaron a caminar con saltitos, igual que los canguros. Y que en los cielos de China, se ha visto volar gente con apariencia de dragones.
—Bueno en estos tiempos la verdad se mezcla con la mentira y viceversa, dijo Paula a Jaime. Mejor no oigas ni veas más noticias.
—¿Pueden decirme cuál es el animal emblema de nuestro terruño? Inquirí tímidamente.
— ¿Para qué quieres saberlo?, preguntó Alejandro.
—Bueno quiero saber en qué me convertiría si…
—Vamos tontita, no creas esas necedades. Más bien ten cuidado con lo que piensas, no sea que se te realice enseguida. Además, nos vamos a esconder en la escuela mientras pasa esta jarana, dijo Silvia.
Abandonamos el jeep detrás de unos arbustos y seguimos a pie un kilómetro bordeando el rio. Sentada sobre una piedra estaba la Maestra, observando el salto de los pececillos que nadaban contra la corriente de esas aguas cristalinas. Al vernos, se levantó y nos abrió sus brazos en un gesto típico de abrazos. Sus brazos abiertos se extendían más y más, hasta abarcarnos a todos.
—Sabía que mis rojitos vendrían, dijo, y me adelanté a esperarlos.
El sendero era escarpado, así que tomados de la mano la subimos en fila de a uno detrás del otro. En un claro del bosque se hallaba el templo del saber: nuestra escuela. Una magnifica edificación alabastrina, construida en los tiempos Atlantes, para guardar en ella los tesoros de su historia envuelta en la niebla misteriosa y enigmática de sus orígenes. Una reliquia, que fue espoleada desde allá hasta Sudamérica a punta del coletazo de las ballenas.
Una edificación que resistió la inundación del diluvio, la mordedura de las serpientes, el excremento de las palomas, el vuelo de las luciérnagas, los tejidos de las arañas, el aleteo de los colibríes y los cañonazos del Coronel, en su intento fallido de tomarse la fortaleza marmórea para resguardarse junto con su escuadrón, después de haber desertado de la odiosa guerra que les tocó en suerte.
El paso del tiempo y los grandes aguaceros, habían limpiado las columnas del templo; al que sus constructores resolvieron no hacerle techo para no limitar los sueños de la ulterior humanidad; de la ruina y de la mugre; dejándolo resplandeciente como cuando fue, en el esplendor de sus inicios, unos casi cinco mil años hacia atrás.
Al llegar nosotros, el grupo rojo, el edificio lucia impecable. La Maestra Clide, dijo que nos acostáramos sobre el piso frio del mármol, haciendo un círculo y nos tomáramos de las manos, con los pies hacia el centro y miráramos al cielo para percibir…Enseguida agregó: no vayan a dormirse, escuchen los sonidos del planeta: el susurro de las hojas, el ulular del viento, el murmullo de la lluvia, el canto de la naturaleza; sientan la dulzura de la brisa, la alegría de la risa, la pulsación en sus venas; respiren profundo la fragancia de las flores, el olor de la tierra… Manténganse despiertos…para que recuerden todo al escribir sus sueños.
Como de costumbre la obedecimos, al fin y al cabo ella es Clide, la Maestra… Y a nosotros, nos gusta imaginar y escribir.
martes, 24 de noviembre de 2020
Micros y Macros Todos Relatos: Diario de un mochilero
Diario de un mochilero
Ser mochilero es antes que nada ser libre
Manuel Teyper
Jaime Aldana nos trae sus segundo libro Diario de un mochilero en el cual cuenta sus primeras experiencias en Colombia, así como sus incidencias por América del Sur.
Además anexa sus mejores cuentos de misterio, con su estilo tan personal y su narración fluida nos trae otros cuentos de su autoría. Sus cuentos generan tensión, despiertan interés con sorpresivos finales.
Jaime Didier Aldana es colombiano, vive en Perú y utiliza el pseudonimo de Manuel Teyper.
Sus relatos son de fácil lectura, sorprendentes, con una narrativa que fluye y atrapa.
El primer libro de Jaime, El escritor desconocido ha tenido mucho éxito.
Ambos libros están disponibles en Amazon
https://www.amazon.com/s?k=Manuel+Teyper&i=stripbooks-intl-ship&ref=nb_sb_noss_2
sábado, 10 de octubre de 2020
Aceitunas
Jaime Aldana
Lima Peru
ACEITUNAS
Aquella tarde de sábado en que tuve el infortunio de morder una aceituna, me encontraba en la carrera séptima de Bogotá.
Ni siquiera sabía que existían y menos que se llamaran así.
Mi primera experiencia con las aceitunas fue amarga y llegó vestida de mujer.
Una chica como de mi edad llegó al lugar donde solía ubicarme -en medio de artesanos-, me abrazó como si fuéramos viejos amigos, y me dio un beso en la mejilla.
"Muero de hambre, te invito a almorzar", me dijo mirándome a los ojos. Yo, que nunca he rechazado una invitación a comer y menos con el estómago vacío, guardé mis cosas y me fui con ella.
No es verdad que fuera totalmente desconocida para mí. Varias veces había pagado por leer lo que yo hacía llamar poemas, e incluso nos habíamos quedado a charlar alrededor de una taza de café.
Mientras calculaba si lo que tenía en el bolsillo me alcanzaba para llevarla a comer al sitio donde yo solía ir -por si me tocaba pagar a mí- ella me iba contando cosas de la universidad que no entendía muy bien porque mi mente estaba embolatada haciendo cuentas.
Pronto nos encontramos frente a un restaurante de aquellos que ni en sueños pensaría entrar. Ella se adelantó y yo la seguí.
El portero, de frac, se quedó mirando mis ropas sin decidirse si impedir mi entrada a empellones o decirme que estaba prohibido mendigar en el lugar, pero yo fui más rápido; entré y me senté a la mesa que le ofrecieron a mi acompañante.
Volteé a mirar, y me encontré con la dura mirada del portero que seguramente se estaría preguntando qué carajos hacía un tipo como yo en su restaurante. Su rostro decía a las claras que yo no tenía derecho de estar ahí.
Escondí mi rostro en la carta del menú para evitar levantarme e ir a decirle lo que pensaba de él.
"¿Qué quieres comer?", me preguntó ella, al ver que no me decidía por ningún platillo con nombres que en mi vida había escuchado. "Lo mismo que tú", le respondí colocando la carta a un lado.
"¿Para qué tantos cubiertos?", le pregunté. Se sonrió. Fue una sonrisa dulce, comprensiva, para nada burlona. "Es fácil. Fíjate cómo lo hago yo", me dijo tomando un pan diminuto y untándole una deliciosa bolita de mantequilla.
Cuando estaba saboreando mi pancito con mantequilla, se acercó el portero y le preguntó algo a mi amiga que no alcancé a escuchar, pero que deduje por el rubor de sus mejillas, y porque ella dijo: "yo".
No quise preguntarle nada y me limité a imitarla lo mejor que pude hasta que llegó el plato de fondo. Fue ahí que todo se echó a perder; pinché con el tenedor una bolita que atrajo mi atención, me la llevé a la boca, le di una mordida... Y mi cara se transformó; nunca antes había probado algo tan horrible. No pude tragar y tuve que ir corriendo al baño a quitarle ese sabor a mi boca.
Regresé del baño más repuesto y mejor peinado a seguir comiendo, ante las miradas reprobatorias de los comensales.
Aparté los restos de aquello que me produjo tanta repulsión, y le pregunté a mi compañera: "¿Qué es esta vaina tan fea?". Se rió de nuevo y me respondió: "es una aceituna. Por lo visto nunca la habías probado... ". "Ni quiero volver a probarla", le dije.
Seguí comiendo pero a mi manera; quería disfrutar de la comida sin tener que seguir reglas que me parecían ridículas.
Terminamos de comer, y nos trajeron la cuenta. Mejor dicho se la trajeron a ella.
Luego de pagar nos invitaron dos copas de vino que bebimos con la extrañeza de ella, debido a que no estaba en el menú. Al terminar, nos dispusimos a salir.
Tal vez lo tenía premeditado en mi subconsciente, o sucedió porque así estaba escrito en el libro del destino, pero cuando estábamos por salir el portero pasó cerca y tropezó con mi pie. Se cayó estrepitosamente y no tuve tiempo de disculparme.
"¿Qué pasó?", me preguntó ella, que se había adelantado y no pudo ver nada -la llamo "ella" porque no recuerdo su nombre, y no me parece justo endilgarle otro cualquiera-. "Después te cuento", le dije tomándola del brazo. "Bueno, como quieras. Te invito a mi casa, ¿qué dices?". "¿Qué iba a decir yo, que amo las invitaciones?
Tomamos un taxi y pronto estuvimos en su casa. Una casa hermosa del norte de la ciudad. Su madre resultó ser una mujer sencilla y amable. Elogió mis poemas y me hizo sentir como uno de los suyos. Escuchamos música toda la tarde, mientras les relataba mis aventuras mochileras. Fue una tarde memorable. Lamentablemente hasta allí llegó nuestra amistad porque no volví a verla.
Años después degustaba en Lima uno de esos deliciosos tamales que hace mi esposa. Como llevan aceitunas, las separaba a un lado junto con la masa que se había "contaminado" con su color y sabor.
Mientras que en los barrios de Bogotá donde viví no se acostumbraba comer aceitunas, en Perú su consumo es masivo.
Hasta que un día decidí que mi enemistad con la aceituna tenía que terminar. Me obligué a comerlas aunque mi rostro se distorsionara, pero poco a poco les fui tomando gusto.
Ahora soy feliz comiendo aceitunas. Me gustan negras y verdes. Las que llevan relleno o zarza de cebolla. Las como ahora, mientras escribo estas líneas. Las comeré una tarde de sol, o el día que tenga que abandonar este lugar en el que me han dado cobijo por un tiempo, porque de antemano sabía que esto no iba a durar para siempre.
MANUEL TEYPER.
viernes, 21 de agosto de 2020
Lluvia Incesante
Deanna Albano
Caracas, Venezuela
Era de tarde, tendido en su hamaca preferida, don Arturo estaba releyendo el borrador de su cuento que había escrito años atrás: La Lluvia.
Arturo Uslar Pietri, un escritor venezolano, ya en sus años dorados, se encontraba en su casa de Caraballeda, en el litoral. Una posada de playa adonde acudía casi todos los fines de semana para leer y descansar, recibir a los hijos y los amigos. Primero lo acompañaba su amada esposa, pero ella había fallecido hace pocos años.
La casa era un espacio intimo para el disfrute del sol caribeño, pero también un lugar de trabajo. Innumerables borradores surgieron de ese asueto, de holgazaneo, un cuento o un relato. Un refugio acogedor con escritorio en la planta baja, y otro pequeño de madera en la parte alta cerca del balcón, ambos provistos de lápices, plumas, muchas hojas, papeles; además, una Underwood portátil.
La tarde estaba llena de nubes grises, el cielo encapotado.
¾ Carmen, por favor, me puedes traer un chocolatico, bien caliente, tengo frío. Los Usar eran golosos del chocolate en todas sus presentaciones, pero beberlo en tapara[1]era tradición familiar que les venía desde la colonia.
Carmen, su devota acompañante, lo trajo bien caliente, condimentado con cilantro, en una bandeja de madera tallada y un primoroso mantelito blanco.
Sonó el timbre. Carmen se asomó y anunció:
¾ Llegó su sobrino Rafael.
En la puerta se asomó un joven alto, buen mozo, de finos bigotes, con un traje blanco de lino de Las Antillas, con zapatos negros de piel.
- Buenas tardes Tío Arturo, pasaba por aquí y quería saludarte.
- Excelentes tardes Rafael, muy amable de tu parte, ¿Está lloviendo?. Ligeramente, una pequeña garúa[2], menos mal que tengo paraguas.
- Y, ¿Cómo está mi hermana?
- Bueno, ha estado algo embromada con la tensión, pero, gracias a Dios está mejor, el médico la puso en tratamiento
- ¿Y tú Rafael qué haces?
- Aún dando clases en la Universidad¾ acercándose a la ventana.
- ¿Sigue lloviendo?
- Si, ahora un poco más fuerte
- ¿Quieres un pedacito de chocolate?
- Claro, este chocolate negro me encanta.
Ambos se deleitaron comiendo, cual niños disfrutando de sus golosinas.
Carmen trajo café y unos pastelitos, en una fina bandeja de madera y un juego de tazas de porcelana decorada en azul.
Compartieron por un rato, ellos tenían muchos intereses en común, ya que Rafael también era escritor.
- Bueno tío, me voy, ahora sí es un aguacero, y parece que no quiere escampar.
El octogenario se acercó a la puerta para despedir al sobrino. Las gotas de lluvia sonaban en el techo.
Durante toda la noche se escuchó la lluvia, caía sin cesar, de baja intensidad.
Al día siguiente Carmen no pudo ir al mercado.
El escritor se había puesto su mono azul, y zapatos deportivos, pero no pudo salir a su caminata matutina.
Ese día el sol no quiso ni siquiera asomarse. Las nubes oscuras cubrían el cielo.
El noticiero informó que llovería todo el día.
- Don Arturo, ¿le preparo el desayuno?
- Sí Carmen, te lo agradezco.
El escritor se sentó a la mesa del comedor y comió despacio y con gran pulcritud. Disfrutó de unas arepas[3] con nata y queso blanco, huevos revueltos, jugo de naranja, café con leche, oyendo las noticias del día.
Leyó el periódico, con parsimonia.
Un perro ladraba en la distancia. Llovió, llovió, y siguió lloviendo. Empezaron a formarse pozos de agua, y la calle se fue llenado de agua.
- Don Arturo, sigue lloviendo, ¿no le parece que subamos a Caracas?
- No, Carmen, nos vamos mañana, cuando vengan a buscarnos.
- Pero es que llueve y llueve.
- Pero no está lloviendo duro, ya verás como mañana escampa.
Pero el cielo siguió nublado. En la madrugada se oyó un estruendo, como temblor de tierra, y cuando el anciano se asomó a la ventana vio la calle convertida en un rio encrespado de agua y lodo. Parecía un océano embravecido. El agua estaba entrando al jardín. Afuera se oían gritos.
Sin perder la serenidad, Don Arturo recogió algunos papeles y le dijo a Carmen:
-Vamos a subir al segundo piso.
Se refugiaron en la planta alta, pero pronto se dieron cuenta que el agua seguía subiendo y afloraba por las escaleras.
El escritor, que en algunos de sus cuentos disertaba sobre la sequía, se encontraba rodeado de agua.
- Carmen vamos a subir a la azotea.
A su alrededor, todo fue confusión, los vecinos subidos a los techos, gritaban con desespero.
Don Arturo, desde su puesto de observación, con lágrimas en los ojos, sus puños apretados, divisó cómo sus libros, sus papeles, estaban flotando; el agua se los llevaba, casi en fila. Tantos papeles, tantos trabajos, tantas noches de desvelo se alejaban. Luego advirtió cómo su máquina portátil era arrastrada por las aguas, así como los escritorios, las sillas, los floreros.
Un ruido le anunció que el automóvil se había incrustado contra la pared.
En ese momento dejó de llover y despuntó un tímido sol.
[1] La totuma, tapara o morro es una vasija de origen vegetal, fruto del árbol del totumo o tapara
[2] Llovizna
[3] Arepa: Masa redonda y aplanada de maíz.
sábado, 18 de julio de 2020
Dolor de una vana ilusión
Silvia Alicia Balbuena
Rosario - Argentina
-Cuento histórico-
27 de febrero de 2012.
El despertador sonó a las 8, pero Claudio Santilli hacía rato que estaba despierto. La costumbre de despertarse con las claridades o el quiquiriquí del gallo cercano no la cambiaba ni los días feriados. Había pasado una noche entre insomnios, desvelos, ansiedades. Repasaba si toda su ropa estaba lista. A pesar del calor que seguro haría, se iba a poner su chaleco de gamuza, el pañuelo al cuello, el sombrero, sus botas con espuelas. Las alpargatas tal vez se adecuarían más a la temperatura, pero deseaba lucir impecable con su traje completo de gaucho. Usaría también su cinturón reluciente de monedas, herencia de cuatro generaciones, desde el bisabuelo Giovanni Santilli, inmigrante italiano, primer dueño de la chacra.
Desde niño su padre le había enseñado a montar y juntos participaban en festivales, desfiles, jineteadas con el centro tradicionalista del pequeño pueblo en las tierras de Areco. Ahora, que su padre anciano y gastado por duras faenas rurales ya se había alejado de estos eventos, Claudio seguía participando con tres amigos de chacras cercanas.
¡Pero esta era una ocasión especial! Hacía 200 años que Belgrano, con convicción y audacia, había creado la Bandera en las orillas del Paraná en la villa que hoy es la populosa ciudad de Rosario. Y, a pesar de los casi 300 kilómetros que debían recorrer, habían decidido unirse a varios centros tradicionalistas de la zona y asistir a los grandes festejos de este Bicentenario tan especial.
El tiempo pasaba a cuentagotas, ya quería estar en Rosario. Pensaba en su caballo portando los mismos colores que imaginó Belgrano y vibraba.
Con el calor pegajoso de las tres de la tarde, llegaron. Los ubicaron en una pequeña calle empedrada rodeada de añosos y altos árboles, cuya sombra era acogedora. ¡Pero qué desazón! El Monumento Nacional a la Bandera, ícono de Argentina, fastuoso en su arquitectura, con grandes esculturas, era apenas una torre que cortaba el cielo allá a lo lejos.
Junto a ellos, se desplegaba la bandera más larga del mundo. ¡Cuánto había deseado verla, tocarla! En los noticieros, durante diez años, comentaban que damas de todas las edades, en máquinas de coser instaladas en el patio del Monumento, unían los trozos celestes y blancos que llegaban de todo el país para rendirle tributo a la enseña, en el mismo lugar en que se creó. El proyecto pensado por ese loco lindo Julio Vacaflor, conductor de programas infantiles, superó todas las expectativas y hoy culminaba. Metros y metros de paño celeste y blanco amalgamando tantas voluntades de todos los rincones de Argentina, hoy era esa realidad portada por miles de personas. Estaba ahí, a su alcance, esperando junto a los Centros, desfilar frente al palco oficial.
Veía niños, adultos, ancianos, que la sostenían y se iban turnando a descansar sentados en los cordones de las aceras.
El entusiasmo no decaía. Unos deseaban caminar portando los colores patrios, otros cabalgar junto a ellos como guardianes de la argentinidad.
El acto comenzó a las 17, tal como estaba anunciado. Las voces de los altoparlantes no se escuchaban, pero a través de celulares, de radios, de rumores que se deslizaban como un oleaje impetuoso, llegaban las noticias. En el palco oficial, las autoridades. Rodeándolo, banderas de muchas agrupaciones. Con diferentes colores y cargadas de inscripciones. ¿Por qué no había banderas celestes y blancas? ¿Por qué otras las habían reemplazado? Miró la que tenía en su pingo y el estómago se le estrujó. No todo era celeste y blanco en esta celebración.
Los minutos pasaban lentos e inexorables. Los organizadores les traían botellitas de agua. Hasta que les llegó la noticia: el acto oficial había terminado y el desfile quedaba suspendido. La bandera, ese paño tan inmenso símbolo de la unión de un país en sus telas celestes y blancas cosidas, no iba a desfilar, sino que se movería en un abrazo simbólico al Monumento y los Centros Tradicionalistas la acompañarían un trayecto.
Un escalofrío recorrió las fibras de Claudio Santilli, un argentino de la pampa gringa que quería rendir homenaje a su bandera bicentenaria, mientras se decía: Podría haber desfilado frente al palco. Podría haber escoltado a la bandera más larga del mundo. Podría haber conocido a la presidente. Podría haber visto el caudaloso río Paraná llevando su corriente en paralelo a la costanera. Podría ver de cerca el Monumento. Podría… Podría…
Los amigos se miraron, era inútil quedarse, encogieron sus hombros con desazón y con una seña resolvieron irse. ¿Para qué permanecer, para ver las cenizas de un acto que iba muriendo?
Echó el sombrero hacia atrás, espoleó su caballo y a trotecito lento regresó a los vehículos.
Mientras lo acomodaba, hombre y animal se miraron con una mirada profunda, los dos tenían el mismo sabor amargo. Claudio lo acarició y el caballo lo hociqueó, eran compañeros, se entendían.
Se sentó en la chata. Se sacó el sombrero y lo acomodó en las rodillas, estiró las piernas, los pies hinchados en las botas le dolían. Tenía hambre, la espera había sido tan larga… ¡y para casi nada! Aspiró hondo tragándose una lágrima, los gauchos no deben llorar.
El camino era una cinta asfáltica tragada por la oscuridad de la noche. Una sensación rara estrujó su vientre, lo estaba devorando el dolor de una vana ilusión.


