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viernes, 13 de agosto de 2021

Vacaciones


Osvaldo Villalba

Buenos Aires, Argentina



Buscando documentos antiguos encontré una valija de madera que era de mi viejo. Adentro hay fotos. Me atrapó una de Córdoba del año 1958. Estoy con mis padres con el paisaje serrano atrás. Por un momento me remonto a ese escenario. ¿Cómo contaría hoy esa experiencia?

El tren ingresa lentamente en la estación terminal. El cansancio del largo viaje se diluye en el preciso instante en que mis ojos leen el cartel del andén: La Falda.

Estoy acostumbrado a viajar en tren. Vivimos en Capital, en el barrio de Constitución, pero como mi mamá es oriunda de Quilmes tenemos muchos familiares allí. Varias veces en el mes viajamos en el Roca a visitar unos primos de mi madre o en el colectivo El Halcón si vamos a lo de su hermana. Pero son viajes de cuarenta minutos, a lo sumo una hora.

Hoy es distinto. Llevamos un poco más de doce horas en el tren. Salimos de Retiro a las ocho de la mañana y está oscureciendo. Estoy muy emocionado. El mes próximo voy a cumplir catorce y es la primera vez que salimos de vacaciones. Creo que mis viejos también lo están. Soy hijo único y éste es el premio por haber terminado bien el primer año del Comercial. Algo que ninguno de los dos pudo hacer. De hecho mi papá no terminó ni el primario. Es un autodidacta. Él me enseñó a entender a José Ingenieros. No hace falta aclarar que no profesamos ninguna religión en casa, ni la judía de la que proviene mi mamá ni la católica de la familia de mi papá. Pero como mis abuelos ya no están no hay drama.

Salimos de la estación y mi padre dice:

—Vamos a tomar un taxi porque no tengo la menor idea de dónde queda el Hotel Español

—Sí, mejor. Porque ya está oscuro —acota mi mamá.

Comenzamos el viaje y no me alcanzan los ojos para ver los negocios iluminados y un montón de gente caminando por la calle a pesar de la hora. Quince minutos después bajamos frente al hotel. También es la primera vez que voy a dormir en un lugar que no es mi casa ni la de un familiar cercano. Sólo puedo afirmar que me gusta aunque no tenga con qué compararlo.

Los encargados o dueños, no lo sé, son muy amables. Como se enteraron que el tren venía con atraso dispusieron un turno adicional del comedor para servirnos la cena. Al parecer somos unos cuantos los que vinimos en el tren.

 

Hoy me desperté temprano, desayuné rápido y mientras mis padres planean la actividad del día, salgo al jardín. Como a treinta metros del hotel en un descampado veo unas piedras enormes que me invitan a trepar. Cuando llego a la más alta miro el paisaje y…del otro lado de la calle, a unos cien metros, está la estación del ferrocarril.

El taxista se aprovechó de los porteños.

Hoy en día la tecnología nos permite cosas increíbles. Para reafirmar mis recuerdos recurro al Google Map y efectivamente aparece el hotel, hoy renovado, a pocos metros de la estación de ferrocarril, ya convertida en museo.





 

domingo, 22 de diciembre de 2019

Miedo



Osvaldo Villalba

Argentina


El miedo se pinta en el rostro
Séneca

—Tranquilo, va a salir todo bien.
—¿Cómo podés estar seguro?
—Seguro, seguro no, pero las probabilidades son altas.
—Entonces, por lo menos, hay una probabilidad de que algo salga mal. Eso ya justifica mi preocupación.
—Te concedo y reformulo: tranquilo, hay grandes chances de que todo salga bien
—Sigo teniendo miedo.
—Se nota en tu cara
—No puedo evitarlo
—Es una intervención simple.
—No deja de ser una cirugía.
—El equipo del quirófano es de excelencia.
—¿Es muy egoísta pensar en mí antes que en otros?
—No, pensalo como un conjunto.
—Bueno, está bien, son los mejores, pero…¿Pueden asegurarme que me irá bien?
—¡Uh! ¡Qué pesado! ¡Nadie puede asegurar nada! Pero todos hacen lo mejor que pueden.
—Por eso tengo miedo, porque no me alcanza.
—¿Y qué te alcanzaría?
—Que alguien me asegure que me va a ir bien.
—Y entonces le preguntarías por qué está seguro.
—Y... sí.
—¡Sos insufrible! Le voy a preguntar a la anestesióloga si ya está todo listo. Marita, ¿falta mucho?
—Ya está todo listo doctor.
—Gracias. Bueno, doctor, llegó el momento de la verdad. El paciente está dormido. Entre ahí y proceda a su primera cirugía. Confíe en usted y todo irá bien.

 




miércoles, 24 de abril de 2019

Martin, el callejero



Osvaldo Villalba

Argentina



Hay derrotas  que tienen más
dignidad que una victoria
Jorge Luis Borges


Llueve. Martín corre hasta el túnel que pasa bajo las vías del ferrocarril San Martín para refugiarse. Hace frío. Ya no se acuerda cuánto hace que está en “situación de calle”. Él prefiere llamarse callejero. Camina por el sendero peatonal hasta las escaleras en la otra punta. Se sienta en el primer escalón y se tapa con la frazada que trae en la bolsa de consorcio, su equipaje.

Tiene hambre pero llueve mucho para ir hasta la plaza donde repartirán comida en un par de horas. Mejor dormirse un rato. Cierra los ojos y se encuentra en el departamento que alquilaban con Bettina. Un pañuelito pero para ellos, un palacio. ¡Cuántos sueños!  En esa época los dos trabajaban y aunque tenían muchas dificultades, eran felices. Hasta que comenzaron las hemorragias. Primero las encías, luego la nariz. Leucemia fue el diagnóstico. La peleó durante un año pero todo fue en vano. Todavía no puede aceptar que su amor no vuelve más. Todavía sueña con encontrarla. Sabe que jamás volverá a amar a alguien de esa forma.

A partir de ahí nada tuvo importancia. Ni siquiera ese lunes que llegó a la fábrica y se encontró con un candado en los portones. Sus compañeros le contaron que los patrones se habían llevado todas las máquinas y la mercadería en el fin de semana. Buscó trabajo infructuosamente. El dueño del departamento lo esperó dos meses Finalmente tuvo que dejarlo. Vivió un tiempo en un hotelucho de Balvanera mientras le duró la plata de la venta de sus muebles. Después…la calle.

El segundo día ya aprendió las reglas. Se acercó a un grupo que paraba debajo del puente de Córdoba y Juan B. Justo. Pensaba que podrían enseñarle algunos tips de supervivencia.
—¡Lindas zapatilla! —dijo uno.
—¡La campera es para mí! —gritó otro.

Intentó resistirse pero sólo consiguió que lo golpearan y patearan como nunca le había pasado. Se fue rumiando su bronca e impotencia jurándose que nunca más se iba a dejar sorprender. El Viejo Matías, que duerme en la estación de Corrientes y Dorrego, —lo bautizó así por la canción de Víctor Heredia—, le enseñó los lugares donde reparten comida, calzado y abrigo. Es con el único que se da. Prefiere andar sólo todo el tiempo. 

De un pedazo de chapa de zinc que encontró en un volquete se armó una faca como alguna vez vio en la televisión que hacían en las cárceles. El mango con trapos y afilada en el cordón de la vereda. Alguna vez va a ir a buscarlos.

El grito lo despierta. Se para y ve a una chica que forcejea con un tipo que quiere arrancarle el bolso. Están a unos diez metros más o menos. Corre hacia ellos y grita:
—¡Soltala!
—¡No te metás puto! —le dice el tipo.

En la carrera lo lleva por delante y lo hace caer. Se abalanza sobre él mientras el tipo, en medio de insultos, saca un arma y dispara dos veces. Siente que algo le quema en el estómago. Con el impulso cae sobre él y le clava la faca en el cuello.

Se tiende boca arriba. Le cuesta respirar. La chica se comunica con el 911. El tipo ya no se mueve. Ella se acerca a Martín.
—¡Gracias! —le dice— ¡Aguantá, ya viene la ambulancia!

Con una mueca de asombro la mirada de Martín se pierde en el techo del túnel. Su cuerpo se estremece como en una convulsión, la sangre sale a borbotones por el costado de su boca mientras en un hilo de voz exclama:
—¡Bettina, mi amor!



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sábado, 16 de febrero de 2019

Cada vez que llueve

Osvaldo  Villalba
Argentina
Como si se pudiese
 elegir en el amor, como
si no fuera un rayo que
te parte los huesos
 y te deja estaqueado
 en la mitad del patio.
Julio Cortázar

¡Qué suerte, empezó a llover! Ya salgo a caminar. Cada vez que llueve te salgo a buscar.
Esto no me pasaba desde que, en un día de lluvia, María Teresa se fue, dejándome un vacio que no pude llenar. Por eso, cuando llovía, me deprimía hasta el punto de no querer salir de la cama.
Todo cambió cuando se vino esa última tormenta de verano. Pensé que sería bueno llevar el auto unas cuadras más arriba donde no se inunda. La lucha entre lo que debía hacer y lo que quería hacer duró hasta que comenzaron a caer las primeras gotas. Allí no dudé más. Al fin y al cabo, el odio a la lluvia se iba a transformar en el odio a mi obstinación si el coche se me inundaba, sumado al dinero que eso me costaría. Salí a la calle, entré al auto y lo puse en marcha. “Bueno, arrancó de una”, pensé. Una buena por lo menos. La lluvia era cada vez más intensa. Los vidrios se me empañaron y tuve que prender la calefacción, pese al calor que hacía. Lo estacioné a cinco cuadras de casa, donde esperaba que no se inunde, y volví caminado bajo la lluvia. “Menos mal que lo hice”, pensé cuando llegué a la esquina de mi casa, porque la calle estaba inundada de bote a bote.
Y allí…te vi venir. Mojada como si te hubieran volcado un balde lleno de agua en la cabeza. Bajo un paraguas pequeño que no cubría nada, las sandalias en la mano, caminando con dificultad y lentamente por el agua que te cubría los tobillos. El vestido clarito se te pegaba al cuerpo y te hacía más sexy. Parecías salida de una película de Fellini. Tu cabello, pese a estar recogido, estaba empapado, con mechones en la frente y a los costados del rostro. Cuando nuestras miradas se cruzaron, una leve sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en tu rostro. Sentí que el corazón se me derretía. Me quedé paralizado, sin reacción. Cuando decidí que te iba a decir algo, te vi correr a un colectivo y hacerle señas. “¡Que no pare!, ¡Que no pare!”, pensé. Y el guacho paró. Claro, yo en el lugar del colectivero también te hubiera parado. “Seguro que ni me registró”, pensé. La sonrisa debió ser un acto reflejo por la situación. Pero la fotografía que sacó mi cerebro no se borró más. Y la tengo presente a cada momento.
Por eso cada vez que llueve te salgo a buscar. Pero ahora, ya tengo planificado lo que voy a hacer. Cuando te vea venir, voy a ir derecho hacia vos y te voy a decir  “¡Que hermosa que sos!”. Voy a tomar tu rostro entre mis manos, voy a mirarme en tus ojos color miel y, si para ese momento no me rompiste el paraguas en la cabeza…me voy a hundir en el abismo de tu boca.
Cada vez que llueve, te salgo a buscar y sé que un día… voy a encontrarte.


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lunes, 6 de agosto de 2018

En la Ruta


Osvaldo Villalba

Argentina

Caminante no hay camino
se hace camino al andar
Antonio Machado

El sol se pone lentamente al otro lado de la ruta. Hace varias horas que camina a un costado. El calor empieza a ceder y un viento fresco le trae un poco de alivio. La sed es lo que más le molesta. Siente la boca pastosa.
A la vera de la ruta los yuyos están amarillos y las zanjas secas. Los camiones pasan a gran velocidad y lo sacuden en medio de una nube de polvo.
No tiene idea hacia dónde va. Tampoco sabe si le interesa. Camina hacia el lado donde vio alejarse a Claudia. Cada vez que ve venir un auto de frente por la mano contraria le parece que vuelve a buscarlo. Pero como una ilusión óptica se desvanece su esperanza cuando siguen de largo.
Sube al asfalto para cruzar un puente sobre el cauce de un río que ya no está y el bocinazo de un camión lo hace correr. En su carrera una bandada de saltamontes levanta vuelo y cruza la ruta sin conciencia del peligro.
El camión sale de la ruta y se detiene sobre la banquina unos metros más adelante. El chofer baja y se queda mirándolo. Él se detiene y también lo observa.  Ve cómo hace gestos con sus brazos animándolo a acercarse. Camina lentamente, desconfiado. Llega hasta la cola del camión y el hombre comienza a acercarse.
—¿Qué hacés por acá sólo? ¿Te perdiste? —le dice cuando lo alcanza mientras le acaricia la cabeza.
—Vení. Hace calor —dice el hombre al tiempo que vuelve hacia la cabina. Pegado atrás sobre el acoplado hay un tanque pequeño. El camionero abre una canilla. Cae un hilo de agua.
Eso le quita las dudas, corre hacia el tanque y bebe. Cuando termina el chofer cierra la canilla y abre la puerta del camión.
—¿Vamos? ¿Te llevo? —le dice.
Sube de un salto y se sienta en el lugar del acompañante. El camionero sonríe y enciende el motor.
—A media hora hay un parador. Ahí compraremos algo para comer. ¿Dale?
Por primera vez, con la garganta más recompuesta, le contesta.
—¡Guau, guau!

Osvaldo Villalba
30/04/18

martes, 6 de febrero de 2018

Una crónica de colección

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 Osvaldo Villalba

  Argentina 

 

 

Para ser cronista hay que salir…
…para practicar la crónica el  genio
está en los zapatos.
Héctor Abad Faciolince

     Seis meses habían pasado desde que el director de la revista de actualidad donde trabajaba le dijo que dejarían de publicar la sección “Noticias Insólitas” que lo había tenido como cronista los últimos diez años. Le explicó que ya la gente había perdido interés en las notas escritas, que ahora la televisión por cable y las publicaciones en internet lideraban esa franja. Julio entendió que, tal vez por compasión, o por la amistad que los unía en tantos años de trabajo compartido, no había podido decirle que ya estaba viejo y que sus crónicas no despertaban el más mínimo interés. De todos modos, pensó, ya estaba en edad de jubilarse, por lo que, ahora que los trámites salen rápido, aún desocupado, podría seguir pagando el alquiler del monoambiente de la calle Guardia Vieja.
–Igual, si alguna vez tenés una nota que considerás válida, llamame –le había dicho cuando se despidieron con un abrazo.
     Su vida, ahora, transcurría entre los partidos de ajedrez con otros jubilados en la plaza Almagro y las recorridas por las mesas de saldos de las librerías de la calle Corrientes.
     Fue en una de esos reñidos encuentros ajedrecísticos que, como al pasar, alguien mencionó algo sobre el coleccionista de calaveras.
–Carabelas –le corrigió Julio– prototipos de barcos antiguos, habrás querido decir.
–¡No! –dijo el otro marcando las sílabas– ca–la–ve–ras, cráneos humanos.
     La alarma de su instinto periodístico se disparó al instante.
–¡Contame más! –le insistió
–¡Eso nada más! Mi hermana me dijo que lo escuchó en la peluquería.
–¡Por favor! ¡Preguntale! Conseguime la dirección.
     Una semana después el hombre le trajo la dirección. Ahora se encontraba frente a la casa, corroborando el número que tenía en el papelito. Era una casa antigua, con mármoles de color bordó, y puerta de hierro forjado de dos hojas. La ventana, a la derecha de la puerta, tenía una reja labrada simulando ramas con hojas pequeñas y flores.
     Tocó el timbre y esperó. Por el portero eléctrico, una voz de hombre dijo:
–¿Quién es?
–Buenas tardes señor. Soy Julio Figueredo. Soy periodista y quisiera que me diera unos minutos de su tiempo.
–¿Periodista? ¿Y para qué quiere verme?
–Quiero hacerle un reportaje sobre su colección.
–¿Colección? ¿De dónde saca que yo tengo una colección?
–Mire, usted sabe, los periodistas no podemos revelar nuestras fuentes, pero yo le garantizo la mayor seriedad en el reportaje.
.–Aguarde –fue su lacónica respuesta.
     Unos minutos después, abría una las hojas de la puerta un hombrecito delgado, bajo, calvo, de tez muy pálida y ojos hundidos.
Julio le tendió su mano.
–Mucho gusto, ¿señor…?
–Llámeme Ciro.
–Señor Ciro. Como le dije me llamo Julio Figueredo, y trabajo para la revista Porteña –mintió Julio– y queríamos hacerle una nota referente a su colección de cráneos. Por supuesto que publicaremos sólo lo que usted nos autorice –agregó tratando de ganarse su confianza.
     El hombrecito pensó un momento y luego, apartándose de la puerta, le hizo seña para que pase. Pasaron a un hall pequeño, transpusieron una puerta cancel de dos hojas y vidrios protegidos por cortinas con angelitos. Ingresaron a un ancho living, en el que resaltaba un juego de sillones de pana, sobre una mullida alfombra, por sobre el resto del mobiliario. Una araña con caireles de cristal y escudos de armas sobre las paredes, daban al ambiente un aire colonial. 
     Ciro le señaló el sillón grande y él se sentó en uno de los sillones de un cuerpo.
–Bueno –le dijo usando un tono amable por primera vez– Veo que usted, Julio, ¿no?, sabe de mi muchas cosas. Déjeme a mí, ahora, saber algo de usted. ¿Dónde queda la revista que mencionó? ¿Con que frecuencia sale?
–La redacción funciona en un departamento en el barrio de Once –inventó Julio rápidamente– y contratamos la imprenta de un amigo del director. La publicación es mensual. Esta nota, seguramente, se publicará el mes que viene, o el próximo.
–¿Y por qué le interesa esta colección? –volvió a preguntar Ciro.
–Porque es bastante insólita. Tengo curiosidad por saber cuál es el hilo conductor entre las diferentes piezas. Cómo las obtiene. Qué busca con cada una. ¿Puedo sacar fotos?
–¡No! ¡Nada de fotos! –respondió el hombre enfáticamente– No quiero arriesgarme a que su mujer o sus hijos las suban a la web. ¿Tiene hijos, no?
–No, no tengo hijos. Soy viudo hace muchos años. Sólo las usaría como ayuda memoria cuando escriba la crónica.
–Igual, alguien que comparta su casa podría acceder a ellas.
–¡Tranquilo Ciro! Vivo solo. Igual, está bien, no voy a sacar fotos.
–Le creo. –dijo Ciro con una sonrisa mientras se incorporaba– Pero, por favor... ¡Deje el celular aquí! Pasemos.
     Julio se paró y lo siguió. Salieron por una puerta lateral a un patio grande, lleno de grandes macetones con helechos, jazmines y otras plantas que no pudo identificar. Sobre la derecha se veían varias puertas con grandes postigos metálicos, también de dos hojas, todos cerrados. Al final del patio, de frente, estaban la cocina y el baño, que Julio identificó porque sus puertas estaban abiertas. A la derecha del baño, se veía una placa de madera en el suelo, con una manija de hierro. Ciro tiró de ella y levantó la tapa sobre la pared, dejando al descubierto una escalera de madera. Ciro bajó unos escalones y encendió la luz. Julio bajó detrás de él. Una vez abajo pudo ver que el sótano era amplio. La bombita daba una luz tenue, dándole al escenario un aspecto sobrecogedor. Desde las estanterías, dentro de cajas de vidrio o de acrílico, montones de órbitas vacías parecía que “lo miraban”. Un frío le corrió por la espalda. Se sobrepuso y se acercó a la primera estantería.
–Cada caja tiene una etiqueta, con la descripción de su antiguo poseedor y el año del deceso –explicó Ciro–. Por respeto, la identidad no está revelada. Sólo su profesión o actividad más saliente. ¡Ah! Y hay sólo una pieza por característica. No se repiten.
     Julio comenzó a leer algunas y comprendió lo que el hombre le había dicho: “Médico de Villa Crespo–1975; Abogado de Balvanera–1987; Jerarca Nazi de Bariloche–1968; Asesino serial de Mar del Plata–1981; Cacique Mapuche de Neuquen–1996”. Sobre este último, Ciro le hizo notar que conservaba todas sus piezas dentarias.
–¿Cómo consiguió cada una? –le preguntó al hombrecito
–Los periodistas no revelan sus fuentes. Los coleccionistas no revelamos nuestros proveedores –le respondió sonriendo– Tengo amigos en algunos cementerios y en hospitales también.
     Siguió recorriendo las estanterías. Una sensación que no lograba plasmar en palabras daba vueltas por su cabeza. Cuando llegó a la última vio, sobre la pared del fondo, una puertita de no más de 70 cm, cerrada con pasador y candado.
–¿Qué hay detrás de esta puerta? –preguntó Julio.
–¡Ah! ¡Ahí no se puede pasar! ¡Esa es mi colección exclusiva! No la comparto.
–¡Vamos Don Ciro! ¡Por favor! ¡Ya llegué hasta acá! ¡No me va a dejar rengo! –Insistió Julio.
     El hombre pensó un momento y sacudiendo su cabeza de un lado al otro, con resignación, sacó una llave de su bolsillo, abrió el candado, corrió el pasador, encendió una llave de luz que se encontraba a la derecha de la puerta, la abrió y, con un ademán, le hizo seña que ingresara. Julio se agachó, pasó por la puerta y, cuando se estaba incorporando del lado de adentro, junto con el golpe de la puerta al cerrarse, el pasador deslizándose y el clic del candado, el flash relampagueó en su cerebro: ¡no había un periodista en la colección!

Osvaldo Villalba
19/04/2015

viernes, 13 de octubre de 2017

Cicatrices

Osvaldo Villalba

Buenos Aires, Argentina

La memoria del corazón elimina los malos
 recuerdos y magnifica los buenos,
y gracias a ese artificio,
logramos sobrellevar el pasado.

Gabriel García Márquez

El embotellamiento en la Autopista 25 de Mayo, empleando casi una hora y media en un trayecto que no llevaría más de quince minutos, fue la puerta que lo  transportó a su niñez, tan lejana como dolorosa, tan escondida en su subconsciente hasta ayer, como vívida hoy después de ese llamado. Se vio otra vez, haciéndose el dormido en el sofá del comedor, tapado hasta la cabeza, para no escuchar las peleas de sus padres que, invariablemente, terminaban en golpes. Después, su madre con anteojos negros y pañuelo al cuello para ocultar los moretones. El odio y la impotencia estallaban en su pecho como entonces. Correr a encerrarse en el baño al oír los golpes en la puerta del departamento porque llegaba tan borracho que no podía ni poner la llave en la cerradura. O acurrucarse debajo de la mesa, los brazos cubriendo su cabeza, para atajar los azotes del cinturón. Luego su madre limpiando con agua oxigenada las heridas, producidas por la hebilla, cicatrices en el cuero cabelludo y en el alma, que hoy le duelen otra vez.

El bocinazo lo sacó de sus cavilaciones. Puso primera y avanzó por la Avenida Belgrano. Recordó lo que siempre decía Julio: “Fracción de segundo: tiempo que pasa entre que el semáforo se pone en verde y el tonto de atrás te toca bocina” y, por primera vez en las últimas horas, esbozó una sonrisa.

Los viernes, después del trabajo, era noche de fútbol, pizza y cerveza con sus amigos del barrio. Durante la semana salía muy temprano a recorrer las obras que tenía en construcción la empresa donde trabajaba como arquitecto. Cuando llegaba a su departamento apenas tenía fuerzas para calentarse algo que sacaba del freezer y mirar un rato de televisión antes de quedarse dormido. Pero el viernes, cuando cerraba su escritorio y se sentaba en el auto, sus fuerzas se renovaban con sólo imaginarse, en un rato, en la cancha de fútbol 5, tirando paredes, caños y pisadas y, después con los pibes, cerveza de por medio, reírse de cualquier cosa y aflojar las tensiones de la semana.

En eso estaba la noche anterior cuando sonó su celular. Como no conocía el número, no lo atendió. Después del tercer llamado pensó que tal vez debía responder. Por la insistencia, difícilmente fuera alguna empresa tratando de venderle algo. Se disculpó con sus amigos y se alejó hacia la barra, mientras atendía, para mitigar el bullicio.

Ingresó al estacionamiento ubicado unos metros antes de la Avenida Entre Ríos, paró en el lugar que indicaba el cartel, dejó el coche en marcha y mientras esperaba que le dieran el ticket repasó el diálogo telefónico mantenido en la pizzería:
−Hola, ¿Sos Gastón?, dijo una voz de mujer.
−Sí, ¿quién habla?
−Alicia, tu hermana.
− Ah, hola, ¿cómo estás?   −“Media hermana” pensó.  
−Te llamo porque internaron a papá.
−¿Sí? ¿Qué le pasó?
−Se descompensó. Pensé que debías saberlo.
−Bueno gracias.
−¿No vas a preguntar dónde está?
−¿Dónde está? Igual no quiere decir que vaya
−En la Fundación Favaloro. Hacé lo que te parezca. ¡Chau!
−Chau.”

Caminó hasta la entrada de la clínica pero se quedó en la vereda sin decidirse a entrar. Volvió sobre sus pasos, cruzó otra vez la avenida y entró en el bar. Se sentó en una mesa sobre la vidriera y pidió un café cortado.

Mientras sorbía el café cayó en la cuenta: “Hace más de doce años que no veo a Julio. ¿Cuántos años antes dejé de llamarlo papá?  La última vez que lo tuve frente a mí fue cuando murió mamá. Vino al velorio y, si no me para el abuelo, lo echo a patadas. En ese momento tenía dieciocho o diecinueve años. Él se había ido de casa cuando yo era un pibe de siete u ocho. Se fue a vivir con esa mujer con la que, −después me contó mamá− andaba mucho antes. Al principio venía a verme cada tanto, pero siempre terminábamos mal porque yo le contestaba y me ligaba un sopapo. Cuando nació Alicia, yo tendría diez años, me llevó a conocerla.  ¡Era una beba muy linda! Mi mamá estaba furiosa. Cuando le conté que conocí a mi hermana, me dijo: −¡Tu hermanastra dirás! Yo ni entendía que era eso. Creo que en el fondo mi vieja, a pesar de todo lo que le pegó y la hizo sufrir, lo quería. Un tiempo después cayó en un pozo depresivo del que no pudo salir nunca. Con Alicia nunca pude relacionarme. Nos veíamos en las fiestas si yo iba a verlo a Julio, pero nada más. Cuando mamá murió le hice la cruz. Esa tarde le dije a Julio que mejor se fuera, que no quería verlo nunca más. Y acá estoy, ahora, a treinta metros de donde está internado y no tengo claro qué quiero hacer. ”

Pagó la cuenta y llamó a Alicia. Le dijo que estaba en la esquina y que iba para allá. Ella respondió que bajaba a buscarlo al hall de entrada.
−¡Qué bueno que viniste! –dijo ella mientras le daba un beso en la mejilla−. Disculpame la forma en que te corté ayer.
−Está bien. Estabas enojada y con razón. Disculpame vos, no tenés que hacerte cargo de mis rollos.
−No es nada. Vamos. Está en la unidad renal. A las doce nos dejan pasar quince minutos y después el médico nos da el parte.

Cuando entró a la habitación casi no pudo reconocer al hombre que, conectado a varios monitores, parecía dormitar. El color cetrino de su piel, sus ojos hundidos, grandes ojeras moradas, el cabello ralo y la barba crecida le daban un aspecto tan desmejorado que poco se parecía a la imagen de hombre fuerte y avasallador que había sido en su juventud. Se veía tan débil y vulnerable que, por un momento, todo su odio acumulado, ese que había acuñado desde su niñez, alimentado en su adolescencia y fortalecido en su juventud, pareció desvanecerse. Sintió que traicionaba su propia historia y, mentalmente, sacudió su cabeza ahuyentando todo pensamiento de blandura.

−¿Está consciente? –le preguntó a Alicia.
−Sí, pero está muy sedado. Cuando lo encuentro despierto algo conversa. Pero es muy parco, como siempre.

“Ojalá no se despierte ahora” pensó Gastón, justo cuando la enfermera les avisó que el doctor los esperaba en la oficina al final del pasillo.

−Buenos días –dijo el médico, extendiendo su mano para saludarlos− Por favor, tomen asiento.

Alicia, que ya conocía al médico, tomó la iniciativa.
−Buen día doctor, él es mi hermano Gastón.
−Mucho gusto –dijo el médico, dirigiéndose a Gastón. Luego le preguntó a Alicia− ¿Está al tanto de la situación?
−No –dijo ella bajando la cabeza.

La alarma roja comenzó a sonar en la cabeza de Gastón. Algo le había ocultado.

−Su padre está en emergencia. –le dijo el médico a Gastón− Su cuerpo ya no aguanta más diálisis. La única salida es un trasplante de riñón. La señorita no es compatible. ¿Querría usted hacerse los análisis?

El enojo lo envolvió como una llamarada. Se volvió hacia su hermana, que permanecía con la cabeza baja, en un intento de librarse de ser quemada por su mirada.  “¡Eso era!”, pensó, “¡Con razón quería que viniera!”
−¡De ninguna manera! –sin más, se levantó y salió dando un portazo.

“Por algo me resistía a venir”, pensaba mientras manejaba de regreso a su casa, “debí hacer caso a mi primera impresión. El médico debe pensar que soy un hijo de puta. Lo que él no sabe es que soy el hijo de un hijo de puta. ¿Y a ese tendría que darle un riñón? Cada golpe que me dio lo tengo marcado en mi cerebro, en mi corazón…y claro, también en los riñones. ¡Que joder! Ahora parece un pobrecito, pero cuando venía borracho y me pegaba porque sí, no estaba ni el médico ese que me miró horrorizado ni tampoco Alicia, que me engañó para que viniera a verlo. ¿Por qué tengo que darle un riñón?”

Llegó a su casa, se cambió y se tiró sobre la cama. “Ya está”, pensó, “no me importa lo que piensen. Quien no haya estado en mis zapatos no puede juzgarme. Sólo con Alicia voy a ser delicado. No sé qué padre habrá sido Julio con ella. Al fin y al cabo, cada uno cosecha lo que siembra”





jueves, 10 de agosto de 2017

Torito


Oswaldo Villalba 

Buenos Aires Argentina



Amanece. Los primeros rayos de luz se cuelan por los costados de la cortina de black out. Te das cuenta que deberían haberla colocado más pegada a la ventana para que eso no pase. Nunca lo habías notado porque siempre te despertás más tarde. Hoy es distinto,  no pudiste pegar un ojo en toda la noche. Es el día D. Lograste diferirlo un par de veces. Hubieras hecho lo imposible por evitarlo. ¡Mirá que tuviste días jodidos! ¿eh? Creciste en un barrio donde el respeto se ganaba a las piñas. Desde pibe estuviste entre los más duros. Ya joven, aguantando los trapos[1] en plena Isla Maciel, y en la tribuna de San Telmo, te ganaste el apodo. Torito te dicen desde entonces, porque te llevás todo por delante. Nunca corriste[2]: ni ante otras barras ni por la policía. Ni siquiera aflojaste cuando te tocó perder, como el día que aquel cafishio[3] te metió dos balas; o cuando te cortaron la cara en un baile. Sin embargo, hoy, pisando los cincuenta, con una posición un poco más acomodada, íntimamente, reconocés que estás asustado. Nadie podría imaginarlo y tampoco vas a permitir que se den cuenta.


Decidís levantarte para enfrentar el día. Al fin y al cabo, lo que no podés evitar es mejor que pase rápido. Antes de darte una ducha, un trago de ginebra para ir entonando. Después dejás correr el agua tibia por tu cuerpo. Es una sensación tranquilizadora. Igual no logra sacarte el nudo en el estómago. Frente al espejo, te afeitás con prolijidad; recortás un poco el espeso bigote, que le da a tu cara un aspecto fiero. Mientras te peinás ves como el pelo se blanquea cada vez más ralo. Te abotonás la camisa blanca y pensás: ¡Puta madre! ¡Los años no vienen solos! Habías pensado ponerte la camisa negra con el saco blanco, pero te acordás que la última vez que lo usaste te había costado un montón sacarle las manchas de sangre. Claro que al gil que te gritó “heladero” le debe haber costado más arreglarse la nariz. Igual, por las dudas, mejor un saco oscuro, no sea cosa que esta vez se manche con tu propia sangre.

Salís a la calle dispuesto a tomar un taxi. Por lo que pudiera pasar, decidís no manejar. La mañana está fresca pero soleada. Faltan treinta minutos para la hora señalada. Vas a llegar a tiempo. Instintivamente tanteás tu cintura. El revólver lo dejaste en el cajón. Tampoco llevás el cuchillo en la pierna. Hoy el enfrentamiento es cara a cara y con las armas del adversario.

A pesar del caos que es el tránsito en Buenos Aires, llegás en horario. Parado frente a la puerta de la casa, respirás hondo y tocás el timbre. Atiende él. Te mira a los ojos. Esboza una sonrisa.
—¡Torito! Pensé que otra vez me ibas a plantar —te dice.
—Tuve algunos inconvenientes…pero aquí estoy —respondés aparentando tranquilidad.
—Está bien, pasá. Sentate ahí —-te-señala un sillón—. Enseguida estoy con vos.
Te estirás a lo largo en el lugar indicado. Una luz potente te obliga a mover la cabeza hacia un costado. Sobre la pared, en un cuadro alcanzás a leer:

“Universidad de Buenos Aires, Facultad de Odontología…”






 
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[1] Aguantar los trapos
[2] Correr, escapar, huir a un enfrentamiento
[3] Cafishio: Proxeneta-

lunes, 15 de mayo de 2017

El Jefe



OSVALDO VILLALBA

Argentina 

La vida te da sorpresas,
sorpresas te da la vida.
Rubén Blades

El auto estaciona junto al cordón de la vereda, frente a mí. Los vidrios polarizados no dejan ver los ocupantes. Se abre la puerta trasera, Moncho baja y me hace una seña con la cabeza para que entre. Adentro hay otro grandote, cruzado de brazos, además del chofer. Quedo en medio de los dos en el asiento de atrás y el auto arranca. El tipo de mi izquierda me alcanza una capucha.
−¿Es necesario? –le pregunto.
−Es imprescindible –responde.

Empiezo a arrepentirme de lo que estoy haciendo. ¿Quién me manda meterme en lo que no me importa? ¡No aprendo más! Aunque tampoco podía ignorar lo que pasó antes de ayer. Mientras el auto avanza rápidamente, vaya a saber por dónde, vuelve a mi mente el momento en que salí del ascensor y vi la puerta abierta del departamento de mi vecina, Doña Isabel, con quien no tengo mucho trato, más que los saludos y alguno que otro favor de vecino, como guardarle un par de recipientes en mi freezer, –que siempre está vacío−, porque el suyo se había dañado.  Me acerqué y la llamé sin obtener respuesta. Abrí un poco más la puerta comprobando que estaba todo revuelto, con cajones dados vuelta en el suelo, los armarios abiertos, lo mismo que la alacena de la cocina que se veía a través de la abertura. También la heladera estaba abierta y todo su contenido diseminado por el suelo. La llamé otra vez, antes de pasar al dormitorio y nada. Entré despacio, con temor de lo que podía encontrar, pero sólo había desorden, los cajones de la cómoda vaciados sobre la cama y la ropa de los placares desparramada. Salí y llamé al portero. No había escuchado nada. Llamamos al 911 y en un rato estaba el patrullero de la comisaría de la zona. No había rastros de la anciana. Sacaron algunas fotos, nos tomaron declaración de lo poco que podíamos aportar y pusieron una franja sobre la puerta, dejando un agente de consigna. 

El auto se detiene y me bajan sin sacarme la capucha. Me guían para subir un par de escalones en lo que debe ser la entrada a una casa. Escucho una puerta que se abre y, al entrar, el piso cruje como pinotea. Me hacen sentar en un sillón y el grandote me dice:
−Ahora te va a recibir el jefe. No te saques la capucha hasta que te avisemos.

¡Insisto! Estoy acá por entrometido. Cuando volví a mi departamento, después que el oficial se fue, me percaté que la heladera de la mujer estaba funcionando. ¿Por qué no vino a buscar sus recipientes? Los saqué de la heladera, los abrí y cada uno tenía adentro una bolsa envasada al vacio de un polvo blanco. Abrí una punta, metí el dedo y lo probé. “¡Carajo!”, pensé en ese momento, “debía ser esto lo que buscaban.¿Qué habrá pasado con Doña Isabel?” Envolví los paquetes en papel de diario, fui al compartimiento del motor del ascensor y los escondí entre unos escombros que están ahí desde siempre.

Ayer a la noche, cuando volvía del trabajo, en la esquina, el tipo me paró y me dijo:
−El jefe te manda decir que tenés algo que es de él.
−¿Perdón? ¿De qué me hablas?
−Sabés de que te hablo Federico, no te hagás el gil.
−¡Ah! ¡Sabés mi nombre! ¿Y Vos quien sos? ¿Quién es el jefe?
−Soy Moncho y me estoy refiriendo a los paquetes de la vieja. ¡No me hagás enojar!
−No me asustés que me voy a hacer pis. Laburé en un frigorífico. He manejado tipos más pesados que vos. Primero decime qué hicieron con ella.
−¡Ah, bueno! Ahora soy yo el que tiembla. Ella está bien, el jefe la cuida. Dame los paquetes.
−A vos no te voy a dar nada. Y no vayas a revolverme el departamento. No pensarás que están ahí.
−Tranquilo, no fuimos nosotros los que volteamos el departamento de Isabel. Ahora que nos estamos entendiendo ¿Cuál es tu propuesta?
−Quiero comprobar que ella está bien y sólo arreglo con tu jefe.
−Está bien, dame un minuto.

Se alejó un momento y habló por teléfono.
−Está bien. Mañana a la noche esperanos en la esquina que te venimos a buscar.

Escucho abrirse una puerta:
−Ahí está el jefe −dice Moncho mientras me saca la capucha.
−Hola Federico, gracias por preocuparte –me dice Isabel.